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Traducción de
Carmen Ternero Lorenzo
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www.editorialviceversa.com

Título original: Cuore di ferro

© Alfredo Colitto, 2009

© Editorial Viceversa, S.L., 2009


Calatrava, 1-7 bajos. 08017 Barcelona (España)

© de la traducción Carmen Ternero Lorenzo, 2009

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes,
queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares
del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier
medio o procedimiento, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por
grabación u otros, así como la distribución de ejemplares mediante
alquiler o préstamo públicos.

ISBN: 978-84-92819-01-0
Depósito legal: M-40623-2009
Impreso por Dédalo Offset, S.L.

Printed in Spain - Impreso en España


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A mi madre,
con inmensa gratitud
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Prólogo

Señor:
El 12 de enero del Año del Señor de 1305, vos, junto con
otros caballeros templarios, participasteis en una acción de
extrema crueldad contra un hombre inocente con la espe-
ranza de descubrir un secreto que habría podido haceros in-
mortal, además de enriqueceros desmesuradamente.
Ni siquiera teníais la certeza de que poseyera tal secreto
y, pese a ello, lo sometisteis a una terrible tortura que lo llevó
a la muerte, sin lograr su confesión. El hecho de que no se
tratase de un sarraceno enemigo de la fe, sino de un cristiano
como vos, no bastó para contener vuestra mano.
Lo que habéis hecho me repugna, pero no es éste el mo-
tivo por el que os escribo.
El secreto que codiciáis se encuentra ahora en la ciudad
de Bolonia, en Italia. Yo deseo poseerlo, al igual que vos,
pero necesito ayuda. Y en lugar de intentar convencer de su
existencia a otros cómplices que podrían revelarse indecisos
o poco fiables, prefiero dirigirme a quien, como vos, ya ha
matado sin titubeos para hacerse con él.
Si mi propuesta os interesa, presentaos el sábado primero
de mayo de 1311, tras las vísperas, en la que aquí llaman
Sancta Hierusalem Bononiensis, delante del Monte de los
Olivos. Os expondré lo que quiero de vos a cambio de lo que
os ofrezco.
Considerad el objeto que encontraréis anexo a esta misi-
va como prueba de mi veracidad.
Suyo servidor,
Un amigo

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En otoño de 1310, en Nápoles, Chipre y Toledo, tres caballeros


templarios recibieron una copia de esta carta, escrita en un latín
impecable, aunque con algunas variaciones respecto al lugar y día
de la cita.
La misiva les fascinó y apesadumbró a partes iguales. Puesto
que los tres sabían a qué se refería el misterioso «amigo», se sin-
tieron inclinados a creerlo. En el tubo de cobre que contenía el
pergamino, envuelto en un trozo de seda negra, encontraron un
objeto que poseía el mismo encanto repulsivo de un reptil: un de-
do humano disecado, con su retículo de vasos sanguíneos, pero
sin piel ni uña. Sin embargo, las frías venas, duras y oscuras, esta-
ban hechas con auténticos filamentos de metal.
El objeto podía haber sido realizado por un hábil artesano
que hubiera recubierto de hierro un hueso humano. Sin embar-
go, su increíble precisión inducía a pensar que se trataba de un
dedo real transformado en hierro, más que de una obra ingeniosa
o artística.
Cada uno de los caballeros creyó haber sido el único en recibir
la comunicación y decidió constatar la veracidad del mensaje. Si
alguien era capaz de transformar la sangre humana en hierro, no
sería tan descabellado suponer que pudiera convertirla en oro. Y
la sangre transformada en oro era un paso esencial para lograr el
poder ilimitado sobre la vida y la muerte.
El secreto que habían buscado durante años y que creían per-
dido para siempre, volvió a tentarlos. Pero tenían que tomar pre-
cauciones. En Bolonia, como en la mayoría de las ciudades de
Europa, estaba teniendo lugar el proceso contra los templarios
que se había iniciado por orden del rey francés Felipe IV el Her -
moso, con el beneplácito del papa Clemente V.
Disfrazados de mercader, peregrino y soldado, los tres caballe-
ros emprendieron la marcha. Una cosa estaba clara: la persona
que había enviado la misiva sabía demasiado y, en cualquier caso,
había que eliminarla.

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Capítulo 1

ondino de Liuzzi vio el incendio al mismo tiempo que oyó


M el crepitar de las llamas y el estruendo sordo de un travesaño
al desplomarse el techo. Como si fuera de día, las calles estaban
abarrotadas de hombres, mujeres y niños que, vestidos con lo pri-
mero que habían encontrado, gritaban lo más fuerte que podían
para que se les oyera en mitad de toda aquella barahúnda. Desde
el gran pozo del patio posterior de la iglesia de San Antonino así
como de las casas más cercanas, las mujeres seguían sacando cubos
de agua mientras los hombres formaban una cadena que subía has-
ta el último piso del edificio, que estaba a punto de estallar en lla-
mas. El chirrido continuo de las poleas amortiguaba los gritos.
Pero Mondino no se paró a echarles una mano, faltando así a
su deber doblemente, como ciudadano y como vecino del barrio.
Aquella noche tenía otras cosas que hacer. Los hombres que esta-
ba esperando tenían que deshacerse rápidamente de su carga sin
que nadie los viera. Lo más seguro era que se hubieran escondido
en algún callejón, pero no podrían quedarse allí mucho tiempo.
Recorrió a toda prisa las pocas manzanas que lo separaban de la
escuela de Medicina, resguardándose bajo los pórticos para que
nadie lo reconociera. Ninguno de sus conocidos se habría arries-
gado a salir de noche sin escolta. Pero si alguno lo hubiera hecho,
iría caminando por el centro de la calle. Estaba claro que a nadie
se le habría ocurrido deslizarse entre las densas sombras de las
marquesinas. Mondino era alto y más fuerte de lo que su delgada
constitución dejaba intuir, pero de poco le valdría su físico ante

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dos o tres malhechores armados con puñales. Como solía pasarle


cuando pensaba en el peligro que estaba obligado a correr por
amor a la ciencia, le entró rabia y apretó los puños.
Al ver que estaba a punto de pasar una familia que corría a
echar una mano con los cubos, se escondió detrás de una columna.
El marido pasó sin mirar, así como sus tres hijos, que correteaban
descalzos por el barro. Pero la mujer, morena y bien formada, in-
tuyó su presencia y se dio la vuelta para escudriñar la oscuridad.
Lo descubrió. Cuando la mujer abrió la boca para soltar un grito,
Mondino hizo lo único que podía hacer: salió de las sombras y se
llevó un dedo a los labios en un apresurado gesto de silencio. Su
frente despejada, el cuerpo alto y delgado, los ojos verdes y el
cabello castaño y ondulado, ni corto ni largo, solían inspirar con-
fianza en el sexo opuesto. Esperó con todas sus fuerzas que fun-
cionara de nuevo.
Una anciana baja y regordeta, con la cabeza ovalada envuelta
en una cofia gris, empujó a la morena y, murmurando algo pare-
cido a «furcia», la aferró por un brazo y le dio un tirón. Debía de
ser la madre o la suegra.
Mondino recorrió otra media manzana escrutando las som-
bras. Cuando llegó a la escuela, se sacó de debajo de la capa una
llave gruesa, la metió en la cerradura, entró y cerró la puerta.
Trajinó a oscuras con la candileja y la torcida para encender
una lámpara de aceite que guardaba en un anaquel junto a la en-
trada, avanzó entre los bancos vacíos y acercó la llama al pabilo
de los candiles que descansaban sobre los pedestales de las cuatro
esquinas de la mesa de disección. Para lo que tenía que hacer ne-
cesitaba una buena luz. Extrajo de la alacena una sierra y dos cu-
chillos de cirujano, uno largo y otro corto. Empezó a afilar el
largo. Para no escuchar los alaridos y el galimatías del incendio,
intentó concentrarse en el ruido que hacía el cuchillo al cortar el
trozo de cuero engrasado, pero no lo consiguió. Esperaba que el
incendio no hubiera causado muertos ni heridos.
Llamaron a la puerta: tres o cuatro golpes precipitados. Suspi-
ró aliviado, soltó el cuchillo y fue a abrir.

