Thompson - Prefacio
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PREFACIO
Este libro tiene un título un tanto tosco, pero que cumple su cometido. Formación,
porque es el estudio de un proceso activo, que debe tanto a la acción como al
condicionamiento. La clase obrera no surgió como el sol, a una hora determinada.
Estuvo presente en su propia formación.
Clase, en lugar de clases, por razones cuyo examen es uno de los objetivos del
libro. Existe, por supuesto, una diferencia. "Clases trabajadoras" es un término
descriptivo, que elude tanto como define. Pone en el mismo saco de manera
imprecisa un conjunto de fenómenos distintos. Aquí había sastres y allí tejedores, y
juntos componían las clases trabajadoras.
Por clase, entiendo un fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares
y aparentemente desconectados, tanto por lo que se refiere a la materia prima de la
experiencia, como a la conciencia. Y subrayo que se trata de un fenómeno histórico.
No veo la clase como una "estructura", ni siquiera como una "categoría", sino como
algo que tiene lugar de hecho (y se puede demostrar que ha ocurrido) en las
relaciones humanas.
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podemos formular ninguna ley. La conciencia de clase surge del mismo modo en
distintos momentos y lugares, pero nunca surge exactamente de la misma forma.
Hoy en día, existe la tentación, siempre presente, de suponer que la clase es una
cosa. Este no fue el sentido que Marx le dio en sus propios escritos de tipo histórico,
aunque el error vicia muchos de los recientes escritos "marxistas". Se supone que
"ella", la clase obrera, tiene una existencia real, que se puede definir de una forma
casi matemática: tantos hombres que se encuentran en una determinada relación
con los medios de producción. Una vez asumido esto, es posible deducir qué
conciencia de clase debería tener "ella" ( pero raras veces tiene) si fuese
debidamente consciente de su propia posición y de sus intereses reales. Hay una
superestructura cultural, a través de la cual este reconocimiento empieza a
evolucionar de maneras ineficaces. Estos "atrasos" culturales y esas distorsiones
son un fastidio, de modo que es fácil pasar desde ésta a alguna teoría de la
sustitución: el partido, la secta o el teórico que desvela la conciencia de clase, no tal
y como es, sino como debería ser.
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El problema es, por supuesto, cómo este individuo llegó a tener este "papel social", y
cómo la organización social determinada (con sus derechos de propiedad y su
estructura de autoridad) llegó a existir. Y estos son problemas históricos. Si
detenemos la historia en un punto determinado, entonces no hay clases sino
simplemente una multitud de individuos con una multitud de experiencias. Pero si
observamos a esos hombres a lo largo de un período suficiente de cambio social,
observaremos pautas en sus relaciones, sus ideas y sus instituciones. La clase la
definen los hombres mientras viven su propia historia y, al fin y al cabo, esta es su
única definición.
El libro está escrito del siguiente modo. En la Primera parte estudio las tradiciones
populares con continuidad en el siglo XVIII, que tuvieron influencia en la agitación
jacobina de la década de 1790. En la Segunda parte paso de las influencias
subjetivas a las objetivas: las experiencias de grupos de obreros durante la
Revolución industrial, que en mi opinión tienen una significación especial. También
intento hacer una estimación del carácter de la nueva disciplina del trabajo industrial,
y la relación que la iglesia metodista puede tener con aquélla. En la Tercera parte,
recojo la historia del radicalismo plebeyo y la llevo a través del ludismo hasta la
época heroica del final de las guerras napoleónicas. Al final trato algunos aspectos
de teoría política y de la conciencia de clase en las décadas de 1820 y 1830.
