Manual de Historia Del Libro-Grecia
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Hipólito Escolar Sobrino
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Minos. Los primeros pasos del libro griego se produjeron en la isla de Creta,
donde surgió una notable civilización, a la que se denomina minoica a causa de un
mítico rey, Minos, que gobernaba la isla desde un gran palacio, el Laberinto de la
doble hacha, labrys, en el que estaba encerrado el Minotauro o toro de Minos, que
pudiera ser la representación de la fuerza del mar esquivada, toreada, por los
arriesgados marineros. Gobernaba la isla una institución superior, con residencia en
un gran palacio, que centraría los recursos disponibles (lana de ovejas, aceite, pesca,
vino y trigo) y procuraría distribuirlos para el disfrute de la mayoría de los habitantes.
También pudieron exportar los excedentes, así como productos artesanales, a Egipto,
a las ciudades cananeas, a las anatolias y a las islas del Mar Egeo.
Su actividad marinera y su presencia en los diferentes puertos dio lugar a la idea
de la talasocracia o imperio marítimo cretense, de la que habla Tucídides, más
apoyada en el comercio que en las armas. Los minoicos debieron de ser pacíficos, sus
grandes palacios no estaban fortificados, no aparecen escenas bélicas en sus hermosas
representaciones murales y escasean las armas en las tumbas. Conocieron la escritura
utilizada por los pueblos vecinos y se decidieron a crear una propia para sus
necesidades administrativas. Se sirvieron como materia escritoria de las tabletas de
barro, porque en la isla no había papiro, que no obstante tuvieron que conocer.
El inglés Arthur Evans consagró su vida a las excavaciones en la isla y al estudio
de las diferentes inscripciones que aparecieron. Las dividió en cuatro clases de
escritura, dos grupos denominados jeroglífica y lineal, subdivididos a su vez en
sendos subgrupos a los que denominó A y B. Hubo otros sistemas en la isla, que
figuran en objetos, como el disco de Festos, probablemente importado, y escrito por
las dos caras con una escritura que se desarrolla en forma de caracol, cuyos caracteres
han sido impresos con un molde.
Aunque no queda ningún texto literario, es muy probable que en la isla hubiera
una literatura oral, formada por mitos, himnos de alabanza a los dioses, narraciones
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exóticas y repertorios de sabiduría popular o superior, mantenida viva a lo largo de
los años por los funcionarios de palacio y por los arriesgados navegantes. Es creíble
la existencia de una literatura narrativa, en la que ocuparían un lugar central las
aventuras marineras, fantásticas y exóticas.
Micenas. Otra gran cultura anterior al mundo clásico griego fue la micénica, del
nombre de la poderosa ciudad de Micenas, situada en el norte del Peloponeso, y de la
que partió Agamenón para la conquista de Troya al frente de los príncipes griegos. Su
grandeza quedó confirmada por las excavaciones llevadas a cabo desde 1876 por el
alemán Heinrich Schliemann, que había localizado y excavado Troya previamente y
mostrado la realidad de la guerra narrada por los poemas homéricos. Otras
excavaciones importantes, no por el valor material de los objetos, sino por la riqueza
de la documentación hallada, fueron realizadas por el norteamericano Carl Blegen,
que localizó la ciudad de Pilos, donde reinó el prudente Néstor, héroe de la Ilíada.
Los hallazgos fueron un gran número de tabletas de arcilla escritas en la llamada
escritura lineal B, como las encontradas en Creta.
Esta brillante civilización fue fruto de los llamados aqueos por Homero,
indoeuropeos que tras invadir Grecia continental y las islas, como Creta, asimilaron
elementos de la civilización que encontraron, como la navegación, la escritura y el
arte. Transformaron la escritura cretense lineal A en lineal B, que ha podido ser
descifrada, con gran ingenio, por el arquitecto inglés Michael Ventris, que se sirvió de
la técnica criptográfica, en la que se había especializado durante la Primera Guerra
Mundial. Resultó un sistema silábico, como el utilizado por entonces por otros
pueblos contemporáneos, y que la lengua era la griega en un estado primitivo.
