La Agonía de la Memoria - Heeder Soto
LA AGONÍA DE LA MEMORIA
© Heeder Soto
Universität Hamburg
2021
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La Agonía de la Memoria - Heeder Soto
A la memoria del hombre que vivió hasta morir.
Que sobrevivió, bailo y canto con las
deidades andinas:
José María Arguédas (1911 – 1969)
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Hoy día nevó. Sentí más frío. Los compañeros del departamento, dicen que: “en Berlín nevaba
más. Los tiempos ya no son como los de antes...” Eso no es alentador para mí, solo es más frío.
Recién es el día 18 del mes de enero; aún falta mucho para que termine el invierno. Son las 11 de la
noche en “Andaburgo”, así llaman al piso de la casa en el que vivo. Estoy junto a una mesa circular,
antigua; sentado en una butaca que antes, posiblemente, fue parte de algún cine. No sé cuantos años
tiene, por su aspecto parece de hace muchos años. Cada vez que me muevo, suena su edad. Pero es
muy cómoda, por ello dejo que mi cuerpo y mi alma descansen su peso en ella. Sentado, por la
ventana puedo ver la oscuridad y pienso que allá hace más frío. Esa oscuridad no me ayuda, por que
no encuentro alguna referencia en la cual pudiera inspirarme. Tengo que escribir un cuento para un
curso de la universidad y aún no sé de qué y cómo hacer.
Frente a mí, en la pared, hay una lámpara de luz amarilla, también desgastada por el tiempo.
Ilumina una lámina, una copia de una pintura. En ella hay una mujer de medio cuerpo, con los
brazos abiertos. De perfil, parece examinar su brazo izquierdo, medianamente extendido. Es flaca y
viste un vestido rojo que no cubre sus hombros ni cuello. Pelirroja, de cabello muy corto. El fondo
de la pintura es turquesa. Una luz fuerte parece iluminarla desde arriba, mientras en la parte baja es
oscuro. La oscuridad parece devorar el cuerpo de la mujer. Ella parece tener un cigarro en la mano,
pero no es claro, el artista jugó con no definir qué hay exactamente en su mano. Pero parece salir
humo de ella. Pero también puede ser un movimiento rápido que no define la forma. Si se mira
desde otra perspectiva, parece bailar. ¿Qué música?, ¿tal vez un tango o balada…? Se puede
observar su sensualidad y movimientos… Tal vez representa un papel en un teatro. Posiblemente
por ese motivo, la dueña del cuarto la colocó. Porque ella es actriz de teatro: Karen Onetti. Ella es
uruguaya, posiblemente admiradora del tango y la pintura le hace recordar eso. Cuando regrese le
preguntaré sobre esa pintura. Ella esta de vacaciones, me alquiló su cuarto, además con una misión:
regar sus plantas. Lo cual estoy encantado de hacerlo. Me recuerda a las plantas que tengo en mi
casa, en Perú. Extraño el Perú, a mis amigos y familia.
Tal vez porque extraño al Perú, en estos días he estado escuchando las canciones de José María
Arguedas. Quién fuera folclorista, novelista indigenista, pero también antropólogo, como yo. Él
hizo famosos a los “Danzaq” o solamente los “danzantes de tijera”. Estos bailarines visten una
indumentaria colorida, con un sombrero considerable, cargan en la mano una tijera grande, rota, con
la que no cesan de hacer sonidos, al son del baile. Estos danzantes nacen de un ritual y descienden
de familia en familia. En sus bailes, los Danzaq realizan acrobacias, acciones de violencia y actos
sanguinarios con sus cuerpos. En la colonia los llamaban “supaypa wawan” (hijos del demonio), se
refugiaron hasta casi desaparecer. Los ancestros de estos fueron sacerdotes o magos. Con el tiempo,
en un proceso de sincretismo se han incorporado a la sociedad, pero siempre están relacionados a lo
mítico. En tiempos actuales, al son de un violín y el arpa Los Danzaq compiten entre sí, por largos
periodos de tiempo, siguiendo una secuencia de danza, propio de ellos.
