Estudios del Discurso
doi: 10.30973/esdi/2018.4.2/3
ISSN: 2448-4857
Volumen 4 | Número 2
septiembre 2018 | afebrero 2019
pp. 54-67
Prolegómenos para
una anti-ontología feminista
Prolegomena for a Feminist (Anti)Ontology
Agostina Marchi
Facultad de Ciencias Sociales
Universidad de Buenos Aires
[email protected]
Resumen
Pensar no ocurre en el aire. Pensar ocurre al interior de una matriz de pensamiento, adentro de un
«lo pensable» que es un territorio estratificado de una manera determinada, con unas fronteras
bastante precisas, más o menos mapeado según las zonas, habitable sólo desde unos emplazamientos de sujeto que, además de específicos, no son infinitos. Eso que llamamos «Occidente» se irguió
a partir de conquistas y cruzadas que respondieron a objetivos particulares. Quizás, sólo quizás,
preguntarnos por ellas nos permita vislumbrar mejor algo del lugar (o el no-lugar) ontológico y
experiencial que Occidente le dio a lo largo de su «Historia» a la «mujer» —y, con ella, siguiendo
a Hélène Cixous, al devenir, a la alteridad, a lo radicalmente otro.
Palabras clave: feminismo, logocentrismo, deseo, devenir, identidad, Hélène Cixous
Abstract
Thought does not happen in the air. Thought occurs within a matrix of thought; inside a “thinkable”
territory that has quite precise borders; within the boundaries of a “land of thought” that is
stratified a certain way and has been more or less mapped out, depending on the zones; inside a
“world” that is inhabitable only from a bunch of subject positions —which, besides being specific,
are not infinite. That which we call “the West” has arisen from the consecutive ashes of conquests
and crusades that answered to particular objectives. Perhaps, just perhaps, asking ourselves about
them lets us catch a better glimpse of the ontological and experiential place (or non-place) that the
West has given, throughout its “History”, to “women” —and, with them, following Hélène Cixous,
to becoming, to alterity, to what is radically other.
Keywords: feminism, logocentrism, desire, becoming, identity, Hélène Cixous
Fecha de recepción: 12 de junio de 2018 | Fecha de aceptación: 5 de julio de 2018
Prolegómenos para una anti-ontología feminista
Cuando ellas despierten de entre los muertos,
de entre las palabras, de entre las leyes.
Hélène Cixous, La risa de la medusa
¿
Y si la mujer fuese sencillamente imposible al interior del pensamiento occidental? ¿Y si todo lo que «mujer» es simplemente no pudiera decirse ―no
porque opere prohibición alguna, sino meramente porque no cabe― al interior de las redes discursivas tendidas entre lengua y lengua, entre siglo y siglo, entre
frontera y frontera y entre Estado y Estado de esta gran isla de Occidente? ¿Y si
«mujer» fuese, lisa y llanamente, in-vivible―inhabitable de este lado del mundo?
(¿Y si, es más, esta gran isla de Occidente acaso sólo hubiera sido primitivamente
posible porque «mujer» fue dejada afuera, desterrada antes aún del inicio de la
Historia?)
No es lo mismo lo que se puede pensar (pensar, luego decirvivirhabitar) si
pensar obedece a un impulso generativo que si pensar obedece a un impulso colonizador.
Toda la diferencia que habrá determinado el movimiento de la historia [occidental] como movimiento de la propiedad, se articula entre dos economías que
se definen en relación con la problemática del don. La economía (política) de lo
masculino y de lo femenino están organizadas por exigencias y obligaciones
diferentes. (Cixous 38)1
Leyendo a Hélène Cixous, parecería que la historia de Occidente (esa que un día
terminamos bautizando «Historia») podría haber sido otra. Que de hecho cabía la
posibilidad de lidiar de otro modo con ese problema antediluviano de hacer respirable a la existencia, que la «Identidad» ―y su fuga paranoica de lo indiferenciado,
“La diferencia no se distribuye, por supuesto, a partir de los «sexos» determinados socialmente (…) la diferencia sexual no está simplemente determinada por la relación fantasmal con la
anatomía, que descansa en gran parte en un punto de vista, es decir, en una extraña importancia
otorgada a la exterioridad (…) No, la diferencia sexual existe a nivel del goce” (Cixous 38-41, el
último subrayado es mío).
