La Escuela Que Queremos
La Escuela Que Queremos
La Escuela Que Queremos
Durante muchos años, mientras proliferaba la investigación sobre las iniquidades del
individualismo, fueron escasos los estudios sobre el trabajo de los docentes en equipos. A
medida que escuelas y juntas escolares emprendían iniciativas para desarrollar relaciones de
trabajo en equipo entre docentes, empezamos a comprender algunos de los beneficios
reales, pero también algunos de los obstáculos e inconvenientes de diferentes modalidades
de trabajo en equipo.
Como se recordará, Rosenholtz (1989) en su muestra llamó la atención sobre dos culturas
escolares particularmente características. Las llamó escuelas atascadas (o de «aprendizaje
empobrecido») y escuelas en movimiento (o de «aprendizaje enriquecido»). Recapitulando,
las escuelas «atascadas» tenían alumnos con bajo rendimiento; en ellas, los docentes por lo
común trabajaban solos y rara vez pedían ayuda. ¿Qué pasaba entonces en las escuelas
«en movimiento»?
Rosenholtz mostró que en las escuelas «en movimiento» los docentes hacían más trabajo en
equipo. La mayoría, aun entre los más experimentados, estaban convencidos de que la
enseñanza era difícil en sí misma. Creían que los docentes nunca terminaban de aprender a
enseñar. Y esta mayoría de docentes que reconocían la dificultad de la enseñanza, admitían
en consecuencia que a veces necesitaban ayuda. Por lo tanto, dar y recibir ayuda no
implicaba incompetencia. Era parte de la búsqueda común de una mejora sostenida. Recibir
apoyo de sus colegas, que les comunicaron lo que hacían, inspiró a esos maestros más
confianza y seguridad en sus propios intentos y métodos.
En las escuelas eficaces, como observa Rosenholtz, el trabajo en equipo se asocia a normas
y oportunidades que dan sustento a la mejora sostenida y al aprendizaje permanente (en
toda la carrera): «El supuesto es que la mejora de la enseñanza constituye una empresa más
colectiva que individual, y que el análisis, la evaluación y la experimentación en compañía de
sus colegas son condiciones bajo las cuales el docente mejora» (pág. 73). Como
consecuencia, los docentes son más propensos a confiar en un saber compartido, a valorarlo
y legitimarlo, a buscar consejo y ofrecer ayuda tanto dentro como fuera de la escuela. Así es
más probable que lleguen a ser mejores profesionales en su tarea: «Todo esto significa que
en algunas escuelas es mucho más fácil que en otras aprender a enseñar, y aprender a
enseñar mejor» (pág. 104).
Para Rosenholtz, el trabajo en equipos docentes modifica sobre todo la incertidumbre de la
tarea, capaz de hacer perder su confianza en sí mismo al docente que la enfrente solo. En
este mismo sentido, Ashton y Webb (1986) descubrieron que la principal ventaja del trabajo
en equipo es reducir la sensación de impotencia de los docentes y aumentar su convicción
de eficacia. Parte del estudio de Ashton y Webb se concentró en un análisis comparativo de
una escuela secundaria inicial organizada algo tradicionalmente, y una escuela media más
bien progresista. Aunque las dos tenían alumnos de extracción social similar, la escuela
media presentaba niveles de rendimiento estudiantil más altos en las habilidades básicas.
Ashton y Webb atribuyeron esta diferencia a la convicción de eficacia de los docentes y a las
percepciones del rol docente en una y otra escuela.
En la escuela secundaria inicial, los docentes eran «un poco fatalistas» acerca del potencial
académico de sus alumnos. Se consideraban ingenuos a sí mismos por haber buscado
metas más ambiciosas al comienzo de su carrera. Dijeron ser ahora más realistas. En el
fracaso de los alumnos en alcanzar las metas académicas veían un problema de motivación;
un problema con los estudiantes o el medio del que provenían.
Los docentes de la escuela media tenían una convicción más arraigada sobre su eficacia:
«Sabían que podían hacer una contribución significativa a la vida de los alumnos y estaban
pública y personalmente empeñados en ello» (pág. 106). Los docentes de la escuela media
tenían una más alta opinión de su profesión y de sus responsabilidades. Definían su trabajo
con más amplitud: insistían tanto en el desarrollo personal como en el logro académico; tanto
en el trabajo con los colegas como en el trabajo con los alumnos. La colaboración entre los
docentes, el trabajo en equipo y las decisiones conjuntas caracterizaban a la organización de
esta escuela.
Los recursos y las provisiones se compartían. Los docentes planificaban juntos, en horarios
reservados para ello al comienzo y al final de la jornada escolar. Conversaban sobre todos
los temas. Sorteaban los obstáculos en busca de un objetivo común. Esto contribuía a darles
una convicción común de buenos resultados, una fe en su eficacia.