Podemos damos una idea de la literatura micénica por los poemas homéricos, que
describen la sociedad aquea y en los que se recoge una literatura oral contemporánea,
que los aedos recitaban en las cortes de los poderosos. Los restos de la escritura son
cortos y se refieren a cuestiones contables. No conocemos, y a lo mejor no llegaron a
ser escritos, textos legales, cantos y mitos religiosos, que naturalmente existieron,
pero que los micénicos preferirían mantener en forma oral. Tampoco utilizaron la
escritura para inscripciones en lápidas sepulcrales, en estelas conmemorativas o en
palacios y monumentos.
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Tableta de arcilla encontrada Cnosos con escritura lineal B, en griego.
Los escribas micénicos carecieron del poder de los escribas de otros pueblos en
los que estaban agrupados en colegios profesionales. Quizá la escasa estimación
social de los escribas, limitados a una función contable, pueda explicar el olvido
aparente en que cayó la escritura cuando las cortes aqueas desaparecieron y
cambiaron las estructuras social y económica, aunque no hay seguridad alguna de la
desaparición total de la lineal B.
Como soporte de la escritura debieron de utilizar, aunque no quedan rastros
materiales, papiro procedente de Egipto, y con más probabilidad pieles, que tenían a
mano en los rebaños. Pero lo que ha aparecido en las excavaciones son tabletas de
barro alargadas, generalmente de unos 25 × 12,5 centímetros. Son planas y tienen
color gris, aunque algunas un tono rojizo, consecuencia quizá de la oxidación
originada en los incendios, pues no las cocían y simplemente las secaban al sol quizá
porque la validez del contenido era temporal. Las guardaban en cajas de madera o en
cestas de mimbre, que llevaban unos sencillos rótulos o etiquetas indicadoras del
contenido.
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ser distintos a los que no pertenecen a ella y a los que denominan bárbaros, con otra
lengua, otra religión y otros valores morales.
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El aedo se acompañaba en sus recitales con la lira; el rapsoda, con un
bastón para marcar el ritmo.
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premio. Con el tiempo, los poemas de obligada recitación resultaban parcialmente
ininteligibles para el auditorio, y el rapsoda se vio obligado a completar su labor
recitadora con otra aclaratoria, de comentar las palabras y expresiones oscuras,
destacar las bellezas poéticas y tratar de sacar enseñanzas morales.
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escrito, favoreció notablemente el conocimiento de los contenidos y fue un factor
decisivo en la unificación cultural del pueblo griego.
El libro era escrito directamente por el autor, por un discípulo o un secretario que
transcribían sus palabras. La pocas copias que se hacían, si se hacía alguna, no
circulaban porque no existía una demanda suficiente que justificara la industria y el
comercio del libro. Probablemente algunas personas, habilidosas en la escritura,
copiarían por encargo y ocasionalmente algunos libros y buenos aficionados a un
tema transcribirían de memoria las obras escuchadas y copiarían las que les atraían.
Es posible que los poemas épicos sólo estuvieran en poder de los rapsodas, sus
intérpretes. Luego se sintieron atraídas por ellos las ciudades, que los guardaban en
sus archivos para organizar los recitales y concursos y, ya al final de la Edad Arcaica,
los simples maestros de escuela cuando se impusieron en los programas escolares la
lectura y utilización de los poemas homéricos.
La poesía gozó de amplia audiencia, la siguieron los libros históricos y
geográficos, y el lugar postrero es para los filosóficos, científicos y técnicos, los
últimos en aparecer, que encontraban partidarios en los círculos de los seguidores de
un gran maestro. Los particulares no poseían más que algún ejemplar que otro en sus
casas. Tampoco hubo en estos tiempos bibliotecas públicas, aunque leyendas
posteriores hayan difundido su existencia: la atribuida a Pisístrato en Atenas, la de
Laurentis y la de Polícrates de Samos, el desgraciado tirano víctima de la versatilidad
de la fortuna.