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y su necesidad delirante de conquistar, en ese tiempo antes del tiempo y a toda
costa, un espacio “vital” que fuera a ser “suyo” de una vez y para siempre― no era,
como tampoco lo habrían sido todos los avatares de esa genealogía que terminó
pariéndola como único modo de existencia posible, inevitable. Si sólo…
La Isla de Occidente fue fundada a partir, nacida casi (no importa mucho cómo
ni por qué) de un miedo pasmoso a lo Oscuro. Occidente se irguió ―y creció, y se
nutrió, y se hinchó hasta los confines del mundo― sobre y como una obstinada
vocación de Luz, de claridad diurna, sobre, en el límite, una pretensión incansable
de mediodía sin sombras.2 El primer objetivo de una cruzada tan determinada a
iluminar lo Oscuro no pudo, no podía ser más que el hallazgo (la fundación) del
(de un) Origen (con minúsculas) ―y hay, aparentemente, algo arquetípicamente
masculino en el miedo que da origen al pensamiento del origen:
…el Imperio de lo Propio se erige a partir de un miedo que es típicamente masculino: miedo de la expropiación, de la separación, de la pérdida del atributo.
Dicho de otro modo, impacto de la amenaza de castración (…) Relación del
hombre con el ser-hombre, con su conservación. Esta economía, entendida como
ley de apropiación, es una producción falocéntrica. La oposición propio/no propio (la valorización de lo propio) organiza la oposición identidad/diferencia.
Ahí todo ocurre como si, en un abrir y cerrar de ojos, el hombre y el ser se hubieran
apropiado el uno del otro. (Cixous 37, el subrayado es mío)
Como si, casi sin darnos cuenta, ser, existir (ahora ya poco más o menos «Ser») e
«Identidad» hubiesen quedado finalmente fusionados, irremediable e inseparablemente derretidos en un solo pastiche que un día, pretencioso e impotente, terminará diciendo “Yo” (“Yo quiero”, “Yo deseo”, “Yo pienso”, “Yo existo”).
Grecia. Costas del Mar Mediterráneo, para ser más exactas. Corte al siglo VI
a.C. El logos y el logocentrismo no son en modo alguno la misma cosa. Dicho eso,
sin embargo, poco podría haber acaecido el pensamiento logocéntrico si el logos
griego ―si el logos más griego de todos, el no-decadente, el “presocrático”, el indo-europeo― no hubiese disfrutado (de modo inigualadamente sano por estos
Ver María Zambrano (27-65); Giorgio Colli (El nacimiento de la filosofía); Roberto Calasso
(Las bodas de Cadmo y Harmonía 87-130).
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lares, si me preguntan a mí) de entregarse a su «jovialidad» bien entendida y jugar
alegremente, mientras los tiempos lo permitieron, con el hecho de su existir in-material, con las posibilidades inmensas de su ser pensamiento-expresión, pensamiento-pulsión, pensamiento-deseo («tapas») ―con el hecho de ser, en definitiva,
ni más ni menos que vibración primordial doblada sobre sí misma (pensada) y
vuelta palabra.3 Hay más de védico que de logocéntrico en el “fuego siempre vivo
que arde y crepita mesuradamente y mesuradamente se extingue” de Heráclito (DK
22B30). Hay más de tradición śakta-śaiva que de «Razón» en el ápeiron como arché
de Anaximandro. Hay, en fin, más de Sarasvatī que de «Verdad» en la Alétheia de
Parménides.
Y, sin embargo, algo pasó en el medio. Algo pasó en el medio, aparentemente,
y decisiones políticas complejas tuvieron que ser forzadas (Heráclito, Parménides,
Zenón, Gorgias, Sócrates, Platón).4 Algo se malentendió o se resignó, y logos ―
ahora sí ya casi casi «razón»― devino no sólo lo contrario a doxa sino, más peligroso aún, aquello que debía venir a ordenarla, su metro. El logos, una vez mero
modo expresivo (apolíneo, si se quiere) de ese mismo fondo indiferenciado que
latía, mudo, en el pathos, pasó de repente, en pos de contraponerse a la doxa decadente ―ésa era, de hecho, su misión política― a ser el molde (la muerte, la intención homicida) de ese mismo fondo oscuro primordial (¿aún palpitante en los
últimos avatares dionisíacos?) ahora por completo desacreditado.5 El «logocentrismo» es exactamente ese sometimiento del pensamiento (del pensamiento-logos,
del pensamiento-expresión que sólo respiraba atado a lo Oscuro) al logos-razón,
al encandilamiento rapaz del gigantesco reflector con el que nace, omnipresente y
autónomo, este (nuevo) sistema de los dos términos:
El pensamiento [occidental, post-socrático] siempre ha funcionado por oposición (…) Por oposiciones duales, jerarquizadas (…) En todo (donde) interviene
una ordenación, una ley organiza lo pensable por oposiciones (duales, irrecon-
Ver Friedrich Nietzsche; Giorgio Colli (La sabiduría griega II 15-40; El nacimiento de la filosofía;
Filósofos sobrehumanos); Jean-Pierre Vernant (Mito y pensamiento en la Grecia antigua 334-340).
4
Ver Giorgio Colli (El nacimiento de la filosofía; Filósofos sobrehumanos; Platón político).
5
Ver Giorgio Colli (El nacimiento de la filosofía 65-121; Platón político; Gorgias y Parménides).