Sin duda, hay aquí cierta selectividad. Los docentes abiertos a las ideas nuevas se ven
atraídos por las escuelas «en movimiento». Los renuentes al aprendizaje se sienten más
seguros en las escuelas «atascadas» (pero, nos arriesgamos a decir, no quedan más
satisfechos en el largo plazo). Sostendremos más adelante que conviene definir y fomentar la
apertura al aprendizaje en la selección de futuros maestros, y en el momento de
proporcionarles sus primeras experiencias en programas iniciales de educación docente y de
asignarles sus primeros puestos. Pero es en el ambiente laboral donde la lucha por la mejora
se tiene que librar. Sabemos que esto es posible porque, aunque sean minoría, «existen»
escuelas que trabajan en equipo y en ellas «la auto-renovación continua se define, comunica
y experimenta como un hecho natural de la vida diaria» (Rosenholtz, 1989, pág. 74).
Imagina que llegas a ser un mejor maestro sólo por formar parte del cuerpo docente
de una escuela determinada: sólo por ese hecho (Little, 1990).
Hasta ahora hemos dicho una serie de cosas favorables acerca de las relaciones laborales
cooperativas y sus ventajas para las escuelas. Pero no hemos sido claros acerca de lo que
realmente significa esa colaboración para los directores y maestros. Esto no es inusual.
Conceptos atractivos como los de trabajo en equipo y colaboración suelen envolverse en una
sensación global de virtud. Esa vaguedad puede ser útil al comienzo, cuando la gente trata
de seleccionar las diferentes posibilidades. Pero después puede presagiar desilusión y
desengaño si las esperanzas e intenciones no se cumplen, y el sentido y los beneficios
llegan a ser menos claros. Por lo tanto es vital comprender el significado del trabajo en
equipo.
Lo que pasa por trabajo en equipo significa cosas muy diversas en diferentes escuelas.
Algunas buscan reducir la incertidumbre del docente e incrementar su eficacia. Otras ayudan
menos en ese aspecto. Por ejemplo, es importante que usted no infiera que en su escuela se
trabaja en equipo porque existe una confortable sala de profesores, los maestros se cuentan
anécdotas sobre los alumnos y se brindan apoyo moral. La colaboración que conduce a una
mayor eficacia exige mucho más que esto. Las escuelas donde los maestros permanecen
aislados e inseguros en su propia aula no siempre son escuelas abiertamente inhóspitas en
el sentido social. De hecho, en su informe sobre las escuelas «atascadas», Rosenholtz
señaló que las salas de docentes en esas escuelas a menudo eran lugares felices. Pero esa
felicidad nacía de conversaciones sociales en sentido amplio, sobre actividades no
escolares, o de historias y chistes contados acerca de los alumnos y sus padres, a menudo a
sus expensas. En esas salas no se hablaba mucho de la profesión: no había discusiones
serias sobre el trabajo y su mejora. Evidentemente cuando se trata de desarrollar culturas de
trabajo en equipo no hay que confundir felicidad con excelencia.
Little (1990) ha identificado cuatro clases diferentes de relaciones de trabajo en equipo entre
los maestros. Las describe así:
1) de interpretación y de relatos;
2) de ayuda y asistencia,
3) de participación, que son formas débiles de trabajo en equipo.
Little aduce que si el trabajo en equipo se limita a las anécdotas, a la ayuda ofrecida sólo
cuando se pide, o a intercambiar ideas existentes sin examinarlas ni ampliarlas, lo más
probable es que consolide el statu quo.
Sin embargo, hay otro tipo de relación cooperativa. Little observa que el cuarto tipo —el
trabajo conjunto— es la forma más sólida de colaboración (por ejemplo, la enseñanza en
equipo, la planificación, la observación, la investigación, la capacitación permanente entre
pares, la tutoría, etc.). El trabajo conjunto implica y genera una mayor interdependencia
responsabilidades compartidas, un compromiso y un progreso colectivos, y una mayor
disposición a participar en las difíciles tareas de revisión y crítica. Esta, expresa Little, es la
modalidad de trabajo en equipo y de cultura más propicia a una mejora significativa. Otras
modalidades quizáS ofrezcan el impulso básico hacia la búsqueda de la mejora, pero serán
apenas sustitutos de la modalidad mencionada.