Con mi inseguridad latente sobre qué camino tomar, busco al amigo de aventura de Arguedas al
violista Máximo Damián en Youtube. El título dice: “Máximo Damián Huamaní / El violín de
Ishua”. “Ishua” llama mi atención. ¿Dónde está exactamente Ishua? Solo puede imaginarme que
está en alguna parte de Ayacucho. Como vagando, hago la búsqueda en Google Maps. Cuándo veo
la ubicación, aún no llama mi atención. Cambio a vista satelital y extiendo el mapa, para observar
sus conexiones. Veo nombres de pueblos en los que había estado...
— ¡No puede ser…!, me digo.
¡San Diego de Ishua! He estado ahí. Lo recuerdo claramente. Llegamos a ese lugar desde Ayacucho,
hacia al sur, pasando por varias comunidades: Morcolla, Huacaña, Huaycahuacho… hasta
finalmente estar en Ishua. Y no sabía que, había estado en el lugar de nacimiento de Máximo
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Damián y también posiblemente donde anduvo José Maria Arguedas. Nos dirigíamos a Puquio,
como destino final, ahí vivió Arguedas. En ese momento, el violín de Damian se impregnaba en mí,
cada vez más. El tono es agudo, por momentos cortos, otras veces se extiende, baja y luego se eleva
rápidamente; es algo agónico por momentos, pero al mismo tiempo alegre. En un instante parezco
sentir el viento de esos lugares.
Por el pulgar que tocaba el teclado, siento un punzón, como el de una aguja. Como electricidad fría,
se extiendo por todo el cuerpo. La sensación es muy rápida, ya creo que invadió todo mi cuerpo. La
música truena, es ensordecedor. No para. Puedo sentir el sonido con todo mi cuerpo. La pantalla de
la laptop se ilumina incandescentemente. Se agiganta. Puedo ver inmensos cuadros de colores y
luego nada. Solo blanco… mi cuerpo se sacude. No sé si me expandí o desaparecí. Pero ya no estoy.
El sol parece brillar cada vez más, se puede sentir que aumenta su calor. Un viento agradable se
estrella en mi rostro y juega con mi cabello. La camioneta en la que vamos traquetea por la trocha
polvorienta. Jaime Charango, es el conductor. Es joven de mediana altura, grueso. Lleva una gorra
para el frío con líneas azules y blancas; y tiene puesta unas gafas oscuras. Su polo azul cobalto
resalta aún más su contextura gruesa. Viste un pantalón marrón con bolsillos a los lados con
zapatillas deportivas. A su lado está Fernando Pinto, alto, flaco lleva una chaqueta crema. También
tiene un pantalón marrón con bolsillos a los lados y zapatillas deportivas. Yo voy en la parte trasera
de la camioneta. Tengo mucho espacio, por lo cual voy a gusto. Fernando acaba de cambiar de
música de unos huaynos a Pumpin, un género musical de Fajardo, zona que acabamos de dejar, hace
un par de días. En cada lugar nuevo, tratamos de conseguir músicas locales. Esta música es de
carnaval, levanta aún más nuestro ánimo, es agradable y muy movida. Es mucho mejor si se baila.
Se puede escuchar el tintineo de la guitarra, junto a la voz aguda de una mujer:
— Yakupa pusuqullanchu ñuqalla karqani, muyumuyurispa apallawananpaq... (como si fuera
espuma del agua, dando vueltas y vueltas me lleva de un lugar a otro...).
Sonrío y abro un poco más la ventana para sentir el viento tibio. Así, observo el vaivén de los
árboles, los arbustos, y las casas solitarias al borde la trocha, mientras dejamos un rastro de polvo.
Pasamos por bordes de montañas, entramos y salimos de los valles. Es agradable viajar por estos
lugares. No había llegado hasta estas partes. Soy del norte de Ayacucho, mis compañeros de estas
regiones pero viven en Lima. Trabajamos para el EPAF, un organismo no gubernamental que
trabaja sobre la memoria de las víctimas de la violencia política de 1980 a 2000. Además, buscamos
fosas comunes. Nuestra organización también trabaja exhumando los cuerpos de los desaparecidos.