De esta época se conservan algunas inscripciones breves, pero ningún libro ni
fragmentos literarios. Es probable que cuando el texto fuera largo, el libro tuviera la
forma de rollo, quizá de piel, aunque también pudo haberlos de papiro, y con menos
abundancia de tela. Es probable que la materia escritoria primera y más abundante
fueran las pieles curtidas de cabra y oveja, incluso Heródoto afirma que los jonios
llamaban a los libros en tiempos anteriores diphtherai, pieles, más abundantes que el
papiro, y que en su tiempo otros pueblos se servían de pieles para escribir, como los
persas. Probablemente los poemas homéricos en poder de los rapsodas estarían
escritos en rollos de piel mirando a su conservación.
También utilizaron, como los egipcios, los fenicios y los hebreos, óstraca,
cascajo, pedazos de objetos cerámicos en los que rayaban con el estilo o escribían con
tinta un corto mensaje. Fueron utilizados como papeletas para las votaciones en la
asamblea ateniense y de ahí se deriva el nombre de ostracismo, someter a votación la
expulsión de un ciudadano peligroso para el gobierno de la ciudad.
El primer instrumento para trazar las letras con tinta fue una caña o junco similar
al utilizado por los egipcios, pronto sustituido por el cálamo, que terminaba en punta
hendida con un corte en el centro. Así le resultaba más fácil a una persona con poca
experiencia en la escritura trazar las letras griegas con palotes, consistentes en líneas
simples. Otro instrumento para escribir sin tinta y más duro fue el estilo, grafis,
generalmente de hueso o metal.
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Se utilizaba para escribir sobre tablas, pínax o deltos, recuadradas con un marco o
rehundidas, en cuyo interior se ponía una mezcla de cera y resina. Se borraban
fácilmente las equivocaciones con el otro extremo del estilo que tenía forma de
espátula. Sirvieron para cartas, borradores y para que los niños se iniciaran en la
escritura. Las tablas podían unirse con anillas, tiras de cuero o cordones, a través de
unos orificios laterales formando dípticos, trípticos y polípticos. Las letras eran
mayúsculas y de gran tamaño, se podían ver bien, pero su lectura no resultaba fácil
porque no había separación entre las palabras ni signos auxiliares. Esto explica la
tendencia a escuchar los mensajes leídos por un lector profesional o perito.
Existieron en la Edad Arcaica poemas épicos, junto a la Ilíada y la Odisea, que
eran recitados por los rapsodas y de los que nos han llegado noticias. En esta época
vivió uno de los grandes poetas griegos, Hesíodo, con personalidad distinta de la de
Homero, interesado más por la justicia que por las hazañas de los héroes antiguos.
Muy característica de este período es la poesía lírica, por el nombre de la lira con la
que se acompañaban en sus recitados, que produjo notables poetas, como Alceo y
Safo, naturales de Lesbos, Anacreonte, Simónides, Baquílides y el majestuoso
Píndaro.
También es característica de este tiempo la filosofía, que aparece en la Jonia
asiática y cuenta con tres notables pensadores, Tales, Anaximandro y Anaxímenes,
los tres de Mileto. Otro nombre importante en la evolución del pensamiento filosófico
fue Heráclito de Halicarnaso, al que se le atribuye un libro que depositó en el templo
de Ártemis y en el que defendía la idea del cambio permanente. En Samos nació
Pitágoras, misterioso personaje que ejerció su magisterio en el sur de Italia, mediante
una secta, y tuvo gran influencia sobre Platón. Otro acontecimiento de los tiempos
finales de esta edad fue el teatro, del que nos ocuparemos en el capítulo siguiente.
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Fragmento del código de la ciudad cretense de Gortyn, el más antiguo
de los europeos, siglo V a. C.
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La palabra en Atenas durante estos años convenció, brilló y emocionó en las
asambleas políticas y en los tribunales de justicia; en las conferencias magistrales de
los sofistas y en las conversaciones de Sócrates y sus amigos en gimnasios, plazas o
domicilios privados; entre amigos que bebían juntos en los simposios, en las
representaciones teatrales, en las audiciones líricas y en las recitaciones poéticas.
El libro escrito inició una nueva aventura: su libre circulación fuera de los
recitadores profesionales, y un nuevo tipo de libro, en prosa y pensado para la lectura
individual o en pequeños grupos, recoge las ideas de hombres con experiencia,
pensadores y profesores, que, a través de él, llegan a un público más amplio que el
pequeño círculo de alumnos. Gracias a esta circulación la cultura griega saltará a
tierras alejadas de las costas del Egeo y se convertirá en la gran cultura de la
humanidad.
