La Epica Medieval Valverde y Riquer
La Epica Medieval Valverde y Riquer
La Epica Medieval Valverde y Riquer
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En las más distintas y alejadas culturas ha existido o existe todavía una poesía
tradicional que celebra las hazañas de los antepasados, las victorias del propio pueblo y
las guerras contra vecinos u opresores; que encomia el valor de los héroes muertos
gallardamente, y que narra traiciones, venganzas y luchas internas.
Los cantares de gesta son algo así como la historia al alcance y al gusto del
pueblo. El hombre docto se enteraba de los hechos del pasado leyendo crónicas y anales
en latín, y quedaba su curiosidad satisfecha con el dato frío y escueto. El hombre
iletrado precisaba de alguien que le expusiera de viva voz la historia, de la cual lo que le
interesaba era lo emotivo, sorprendente y maravilloso y la idealización de héroes y
guerreros a los que se sentía vinculado por lazos nacionales, feudales o religiosos.
La crítica debate desde hace siglo y medio cómo se generaron estos relatos más
o menos históricos que son los cantares de gesta, y hay quien sostiene, con argumentos
muy dignos de consideración, que determinados acontecimientos, sobre todo grandes
campañas militares o significativas acciones de guerra, suscitaron inmediatamente
cantos que narraban sus trances más salientes o las hazañas de los guerreros más
famosos, con la finalidad de informar de ello a una colectividad vivamente interesada:
breves composiciones en verso que podríamos comparar, en cuanto a su finalidad
informativa, a los modernos reportajes periodísticos, y no en vano relatos de este tipo
eran denominados en Castilla «cantos noticieros». Muchos de estos presuntos relatos
versificados debieron de conservarse en la memoria popular y en la tradición juglaresca
hasta convertirse en cantares de gesta.
Lo importante es la actitud literaria del juglar de gestas. Frente a los datos que le
ofrecen la historia y la tradición, se adjudica una libertad creadora que le permite
construir un relato versificado, con su planteamiento, nudo y desenlace, y entretenerse
en la caracterización de los personajes, en las descripciones y en el diálogo. Tiene que
hacer concesiones a los gustos del público -que también son los suyos-, dejando paso
libre al elemento maravilloso y a la pormenorizada descripción de batallas, de combates
singulares y del atuendo guerrero. Este último aspecto se hace fatigoso al lector actual,
que a veces no acierta a comprender la razón de tan prolijas descripciones bélicas; pero
no debe olvidarse que el público medieval advertía matices y detalles importantes en lo
que hoy puede parecernos uniforme y repetido, y la descripción minuciosa de
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determinado golpe de espada o del procedimiento de desarzonar1 al adversario con la
lanza les interesaba tanto como puede apasionar a nuestros contemporáneos un lance
especial de una corrida de toros o una jugada notable en una competición deportiva.
Parece evidente que en una época remota las gestas fueron creaciones orales sin
forzosa transcripción a la escritura, y ello lo corrobora la existencia en tantos países del
mundo de canciones populares, incluso narrativas, como gran parte del romancero
castellano, que se han conservado oralmente y sin necesidad del apoyo de un texto
escrito. Pero si hoy conocemos cantares de gesta, lo debemos exclusivamente a que
hubo amanuenses que los copiaron en manuscritos, y entre estos manuscritos hoy
conservados hay un pequeño número que se denominan juglarescos porque constituían
el memorándum o libreto del juglar, con los cuales éste refrescaba la memoria antes del
recitado o aprendía cantares que hasta entonces le eran desconocidos. Los preciosos
manuscritos del Cantar de Roldán (de Oxford) y del Cantar del Cid (de Madrid) son de
pequeño formato, escritos sobre un pergamino aprovechado y con la finalidad de ser
útiles a un juglar, y en modo alguno constituyen un libro de lectura.
El juglar recitaba de memoria, pero cuando ésta le fallaba era capaz de improvisar
en verso y seguir así el relato del cantar, pues disponía de una serie de recursos y de
fórmulas que le permitían versificar oralmente. Todo ello supuso una variada
movilidad del texto de las gestas, nunca fijo y definitivo.