Es un proceso muy largo, pues intervienen organizaciones privadas, como la nuestra y las del
Estado. Ahora solo buscamos indicios de fosas comunes. Mis compañeros son historiadores y yo
aún soy estudiante de antropología.
Luego de dar varias curvas y cambiar músicas, cerca a un poblado, Jaime dice que finalmente
hemos llegado a Ishua. Es un pequeño pueblo con algunas decenas de casas. Nos estacionamos en
una parte de su plaza principal, donde hay un pequeño parque cuadrado. A un lado hay una iglesia
como de siete metros de altura, amarilla. Al lado de la iglesia, está la municipalidad. El municipio y
algunas casas que rodean la plaza tienen arcos, que recuerdan los tiempos de la colonia. Entre ellas
también hay varias casas en las cuales se pueden notar adobes con los cuales están construidas.
Algunas tienen techo de teja, otras de calamina. A simple vista no hay algo sobresaliente que
diferencie de otros lugares en los que hemos estado. Yo preferiría seguir. Ya es el quinto día de viaje
y falta aún más sitios por visitar. Tal vez estoy algo cansado.
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— Estamos trabajando, no es turismo. Me digo.
Así, me doy ánimo y salgo de la camioneta. Los historiadores van en busca de las autoridades y yo
voy en busca a alguna persona, para ver si conoce a alguien que sea víctima de la violencia o alguna
fosa común. Tenemos nombres y contactos, pero no es mucho. Aquí la comunicación con la ciudad
es escasa. Ando de un lugar a otro, pero no encuentro a nadie. Ya son alrededor de las diez de la
mañana, ya los campesinos están en sus chacras, trabajando, en las montañas. Encontré a un
anciano, de bigote casi completamente blanco, mediana estatura, chaqueta guinda, de lana de
alpaca, pantalón vaquero azul, desgastado y unas sandalias hechos de neumáticos. Estaba sentado
en la puerta de su casa. Parecía algo triste y serio. Me acerqué, y al saludarlo me sonrió. Nos
presentamos y él dijo llamarse José. Pedí permiso para sentarme a su lado. Él asintió. Sentándome,
empecé hablarle, tratando de tomar el sol…, al poco rato ya estábamos hablando de muchos temas.
Él parecía saber mucho. Me contó la historia del pueblo, los mitos y las costumbres… Pero cuándo
pregunte sobre los hechos de la violencia política, se puso serio y pareció fungir no saber nada del
tema.
— Discúlpame joven. No te puedo ayudar en ello. Creo que no soy el indicado, dijo.
No entendí por qué no quería hablar, cuando parecía saberlo todo.
— Quédate. Pues, mañana tenemos una reunión, con todas las autoridades. Ahí pueden preguntar a
cualquier autoridad o poblador… ellos te pueden decir que lo necesitan saber. Luego de la reunión
habrá una “miski” fiesta.
Con la propuesta de fiesta me emocioné. “¡Cantaré!”, dijo. Luego, tarareando y haciendo un
ademán de quién toca una guitarra, canta:
— Ciertuchum, ciertuchun cartamuwarqanqui...
Me dije: por qué “ciertuchum”, bebería de decir: “chiqapchum”. Eso sería lo correcto en quechua.
Pero... suena bien el ritmo.
— Nuestra agenda de mañana es hablar sobre: ¡Todas las San…!
No pude escuchar la última palabra. En ese momento nos interrumpió alguien, desde el interior de
su casa, salía otra voz, al que tampoco pude entender. Voltee y vi emerger la figura de una joven que
parecía tener un rostro conocido. El nombre de Eva paseo por mi mente. Cruzamos miradas. Le
sonreí sin decir alguna palabra y ella me devolvió con otra. Asintió y volteo la mirada a mi primer
interlocutor.
— ¡Tío!, tienes que tomar tu medicina. Dijo.
El hombre se levantó y se despidió muy amablemente. “¡Cuídese, don José!”, dije. Reiteró la
invitación y desapareció hacia el interior de su casa. Su sobrina no volteó acompañando a su tío por
los brazos. Los vi desaparecer, mientras salía un olor de alguna comida. ¡Citadinos…!, me dije. Y
volví al trabajo.
