Sólo un verano
Por Holly Jacobs
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Sí, gracias a su mejor amiga, Lucy Caldwell iba a darle a su hijo, Cain, la oportunidad de tener hermanitos, aunque fuera sólo de manera temporal y además fueran unos verdaderos diablillos. Lucy estaba segura de que aquel iba a ser el verano de sus sueños, pero no contaba con el papá de los pequeños. Aunque no tardó en estar dispuesta a incluir al guapísimo Woody Pembrooke en todos sus planes... para toda la vida.
Holly Jacobs
Award-winning author Holly Jacobs has sold more than two million books worldwide. Her works have received many accolades, including the Holt Medallion, the Golden Quill, the National Readers’ Choice Award, and more. Booklist named the first novel in her Everything But series, Everything But a Groom, one of its Top 10 Romance Fiction books of 2008. She has delivered more than sixty author workshops and keynote speeches across the country. She has a wide range of interests, including writing, gardening, and basket weaving. Along with her family and her dogs, she resides in Erie, Pennsylvania, which serves as the setting for many of her stories.
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Sólo un verano - Holly Jacobs
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Holly Fuhrmann
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Sólo un verano, n.º 5502 - febrero 2017
Título original: Raising Cain
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8779-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
Bienvenida a casa, Lucy Caldwell.
Bueno, no exactamente a casa.
Lucy, sentada en el pequeño monovolumen, se quedó mirando aquel edificio desconocido. Era bonito. De madera y piedra, con cierto aire de sofisticación.
Sí, la casa era bonita, pero no era su casa. Tan sólo era el lugar donde se iba a alojar.
—Mamá, ¿te vas a quedar ahí todo el día?
Lucy miró a su hijo y sonrió.
—No, claro que no. Sólo estaba pensando. Venga, vamos.
Cain bajó del coche y se colocó a su lado.
Lucy le acarició el pelo, aquel pelo rizado, y se dijo que aquel niño era el centro de su existencia.
—Vamos, tenemos que entrar a conocer…
—Sí, pero primero tengo que ir al baño —contestó Cain.
—Muy bien, ya irás dentro —le indicó Lucy dejando las maletas en el vehículo, tomando de la mano a su hijo y avanzando con decisión hacia la puerta.
Se dijo que aquel iba a ser el comienzo de un verano espectacular. Lo tenía todo planeado.
Llamó al timbre y esperó.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
—Mamá, ya no aguanto más.
Vaya, debía de ser que no lo tenía todo tan planeado. No había previsto la urgencia de tener que encontrar un baño y, menos, que no hubiera nadie en casa.
—Cain, acabamos de estar en casa de la tía Hannah. ¿Por qué no has ido allí?
—Porque allí no tenía ganas.
Lucy apretó la mano de su hijo y llamó con los nudillos a la puerta, sospechando que el timbre podría estar estropeado.
—¡Mamá!
Lucy aporreó la puerta.
—Cain, ¿qué quieres que haga?
No abrían y, a juzgar por los movimientos de su hijo, no les daba tiempo a volver a casa de Hannah.
—Mira, ¿ves ese arbusto de ahí? Vete detrás y haz lo que tengas que hacer.
—¿Quieres que lo haga fuera? ¡Qué guay!
Dicho aquello, Cain corrió detrás del arbusto.
Lucy resopló.
Cuando habían decidido ir allí, le había parecido una idea brillante que iba a alterar su vida. Ahora, su hijo estaba haciendo pipí detrás de un arbusto, su vida se reducía a lo que cabía en un monovolumen, eran casi las ocho de la tarde y no había nadie en casa de Woody Pembrooke.
Desde luego, aquella idea había alterado su vida, pero ya no estaba tan segura de que hubiera sido tan brillante.
—¡Mamá! —gritó Cain —. Ya está. He hecho pipí en el arbusto. Hay una hoja seca en el suelo y le he dado en todo el centro.
—Es una pena que no seas tan bueno en la taza del baño. Venga, que nos vamos a casa de la tía Hannah.
—Pero ¿no nos íbamos a quedar aquí?
—No hay nadie, así que no nos queda más remedio que montarnos en el coche y volvernos a casa de la tía Hannah —dijo Lucy tomando a su hijo de la mano—. No querrás que nos pasemos aquí toda la noche.
—Pero, mamá, esta es nuestra nueva casa y…
Cain se interrumpió al ver que llegaba una furgoneta. Lucy también la miró.
—Oh, Dios mío —murmuró horrorizada.
Lo primero que la horrorizó fue el ruido. Las personas que iban allí dentro gritaban como locas. El volumen era tal, que si hubieran sido una orquesta habrían explotado los altavoces.