Esta obra es más un conjunto de estudios sobre temas relacionados , que una
narración continuada. Al seleccionar estos temas he sido consciente, a veces, de
que escribía contra la autoridad de ortodoxias predominantes. Está la ortodoxia
fabiana, en la que se considera a la gran mayoría de la población obrera como
víctimas pasivas del laissez faire, con la excepción de un puñado de organizadores
clarividentes(señaladamente, Francis Place). Está la ortodoxia de los historiadores
de la economía empírica, en la que se considera a los obreros como fuerza de
trabajo, como inmigrantes o como datos de las series estadísticas. Está la ortodoxia
del "Pilgrim's Progress", según la cual el período está salteado por los pioneros-
precursores del Welfare State, los progenitores de una Commonwealth socialista, o
(más recientemente) los primeros ejemplares de las relaciones industriales
racionales. Cada una de estas ortodoxias tiene cierta validez. Todas han añadido
algo a nuestro conocimiento. Mi desacuerdo con la primera y la segunda se debe a
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que tienden a oscurecer la acción de los obreros, el grado en que contribuyeron con
esfuerzos conscientes a hacer la historia. Mi desacuerdo con la tercera es que
interpreta la historia bajo la luz de las preocupaciones posteriores y no como de
hecho ocurrieron. Sólo se recuerda a los victoriosos (en el sentido de aquellos cuyas
aspiraciones anticipaban la evolución subsiguiente). Las vías muertas, las causas
perdidas y los propios perdedores se olvidan.
Finalmente una nota de disculpa para los lectores escoceses y galeses. He omitido
estas historias, no por chauvinismo, sino por respeto. Precisamente porque la clase
es una formación tanto cultural como económica, he sido cauteloso en cuanto a
generalizar más allá de la experiencia inglesa. (He tomado en consideración a los
irlandeses, no en Irlanda, sino como inmigrantes en Inglaterra). La historia de
Escocia, en particular, es tan terrible y atormentada como la nuestra. La agitación
jacobina en Escocia fue más intensa y más heroica. Pero la historia escocesa es
sensiblemente diferente. El calvinismo no era lo mismo que el metodismo, aunque
es difícil decir cuál era peor a principios del siglo XIX. En Inglaterra no teníamos un
campesinado comparable a los emigrantes de las Highlands y la cultura popular era
muy distinta. Es posible, al menos hasta la década de 1820, considerar como algo
distinto las experiencias inglesa y escocesa, puesto que los vínculos de tipo sindical
y político eran pasajeros e inmaduros.
Este libro se escribió en el Yorkshire, y a veces está ilustrado con fuentes del West
Riding. Mis más efusivos agradecimientos son para la Universidad de Leeds y para
el profesor S. G. Raybould por permitirme, hace algunos años, iniciar la
investigación que ha dado lugar a este libro; y a los administradores de Leverhulme
por la concesión de una beca de investigación que me ha permitido completar el
trabajo. También he aprendido mucho de los que participaban en mis clases
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reducidas, con quienes he discutido mucho de los temas que aquí se tratan.
También merecen mis agradecimientos los autores que me han permitido citar
fuentes manuscritas y con derechos de autor; los agradecimientos particulares se
encuentran al final de la primera edición del libro.
Tengo que dar también las gracias a muchos otros. Christopher Hill, el profesor Asa
Briggs y John Saville criticaron partes del libro cuando aún era un borrador, aunque
no son responsables en modo alguno de mis opiniones. R.W. Harris mostró una
gran paciencia editorial cuando el libro sobrepasó el límite de páginas de la
colección para la que había sido encargado en un primer momento. Perry Anderson,
Denis Butt, Richard Cobb, Henry Collins, Derrick Crossley, Tim Enright, el doctor
E.P. Hennock, Rex Russell, el doctor John Rex, el doctor E. Sigsworth y H.O.E. Swift
me han ayudado en diferentes aspectos. y también tengo que dar las gracias a
Dorothy Thompson, historiadora con quien estoy relacionado por el accidente del
matrimonio. He discutido cada uno de los capítulos con ella, y he estado en situación
inmejorable para tomar prestadas no sólo sus ideas, sino material de sus cuadernos
de notas. Su colaboración no se encuentra en este o aquel aspecto particular, sino
en la forma en que se ha enfocado todo el problema.