Caminando llegué a un pequeño bazar, que al mismo tiempo era un restaurante para los pocos
comensales del lugar o los escasos viajeros. La televisión estaba prendido, reproduciendo algún
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DVD de una alguna película de acción de Hollywood, nada de importancia. Su dueño no estaba.
Tendré que volver en otro momento. Ando por calles secas, polvorientas, algunas empedradas y
algunas escasas de cemento, mientras el sol comienza a imponer su calor. Aquí las casas tuvieron
algún color, enyesados, pero desgastados por el tiempo. Las puertas de las casas, algunos con arcos,
casi todas de madera, gruesas… Me gustan: añejas, con candados y cerrojos que se imponen al
tiempo. Se prestan muy bien para mis fotos. Posan inalterables ante mi cámara. Es como si el
pueblo estuviera abandonado, pero sus almas se puede sentir al contemplar sus puertas, cerrojos y
candados.
Algo inspirado, con el corazón contento, caminando, había salido al borde de la pequeña
comunidad. Me dí cuenta que a unos pasos, estaba el borde de un valle; al frente, el horizonte, dos
montañas parecían separadas por ríos profundos. Podía sentir el viento que me retaba a cubrirme de
sus soplidos, por momentos me empujaba. No era brusco, solo un viento tibio. Me senté al lado de
un árbol, para contemplar el paisaje. Algunas aves atraviesan el cielo azul, limpio; otras cantaban
por algunas partes. Estaba así algún tiempo, cuando de pronto, escuche algunos pasos, rompiendo el
silencio. Volteé y vi a don José, acercándose con un bastón. El bastón no parecía ayudarlo, porque
caminaba bien, pero portaba un palo que hacía de bastón, junto a un ramo de flores.
— Hola, joven. ¿Descansando?
— ¡Don José! No, solo admiro el paisaje, dije.
— ¿Tienes tiempo?
A la pregunta, asentí con la cabeza. Y él me propuso visitar un lugar, no muy lejos. Empezó a
caminar por un camino delgado. Lo seguí. Él andaba con su bastón y su ramo de flores. A veces
andaba rápido otras lento. Igual era su locución de su juventud y las costumbres de su comunidad y
de otras. Como de 10 minutos de camino, donde ya no se podía ver alguna casa del pueblo, giró a la
izquierda y salió del camino. De otros 5 minutos más llegamos a una lomada, detrás de una piedra
monumental había un montículo de tierra y una cruz vieja de madera, sostenida por varias piedras.
Encima del nicho ya habían crecido hierbas, pero al parecer, posiblemente el hombre los cuidaría;
había hierbas arrancadas, a un lado, junto a sobras de flores secas, amontonadas. Acercándose al
nicho dijo:
— Hola, Cibicha. ¿Cómo estás? Te he traído a un extranjero, un visitante de tu Huamanga.
Sonreí. Algunos llaman “Huamanga” a la ciudad donde vivo. Con esta introducción me sentí
presentado y al parecer don José, tenía algún nivel de consideración a mi presencia. Luego hizo
algún ritual que no entendí bien. Luego contó varias cosas de Cibicha.
— ¿Cibicha era su esposa?, pregunte.
— ¡No! Ella era mi amante. Dijo.
“¡Ah, pendejo!”, me dije. Y solo sonreí tontamente. Me miró seriamente y dijo:
— No te voy a contar cuentos… ¡Ella era senderista!, los comuneros de Ischua la mataron, fueron
varios, conozco a todos ellos. Fue un 2 de diciembre del año 1989...
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Diciendo eso quedó en silencio, como esperando que dijese algo. Frente a la declaración no podía
decir nada. Los senderistas, fueron el grupo que se alzó en arma contra el Estado. Eran sanguinarios
que mataron a miles de campesinos. Debía decir algo, pero no sabía qué. Solo lo miré en silencio.
— Tú eres joven. Sabes poco de estas cosas. Ella no era lo que decían. Dijo, como tratando de
adivinar lo que pensaba.