La escuela en Grecia nació para mejorar la educación de los ciudadanos y
facilitarles el cumplimiento de sus derechos y deberes pues precisaban la lectura y la
escritura para numerosos actos de la vida civil y política. Las clases se daban en el
domicilio del maestro, cuyos emolumentos eran pagados por los padres. Fueron
populares como lo muestran las escenas escolares aparecidas en la cerámica roja.
El aprendizaje de las técnicas de la escritura y de la lectura en un sistema
alfabético no era una cuestión tan abstrusa y complicada como el de los sistemas
cuneiforme y jeroglífico. Cualquiera podía ser profesor y consiguientemente el
maestro de primeras letras, grammatista, no gozaba de gran consideración ni se hacía
rico con su profesión. La educación de los niños se completaba con ejercicios
atléticos y lecciones de música vocal e instrumental.
Los niños aprendían a escribir copiando unas palabras puestas por el profesor en
una tableta encerada, pínax o deltos, aunque en los primeros pasos se limitaban a
remarcar las letras dibujadas por el profesor. Los niños, algunas veces, cuando tenían
hambre, mordisqueaban la cera. También escribían en pizarras, en fragmentos de
papiro o en óstraca. Se servían del grafis, aunque a veces utilizaban el cálamo,
cuando escribían con tinta, que podían borrar con una esponja mojada. Tardaban
mucho tiempo en soltarse y los maestros no hacían agradable el aprendizaje.
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En este vaso Duris representó las actividades de una escuela ateniense
en el siglo quinto.
Cuando sabían leer, recibían las obras de los grandes poetas para que las leyeran,
aprendieran de memoria y sintieran deseos de emular a los hombres insignes cuyas
acciones y pensamientos, así como los elogios que han merecido, figuran en ellas.
También para copiarlas para perfeccionar la escritura y reforzar la memoria.
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contra los dirigentes políticos o ideológicos, que, al parecer, la toleraban con espíritu
deportivo.
El teatro era organizado por el gobierno ateniense, que ponía especial cuidado en
el montaje del espectáculo y se reservaba la selección de las obras. Tan importante
fue la función educativa atribuida al teatro, que, a propuesta de Pericles, se repartía
una ayuda económica, teoricón, de un dracma, equivalente al jornal de tres días, a los
ciudadanos pobres para que pudieran acudir a las representaciones teatrales. El
importe de esta dieta era el mismo que el que percibían los ciudadanos por ejercer
una función pública. El sufrir y reír del pueblo suponía una comunidad de
sentimientos y, por lo tanto, una consolidación de los lazos sociales.
Las representaciones, tres tragedias, un drama y posteriormente una comedia,
duraban todo un día, lo que obligaba a los espectadores a llevar merienda, bebida,
frutas y frutos secos, que algunas veces en broma o irritados arrojaban a los actores.
Un jurado, con miembros representando a las diez tribus, puntuaba los méritos, que le
servían al arconte para la concesión del premio. El teatro fue una creación ateniense.
Por ello no sorprende que los tres grandes poetas trágicos, Esquilo, Sófocles y
Eurípides, y el más grande de los comediógrafos, Aristófanes, fueran atenienses.
Todos vivieron en el siglo quinto.
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influyentes. Además, el ejercicio de su actividad se veía favorecido por la libertad de
expresión reinante y por las condiciones democráticas, que permitían el triunfo a los
que tuvieran cierta preparación intelectual. Se declaraban educadores de los hombres
partiendo de la idea de que la naturaleza humana es perfectible mediante la
enseñanza. Cobraban emolumentos elevados, que a los padres de sus alumnos no les
parecían caros. Enseñaban, en primer término, el dominio de las técnicas de la
comunicación y de la persuasión a través de la gramática, la dialéctica y la retórica.
También se preocupaban de la formación moral de sus alumnos y del dominio de
ciertas artes, como la música, es decir, de materias no meramente instrumentales,
aunque enriquecedoras de la personalidad.