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Se quedó boquiabierto ante el rostro trastornado de su alum-


no Francesco Salimbene. Iba con la cabeza al descubierto y tenía
el pelo negro, largo y sucio. Un resplandor de locura brillaba en
sus ojos azules. Incluso a la luz vacilante de los candiles se nota-
ban las manchas de sangre en la ropa, a la altura de las rodillas, y
en los escarpines negros. Mondino miró al hombre que Francesco
llevaba agarrado por la cintura. Estaba muerto. Antes de que le
diera tiempo a esbozar cualquier tipo de reacción, el joven lo em-
pujó hacia dentro, entró y cerró la puerta tras de sí con la otra
mano.
—Os lo ruego, maestro, no gritéis —suplicó mientras deposi-
taba delicadamente el cadáver en la superficie de mármol de la
mesa—. Os lo explicaré.
Mondino aprovechó para acercarse rápidamente al atril en el
que había dejado el cuchillo, lo empuñó con fuerza y volvió a si-
tuarse entre el joven y la puerta. Miró de soslayo el cuerpo de la
mesa de disección y, por primera vez, advirtió los muñones a la
altura de las muñecas y la ropa empapada de sangre en el pecho.
—No he gritado —afirmó—, pero eso no quiere decir que esté
dispuesto a encubrir un homicidio. Y ahora explícame qué hace
aquí mi peor alumno tirando de un cadáver. Después llamaremos a
la guardia y arreglaremos este asunto conforme a la ley.
—A este hombre, Angelo de Piczano —empezó a explicar
mientras se daba la vuelta y miraba el cuchillo sin demostrar preo-
cupación alguna—, lo han asesinado de un modo horrible que in-
duce a pensar en artes mágicas y tratos con el Maligno.
—¿Lo has matado tú?
El joven separó y alargó los brazos.
—Pues claro que no. ¿O acaso pensáis que habría venido a
pediros ayuda si así fuera?
A la luz del candil, los ojos de Francesco parecían más negros
que azules. Mondino temía que estuviera esperando un momento
de distracción para intentar desarmarlo. Sin embargo, si así fuera,
no tardaría en darse cuenta de que un médico sabía mejor que un
soldado dónde y cómo clavar un cuchillo.

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—No he dicho que te ayudaré —repuso con voz monótona—.


Sigue.
—No os lo puedo explicar todo, maestro —apuntó el joven—.
Confiad en mí. Tan sólo os pido que me ayudéis a hacer desapa-
recer el cadáver de este hombre. Si la Inquisición lo encontrara,
sufrirían muchos inocentes.
A Mondino le costaba dar crédito a tanta insolencia.
—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? Hacer desapa-
recer las pruebas de un homicidio es un delito muy grave. Y pro-
teger a un asesino lo es aún más. Si crees que estoy dispuesto a
ayudarte, estás muy equivocado.
—Entonces, ¿creéis que lo he matado yo?
El tono angustioso de su voz no conmovió a Mondino.
—Sería lo más lógico. Para convencerme de lo contrario ne-
cesitarás algo más que un simple «confiad en mí».
Se fiaba de él, pero no tenía ningún sentido correr riesgos inúti-
les. Lo mejor que podía hacer era ganar tiempo. Los sepultureros
que iban a llevarle el cadáver que había pedido no tardarían en
llegar y, en cuanto lo hicieran, le pediría a alguno de ellos que lla-
mara a la guardia y ahí terminaría todo. Sólo tenía que conseguir
que el estudiante siguiera hablándole hasta entonces.
—Os diré una cosa —concedió el joven tras unos instantes de
indecisión—. Mi nombre no es Francesco Salimbene, sino Gerar-
do de Castelbretone. Y le debía ayuda y protección a este hom-
bre, como él a mí. Jamás le hubiera hecho nada.
—¿Es un familiar tuyo?
—No. ¿Por qué?
El médico miró por primera vez el cadáver. Debía de tener
unos cuarenta años, tenía un aspecto atlético y una expresión du-
ra que no había perdido ni con la muerte. Sólo llevaba puesta una
túnica, sin capa ni cinturón.
—Porque os parecéis. Pero más en el carácter que en el físico.
Gerardo de Castelbretone, si es que ése era su nombre de ver-
dad, pareció debatirse en su interior. Luego esbozó una sonrisa
amarga y se encogió de hombros.

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—Sois un hombre perspicaz, maestro. No, no es ningún fami-


liar mío. Pero nos une un vínculo tan profundo como el de la san-
gre. Yo soy un pobre caballero de Cristo y del Templo de Salomón.
Al igual que él. Tal vez sea ésta la afinidad que habéis percibido.
Se hizo el silencio mientras Mondino asimilaba la informa-
ción, hasta que estalló:
—¡Eres un templario! Por eso das un nombre falso, no estu-
dias y sólo vienes a mis clases para perder el tiempo. ¡Te estás
haciendo pasar por estudiante para que no te arresten por el pro-
ceso abierto contra tu orden! —Estaba tan enfadado que dio un
paso hacia el joven blandiendo el cuchillo—. Y ahora has decidi-
do ser sincero porque necesitas ayuda. Pero te has equivocado
conmigo. Los problemas de la Iglesia no me interesan.
Gerardo levantó las manos en son de paz para que se calmara.
—Os lo ruego, antes de tomar una decisión, tenéis que escu-
charme.
—Habla —exigió Mondino sin bajar el cuchillo.
El joven le explicó que Angelo de Piczano era un caballero que
se había refugiado en Nápoles tras escapar de los arrestos que había
ordenado el papa Clemente V por voluntad de Felipe el Hermoso
de Francia. Se conocieron en Rávena cuando Gerardo estaba estu-
diando para hacer sus votos y, a pesar de la diferencia de edad, se
hicieron amigos. Hacía cuatro meses, Angelo le había escrito: tenía
que ir a Bolonia para ocuparse de un asunto urgente, obviamente
de incógnito, y le había pedido hospedaje por unos días.
—Le dije que tenía mi casa a su disposición y llegó hace cinco
días.
—¿Te dijo de qué se trataba? —le preguntó Mondino. Por mu-
cho que no quisiera, empezaba a sentirse intrigado. No entendía
a qué se refería con lo del Maligno, pero le bastó con ver los mu-
ñones de las manos para darse cuenta de que no había muerto ni
en un robo ni en una pelea de taberna.
—No, y no quise preguntárselo —contestó Gerardo—. La or-
den está atravesando una época difícil. Cuanto menos sepamos
los unos de los otros, mejor.

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Mondino asintió, y el joven se apresuró a terminar su historia.