— Ella fue parte de Sendero. Cuándo cogió las armas me dolió mucho. Tal vez esa vez murió o
comenzó a morir… Sabes, la vida “es una sola”. Y como “sola”, puedes decidir qué hacer o qué no
hacer. Pero lo que decidas, cualquiera de esas dos, está mal. Ella se decidió por las armas.
Continuó dando un discurso sobre justicia y el sacrificio que hicieron las personas. Justificaba a su
amada, que no había matado a nadie, que solo era apoyo del grupo guerrillero. Era crítico y
reconocía que no era la mejor opción. También criticaba a los senderístas. “Pero fue joven, quería
cambiar la situación del país”, decía. Me preguntaba en su argumentación, y luego se contestaba
solo. Así continuó por un tiempo. Yo, por momentos solo movía la cabeza, asintiendo, cuando
estaba de acuerdo con algunas cosas que decía.
Este hombre se aferraba a la memoria de su amante, igual que al palo que sostenía, al que parecía
apretar fuertemente. Se notaba que la amaba, se podía ver por la elocuencia con que se refería a ella.
Me pregunté ¿por qué amar a alguien, sabiendo que está equivocado, sabiendo que posiblemente
mató y que la muerte la alcanzó, como guardándole de más muertes? Cuando guardó un poco de
silencio, lance mi observación:
— Creo que hubo muchas maneras de luchar y no solo con las armas. Siempre hay más caminos…
Y tal vez, sean más difíciles que tomar las armas: como el hacer entender una posición a alguien
que tiene un arma.
Con lo cual entramos en una discusión sobre posturas políticas o simpatías. Él argumentaba con su
experiencia y el conocer el campo, mejor que yo. Por mi parte argumentaba de investigaciones que
conocía y testimonios de personas con las cuales había trabajado o entrevistado. Discutiendo
emprendimos el retorno a la comunidad. La discusión no se hizo agria, por momentos fuerte y casi
inconciliable, pero en un tono cordial. La conversación se hizo serpenteante, como el camino. Al
llegar al árbol en el que me había sentado sentí otra vez la frescura del aire. Nos sentamos y en
silencio observamos el horizonte.
— Mira joven. Yo creo que no me queda mucho tiempo de vida. Además nadie compró su vida para
la eternidad. Sé que dejaré este mundo. Lo dejo incompleto, quise cambiarlo, quise y quise..., pero
solo pude amar. Amé a esa mujer como a nadie…
Mientras hablaba pensaba en mi padre. Mi madre contó que en varias ocasiones él le fue infiel, pero
a pesar de eso lo amaba. Yo dudaba de que lo amara.
— De Cibicha estaba enamorado Mario, al que le decían “Carguitas”, un jovenzuelo hijo de un
comerciante. Él creía que ella lo quería por la plata que decía tener. Pero no. Ella me eligió a mí, a
pesar de estar casado. Luego de eso, Carguitas se fue de la comunidad. De mi esposa me divorcié,
por acuerdo mutuo y luego me vinculé a Cibicha. Pero ella, al parecer amó más al partido que a mí.
Diciendo suspiraba, miraba el horizonte como buscando algo.
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— Joven, ¿ves esa loma, al costado de ese río? Ahí fue nuestra primera vez. Esa vez nuestras almas
solitarias se amararon para la eternidad en un lecho de flores silvestres, a la vista de miles de
estrellas…, no te puedo explicar cómo, pero fue una de las innumerables experiencias junto a ella.
Yo no podía ver la loma. Trate de ver pero no logré ubicarlo. Solo vi el río. Mientras hablaba de su
experiencia, recordé a Eva. Cuándo habíamos escalado una montaña, en un rincón de una pequeña
cascada; desnudándonos rápidamente y corrimos en competencia al agua. Recuerdo la caída del
agua bañando su espalda, ver el surco de su columna que se llenaba de agua, en un movimiento
discurriendo y luego volviéndose a llenar. Yo acariciando sus húmedos glúteos, caderas y senos, una
y otra vez. La bulla de agua era ensordecedora, pero no importaba, nuestros cuerpos se
comunicaban. Agitándonos, sin importar el frío, oliendo agua y hiervas, empapados de agua y amor.