Sólo conocemos el nombre de una treintena. Los más renombrados fueron
Protágoras de Abdera, especializado en la enseñanza de la dialéctica, Gorgias, que lo
fue en la retórica, Pródico de Cos, en el análisis lingüístico, e Hipias de Helis, famoso
por sus conocimientos enciclopédicos. Sus contemporáneos consideraron a Sócrates
un sofista más, aunque su comportamiento y sus ideas fueron muy diferentes.
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Otra novedad, similar al teatro, aparece en el siglo quinto, la historia, nacida del
deseo de tener la mayor información de otros pueblos, así como de la sucesión de
hechos que habían terminado en la situación contemporánea. Por este carácter
informativo, la historia se escribe en prosa, en vez de en verso, que era la forma de la
épica, de la lírica y del teatro. De todos modos, sus autores pretendieron la belleza
literaria. Pasa por padre de la historia Heródoto de Halicarnaso, 484-425, gran viajero
y con amigos influyentes, como Pericles. Su obra Historia, Investigaciones, se centra
en las Guerras Médicas, que Heródoto dio a conocer leyéndola ante diversos
auditorios, como si se tratara de un poema épico.
También la filosofía tuvo notables cultivadores, que prosiguieron los estudios
iniciados en la centuria anterior, como Zenón de Elea, discípulo de Parménides y
considerado por Aristóteles el descubridor de la dialéctica, Empédocles de Agrigento,
que para Aristóteles fue el creador de la retórica, Anaxágoras de Clazomene, que tuvo
que exiliarse de Atenas por sus ideas racionalistas, y Leucipo y su discípulo
Demócrito, creadores de la atomística.
Es más, el fenómeno de la creciente circulación del libro adquiere ante los
atenienses caracteres tales, que se produce una reacción en su contra, encabezada por
Sócrates y Aristófanes. La polémica sobre el libro escrito y el oral se alargó durante
la Edad Antigua, aunque cada vez fueron más los defensores del primero, al que, sin
embargo, achacaban su abundancia y el gran número de los que, colocados en las
bibliotecas de algunos ricos ostentosos, estaban destinados a servir de pasto a los
ratones y polillas. No obstante, la lectura personal y la circulación del libro se impuso
en la sociedad griega, como vamos a ver en el capítulo siguiente.
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encima de las pequeñas colecciones privadas del siglo anterior, constituidas por
amplios conjuntos de libros ordenados y al servicio de varios usuarios, que utilizan
regularmente su contenido como material de consulta. La primera gran biblioteca de
la historia europea, sin duda, es la que Aristóteles estableció en el Liceo.
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tiene un sentido peyorativo de afectación y grandilocuencia y se suele aplicar también
a palabras brillantes que hilvanan lugares comunes o encubren un pobre pensamiento.
Esta larga perduración se debió a que poco a poco el interés de la retórica se
desplazó de la audiencia a la creación, de tratar de convencer a perseguir una mejor
comunicación a través de los géneros literarios. Hoy, con todo, los conceptos creados
por ella son instrumentos necesarios para el análisis textual.
Entre los oradores notables se encuentra Isócrates, 436-338, nacido en una familia
rica que se ganó la vida como logógrafo, porque no tenía las condiciones mínimas del
orador, pero su fama le vino de la oratoria epidíctica y como profesor de retórica,
pues de su escuela salieron un centenar de famosos discípulos. Tuvo preocupaciones
políticas que canalizó a través de sus discursos. Para él la unidad griega no se basaba
en razones étnicas sino en los principios culturales y exhortó a los griegos a superar
sus diferencias aldeanas y a asociarse para dominar el Imperio persa, donde muchos
griegos podían encontrar el bienestar económico que les negaba su tierra.
Los antiguos consideraron a Demóstenes, 383-323, el más grande de los oradores,
el «orador» por antonomasia, lo mismo que Homero era el «poeta». Su gran
preocupación fue la política expansiva de Macedonia y contra ella y Filipo dirigió sus
más furibundos discursos, entre los que destacan las Filípicas. Junto a Demóstenes
figuran su gran rival Esquines, y otros famosos como Lisias, Hiperides y Licurgo.