Aquella noche, Angelo le había pedido que le dejara la casa. Tenía
que ver a una persona y no quería quedar con ella en ningún otro
sitio por temor a que se tratara de una trampa. Gerardo le explicó
la manera en que podía escapar por el techo en caso de peligro y
se fue a cenar a una taberna que había detrás del Mercado Central.
Una vez allí, tuvo que hacer de todo para declinar las ofertas de las
prostitutas sin que nadie se percatara de que era monje.
—Angelo me dijo que no tardaría mucho y que podía volver
a casa cuando terminara el oficio de las completas —continuó
mientras se giraba ligeramente para mirar de reojo el cadáver—.
Al regresar a casa me lo encontré tumbado en la cama, muerto.
No me había dado aún tiempo a horrorizarme por la carnicería
que habían hecho con su cuerpo, cuando la Inquisición llamó a
la puerta. Evidentemente había sido avisada por el asesino. Creí
conveniente que no encontraran el cadáver tal y como estaba, así
que le prendí fuego a la casa, lo cogí y huí saltando por el tejado.
—Y no se te ha ocurrido nada mejor que venir a traerme a mí
el problema —dijo Mondino, que apenas podía contener la cólera.
Gerardo era el responsable del incendio y también tendría
que rendir cuentas por ello. Ya se oían menos gritos: señal de que
habían dominado las llamas. Los sepultureros llegarían de un mo-
mento a otro.
—No esperaba encontraros aquí, maestro —aseguró el tem-
plario—. Pero he visto la luz por debajo de la puerta y he pensado
que podía entrar.
—¡Estás mintiendo! Todos mis alumnos saben que suelo venir
aquí por la noche para dedicarme a mis estudios de anatomía sin
llamar demasiado la atención.
El joven no tuvo más remedio que admitirlo. Asintió.
—La guardia del inquisidor me estaba buscando y no habría
tardado en darme alcance si me hubiera quedado por la calle con
mi amigo muerto. Necesitaba vuestra ayuda.
Mondino pensó en su tío Liuzzo, que desde hacía mucho
tiempo no dejaba de vaticinarle que su costumbre de ir a la escue-

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la de Medicina por la noche para diseccionar cadáveres termina-


ría por acarrearle alguna desgracia. Pero Liuzzo se refería, más
que nada, a la posibilidad de que algún malhechor lo atacara, ya
que se obstinaba en salir solo, sin los atavíos rojos de médico y sin
escolta. Jamás habría imaginado nada semejante.
—¿Por qué no lo has dejado donde estaba cuando le prendiste
fuego a la casa? —preguntó—. El inquisidor habría encontrado
un cuerpo carbonizado e irreconocible, y tú no habrías tenido
que correr tantos riesgos llevándotelo contigo.
Gerardo se dio la vuelta y se quedó mirando el cadáver tendi-
do sobre la mesa. Una corriente de aire hizo vacilar la llama del
candil y por un instante, a causa del rápido desplazamiento de las
sombras, pareció que el cuerpo de Angelo de Piczano se movía.
Muy a su pesar, Mondino dio un paso atrás.
—¡Contéstame, templario! —exclamó, irritado por haberse
dejado asustar. Todavía le costaba dirigirse a él con el nombre de
Gerardo. Aquel rostro, su melena, los ojos azules, el físico atlético
y bien proporcionado: todo correspondía a la imagen que su men-
te había conocido como Francesco Salimbene de Ímola y ahora
se resistía a darle otro nombre.
—Puede que no se quemara todo —contestó Gerardo sin
apartar la mirada del cadáver—. Y lo que hubiera quedado ha-
bría podido dañar seriamente nuestra orden. Si lo hubieran en-
contrado, les habría servido en bandeja una excelente excusa en la
que basarse para corroborar la acusación de adoradores del de-
monio que se ha presentado contra nosotros.
Era la segunda vez que se refería a las artes mágicas, pero en
el aspecto del cadáver que había colocado en la mesa no se per-
cibía nada extraño, aparte de la amputación de las manos. La ca-
ra transmitía una expresión de estupor, más que de horror. Una
mancha de sangre seca en la nuca, entre su corto cabello, dejaba
intuir que lo habían atacado por la espalda.
—Entonces —dedujo Mondino—, te lo encontraste desnudo
y muerto. Lo vestiste, le prendiste fuego a la casa y escapaste. ¿Y
cómo pensabas deshacerte de él?

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Gerardo abrió la boca, estupefacto.


—¿Cómo sabéis que estaba desnudo? —Luego asintió—. ¡Ah,
ya!, la túnica.
Al médico no le sentó bien que el joven se hubiera repuesto de
la sorpresa con tanta facilidad. Pero no era el momento de dejarse
llevar por tonterías como ésa. Tenía que seguir hablando hasta
que llegaran los sepultureros.
—Sí, la túnica —confirmó Mondino—. Está manchada de
sangre pero no está rota, lo cual implica que la herida se la hicie-
ron a pecho descubierto. O puede que se la hicieran cuando ya
estaba muerto —siguió conjeturando al tiempo que se acercaba
al cadáver para verlo mejor—, o después de que se desmayara
por un golpe en la cabeza.
—Vuestra perspicacia es digna de vuestra fama —dijo Gerar-
do—. Ya habéis deducido todo incluso antes de verlo.
Mondino, al intuir que el cumplido era sincero, se sintió orgu-
lloso. Enseguida se amonestó a sí mismo. La vanidad era uno de
sus peores defectos.
—Has mencionado el trato con el demonio en dos ocasiones
—comentó—. ¿Qué tiene de extraño esa herida?
Gerardo se volvió y le clavó una mirada entre asustada y de-
cidida.
—Miradla vos mismo, maestro.
Con movimientos rápidos y respetuosos, levantó el tronco del
muerto y le sacó la túnica por la cabeza. En cuanto Mondino vio
la herida del pecho, su interés aumentó desmesuradamente. Le
pidió a Gerardo que retrocediera entre los bancos del aula y, sin
perderlo de vista, se acercó a la mesa y siguió con un dedo el con-
torno de la herida sobre la piel fría.
—Quienquiera que haya hecho esto sabe cortar los huesos y
la carne —afirmó convencido—. Yo he tardado varios días en
conseguir un corte tan limpio.
Le habían cortado el esternón a lo largo, mientras que las cos-
tillas estaban partidas a los lados, bajo la piel amoratada. A la iz-
quierda había un pequeño orificio triangular. Mondino supuso

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que el asesino habría aturdido a la víctima con un golpe en la ca-


beza y luego lo habría apuñalado con un punzón o un estilete pa-
ra más tarde dedicarse al resto. El pecho del hombre parecía un
cofre minúsculo capaz de mostrar su contenido en cuanto le
abriesen la piel.
—Se lo he cerrado yo —dijo Gerardo confirmando así lo que
el médico estaba pensando—. Cuando me lo encontré, tumbado
en la cama, tenía el pecho abierto, como una boca obscena. Y
dentro...
Gerardo no pudo seguir hablando. Una emoción que no sabía
si era horror o dolor le embargó. Por su parte, Mondino dejó de
pensar en los sepultureros que iban a llegar de un momento a
otro, olvidando también que su alumno era un fugitivo peligroso,
y se concentró en el secreto del templario muerto. Se remangó
hasta los codos e introdujo los dedos entre los bordes de la herida.
En su mente se dibujó la imagen de un tabernáculo. Apartó en-
seguida aquel pensamiento sacrílego, aunque por un instante in-
tuyó que quizá fuera precisamente ésa la intención del misterioso
asesino: mofarse de la religión mediante la construcción de un ta-
bernáculo de carne y hueso en el pecho de la víctima.
Basta. No podía perder tiempo. Rodeado de un extraño silen-
cio, en el que los crujidos de la tela parecían los chasquidos de un
látigo, cogió cada lado de la herida y tiró de los bordes abriendo
la carne del pecho.
Soltó un grito horrorizado que en el aula vacía sonó todavía
más angustioso, e instintivamente dio un salto atrás.
Alzó la mirada para clavarla en Gerardo, que se había queda-
do de pie detrás del banco como si aquélla fuera una clase de ana-
tomía como cualquier otra, pero no vio señales de sarcasmo en
sus ojos azules. Tan sólo una mirada atenta, como si supiera per-
fectamente lo que se sentía.
Mondino quería hablar, pero el susto lo había dejado sin voz.
Intentó recuperar el control, se acercó a la mesa y volvió a mirar
aquel pecho martirizado, sin ceder al impulso de apartar la mira-
da. Lo que vio entre la sangre seca y los huesos rotos le perturbó