Little afirma que muchos ejemplos de aparente trabajo en equipo representan «lazos
débiles». Por ejemplo, cita testimonios para sostener que proyectos de entrenamiento y
tutoría suelen ser de esta variedad relativamente superficial, que sirve como refugio y es
intrascendente, y por lo tanto tienen escaso efecto en la cultura de la escuela. En la próxima
sección volveremos sobre este tema de las formas débiles de trabajo en equipo, pero aquí
queremos destacar que la búsqueda de formas sólidas y eficaces de colaboración tiene que
crear condiciones propicias para que los docentes planteen y aborden cuestiones críticas y
urgentes:
Uno de los estudios más sagaces sobre el aspecto que las culturas del trabajo en equipo
presentan en la práctica fue realizado por Nias y un equipo de investigadores en Inglaterra
(Nias, Southworth y Yeomans, 1989). Nias y su equipo llevaron a cabo un estudio de casos
en profundidad para cinco escuelas primarias ya conocidas por sus relaciones positivas entre
el personal. Enseñaron y observaron en esas escuelas durante un año.
Las ricas descripciones que construyeron en esas escuelas ofrecen relatos fascinantes,
detallados y realistas del aspecto que presentan en la práctica las culturas donde el trabajo
en equipo se despliega con fuerza.
Las culturas del trabajo en equipo se descubren en todos los aspectos de la vida de la
escuela: en los gestos, chistes y miradas que transmiten simpatía y comprensión; en el
esfuerzo y el interés personal que se manifiesta en los corredores o fuera de las aulas; en los
cumpleaños, agasajos y otras pequeñas celebraciones; en la aceptación e interacción entre
vida personal y profesional, en el elogio sincero, el reconocimiento y la gratitud; y en el acto
de compartir y discutir ideas y recursos.
En estas culturas, el fracaso y la incertidumbre no se protegen ni se defienden, sino que se
comparten y se discuten con vistas a obtener ayuda y respaldo. Los maestros no pierden su
tiempo ni su energía en poner a salvo su responsabilidad. Las culturas del trabajo en equipo
requieren un amplio acuerdo sobre los valores educativos, pero también toleran el disenso y
hasta cierto punto lo alientan activamente dentro de esos límites. Las escuelas con esas
características también son lugares donde se trabaja con empeño, donde hay Una
dedicación y un compromiso firmes y comunes, existe una responsabilidad colectiva y un
sentido especial de orgullo por la institución.
Las culturas cooperativas reconocen la intención del docente y le dan voz. Curiosamente, el
disenso es más fuerte y más frecuente en las escuelas con cultura de trabajo en equipo que
en las otras, ya que se discuten las intenciones, los valores y su relación con la práctica.
Pero este desacuerdo es posible gracias a la base sólida de seguridad fundamental sobre la
cual se apoyan las relaciones del personal: seguridad que permite apertura en la discusión y
en el desacuerdo temporario, sabiendo que esto no supone una amenaza para la continuidad
de las relaciones. En las culturas de trabajo en equipo, el análisis de los valores y las
intenciones no es un acontecimiento aislado, como aquel en que el personal participa en la
redacción del Informe del Proyecto, sino un proceso continuo que abarca a toda la escuela.
Ahora bien, el desacuerdo también es posible gracias a las amplias coincidencias sobre los
valores y orientaciones fundamentales que el personal desarrolla e implementa con el
tiempo. Las intenciones en las culturas del trabajo en equipo no son enteramente
idiosincrásicas, sino que reciben gran parte de su fuerza del hecho de ser desarrolladas y
compartidas por los colegas.
Las culturas del trabajo en equipo también respetan, exaltan y tienen en cuenta al maestro
como persona. En estas culturas cooperativas, como dicen Nias y sus colaboradores, la
enseñanza es un empeño personal, pero no privado. Aquí el docente de buena gana revela
algunos de los aspectos más personales de sí. También se alienta a los líderes a hacer lo
propio. Se expresan las vulnerabilidades; se toman en consideración las circunstancias
personales, la enfermedad, los duelos y los malos momentos. En las culturas cooperativas
descriptas por Nias, la persona no es devorada por el grupo sino que se realiza a través de
este. En la cultura del trabajo en equipo, la intención y la persona -esenciales ambas para la
competencia docente- se declaran con franqueza y tienen un desarrollo positivo.
Estas culturas crean y promueven ambientes laborales más satisfactorios y productivos. Dan
fuerza a lo docentes y reducen las incertidumbres de una tarea que de otro modo enfrentan
solos, y es así como también elevan los logros del alumnado. Las culturas del trabajo en
equipo promueven el compromiso con el cambio y la mejora. Además, crean comunidades
de maestros que, librados del aislamiento y la incertidumbre, ya no están en una relación de
dependencia con un cambio impuesto desde afuera. Mirar el cambio ya no es una opción
entre la aceptación entusiasta e incondicional o el rechazo irreflexivo En las culturas del
trabajo en equipo, los docentes elaboran una seguridad colectiva para dar una respuesta
crítica al cambio: seleccionan y adaptan los elementos que introducen mejoras en su
contexto laboral, y dejan de lado los que no tienen esa virtud.