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héroes. Pero no pudo imbuirle sus ideas políticas. Frente a la pequeña ciudad estado,
la polis, amada por Aristóteles, estableció un imperio universal, y frente a la idea
aristotélica de superioridad racial de los griegos, Alejandro se casó con una persa y
pidió a sus hombres que hicieran lo mismo.
En el año 335 volvió a Atenas y fundó su propia escuela, el Liceo, situado más
cerca de la ciudad que la Academia. La escuela fue conocida con los nombres del
Gimnasio y Perípatos (paseo) y sus discípulos con el de peripatéticos porque a
Aristóteles le gustaba hablar paseando. Su personalidad queda definida por el sentido
común, por su pasión por el orden, reflejada en las clasificaciones científicas y en la
fijación de la terminología filosófica. También por su curiosidad científica, que le
incitó a la observación del mundo, a la lectura de la documentación escrita y a la
recogida de objetos y animales.
Tres tipos de obras se deben a Aristóteles, las llamadas exotéricas por estar
destinadas a la circulación fuera del Liceo, todas perdidas, las recopilaciones,
hypomnémata, fruto del trabajo en equipo y los tratados o pragmateiai, apuntes de las
lecciones que se impartían. Aristóteles legó sus libros a su sucesor en la Academia,
Teofrasto, quien, a su vez, se los legó a Neleo, natural de Esceptis, Asia Menor. Por
temor a una incautación de los atálidas, que habían formado una gran biblioteca en
Pérgamo, fueron encerrados en una cueva, de donde los sacó un bibliófilo ateniense,
Apelicón de Teos, cuya biblioteca fue incautada por Sila, que se la llevó a Roma,
donde muchos estudiosos pudieron trabajar con las obras de Aristóteles, entre ellos
Tiranión. El Corpus aristotelicum se atribuye a Andrónico de Rodas y en él aparecen
las obras en orden lógico y didáctico.
En Roma se estudiaron algunas de sus obras. Más suerte corrieron sus ideas en
Oriente, pues de Alejandría y Bizancio pasaron a Siria y estudiosos sirios las
tradujeron al árabe. En el Islam, Alfarabí y Avicena construyeron sus sistemas
apoyándose en Aristóteles, como lo hicieron en España en el siglo doce el musulmán
Averroes y el judío Maimónides. Las obras de estos filósofos y las que se conocieron
de Aristóteles fueron traducidas al latín, especialmente en Toledo, y facilitaron a los
escolásticos la confección de su magno sistema filosófico, que se identifica con la
Escolástica.
En el siglo cuarto por primera vez la prosa supera a la poesía. Además de la
oratoria y de la filosofía se cultivó la historia. Entre los historiadores destaca
Jenofonte, ateniense amigo y admirador de los espartanos, cuya obra más popular,
Anábasis, narra la expedición fallida al Imperio persa. Más importante fueron
Helénicas, historia reciente de Grecia y varias consagradas a Sócrates, del que fue
discípulo. La supervivencia de muchas de sus obras se debe a sus ideas educativas y a
la sencillez de su lenguaje.
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Características materiales del libro. Algunas noticias sueltas y ocasionales
tenemos del comercio del libro que se desarrolló en el siglo cuarto siguiendo la
creciente demanda del libro escrito. Se establecieron talleres para la producción y
exportación, más que para la venta a clientes locales, de libros, siguiendo los
procedimientos de los otros talleres de Atenas, que exportaban productos, entre otros,
armas y piezas cerámicas. En la ciudad era frecuente que el estudioso que deseaba un
libro lo copiara personalmente, lo que sucedía también con los miembros de la
Academia y del Liceo.
Los dueños de los talleres utilizaban para realizar las copias esclavos, que unas
veces copiaban directamente del original porque la demanda se reducía a un solo
ejemplar, y otras, con más frecuencia, copiaban al dictado cuando el librero deseaba
producir varios ejemplares. Es lo que sucedía con las novedades, por cuyo
conocimiento estaban interesados muchos clientes establecidos fuera de la ciudad. No
parece que los copistas utilizaran mesa para escribir y se apoyarían sentados, como en
Egipto y en otras sociedades, sobre la rodilla poniendo entre medias una tabla o una
superficie rígida para que no se rasgara el papiro al apretar el cálamo. Entre los
talleres de libros destacó por sus características especiales el de Isócrates, dedicado a
copiar y exportar sus propias obras, que tenían gran demanda fuera.