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aunque, en cierto modo, también le tranquilizó. Era horrible, pe-


ro perfectamente explicable.
—Alguien se ha divertido con este pobre de un modo atroz
—dijo con un tono forzado que quería transmitir serenidad—.
Estoy de acuerdo contigo en que profanar un cuerpo humano de
este modo induce a pensar en tratos con el demonio. El asesino ha
convertido el pecho de este hombre en un tabernáculo blasfemo
metiendo dentro, en lugar del cáliz con las hostias consagradas, la
escultura de un corazón de hierro que sustituye al de carne.
—No es una escultura —dijo Gerardo con un tono de voz tan
bajo que Mondino creyó que no lo había oído bien.
—¿Cómo?
—El corazón. No es una escultura. Miradlo mejor.
Mondino volvió a mirar el pecho abierto y vio claramente lo
que en realidad ya había notado antes, si bien su mente había
preferido descartarlo por inverosímil.
El corazón que estaba en el pecho de Angelo de Piczano era su
auténtico corazón humano, transformado en un trozo de metal.
Dada la precisión con que se unía a las venas y arterias que lo
ponían en comunicación con los demás órganos, no podía ser de
otra manera. No había discontinuidad alguna; no se veían unio-
nes ni costuras. La labor reflejaba una perfección más divina que
humana, pero retorcida; destinada a la muerte, no a la vida. No
había lugar a dudas: tenía que ser obra del Maligno.
Se volvió hacia Gerardo. Toda la seguridad de antes se le
había quedado atascada en la garganta y le había dejado una
sensación de sequedad que le impedía hablar. Con ademanes
apresurados, acercó al cuerpo las cuatro lámparas de pedestal.
Tenía que verlo mejor. Tenía que entenderlo. Tenía que pensar.
Ya no le preocupaba perder de vista a Gerardo. Sólo tenía ojos
para aquel tórax abierto, lleno de sangre seca, de órganos inmó-
viles y sin reflejo de vida, y para aquel corazón transformado en
una aberración.
El autor de aquel espectáculo tan repulsivo tenía que ser hu-
mano. En los huesos del tórax se veían las huellas de los dientes

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de una sierra, y por lo que él sabía, el diablo no usaba instrumen-


tos tan vulgares. Sin embargo, el asesino tenía que haber actuado
por algún tipo de impulso diabólico, no cabía la menor duda. Pe-
ro ¿por qué? ¿Qué esperaba conseguir?
Levantó la cabeza por temor a que Gerardo aprovechara el
momento para atacarlo. Pero el joven no se había movido. Le es-
taba mirando con las manos apoyadas en el atril en el que solía
dejar los papeles con sus apuntes, así como los peciae y demás
cuadernos de estudio.
—No voy a haceros nada, maestro —dijo, como si le hubiera
leído el pensamiento—. Si hubiera querido, ya os habría desar-
mado.
—Inténtalo y te sorprenderás —replicó Mondino, aunque sin
mostrar hostilidad.
Una idea que le rondaba por la cabeza le hacía temblar de
curiosidad y miedo. A su mente científica le resultaba evidente
que la transformación del corazón de Angelo de Piczano no te-
nía nada que ver con ningún humeante encantamiento de bruje-
ría, sino con artes mucho más concretas como la alquimia. Pero
una alquimia retorcida, claro está. En ninguno de los tratados
que había leído cuando estudiaba Medicina se mencionaba la
posibilidad de transformar la sangre humana en metal. En aque-
lla época, Mondino hasta consiguió hacerse con una copia del
Liber Aneguemis, la traducción latina de un manuscrito árabe
al que todos consideraban el libro que trataba del lado oscuro de
la alquimia, pero ni siquiera en él se llegaba a mencionar nada
tan horrible.
No obstante, estaba convencido de que si consiguiera la fór-
mula y la aplicara a un cadáver, toda la trayectoria de los vasos
sanguíneos que recorren los órganos y músculos de todo el cuerpo
—y que se escapaba tercamente a los intentos de disección con
cuchillo— se vería con gran claridad, como un mapa perfecto,
hasta en los más mínimos detalles. Y él podría copiarla en el tra-
tado de Anatomía que estaba preparando, en beneficio de las
ciencias médicas y de todos los médicos presentes y futuros.

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La posibilidad de adentrarse en algo tan oscuro, pero al mis-


mo tiempo tan fascinante y trascendental, se perdería irremedia-
blemente si Gerardo y el cadáver caían en manos de la Inquisición.
Volvió a mirar al templario, que no se había movido de su sitio
y lo observaba con atención. Mondino tuvo la clara sensación de
encontrarse ante otra persona, muy distinta del estudiante distraí-
do que había conocido.
—¿Qué harías si decidiera no denunciarte? —preguntó.
El joven esbozó una leve sonrisa. Era evidente que había ad-
vertido su interés por el secreto que contenía el cadáver y quería
aprovecharse de ello.
—Maestro, ayudadme a hacer desaparecer el cadáver de An-
gelo. Me aseguraré de que se diga una misa por él y después me
dedicaré en cuerpo y alma a buscar a su asesino —contestó con
seguridad, como si Mondino ya hubiera tomado una decisión.
Y en cierto sentido lo había hecho, pensó el médico con gran
estupor. Seguía diciéndose que ocultar un homicidio era una ac-
ción innoble y peligrosa, pero ya que Gerardo quería capturar al
asesino, se haría justicia de todos modos. También pensó en todos
los peligros a los que se expondría. En caso de que lo descubrie-
ran, pondría en peligro su cargo de maestro del Studium, que
tanto sacrificio le había costado, incluso a su familia. Pero todas
estas objeciones se derretían como nieve en el fuego ante el sueño
que se había apoderado de su mente.
Sin pensárselo dos veces —aunque consciente del riesgo que
conllevaban aquellas dos palabras y sabiendo que después se arre-
pentiría de ellas—, miró a Gerardo a los ojos, dejó el cuchillo en
la mesa y dijo:
—Te ayudaré.
Antes de que pudiera añadir nada más, se oyeron dos fuertes
golpes en la puerta y una voz que gritó sin consideración alguna:
—¡En nombre de la Santa Inquisición, abrid!
Gerardo lo miró asustado, pero no intentó escapar. Se quedó
inmóvil, esperando a ver lo que hacía el médico. Había llegado
el momento. Mondino tendría que elegir: o mantener la prome-

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sa que acababa de hacer o intentar quitarse de encima aquel


problema.

Al ver al hombre en el otro extremo de la larga mesa de roble que


dividía la habitación prácticamente por la mitad, Remigio Sensi
se sintió transportado a un pasado ya lejano, cuando todavía se-
guía en el Reino de Aragón, antes de llegar a Bolonia y convertir-
se en un banquero consolidado.
Había conocido a Ugo de Narbona en la ciudad de Tortosa,
en una ocasión que prefería no recordar.
Al igual que entonces, los caballeros del Temple seguían sien-
do sus mejores clientes. Solían necesitar dinero para comprarse
un caballo nuevo o para hacerle un regalo a alguna amante y, cla-
ro está, no podían dirigirse a la orden para pedir ese tipo de prés-
tamos.
Remigio les aplicaba un interés bastante bajo para no suscitar
la ira del arzobispo de Tarragona. En realidad, cualquier présta-
mo con intereses se consideraba usura, pero la Iglesia sabía que
necesitaba a los templarios para arrebatarles el sur de España a
los moros, por lo que hacía la vista gorda a la actividad de los
prestamistas.
Sin embargo, Ugo de Narbona no había necesitado jamás de
sus servicios. Había sido comandante en la batalla de Acre y res-
ponsable de las naves del Temple y de todas las mercancías que
transportaban, e incluso después de la caída de la ciudad había
mantenido importantes cargos en la orden. Pese a los votos de po-
breza y castidad, no le faltaban ni el dinero ni las amantes; y en
cuanto al voto de obediencia, a Remigio le daba la impresión de
que el francés había hecho voto de obedecerse a sí mismo.
El día en que Ugo fue a verlo por primera vez, le dejó bien cla-
ro que sabía perfectamente quién era y cómo le iban los negocios:
se le acercó y le exigió que le revelara los nombres y la entidad de
las deudas de algunos clientes, violando así los acuerdos de priva-