No obstante todo ello, parece evidente que en el momento en que una tradición
épica se ha estructurado en forma poemática exclusivamente juglaresca puede aparecer
un autor, poeta consciente, literariamente responsable y por lo general culto, que
refunde y organiza la materia tradicional, fenómeno en ciertos aspectos comparable al
que revela la poesía homérica tal como se ha transmitido hasta nosotros desde la
Antigüedad clásica. Lo cierto es que a partir del siglo XIII nace en Francia la costumbre
de copiar viejos textos juglarescos en ricos y elegantes manuscritos, gracias a lo cual se
han conservado la mayoría de los cantares de gesta franceses. Esta evolución del
manuscrito de juglar, que se convierte en manuscrito de biblioteca, de gran formato, con
bella calígrafa y miniaturas y adornos artísticos, no se verificó en Castilla, y a ello se
debe, sin duda alguna, que haya perecido la mayor parte de la épica castellana medieval
en sus formas versificadas genuinas.
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Desarzonar significa tirar de la silla del caballo al jinete enemigo, de forma violenta.
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perfectamente prescindible, pero no olvidemos que este fenómeno se da hoy todavía en
el teatro, que nos llega como espectadores de la acción oral de unos representantes, y a
cuya lectura sólo recurrimos cuando no nos es dado recibirlo desde un escenario,
escuchándolo y viéndolo.
Las figuras centrales de los cantares de gesta son héroes históricos cuya empresa
y cuyas hazañas suscitaron la admiración y el orgullo nacional, como lo son
Carlomagno para Francia y el Cid Campeador para Castilla. La epopeya divulga en
primer lugar y ante todo los hechos del protagonista en una etapa cumbre y decisiva de
su vida: el Carlomagno de Roncesvalles y el Cid del destierro. Pero con esto no queda
satisfecha la curiosidad del público, que quiere conocer lo que sucedió antes y después,
los orígenes y las consecuencias de lo más sabido, y los juglares han de responder a este
deseo. De ahí que las gestas se vayan extendiendo y organizando en ciclos -como en la
epopeya griega-, o sea en acumulación de cantares de épocas diversas, cuyo conjunto
viene a convertirse en una especie de historia poética de héroes o de linajes de héroes.
La pura invención invade cada vez más el campo de la tradición nacida de la
historicidad, y así surgen cantares sobre la infancia o juventud de los héroes, con datos
ahistóricos y fabulosos, como los que poseemos sobre las mocedades de Carlomagno
(Berta, Mainet, Basin) y sobre el Cid Campeador (el Rodrigo), en los que a veces otras
leyendas, producidas por la biografía de personajes distintos al héroe en cuestión, se
incorporan a estos nuevos cantares y se engarzan con los primitivos. Es una labor en la
que son muchos los que colaboran, que dura dos o tres siglos, y que da como resultado
unos largos relatos que semejan una interminable novela de episodios en la que el
residuo histórico se va diluyendo cuanto más se alarga y en la que es patente el influjo
de la novela de aventuras de caballeros, que ha surgido en la segunda mitad del siglo
XII. Estos extensos relatos épicos, que pronto se trasladaron a la prosa, constituyen en
algunos casos un maravilloso esfuerzo de imaginación y de poesía, pese a sus
absurdidades y a la desmesurada longitud que adquieren en ciertos casos.
Ya hemos llamado la atención sobre los dos tipos de manuscritos gracias a los
cuales ha llegado hasta nosotros la epopeya medieval francesa: el utilitario manuscrito
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de juglar, como el de Oxford del Cantar de Roldán, y el manuscrito de biblioteca,
muchas veces lujoso y ricamente ornamentado. El primer tipo, destinado al bagaje del
juglar, por su pobre apariencia estaba destinado a perecer, y por esto son tan pocos los
manuscritos juglarescos franceses persistentes, y es un auténtico milagro que se hayan
salvado el del Cantar del Cid y las hojas del Roncesvalles, que son de este carácter. En
cambio, el manuscrito de biblioteca, generalmente confeccionado para que un gran
personaje pudiera leer antiguas leyendas, tenía en su formato, en la calidad de su
caligrafía y en la belleza de su ornamentación la mejor garantía de conservarse, incluso
en siglos poco interesados por la literatura medieval, y así llegar hasta nosotros.