Aunque los libros se escribían en rollos de papiro, utilizaron también, con menor
frecuencia, rollos de piel y de tela. Además, para borradores y pequeñas notas usaron
pizarras, óstraca, trozos de papiro, pínacles y deltos. Gustaron de las inscripciones en
material duro, madera, piedra o metal para facilitar la información pública de
acuerdos políticos o con finalidad conmemorativa, para recuerdo de las acciones
honrosas. Estas inscripciones son simétricas, sobrias y sin adornos, cuyo tipo más
destacado es el stoichedon, en el que las letras aparecen alineadas horizontal y
verticalmente, como inscritas en una serie ordenada de cuadrados.
Gracias a los hallazgos arqueológicos sabemos cómo eran los rollos de papiro en
blanco, que se importaban de Egipto. El más antiguo de los literarios fue hallado en
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una tumba de Dervéni, Macedonia, y contiene comentarios a una cosmología órfica,
copiados en escritura continua por un escriba hábil, que usó sólo mayúsculas,
aisladas, trazadas con regularidad, sin puntuación auxiliar, salvo unos parágrafos para
separar los hexámetros del comentario. Sólo se ha salvado la mitad superior, unos 85
milímetros, en los que caben unas quince líneas de diez centímetros de longitud.
Otro rollo apareció en una tumba de Abusir, cerca de Menfis, que quizá
perteneció a un cantor griego al que le sorprendió la muerte viajando por Egipto unos
años antes de la llegada de Alejandro. Contiene un poema, Los Persas, de Timoteo de
Mileto. La longitud de las columnas es superior a la normal, entre veinte y treinta
centímetros, con unas cincuenta letras. Las líneas no se corresponden, aunque el texto
es verso, con ninguna medida métrica. La escritura es continua también y las letras,
con trazos que se juntan en ángulo, están hechas con un cálamo de punta dura y
gruesa por una mano no muy ducha.
Los rollos se formaban, como en Egipto, pegando las hojas, collémata, una a
continuación de otra, hasta conseguir la longitud exigida por la obra. De cóllema se
deriva protocolo, primera hoja. El rollo en blanco recibía el nombre de chartae, que
en latín ha dado charta y palabras en las lenguas romances, desde carta y cartel hasta
cartera y cartucho. El precio del rollo al finalizar el siglo quinto era de dracma y un
tercio, aproximadamente el salario de un obrero.
Las columnas, equivalentes a las actuales páginas, recibieron impropiamente el
nombre de cóllema. El suyo era selis. Las columnas no coincidían con las hojas y su
número podían ser casi el doble. Se alineaban bien las columnas por la izquierda, no
así por la derecha, quizá por el deseo de no partir las palabras. El número de líneas,
stichoi, no era uniforme, ni siquiera en el mismo rollo. Se escribía sólo por un lado
del papiro, el recto, en el que las fibras corrían horizontalmente, como las líneas.
Pocas veces se escribía por la otra cara, verso, en la que las fibras corrían
verticalmente, recurso de la gente con pocos recursos y de los estudiantes que
aprovechaban hojas desechadas. Los rollos escritos por las dos caras se llaman
opisthógrafos. Antes de la primera columna se dejaba un espacio en blanco,
probablemente para salvaguardar el texto de cualquier daño, no para escribir el título,
que, de figurar, se escribía en el colofón.
Para facilitar el manejo del rollo y para darle mayor consistencia, se reforzaba con
una varilla, onfalós, que podía ir adornada con unos remates de hueso o marfil. Se les
envolvía en fundas de piel o de papiro o se les colocaba en una caja o una cesta y,
para su localización, se solía poner el título en la parte exterior o se les colocaba unas
etiquetas colgantes de papiro o piel con los datos identifícadores.
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Safo leyendo un libro, según un vaso ateniense del siglo V.
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