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cidad sobre los que fundaba su credibilidad como cambista y


prestamista. Cuando Remigio se negó, Ugo no tuvo ningún es-
crúpulo en emprenderla a puñetazos allí mismo hasta destrozarle
un labio y le aseguró que si no le daba lo que le pedía, pagaría a
un sicario para que lo matara aquella misma noche o la siguiente.
Entonces los soldados del rey registrarían su despacho para inten-
tar desvelar el misterio de su muerte y él hallaría una manera de
ayudarles en el cumplimiento de su deber. Sea como fuere, él con-
seguiría saber lo que quería, la única diferencia era que Remigio
habría perdido la vida.
Así pues, el banquero fue a buscar sus registros y se los enseñó.
Ugo los usó para hacer pública la vileza de los caballeros que,
a causa de aquellas pruebas, fueron inculpados de graves delitos,
juzgados indignos de seguir sirviendo a la orden y condenados a
remar durante años en las galeras españolas.
Puede que la sentencia fuera justa, o tal vez Ugo lo había mani-
pulado todo para librarse de unos cuantos adversarios incómodos.
El caso era que con aquella indiscreción los negocios de Remigio
habían sufrido un revés del que no pudo recuperarse hasta que
decidió volver a su patria y abrir un banco en Bolonia.
En aquel momento sus principales clientes eran los alumnos
del Studium y unos pocos caballeros del Temple con los que ha-
bía mantenido el contacto incluso después de que empezara el
proceso contra la orden. Los templarios de Bolonia que habían
escapado al arresto acudían a él para obtener préstamos y para
negociar a escondidas las ventas de propiedades que la Iglesia no
había confiscado aún. Y estos templarios solían dar su nombre a
los caballeros de otras ciudades.
Aquella noche, después de cenar, cuando el despacho que daba
a la calle ya llevaba mucho tiempo cerrado, uno de los dos siervos
armados que el banquero tenía en casa para que lo defendieran
fue a decirle que un viajero procedente de Tortosa deseaba verlo
urgentemente. Remigio se dirigió a la planta baja, convencido de
que un caballero del Temple lo estaría esperando, pero al ver a
Ugo de Narbona en el pasillo, poco le faltó para desmayarse.

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El francés iba vestido con la elegancia que le caracterizaba: tú-


nica azul hasta las rodillas —un cumplido a la nueva moda que
tendía a acortar cada vez más las vestimentas de los hombres—,
calzas de color gris plomizo y botines negros. Había envejecido
y los rizos que se le escapaban por debajo del bonete eran más
blancos que rubios, pero seguía infundiendo temor. Era alto, ro-
busto, con la cabeza algo cuadrada y una boca que transmitía
crueldad. Los antebrazos que podían verse sobresaliendo por de-
bajo de las mangas, recubiertos por una espesa pelusa rubia, recor-
daban las zarpas de un león. Remigio decidió enseguida que lo
mejor sería recibirlo y hablar en privado, en vez de intentar echar-
lo de allí por la fuerza. Por si acaso, les pidió a los dos siervos que
se quedaran detrás de la puerta y que entraran si los llamaba.
En cuanto se acomodaron en el despacho, y saltándose todo
tipo de formalidades, el banquero afirmó con dureza:
—Cualquiera que sea el motivo que os haya traído hasta aquí,
sabed que no haré nada por vos. Absolutamente nada.
Estaba seguro de poder llevar las riendas de la situación, pero
cuando el francés se puso de pie, apoyó los puños en la mesa y se
inclinó hacia él, Remigio Sensi se quedó petrificado.
—No será necesario que os recuerde lo que pasó la última vez
que me negasteis un favor —dijo Ugo de Narbona mientras le
plantaba en la cara sus ojos grises.
—Los tiempos han cambiado —contestó Remigio, intentando
no mostrar temor alguno—. Vuestra orden está siendo juzgada,
el gran maestre De Molay está en prisión y corre el riesgo de ter-
minar en la hoguera, y el Santo Oficio os está buscando. Bastaría
con que gritara para que se os echaran encima toda la guardia de
la ciudad.
—Y entonces, ¿por qué no gritáis? —lo desafió el francés.
Remigio se limitó a mirarlo fijamente.
—Yo os lo diré —continuó Ugo de Narbona—. Aunque la
Orden de los Caballeros del Temple esté siendo juzgada, los tem-
plarios siguen siendo vuestros mejores clientes, y si se corriese la
voz de que habéis traicionado y mandado arrestar al comandante

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de la batalla de Acre, los perderíais a todos. Además, si me ven-


dierais a los dominicos, yo podría decirles que vos trabajáis como
intermediario en muchos negocios de caballeros que han escapa-
do al arresto, que conocéis su escondrijo y que vuestra casa es el
punto de referencia para todos los que pasan por la ciudad. ¿Có-
mo creéis que reaccionarían?
—No les haríais algo así a vuestros hermanos —contestó Re-
migio, ya sin fuerza en la voz.
La mirada que le clavó el francés resultó más elocuente que
cualquier otro argumento. Ugo de Narbona estaba dispuesto a sa-
crificar a quien fuera con tal de conseguir lo que se había pro-
puesto.
En ese preciso instante llamaron a la puerta, Remigio dijo:
«Adelante», y entró Fiamma. Se había enterado de que había lle-
gado un cliente y, aunque fuera muy tarde, había ido para ayu-
darlo a escribir las actas, como siempre.
Iba vestida con la discreción que correspondía a una chica de
su edad, con las zapatillas de casa y una sencilla prenda de lana
que le disimulaba y cubría las formas, pero se debía de haber sol-
tado ya el pelo para acostarse y no le había dado tiempo a volver
a peinarse, así que sus cabellos rubios, recogidos con una diadema,
le caían libremente por los hombros, produciendo un efecto que
pocos hombres serían capaces de resistir. Se mantenía de perfil pa-
ra que el huésped sólo pudiera ver la parte sana de su rostro. A Re-
migio no se le escapó la mirada que le dirigió Ugo de Narbona.
—No necesito ayuda, hija mía —se apresuró a decir—. De to-
das formas, ya estábamos terminando.
Fiamma pareció sorprendida. Sus ojos negros, que en contras-
te con los cabellos rubios se veían aún más oscuros, se dirigieron
hacia el huésped con una mezcla de curiosidad y recelo. Remigio
percibió, casi físicamente, la excitación que aquella mirada había
provocado en Ugo de Narbona, por lo que el disgusto que sentía
por el francés volvió a entreabrirse como un huevo incubado du-
rante mucho tiempo.
—He dicho que puedes retirarte —repitió con brusquedad.

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—Como deseéis —convino Fiamma, con un tono obediente


que su actitud y su mirada desmentían por completo. Hizo una
breve reverencia en dirección al huésped, mostrando el rostro de
frente por un instante, salió y cerró la puerta sin hacer ruido.
—Cuando os conocí erais viudo —dijo Ugo, con tono reflexi-
vo, en cuanto se quedaron solos—. Y aunque os hubierais despo-
sado justo después, la joven tendría que tener unos seis o siete
años para ser vuestra hija. Y no me ha parecido que tenga el cuer-
po de una niña.
—Fiamma tiene diecinueve años y es mi hija adoptiva. La to-
mé a mi servicio cuando estaba en Tortosa, después de que vos hi-
cierais de todo por arruinarme. Luego me encariñé con ella y la
adopté. Pero no entiendo por qué habría de interesaros.
Ugo de Narbona volvió a sentarse en una de las tres sillas de
respaldo alto recubierto de seda púrpura y dejó caer las manos so-
bre los muslos. Su mirada calculadora aceleró el corazón del ban-
quero. Por mucho que el francés dispusiera de buenas fuentes de
información, no podía saber nada de Fiamma. No lo sabía nadie,
ni siquiera su confesor. Era el secreto mejor guardado de su vida.
—Es una pena que esa cicatriz le desfigure el rostro —conti-
nuó Ugo—. Con todo, no creo que encuentre dificultad a la hora
de encontrar marido. Supongo que muchos jóvenes de Bolonia
estarían encantados de entrar a formar parte de la familia de un
famoso banquero.
Remigio no entendía a qué estaba jugando. Cada una de sus
palabras parecían esconder una amenaza. Pero ¿qué podía hacer?
Si bien Ugo de Narbona ya no podía perjudicarle, seguía atemo-
rizándolo. Era un sentimiento irracional, quizá basado en la ex-
cepcional prestancia física de aquel hombre, que seguía siendo
alto y fuerte aun habiendo superado los cincuenta. Remigio reco-
noció a regañadientes que Ugo de Narbona tenía una capacidad
innata para la autoridad. Le bastaba con decir muy poca cosa pa-
ra que su interlocutor sintiera de inmediato el deseo de compla-
cerlo, de ver encenderse en sus ojos claros la luz de la aprobación.
Era un tipo de autoridad que ni siquiera el latín limitado y esco-