La calidad del manuscrito puede ser una de las razones que explican la
desproporción entre el acervo francés y el español de la epopeya que hoy poseemos;
pero también merece un intento de explicación por qué en Francia se copiaron
manuscritos de biblioteca y no en España. No deja de extrañar que en la brillante corte
de Alfonso el Sabio, en la que se confeccionaron tan bellos y monumentales
manuscritos con obras en verso y en prosa del monarca, no se transcribieran las antiguas
gestas castellanas, por las que éste sentía tanta admiración.
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historiográficas escritas en prosa no se podían alterar el estilo ni la andadura
intercalando relatos en verso; y bastó una sencilla operación de eliminar rimas y añadir
y quitar algunas palabras para borrar la métrica, y así convertir el texto de un cantar de
gesta en capítulos de una crónica.
Algunas veces los autores rehacían con intensidad y libertad los cantares, de suerte
que su estructura original queda como esfuminada; pero en otras, afortunadamente, tal
vez por pereza, reprodujeron los cantares con muy pocas alteraciones. Gracias a esto
podemos salvar medio millar de versos de la perdida gesta sobre los siete infantes de
Salas y conocemos varias versiones del Cantar del Cid, entre ellas la prosificada en la
llamada Crónica de Veinte Reyes, que sigue un texto muy similar al transmitido por el
manuscrito único de la gesta, y otros cantares, la mayoría de ellos no conservados en su
forma versificada genuina.
Esto lleva a considerar que en España no eran tan necesarios como en Francia los
manuscritos de cantares de gesta que llamamos de biblioteca. La gente culta que sentía
curiosidad por las viejas leyendas podía leerlas cómodamente en las crónicas eruditas en
vulgar, donde aquellas leyendas habían quedado incorporadas o incrustadas,
conservando gran parte de su estilo y de su tono poético. Claro está que el hecho de que
los cantares de gesta españoles sean, en principio, más fieles a la historia que los
franceses contribuyó no poco a que la inserción de aquéllos en obras históricas no
supusiera un proceder disparatado.
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Renaut de Montauban, personajes que en aquel mismo Grand Siécle, al otro lado de los
Pirineos, celebra el campesino castellano en sus romances.
A fines del siglo XIV, cuando en España y en Francia las gestas ya se pueden
dar por desaparecidas en su forma antigua y genuina, se registran las más lejanas
muestras de romances castellanos. La palabra «romance» tiene extraordinaria amplitud
(en Francia y en Italia significa lo que hoy entendemos por «novela»), pero en literatura
española se concreta a unas composiciones poéticas compuestas por una sucesión
indeterminada de versos de dieciséis sílabas, con cesura tras la octava, que riman todos
ellos en asonante, aunque por lo común se escriben y se editan en grupos de ocho
sílabas, con lo que la rima sólo aparece en los versos pares.
En esta forma son muchos los autores que han escrito poesías, pero ahora sólo nos
ocuparemos de los romances llamados tradicionales, o sea los que se han transmitido
generación tras generación en forma oral, y buen número de los cuales se mantienen en
la memoria del pueblo que habla castellano, y así no tan sólo se han recogido en España,
sino también en América, en el norte de África, en las comunidades judeoespañolas del
próximo Oriente e incluso en Filipinas. A partir del siglo XVI algunos romances se
imprimen en ediciones de una o muy pocas hojas, que son los llamadas «pliegos
sueltos», y se reúnen en antologías, lo que acrecienta su caudal, y aumentan los textos y
las variaciones con los registrados modernamente gracias a trabajos de tipo folklórico.
En este enorme tesoro de poesía popular destacan los «romances viejos», que datan, por
lo común, del siglo XV o de fines del XIV.