«En el trabajo se tomaban medidas para aliviar circunstancias domésticas como un despido
laboral del esposo o del hijo. El personal era tolerante con el carácter taciturno o irritable, o
con la ineficiencia desacostumbrada del colega. Estaba dispuesto a ofrecer la ayuda que
fuera necesaria con ocasión, por ejemplo, de una crisis depresiva, de un dolor de espalda, de
un automóvil averiado o de una noche de insomnio. Cuando alguien tenía un mal día, la
respuesta era más compasiva que ofendida. En las escuelas que trabajaban en equipo
reinaba una actitud de consideración hacia los otros» (pág. 55).
Se atribuía a los individuos el valor de fuentes de inspiración para los otros. Como escribió
un docente:
«Trabajar en un equipo no significa que todos sean iguales ni estén tan ocupados en
confirmarse los unos a los otros que nada pueda ocurrir. Eso enerva. Tienes que contar con
personalidades e ideas diferentes para animar a las otras personas, pero esto se puede
hacer sin agresión» (pág. 57).
«Juntos, los miembros del personal formaban un grupo al que valoraban porque les daba un
sentido de pertenencia. Al mismo tiempo, aceptaban una responsabilidad colectiva por el
trabajo de la escuela, y así creaban un equipo sólido en el que los miembros se ayudaban,
alentaban y reemplazaban unos a otros» (pág. 58).
Las culturas del trabajo en equipo, definidas según estos valores, más propician la diversidad
que la combaten; la vuelven apreciada y accesible, al mismo tiempo que fomentan la
interdependencia, el aprendizaje mutuo, la identificación de los intereses comunes y el
trabajo conjunto para resolver los problemas Pero desarrollar estas culturas no es fácil.
Como explican Nias y sus colaboradores, para funcionar bien ellas exigen un alto grado de
seguridad y de sincera confianza entre sus docentes. Las culturas del trabajo en equipo son
sin ninguna duda organizaciones complejas y en delicado equilibrio, por lo que es difícil
instalarlas y, todavía más, mantenerlas.
Para cerrar esta sección destacaremos otras dos características de las culturas del trabajo
en equipo a las que daremos prominencia en los lineamientos y las estrategias de mejora
que formulamos en el capítulo 4. Nos referimos al rol del liderazgo y a la relación de las
escuelas que trabajan en equipo con su medio.
Ya dedicamos a What’s Worth Fighting For in the Principalshtp? (Los objetivos por los cuajes
vale la pena luchar en la dirección) un análisis de la dirección, que no intentaremos repetir
aquí. Pero queremos decir tres cosas acerca del liderazgo en las escuelas. En primer lugar,
que el desarrollo de las escuelas que trabajan en equipo, donde ellas existen, ha dependido
principalmente de las acciones de sus directores (Fullan,1991; Nias et al.,1989;Leithwood y
Jantzj,1990). En segundo lugar, lo que importa es una clase de liderazgo particular. No se
trata del liderazgo carismático e innovador que moviliza a las culturas de toda la escuela. Se
trata de un tipo más sutil de liderazgo que enseña a los demás el sentido de la actividad
Como vemos, el papel básico del liderazgo es conducir el desarrollo de las escuelas que
trabajan en equipo, donde se da voz o se autoriza a los docentes, «de manera de encuadrar
los problemas, y discutir y trabajar individual y colectivamente para comprender y modificar
aquellas situaciones que los causaron» (Smyth,1989, págs. 190-1). En el capítulo 4 diremos
más acerca de cómo los directores pueden desarrollar estas escuelas que trabajan en
equipo.
El punto tercero, y aun más fundamental, es la advertencia de que el liderazgo puede y debe
provenir de una variedad de fuentes en la escuela. En las escuelas donde funciona
plenamente el trabajo en equipo, muchos de los docentes (en realidad, todos) son líderes. En
el largo plazo, si la cultura de las escuelas que trabajan en equipo se llega a institucionalizar
tan firmemente como la cultura actual del individualismo, ellas ya no necesitarán de
directores tal como ahora los conocemos.
Existen por lo menos dos razones para que esto suceda así. En primer lugar, así como la
apertura es necesaria dentro de la escuela, también debe caracterizar la relación de la
escuela con el mundo exterior. Las ideas nuevas, las mejores prácticas de otros lugares, el
estímulo, la presión para tener en cuenta las necesidades sociales y el ejemplo (o lo que se
tiene para ofrecer a otros docentes y escuelas) son parte de la vitalidad espiritual de las
escuelas que trabajan en equipo. Pero las escuelas no pueden tener éxito sin establecer
estrechas relaciones laborales con los padres y la comunidad. En segundo lugar, las
decisiones tomadas fuera de la escuela obviamente afectan su futuro (como el entrenamiento