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lástico que usaba para comunicarse con quienquiera que no ha-


blase su lengua lograba mermar. No era difícil imaginar a un ejér-
cito de templarios dispuesto a seguirlo hasta la muerte en el
campo de batalla.
Después de todo, quizá fuera mejor escuchar lo que tenía que
decir.
—Decidme qué os ha traído hasta aquí, señor Ugo —propuso,
con un tono de voz que no le salió lo bastante firme como para re-
forzar la seguridad en sí mismo—. Y después decidiré qué hacer.

Mondino abrió la puerta. Ante él apareció un monje dominico se-


guido por tres guardias del potestad. Las antorchas que sostenían en
la mano creaban una isla de luz en la oscuridad de la calle. Cuando
reconoció a Uberto de Rímini, su preocupación se convirtió en algo
muy parecido al miedo. El inquisidor era famoso por la intransigen-
cia y la tenacidad con que perseguía a quienquiera que se cruzase
en su camino. Desde su llegada a Bolonia, las denuncias y condenas
de los templarios no habían dejado de multiplicarse. Mondino no lo
conocía personalmente, pero lo había visto participar en ceremonias
religiosas más de una vez. Era un hombre menudo —él mismo le
sacaba una cabeza—, enjuto, completamente calvo y de tempera-
mento impaciente e irritable. Impresionaba por la ardiente energía
nerviosa que emanaba de todo su cuerpo, ceñido con el hábito blan-
co y negro de los dominicos y, sobre todo, por los ojos negros y lige-
ramente juntos que brillaban en su cabeza pelada.
—La paz sea con vos, padre —dijo Mondino—. ¿Cómo es que
sigue por aquí a estas horas?
—Eso mismo le podría preguntar yo —rebatió el dominico.
Se mantenía a unos tres pasos de distancia, un truco que solían
usar los hombres más bajos para poder mirar a los demás a los
ojos sin tener que mirar hacia arriba—. Cuando un hombre está
despierto de noche, bien puede ser por motivos ilícitos, y no para
hacer la voluntad de Dios.

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Mondino sabía perfectamente que no debía reaccionar ante tal


provocación. Lo mejor era justificarse de algún modo y contestar a
las preguntas, esperando que los esbirros, como el pueblo llamaba a
la guardia de la ciudad, no hicieran de las suyas y que el inquisidor
se fuera pronto. Pero su carácter impulsivo volvió a traicionarlo.
—En esta ciudad, los que más empeño ponen en cumplir la
voluntad de Dios durante las horas nocturnas son los religiosos
—dijo.
Por la cara que puso el monje se dio cuenta de que conocía el
dicho estudiantil. Puesto que la voluntad de Dios era «creced y
multiplicaos», entre los goliardos se había difundido la moda de
referirse al acto sexual con esa perífrasis. Si Uberto hubiera con-
firmado sus palabras, habría sido como admitir que los curas so-
lían pasar la noche con rameras. Pero tampoco podía negar que
se dedicaran a servir a Dios.
Sin embargo, a Mondino no le dio tiempo a complacerse con
su propia argucia. Uberto de Rímini pronunció una sola palabra:
«Prendedlo» y, antes de que le diera tiempo a hacer nada, dos
hombres se le pusieron a los lados y un tercero a la espalda.
—¿Qué pretendéis hacer, padre? —preguntó impasible—. Yo
no soy ningún hereje y tampoco he cometido ningún delito: soy
Mondino de Liuzzi, médico del Studium.
El gesto de indignación del monje se acentuó aún más.
—Sé perfectamente quién sois: el que ha corrompido el arte
de la Medicina al introducir la práctica de seccionar cuerpos hu-
manos, violando abiertamente una bula papal. No me sorprende
que seáis tan insolente con quien defiende la palabra de Cristo.
—La bula De sepulturis prohíbe desmembrar y cocer los ca-
dáveres, no seccionarlos con propósitos científicos —arguyó Mon-
dino—. Más que nada se promulgó para terminar con el comercio
de falsas reliquias y huesos de santos.
Uberto no se dignó contestar.
—Estamos buscando a un asesino impío que, tras haber prendi-
do fuego a la casa donde vivía, ha huido por el tejado. Es posible que
se haya llevado el cadáver del hombre que ha matado.

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—¿Y lo buscáis en mi casa?


—Una vez apagado el incendio, hemos hablado con los veci-
nos y nos han dicho que es un estudiante de los vuestros. Y dado
que la escuela de Medicina está a una calle de distancia, sería ló-
gico que hubiera pensado en refugiarse aquí.
—Lo ilógico —dijo Mondino apretando los dientes— es pen-
sar que yo habría dado cobijo a un asesino. Aquí no hay nadie.
Se acabó. Lo había dicho. Había mentido. Cuando abrió la
puerta no estaba tan seguro de querer correr aquel riesgo, por
mucho que se lo hubiera prometido a Gerardo y por mucho que
le interesara el cadáver con el corazón de hierro. Pero la arrogan-
cia del inquisidor y la antipatía instintiva que le inspiraba se ha-
bían encargado del resto, y ahora ya no podía echarse atrás: era
una mentira que jamás le perdonarían. A aquellas alturas, salvar
a Gerardo equivalía a salvarse a sí mismo.
—¿Podemos comprobarlo?
—No. Mi palabra debería bastaros.
Uberto de Rímini hizo un gesto a los guardias para que cogie-
ran a Mondino por los brazos. El médico intentó zafarse de un ti-
rón, pero el hombre que tenía detrás lo agarró por la cintura.
Mondino oyó el ruido de algo que se hacía añicos. Debía de ha-
berse caído una lámpara.
—¡Soltadme inmediatamente!
—Sólo queremos entrar para echar una ojeada. Si no escon-
déis nada, no tenéis nada que temer.
—Mis alumnos viven muy cerca —dijo Mondino, que apenas
lograba contener la rabia—. Hace poco estaban por aquí echan-
do una mano con el incendio. ¿De verdad queréis que me ponga
a gritar para pedir ayuda?
Los guardias aflojaron la fuerza imperceptiblemente. Sabían
que los estudiantes acogían con gusto cualquier oportunidad de
crear desórdenes, especialmente cuando alguno de ellos o de sus
maestros se sentía amenazado. Y estaba claro que Uberto de Rí-
mini estaba al corriente. Lo miró de tal modo que el médico tuvo
que hacer uso de todo su orgullo para no bajar la mirada.

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—Soltadlo —ordenó en voz baja.


