Un amor de película
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Skye conoció al famoso Kyle Sullivan en Nueva York tiempo atrás... pero habría preferido olvidarlo. Sin embargo ahora Kyle era mayor, más maduro y mucho más guapo. ¿Podría fiarse de que no volviera a romperle el corazón?
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Un amor de película - Flora Sinclair
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Flora Sinclair
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Un amor de película, n.º 1273 - noviembre 2014
Título original: Starring Dr. Kennedy
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-5592-2
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
Capítulo 1
NO tiene buena pinta.
—No, desde luego que no.
Los dos hombres se quedaron en silencio, mirando el periódico que había sobre la mesa.
—Es posible que no lo haya visto mucha gente —murmuró Kyle.
—Sí, claro. ¡Por favor, Kyle, este es el períodico de mayor tirada en todo el país! —exclamó el segundo hombre, señalando la fotografía—. Y mañana lo sabrá todo el mundo —añadió, paseando por la habitación del hotel como un león enjaulado—. Todo el mundo —repitió, haciendo un gesto dramático.
—A lo mejor nadie se lo cree.
Kyle lo había dicho con más optimismo que convicción y su compañero lo fulminó con la mirada.
—¿Que nadie lo va a creer? ¿Que nadie lo va a creer? Pues claro que lo creerán. Pero si hasta yo...
Donald no terminó la frase, cortado.
—¿Tú crees que es verdad? ¿Qué clase de amigo eres? Ya te he dicho que...
Tampoco él terminó la frase. Suspirando, se quedó frente a la ventana, desde la que podía verse una hermosa panorámica de Londres.
—Kyle, lo siento. No lo creo porque tú me has dicho que no es verdad. Pero una parte de mí, una parte diminuta... Siento haber dicho eso, pero piensa en lo que significa este artículo. Si yo, que te conozco tan bien, tengo dudas, ¿qué pensarán millones de personas que no te conocen? Los que solo conocen al Kyle Sullivan que presentan las revistas del corazón, el mujeriego, el conquistador, la estrella de cine que mantiene romances con todas sus compañeras de rodaje... Contra eso es contra lo que hay que luchar.
Kyle se volvió entonces con una expresión de angustia en el rostro. Pero pronto, esa expresión se convirtió en un gesto decidido.
—Mucha gente se preguntará si es cierto, lo sé —murmuró, tirando el periódico a la basura—. La cuestión es, ¿qué hacemos ahora?
—Negarlo, por supuesto —contestó Donald—. Justin y Shelly están a punto de llegar. Son los mejores Relaciones Públicas de Londres y ellos sabrán cómo limitar los daños, aunque también depende del estudio, por supuesto. La película se estrena dentro de unos días y Heather ha elegido el mejor momento para hacerte daño.
—¿No se da cuenta de que, además de la mía, también hundirá su carrera si la película fracasa por culpa de esto?
—No creo que esté pensando con la cabeza en este momento. Heather Wynter no es precisamente una lumbrera. Además, es tan joven...
Las últimas palabras quedaron colgadas en el aire, como una espada de Damocles, y Kyle hizo una mueca.
—Sí, claro. Ese es el problema.
—Deberíamos empezar a pensar qué opciones tenemos —murmuró Donald, pensativo.
—Si se te ocurre algo...
Toda su carrera, todo su trabajo, todos sus esfuerzos podían irse al traste por la venganza de una cría.
—La verdad es que tengo una idea buenísima. ¡Aquí! —exclamó su agente, sacando unos papeles del maletín.
—¿Otra vez ese guion? ¿Para qué quieres discutir un guion que no me interesa? Después de esto, tendré suerte si vuelvo a hacer una película...
—Confía en mí, Kyle. No solo soy tu agente, soy tu amigo. Y saldremos de esta, te lo aseguro.
Lo había dicho con tal convicción que Kyle casi empezó a tener esperanzas.
—Gracias. Sé que harás todo lo que puedas.
—Desde luego que sí. Además, recuerda que tú representas una gran parte de mis ingresos.
—Se me había olvidado —sonrió Kyle, tomando el guion—. Vamos a ver cuál es el problema. Tú crees que siempre interpreto los mismos papeles y que la gente está más interesada en mi vida amorosa que en mi carrera, ¿no? A otros actores les pasa lo mismo.
—Sí, pero tú puedes darle un giro a tu carrera. Tienes treinta y seis años y...
—Gracias por recordarme que soy un viejo —sonrió Kyle.