Aquella vez, también nuestras almas se amarraron.
— Sabes muchacho. Solo se vive una vez. No te olvides de vivir. ¿Qam upyaranquiñachu warmipa
sunqunmanta (ya has bebido del corazón de la mujer)?
Sonreí y dije: Chayraqmi (estoy empezando).
Ambos sonreímos y en silencio continuamos viendo el panorama. En ese momento nos
sorprendieron, Jaime y Fernando que venían junto a una anciana. La anciana vio a don José con
alguna suspicacia. Al mirarse ambos se saludaron:
— ¡Mama Cecilia…!, rimaykullayki.
— ¡Don José!, imaynallataq.
Los cinco, fuimos al cementerio. Según la señora que nos acompañaba, las fosas comunes están
dentro del cementerio. Es decir, los han trasladado desde otra fosa común. Eso es ilegal, pero ya lo
habían hecho, sin identificar quienes estaban enterrados. Identificar y hacer la investigación de todo
el proceso se encarga nuestra organización. No pudimos entrar al cementerio. El encargado estaba
de viaje y no encontraron la llave para abrir el candado. El cementerio de Ishua, es grande, cercado
y con puertas metálicas; en otras partes solo hallamos una puerta simple y a veces sin cerco. Desde
la puerta del cementerio nos indicaron dónde posiblemente estarían los cuerpos. Tomamos fotos y
registramos. Sin embargo, don José no quiso que registráramos a la fosa de Cibicha, argumentado:
“el muerto, muerta está. Y que quede donde su alma lo dejó”.
Ya cerca de las 4 de la tarde, nos despedimos de todos los que habíamos conocido: de la señora y
algunas autoridades, ya era hora de partir. De don José me despedí con un fuerte apretón de manos y
nos deseamos buena suerte. Lo dejé sentado mirando el panorama. Posiblemente continuaba
rememorando a su amada. Concluí que hubiera preferido no conocer la historia controversial de su
amada. Me pregunté por qué me hizo conocer la fosa de su amante.
Subimos a la camioneta y seguimos nuestro viaje. Cuando arrancó el carro, se reprodujo
inmediatamente el Pumpin en que nos habíamos quedado. Estábamos contentos. Lo que
encontramos aquí no nos complace del todo, pero adelante venía lo nuevo, que aún no sabíamos qué
será, pero seguro que será distinto y estábamos contentos por ello. Cruzamos el puente en el que
termina Ishua y comienza Aucará. En mi boca aún rondaba el sabor del almuerzo: arroz con atún y
escasa cebolla fue lo mejor que encontramos.
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Alguien había cambiado el Pumpin por la música de José María Arguedas. Nos callamos para
escucharle. Son recopilaciones de canciones que hizo cuando viajaba como antropólogo, por varias
partes de Ayacucho, Cusco, Huancayo y Apurimac. Son Huaynos y carnavales sencillos de las
comunidades campesinas, pero poco conocidos. En ese momento la canción suena:
Tambino maqtatas yawarmayu apamun… Tinyachallanñas tuytuchkan… Qenachallanñas
tuytuchkan… (Dicen que al muchacho de Tambobamba, un río de sangre lo lleva... Dicen que solo
su tamborcito flota... Dicen que solo su quenita flota...)
Arguedas no canta con un quechua puro, es un quechua combinado. A veces, por momentos es
castellanizado. Eso puede ser normal si es una recopilación. El castellano es el idioma dominante y
por momento amenazante para el quechua: la lengua de los incas. Lo que es indudables es que
Arguedas defendió y difundió la cultura andina como ningún otro escritor. Parece que llevaba está
misión en la sangre: trabajo que realizó hasta sus últimos días, hasta su trágico suicidio. Mientras
pienso en esto, la camioneta escala otra montaña, curvando sus lados. En cada vuelta que damos se
puede sentir que el sol te llega directamente al rostro desde el horizonte, de entre las montañas.
Nuestras ventanas están ya algo cerradas, ya empieza el frío.