Los hombres armados dieron un paso atrás, haciendo tintinar
las dagas que llevaban colgadas al cinto. Aunque estaban a las ór-
denes de la ciudad, y no de la Iglesia, Mondino supo al ver sus
rostros impasibles que no dudarían en obedecer cualquier orden
que pudiera darles el inquisidor. Por otra parte, se imaginaba que
negarse a obedecer una orden de Uberto de Rímini podría con-
llevar consecuencias desastrosas.
—No tardaremos en encontrarle y, cuando lo hagamos, le
obligaremos a confesar —dijo el dominico con una mirada pene-
trante—. Será mejor que no hayáis mentido.
Se dio la vuelta, haciendo ondear la capa negra y el cordón de
lino retorcido que le ceñía el hábito blanco, y se dirigió hacia la
puerta de San Antonino. Los dos guardias lo siguieron en silencio.
Por más que le quemase la garganta por las ganas de gritarle al-
guna frase hiriente, Mondino inclinó la cabeza y se limitó a decir:
—La paz sea con vos, padre.

En cuanto oyó que se cerraba la puerta, Gerardo salió del arcón


en el que el médico le había pedido que se tumbara, sobre el ca-
dáver de su amigo.
—No podía respirar —dijo después de aspirar profundamente.
—Ni yo tampoco —replicó Mondino—, por mucho que estu-
viera al descubierto.
Se hizo el silencio.
Durante su huida por los tejados, a Gerardo no le había dado
tiempo a pensar en nada y dentro del arcón había mantenido los
oídos bien atentos y el corazón en un puño, preparado para rea-
lizar cualquier movimiento desesperado si el inquisidor hubiera
entrado a registrar la casa o si Mondino le hubiera traicionado.
Una vez superado el peligro, su cuerpo, más que su mente, recor-
dó la sensación de la piel fría de Angelo, de aquel contacto cerca-
no e íntimo con la muerte. Un largo escalofrío le recorrió todo el

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cuerpo y tuvo que sentarse en el suelo. Al fin brotaron lágrimas


de sus ojos.
Sin demostrar comprensión alguna, Mondino lo devolvió brus-
camente a la realidad.
—Los sepultureros que estoy esperando no tardarán en llegar
—dijo—. Lo más seguro es que se hayan escondido para que no
los vieran los hombres del incendio ni los del inquisidor, pero en
cuanto la situación se calme, llamarán a la puerta.
—¿Estáis esperando a unos sepultureros? —preguntó Gerar-
do mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿A
estas horas?
—¿Y qué creías que estaba haciendo aquí en plena noche?
¿Esperándote a ti? Ayúdame a levantar a tu amigo. Tenemos que
darnos prisa.
El médico acababa de arriesgarse a un arresto y a una severa
condena en caso de que los guardias hubieran descubierto lo que
andaban buscando y, sin embargo, no parecía asustado. Gerardo lo
miró mejor y, quizá porque su relación ya no era la de un alumno
con su maestro, fue como si lo estuviera viendo por primera vez. De-
bía de tener unos cuarenta años, pero, a juzgar por su aspecto, pa-
recía más joven. Era alto y delgado, con unos ojos verdes de mirada
intensa bajo una frente despejada. Al ponderar su físico vigoroso,
envuelto en la túnica negra que le llegaba a las pantorrillas, Gerardo
pensó que había hecho bien en no intentar desarmarlo. A pesar de
su preparación y de la diferencia de edad, el resultado de una pelea
con el médico habría podido reservarle alguna sorpresa.
Mientras sacaban el cuerpo de Angelo del arcón y lo coloca-
ban de nuevo sobre la superficie de mármol, Mondino le explicó
que estaba esperando el cadáver de una mujer, que habían ajus-
ticiado aquel mismo día, para diseccionarla.
—He solicitado el debido permiso ante el magistrado. Es todo
legal —aclaró, mientras volvía a abrir el pecho del muerto y estu-
diaba su corazón de hierro como algo fascinante y no como la
monstruosidad que representaba—. Pero tengo que esconderme
de todas formas porque la Iglesia no es partidaria del progreso de

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la ciencia y no pierde ninguna ocasión de interferir. —Se volvió


para mirarlo como si Gerardo fuera el principal responsable de la
actitud que la Iglesia demostraba ante él—. Mientras los curas si-
gan entrometiéndose en todo, en vez de ocuparse de la salvación
de las almas, seguiremos quedándonos atrás.
No era un secreto para nadie que Mondino estuviera política-
mente de lado de los Lambertazzi, o sea, que fuera un gibelino,
partidario del emperador y contrario al Papa. Sus convicciones
incluso le habían llevado al exilio, y para volver a Bolonia había
tenido que pagar una multa costosísima. Naturalmente, Gerardo,
que era monje, era de otro parecer y apoyaba a los Geremei, pero
no era el momento de ponerse a objetar.
Se quedó callado mientras Mondino cogía el cuchillo y empe-
zaba a incidir en los puntos en que el metal cedía el sitio a la car-
ne. Al verlo trabajar, Gerardo no pudo evitar sentir admiración
por él. Estaba concentrado y obraba con precisión. Sus gestos no
parecían presurosos pero, con todo y con eso, al poco tiempo ya
había extraído aquel horror de carne y hierro del pecho de Ange-
lo. Se lo pasó para que lo escondiera en el arcón. Cuando se en-
contró entre las manos lo que había sido el corazón de su amigo,
Gerardo estuvo a punto de soltar un grito, pero se contuvo y eje-
cutó la orden sin discutir.
—¿Qué pretendes hacer ahora? —preguntó Mondino sin mi-
rarlo.
Había vuelto a cerrar el pecho de Angelo y parecía más tran-
quilo.
—¿En qué sentido, maestro?
—Tenemos que descubrir quién ha matado a tu amigo, ¿no?
—contestó Mondino, impaciente—. Así que tendremos que tra-
zar un plan.
—¿Estáis diciendo que queréis ayudarme?
Gerardo no consiguió ocultar el tono de fastidio de su voz. Es-
taba contento de que lo hubiera ayudado a esconder el cadáver,
pero no quería intromisiones que entorpecieran la búsqueda del
culpable.

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Mondino estaba de espaldas, delante de la alacena en la que


guardaba sus instrumentos de cirujano. Cuando se dio la vuelta,
tenía una bobina de hilo de seda en una mano y una aguja enor-
me en la otra.
—Escúchame bien —dijo, fulminándolo con la mirada—: le
he mentido al inquisidor, te he ayudado, he cometido un acto que
va contra la ley y ahora corro el mismo peligro que tú. No tengo
ninguna intención de quedarme aquí sentado esperando a que un
joven inexperto cometa algún error, lo arresten y nos condenen a
los dos. Has pedido mi ayuda y la has obtenido. Ya no puedes
echarte atrás. A partir de ahora seré yo quien decida cada uno de
los pasos que tendremos que dar. ¿Está claro?
—De ninguna manera —refutó Gerardo, molesto—. Os res-
peto como médico y maestro y os quedo muy agradecido por no
haberme denunciado, pero no estoy dispuesto a dejarme guiar
por vos en lo que tengo que hacer.
No le había hecho ninguna gracia que lo llamara joven inex-
perto, y tampoco creía que un laico, contrario a la Iglesia y sin
ningún tipo de instrucción militar, pudiera ayudarlo a encontrar
a un asesino y a defender al mismo tiempo los intereses de los ca-
balleros del Temple.
Mondino se acercó al cadáver y, sin decir palabra, comenzó a
suturar el pecho horadando la carne y tirando del hilo con gestos
expertos y veloces dignos de una zurcidora. Cuando hubo termi-
nado, le pidió a Gerardo que le ayudara a ponerle de nuevo la tú-
nica, y luego expresó en voz alta lo que pensaba:
—Mi participación no es negociable —afirmó, al tiempo que
le dirigía una mirada decidida con sus ojos verdes—. Tú quieres
encontrar al asesino y yo quiero descubrir el secreto de su alqui-
mia. Tenemos que aliarnos, y no te conviene rechazar mi ayuda.
—¿Porque si no me denunciaríais? —insistió Gerardo con to-
no belicoso.
—No, porque seguir dos líneas de acción paralelas puede ayudar-
nos a obtener lo que queremos en menos tiempo. Cuanto más tiem-
po perdamos, más posibilidades tendremos de que nos descubran.