En aquella furgoneta había un ejército de niños. Niños chillones. Sin embargo, fue el hombre que se bajó de la furgoneta quien la horrorizó por completo.
—Es un gigante —murmuró Cain—. Como el gigante verde.
Sí, desde luego, la palabra gigante lo describía bien. Medía más de un metro ochenta, puro músculo y una barba muy poblada. Parecía un oso, pero no un osito de peluche, sino un oso polar.
Lucy se inquietó. Al igual que los osos, aquel hombre podría ser peligroso.
—¿La señora Caldwell? —preguntó con voz grave.
Desde luego, si los osos hablarán tendrían su voz.
—Lucy a secas, señor Pembrooke —contestó ella nerviosa—. Cuando dejé atrás mi vida laboral, también decidí deshacerme de tantas pretensiones. Soy sencillamente Lucy.
Nada de Lucy Caldwell, vicepresidenta del departamento de marketing de Sky International. No, simple y llanamente Lucy, niñera de diablos.
Miró a los cuatro niños que habían bajado de la furgoneta. Ellos también la miraban desde detrás de su padre.
—Yo nunca he tenido esas pretensiones de las que habla. Con Woody me basta.
—Muy bien —contestó Lucy sin dejar de mirar a los niños.
Los dos más altos tenían el pelo tan oscuro como su padre. El tercero tenía un tono castaño más claro. Iba vestido como un chico, pero Lucy se dio cuenta de que era una niña y de que iba a ser muy guapa de mayor. Y el más pequeño de todos era el que tenía el pelo más rubio y los ojos más oscuros.
Lucy advirtió que Woody le estaba hablando.
—Perdón por no estar aquí cuando habéis llegado, pero es que Robbie ha tenido un pequeño problema.
—¿Y eso?
—Sí, por lo visto se cree Evil Knievel, pero en vez de con moto con bicicleta.
Uno de los niños tenía el brazo en cabestrillo y Lucy se imaginó lo que había ocurrido.
—¿Y en vez de saltar por encima de camiones qué ha hecho?
—Saltar por encima de sus hermanos. Por desgracia, Shane tenía el brazo sobre la cabeza cuando le ha caído la bici encima.
—No habría pasado nada si el muy imbécil hubiera tenido el brazo bajo el pecho, como le he dicho, pero no me ha escuchado —protestó Robbie.
—Bueno, ya has dicho suficiente —le advirtió su padre.
—No ha sido para tanto —continuó Robbie.
—Les dije a todos que se pusieran casco —le explicó Woody a Lucy—. Yo también me puse uno.
—Ya —contestó ella dubitativa—. ¿Y qué tal?
—¿Ves? Ella lo entiende —dijo Robbie muy contento.
Woody suspiró.
—¿Por qué no entramos para que los niños se conozcan y vosotros dos os podáis instalar para pasar la noche?
Los cuatro hijos de Woody entraron a la carrera en casa y Lucy se dio cuenta de que la puerta no estaba cerrada con llave.
—Vamos, chico —le gritó Woody a Cain—. Venga.
El aludido los siguió lentamente, mirando a su madre, como para estar seguro de que iba detrás.
Lucy le sonrió para tranquilizarlo y deseó que también hubiera alguien que le sonriera a ella para tranquilizarla.
Miró a Woody, grande como un oso, y pensó que aquel hombre era la máxima tranquilidad que iba conseguir por allí.
—Os había dejado la puerta abierta.
Aunque a primera vista Woody resultaba intimidatorio, tenía una voz suave que a Lucy le reverberó en el centro del pecho, como si le vibrara por el efecto de un avión pasando sobre su cabeza.
Supuso que podía ser una voz que se tornara de lo más intimidatoria si su dueño lo quisiera, pero de momento era suave.
Muy suave.
Lucy se preguntó cómo estaría sin barba. Sospechaba que bastante bien. No era que a ella le importara, claro, pues llevaba fuera del mercado mucho tiempo y no pensaba entrar, ya que tenía un hijo y un negocio de los que ocuparse. No tenía tiempo para hombres.
Eso no quería decir, por otra parte, que fuera inmune a los encantos masculinos de aquel hombre en particular.
—Podríais haber entrado —dijo Woody.
—Jamás se me habría ocurrido —contestó Lucy saliendo de sus ensoñaciones—. Nos íbamos a volver a casa de Hannah.
—Lucy, este verano o todo el tiempo que te vayas a quedar aquí, esta es tú casa. Puedes entrar y salir a tu antojo. Cuando esté en el trabajo, tú cuidarás de los niños, pero cuando yo esté en casa podrás hacer lo que normalmente haces.
Lo que normalmente hacía Lucy era ir del trabajo a casa, estar con su hijo, cenar tranquilamente con él, jugar y leerle un cuento antes de meterlo en la cama.
A juzgar