El volumen de la música ahora está bajo, discutimos sobre Arguedas de sus viajes y su trabajo.
Hablamos de los libros que escribió, de su vida como antropólogo, de sus discusiones con los
latinoamericanistas y algunos de sus viajes a Europa. Pero nos centramos en el tema del por qué no
es tan conocido por sus trabajos como antropólogo. No tenemos una respuesta única, ni
consensuada… Nos callamos. Luego, nuevamente comenzamos otra ronda de discusión: “como el
mejor escritor peruano”. Jaime, habla de Mario Vargas Llosa. En una respuesta bulliciosa en la cual
no se podía escuchar claramente a nadie. Rechazamos la figura de Vargas Llosa. Fernando decía ni
siquiera con «Lituma en los Andes» se acerca a Arguedas. Yo recordé un seminario de literatura de
mi profesor Klaus:
— Vargas Llosa tuvo que salir, fuera del Perú, ir hasta Brasil a estudiar desde cero para escribir «La
Guerra del Fin del Mundo». Eso mismo no podía hacerlo en el Perú y escribir sobre los Andes; ahí
el mejor era Arguedas.— Había sentenciado en su clase.
Al término de mi intervención estallamos en risa. Luego proseguimos: “será por ello que, muchas
organizaciones sociales y comunidades iconizan a Arguedas”. Otra conclusión es que hay más
colegios con el nombre de Arguedas que de Vargas Llosa. Otra risa conjunta y nos callamos.
Veo aún lado. Ishua ya está lejos, ya casi en la sombra. El sol baja tras una montaña
ensombreciendo al pueblo. Yo, estoy inquieto. Es como si mi estómago estuviese electrizado, pero
me hace sentir, bien. Hasta casi feliz podría decir. Estoy admirando el trabajo de Arguedas… A mi
izquierda la montaña Bicera, está casi a mi altura, solo nos separa un valle. Pienso que si estirase el
brazo, tocaría la cumbre de la montaña. Es como si volara, sentado.
— Me gustaría trabajar como él. Con arte, literatura y academia. Pensé.
Tengo un poco de recelo de manifestar este pensamiento entre mis amigos, pues no es el tema de
discusión. Si fuera hacerlo en realidad, no sé como concretarlo. Pero me gustaría. Hemos quedado
en silencio, en un instante de valor, lanzo mi pensamiento en voz alta. Luego de un pequeño
silencio Fernando, que parece ser el más académico de los tres dice:
— ¡Wiñaq!, ¡puedes hacerlo! Él también hizo eso. Eso es etnografía.
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En ese momento, para mí fue como escuchar la voz de la autoridad. Como la apertura de un
permiso. Eso alimentó aún más mi alegría. Miré mi ventana y continué viendo cómo la montaña
iluminada cambiaba entre verdores y rocas blancas. En el cielo comenzaban a formarse nubes
naranjas.
Un día quisiera escribir esto. Que estoy en una camioneta, hablando de Arguedas, ir entre las
montañas y describir ese sol, que desaparece por las curvas y vuelve aparecer para acariciar mi
rostro, pensaba.
La luz de la lámpara parece brillar más, me da la sensación que es un pequeño sol. Lo que es
indudables es que tiene los colores del sol, amarillo. La mujer del cuadro parece estirar más el
brazo, pienso que quiere escapar del cuadro para recibir más luz de la lámpara, como posando al sol
en vez de la luz del cuadro. La veo como intentando ir hacia el brillo.
Mi cuérpo ésta inclinado a la dérécha, como aburrida; él codo dé mi brazo dérécho déscansa
én él poza brazo dé la butaca, sosténiéndo mi cabéza, todavía aun mas inclinada. Mi mano
izquiérda cuélga hacia la éspalda dé la butaca, miéntras sigo mirando la pintura dé la paréd.
Péro mi disyuntiva dé qué éscribir, sigué allí, flotando én mi ménté. Véo qué ya no téngo té én
la tasa. Iré a la cocina, por mas té. Tal véz a la vuélta éncuéntré él camino y finalménté éscriba
ésé cuénto. Porqué por ahora, solo vago én mi ménté.
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