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—Habláis como si ya tuvierais un plan.


—Así es. Pero antes de proceder, tienes que aceptar mi ayuda
sin condiciones.
Gerardo reflexionó. Aunque no hubiera recibido instrucción
militar, Mondino parecía fuerte y decidido: un tipo de hombre
que no había que subestimar a la hora del combate. Había de-
mostrado ser capaz de reaccionar ante los imprevistos. Y, además,
la idea de indagar en dos direcciones distintas no estaba nada
mal. Pero seguía sin saber si podía seguir fiándose de él cuando
ocultaran el cadáver.
—¿No me traicionaréis? —preguntó.
—Ya he perdido la oportunidad de hacerlo y estoy empezando
a arrepentirme. Tienes que decidirte. No tenemos toda la noche.
—Está bien. Pero tomaremos juntos todas las decisiones.
Mondino se quedó un momento pensativo. Al final, asintió.
—Ahora te explicaré mi idea, luego me dirás la tuya, y llega-
remos a un acuerdo.
Debía de ser su trabajo de profesor lo que le condicionaba.
Aunque acababa de aceptar una colaboración entre iguales, seguía
comportándose como cuando se dirigía a sus alumnos desde el es-
trado. En cuanto empezaron a hablar, alguien aporreó la puerta.
Eran los sepultureros que, tal y como Mondino se había imagina-
do, se habían quedado escondidos en un callejón con la carretilla
en la que llevaban el cadáver de la mujer, esperando a que todo
volviera a quedarse en silencio. Gerardo se fue corriendo a la otra
habitación mientras que Mondino les abría. Desde la otra parte
de la puerta, oyó cómo se excusaban: habían visto al inquisidor
con los tres guardias, así que se habían asustado y habían tirado
el cadáver a una cloaca. Cuando vieron que los hombres se aleja-
ban, lo recogieron. Mondino se indignó y dijo que era imposible
practicar la anatomía en un cuerpo recubierto de barro y otras
sustancias innombrables. Los sepultureros le pidieron dinero para
volver a llevarse a la mujer, el médico pactó una cifra y al final les
ofreció el doble para que se llevaran también el cadáver del hom-
bre que tenía en la mesa de disección. Se trataba de un cuerpo

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que ya había diseccionado y estudiado —les explicó—, y quería que


lo enterraran en una fosa común. Los sepultureros cogieron a An-
gelo, lo subieron a la carreta, encima del cuerpo de la mujer, se
embolsaron la cifra pactada y se fueron satisfechos.
Cuando Gerardo volvió al aula, por fin pudieron hablar en
paz.
—Como te estaba diciendo, hay dos líneas que tenemos que
seguir —continuó el médico, mientras apoyaba la espalda contra
uno de los bancos—. La primera es averiguar con quién tenía que
verse Angelo esta noche y a quién ha visto desde que llegó a la
ciudad. La segunda es la pista de la alquimia.
—Entiendo vuestro interés por la fórmula que permite trans-
formar la sangre humana en hierro —replicó Gerardo. Aunque
estaba cansado y hubiera preferido sentarse, se quedó de pie—.
Pero no entiendo cómo puede ayudarnos a encontrar al asesino.
—Estudié algo de alquimia como parte de mi formación en
Medicina, pero nunca he oído hablar de nada parecido —expli-
có Mondino. Tenía la mirada desenfocada, como si estuviera
intentando repasar mentalmente todos los libros que había leí-
do—. Un secreto como éste tiene que estar en manos de muy po-
cas personas. Si descubrimos quiénes son, estaremos a un paso
del asesino.
Gerardo se quedó pasmado ante la claridad mental del médi-
co. No habían tenido ni un segundo de tranquilidad desde que se
presentó en su puerta y, sin embargo, Mondino ya había elabora-
do un plan al que tan sólo habría que añadir unos cuantos deta-
lles. Sin más, decidió compartir con él todo lo que sabía. Metió la
mano en la pequeña bolsa de cuero que llevaba atada al cinto y
sacó un trozo de papel arrugado.
—Cuando lo vestí, me encontré esto en la túnica de Angelo.
Puede que no sea importante, pero es la única pista que tengo.
Mondino lo examinó detenidamente. Daba la impresión de
que lo hubieran arrancado a toda prisa de una hoja de papel más
grande. En él se leían unas cuantas palabras, escritas en seco, tal
vez con una uña.

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—Filomena, abrevadero, mercado —leyó Mondino en voz


alta—. Es la dirección de una mujer. ¿Una prostituta?
—Yo también lo he pensado, maestro. Puede que Angelo no
respetara completamente el voto de castidad.
Mondino esbozó una sonrisa sarcástica y Gerardo se preparó
para rebatir un comentario sobre los curas vividores, pero el mé-
dico no dijo nada y volvió a mirar el trozo de papel.
—En la ciudad hay muchos mercados y muchos sitios adonde
ir para dar de beber a los caballos —dijo—. Pero apuesto lo que
sea a que se refiere al mercado de la plaza del Campo.
—¿Por qué estáis tan seguro?
—Tu amigo era forastero. Si ha escrito esto, sin más detalles,
lo más seguro es que se trate del mercado de ganado más grande
de la ciudad.
Seguramente tenía razón, pero Gerardo estaba cansado de
alabarlo.
—Entonces empezaré por ahí —se limitó a decir—. Esta no-
che...
—Esta noche te quedarás aquí —lo interrumpió el médico,
mientras se apartaba del banco—. No hay ninguna cama, pero
puedes poner las sábanas del arcón sobre la mesa y dormir aquí.
—Pasaré la noche rezando por el alma de Angelo —replicó
Gerardo. Sólo de pensar que tenía que tumbarse en aquella su-
perficie de mármol en la que Mondino había destripado tantos
cadáveres, le entraron escalofríos.
—Como quieras. Mañana tengo clase a la hora tercia, pero el
bedel llega a la hora prima para preparar el aula. Que no te en-
cuentre aquí.
—Me iré al despuntar el alba, podéis estar seguro —repuso Ge-
rardo—. Yo me encargaré de buscar a la mujer. ¿Qué haréis vos?
—Iré a hablar con unos alquimistas que conozco. Por la tarde,
poco antes de vísperas, nos encontraremos en la iglesia de los
Santos Vitale y Agrícola, cerca de mi casa. Te estaré esperando
sentado en el banco de mi familia.
—Allí estaré, no lo dudéis.

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—Bien —dijo Mondino mientras abría la puerta—. Entonces,


hasta mañana.
—Hasta mañana, maestro —contestó Gerardo—. Y gracias
por la ayuda.
El médico se dio la vuelta lentamente y lo miró con atención.
—Siempre he sido muy impulsivo a la hora de tomar mis de-
cisiones —dijo—. Y la de ayudarte no ha sido una excepción. Es-
pero que hagas todo lo posible para que no me arrepienta.
Acto seguido, salió a la oscuridad de la calle, sin ni siquiera
una antorcha que le iluminara el camino, y se dirigió con paso de-
cidido hacia su casa.
Gerardo se quedó inmóvil en el umbral escuchando los rumo-
res de la noche. Si los vecinos habían vuelto ya a sus casas, lo más
seguro era que el incendio no hubiera causado grandes daños. No
obstante, los centinelas tendrían su descripción y a partir del día
siguiente empezaría a buscarlo la guardia de la ciudad, además de
la Inquisición. Tendría que encontrar una casa, cambiar de nom-
bre y actuar con cautela.
Cerró la puerta y la aseguró con un travesaño. Se pasó las ma-
nos por la melena que casi le llegaba a los hombros, más para cal-
marse que para arreglársela, y fue a arrodillarse ante el arcón. A
falta del cadáver, velaría el corazón metálico de Angelo de Picza-
no, sepultado bajo dos mantas en aquella caja de madera.
Estaba claro que el alma de Angelo, dondequiera que se en-
contrara, debía sentir una gran necesidad de consuelo.

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