—No eres un viejo. Pero tienes que empezar a hacer papeles que no sean de galán. Ya ha pasado el momento de interpretar al héroe que rescata doncellas. Tú eres un buen actor y debes empezar a probarte a ti mismo.
—Ya hemos hablado de esto muchas veces, Donald. Fui yo quien lo sugirió, además, pero esto... —murmuró, señalando el guion— es un cambio demasiado drástico.
—Este guion podría ser la respuesta. Es un papel con posibilidades de Oscar.
Kyle lo miró, incrédulo.
—Lo dirás de broma.
—¿De broma? Lo digo muy en serio. Lo tiene todo: está bien escrito, es un drama y el protagonista debe ser un actor capacitado que despierte la simpatía del público. Es un papel de médico, Kyle. Un hombre compasivo y, a la vez, muy seguro de sí mismo. Tienes la vida de esta mujer en tus manos y...
—¿Y entonces por qué nadie quiere interpretarlo? —lo interrumpió Kyle que, por experiencia, sabía que Donald iba a seguir vendiéndole el guion durante horas.
—Porque no todo el mundo es tan listo como yo —contestó su agente, tan tranquilo—. Mientras venía para acá, iba pensando que yo también tengo parte de culpa en esto. Los dos nos hemos contentado con papeles fáciles, con dejar que la prensa te retrate como un play boy... y no hemos crecido.
Una luz de alarma se encendió en el cerebro de Kyle.
—¿No hemos crecido?
—Personal y profesionalmente. Y este papel te ayudará.
—¿Personalmente?
—¿No has pensado nunca en casarte? —preguntó Donald entonces.
—¿Qué?
—No, ya sé que no te apetece. Y ninguna de tus antiguas novias valdría. Hay que encontrar una mujer más... más...
—Madura —dijo Kyle.
—Si no piensas tomarte esto en serio, no hacemos nada.
—Vale, vale. Me concentraré en el papel. ¿Tú crees que podría interpretar a ese psiquiatra?
Con su metro ochenta y ocho, Kyle era más alto que la mayoría de las estrellas de cine. En aquel momento llevaba el pelo largo, casi hasta los hombros, para promocionar la película que estaban a punto de estrenar y en la que interpretaba a un héroe de acción. La camiseta ajustada y los vaqueros no dejaban duda de que era precisamente eso, un tipo con cuerpo de atleta. Un ejemplar magnífico de hombre.
—Córtate el pelo, ponte un traje... y ya está —dijo Donald.
—Ya —murmuró Kyle, mirándose al espejo. Pero no por vanidad, sino como alguien que examina su herramienta de trabajo—. Podría ponerme gafas... Pero yo no sé nada de psiquiatría. ¿Por dónde empiezo?
Su agente sonrió, convencido de haber ganado esa batalla.
—Lo tengo todo planeado...
Antes de que pudiera seguir hablando, escucharon un golpecito en la puerta. Eran Justin y Shelly; según Donald, los mejores Relaciones Públicas de Inglaterra.
—No es tan malo como parece —fue lo primero que dijo Shelly—. Tenemos una estrategia planeada: primero, enviamos un comunicado negando esas alegaciones, pero sugiriendo que ni siquiera han sido tomadas en serio. No hay que hablar mal de Heather Wynter, aunque sea una vengativa y sucia...
—Lo que debemos sugerir es que la pobre chica tiene problemas y que no ha podido superar una pasión no correspondida —la interrumpió Justin—. Si creamos la duda sobre su estabilidad mental, nos quitaremos a muchos periodistas de encima.
—¿Es inestable? —preguntó Donald.
—¿Quién sabe? Pero si no lo es ahora, lo será cuando acabemos con ella.
Kyle hizo una mueca.
—Eso no me gusta.
—Pues es la única forma —dijo Shelly—. No podemos negar la historia porque no valdría de nada. Tenemos que crear dudas sobre la credibilidad de Heather Wynter. Y eso significa desacreditarla —añadió, sacando un cuaderno—. Necesito algunos detalles. ¿Hay algo en su historia que sea cierto?
—No, claro que no.
—¿Te acostaste con ella?
—No —contestó Kyle, irritado.
—¿Intentaste acostarse con ella?
—¡No! Oye, ¿qué quieres...?
—Quiero saber con qué nos enfrentamos. Mi trabajo es matar esta historia y protegerte. Y para eso tengo que saber la verdad. Pero tienes que ayudarme contándome qué pueden sacar los periodistas sobre tu pasado.
—Nada —murmuró Kyle, intentando controlarse—. La mayoría de las cosas que escriben sobre