Los cantares de gesta, como indicábamos páginas atrás, eran recitados frente a un
público, cortesano o popular, por los juglares, que se acompañaban muy a menudo con
cierta tonada musical. Es un fenómeno constante que el público recuerde lo que escucha
en un espectáculo, mayormente si se trata de textos en verso y si en ellos interviene el
elemento musical: y aun sin él es un hecho cierto que largos fragmentos del Don Juan
Tenorio de Zorrilla perduran en la memoria de muchos españoles sin que hayan tenido
ocasión de leer el drama y que únicamente lo han presenciado en el teatro. De esta
suerte, determinados fragmentos de cantares de gesta, los de mayor emoción o atractivo,
fueron escuchados atentamente de boca de los juglares, luego repetidos por aquellos que
los recordaban, quienes a su vez los enseñaron a una posteridad que se prolongó en
generaciones sucesivas a través de los siglos. Hemos tenido ocasión de comprobar cómo
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determinados versos de un sangriento episodio del cantar de los siete infantes de Salas
se desgajaban del conjunto de la gesta y se convertían en un romance en cierto modo
independiente y de validez poética propia. Como es natural, ni los primeros auditores
retuvieron al pie de la letra lo que oyeron, ni los que luego fueron repitiendo lo
aprendido se amoldaron a una rigurosa exactitud: se fueron introduciendo gran número
de variantes, de tal suerte que, tiempo después, se cantaba en diversos lugares el mismo
romance con notables divergencias, aunque se mantuvieran sus temas esenciales, lo
fundamental de su fraseología y la rima.
Hay que advertir que el proceso, en este aspecto, no fue siempre igual, pues
revistió diversas modalidades. No siempre la vinculación entre gesta y romance es tan
directa ni tan apretada como en el ejemplo que hemos puesto, tomado de la leyenda de
los infantes de Salas, sino que, ya afianzada esta tendencia, hubo muchos casos en que
los cantares de gesta desempeñaron el papel de inspiradores de romances, lo que supone
unos versificadores que con más libertad los componían sobre temas y episodios de
gesta, con cierta libertad creadora.
En el estado actual de las rebuscas, existen romances viejos que son fragmentos
bastante emparentados con los textos de las gestas y que coinciden con cierta
regularidad con versos de cantares de gesta que forzosamente conocemos gracias a
prosificaciones, lo que dificulta mucho la investigación. Además del caso ya citado,
conocemos dos o tres romances que proceden o bien del cantar de gesta fragmentario
Roncesvalles, o bien de otro muy parecido.
Ya sabemos que gracias a los romances nos es dado aproximamos a lo que fueron
las viejas gestas castellanas hoy perdidas. Hay que señalar que, así que fue decayendo la
afición a las epopeyas largas y se introdujo el gusto por las composiciones breves y
episódicas, fueron, sin duda, los mismos juglares los que compusieron romances de
personal creación, inspirados en la temática primitiva. Debido a ello, los asuntos de la
epopeya revisten a veces en el Romancero características nuevas, y no es raro que
asuntos legendarios que no habían sido, a lo que parece, objeto de elaboración en
cantares de gesta adquieran ahora forma poética. Estos romances creados por los
juglares son, por lo común, más prosaicos que los derivados de las gestas, y algunas
veces mucho más extensos.
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La antigua epopeya castellana sufre, pues, al final de la Edad Media, una
transformación en su vehículo expresivo, pero perdura en sus temas, en su emoción y su
sentido, e incluso ensancha y multiplica sus asuntos y hasta sus posibilidades artísticas.
La figura del Cid Campeador, central en varios cantares de gesta, de los cuales
conservamos dos en forma poemática, mantiene su primacía y su popularidad en el
Romancero, e incluso es posible trazar una larga y pintoresca biografía del guerrero
castellano a base de romances: sus mocedades, sus amores, su intervención en las
discordias dinásticas, su destierro, sus conquistas, su muerte, son objeto de gran número
de romances, algunos de ellos creados a inspiración de lo que se narraba en las gestas.
Otras leyendas, como la de los infantes de Salas, de Bernardo del Carpio, del conde
Fernán González, de don Rodrigo el último godo y la pérdida de España, etc., tienen su
romancero, más o menos extenso y más o menos fiel a los datos de la epopeya, pero que
la hace perdurar a través de los siglos.
La materia épica así transmitida dará, durante los siglos XVI y XVII, una
modalidad peculiarísima del teatro español, que, a su vez, se convertirá en elemento
conservador y divulgador de la vieja epopeya castellana medieval: obras como Las
mocedades del Cid de Guillén de Castro son muy características en este aspecto.