.
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ciliables; o reconstruibles, dialécticas). Y todas las parejas de oposiciones son
parejas (…) Y el movimiento por el que cada oposición se constituye para dar
sentido es el movimiento por el que la pareja se destruye. Campo de batalla
general. Cada vez se libra una guerra. (Cixous 14, subrayado en el original)
Ser/No-Ser ―y en esa colonización organizada, prolija, ordenada, masculina,
el devenir (la «mujer», lo que ocurre y lo que escurre) se desdibuja, ahora in-visible, inhabitable por novedosamente impensado, en el limbo adonde van a parar
todas las cosas que, sin poder participar ya del «Ser», persisten, insistentes, en
sustraerse sin embargo tozudamente al «No Ser».
Todo se refiere al hombre, a su tormento, su deseo de ser (en) el origen (…) ¿Qué
sería del logocentrismo, de los grandes sistemas filosóficos, del orden del mundo
en general, si la piedra sobre la que han fundado su iglesia se hiciera añicos? ¿Si
un día se supiera que el proyecto logocéntrico siempre había sido, inconfesablemente, el de fundar el falocentrismo, el de asegurar al orden masculino una
razón igual a la historia de sí misma? Entonces, todas las historias se contarían
de otro modo, el futuro sería impredecible, las fuerzas históricas cambiarían,
cambiarán, de manos, de cuerpos, otro pensamiento aún no pensable, transformará el funcionamiento de toda sociedad. (Cixous 16, último subrayado en el
original)
Si sólo…
Topos, dice Hélène Cixous, muñecas muertas que, con pequeños o grandes
espasmos, se agitan para volver a la vida que nunca dejaron de percibir, tumultuosa, del otro lado del cajón de cristal en el que las pusieron a aguardar que el beso
del príncipe, y sólo del príncipe, las llamara a escena. Quizás todo lo que podamos
decir respecto de los emplazamientos de sujeto reservados a las mujeres a lo largo
de la historia occidental pueda ordenarse pensándolo a la inversa, justo a través de
eso que le falta a todas esas (magras) posibilidades disponibles de habitar lo femenino: las pendientes discursivas desde las que una mujer puede hablar, desde las
que puede inclinarse para asomarse al mundo y hacer sonar discursivamente su
existencia (aún sin decir una sola palabra) no son infinitas ―no son, de hecho, ni
siquiera tantas. Hay algo de esa situación perpetuamente impar de lo femenino,
de ese existir perpetuamente atravesado por la falta o por el exceso (siempre somos
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menos mujer de lo que deberíamos ser, o demasiado),6 que sólo se entiende si se lo
explica por el marco discursivo, por la grilla de enunciación en la que tenemos que
hacernos caber, por el tamiz expresivo a través del cual tenemos que hacernos pasar;
por el territorio, con sus cartografías y estratificaciones propias, con sus propios límites y sus propias fronteras, al interior ―inevitablemente― del cual tenemos que
arreglárnoslas para construir nuestra propia casa, nuestro propio cuerpo:
Ella duerme, eterna, está intacta, absolutamente impotente (…) El secreto de su
belleza, guardado para él: ella posee la perfección de lo que ha acabado. De lo
que no ha empezado. Sin embargo, respira. Justo lo suficiente de vida; y no demasiado (…) Sueño de hombre: la amo, ausente luego deseable, inexistente,
dependiente, luego adorable (…) ¿O sueño de mujer? Sólo es un sueño. Duermo.
Si no durmiera, él no me buscaría, no cruzaría sus buenas tierras y mis malas
tierras para llegar hasta mí. Sobre todo, ¡que no me despierten! ¡Qué angustia!
¡He de estar en la tumba para atraerlo! ¿Y si me besara? Ese beso… ¿cómo quererlo? ¿Quiero? (Cixous 17-19)
Oscuras, líquidas, para nada idénticas a nosotras mismas, atravesadas por una
economía (pulsional primero, libidinal después, política entonces) distinta y cuyas
exigencias nunca nos significaron colonizar ni apropiarnos de nada porque nunca
tuvimos nada, nunca nada fue nuestro;7 compuertas, puentes levadizos, túneles de
contacto con lo indiferenciado, con la disolución que para el Imperio de lo Propio
representa cualquier afinidad con la metamorfosis, con la posesión (¿qué experiencia podría estar más en las antípodas de cualquier idea de «propiedad»?) ―nos
volvimos, de algún modo, el recipiente contenedor (negado, a su vez, por supuesto, en tanto tal) de todo eso que el pensamiento falo-logocéntrico necesitó quitar
de en medio para erigirse más allá de su miedo, para superar el pánico ante el
supremo agujero de la Carencia al que, aún hoy, todavía hoy, sigue rindiéndole
“Excedente: ella «exagera», teme él. Y la ironía de su valor [del valor dado al deseo de la mujer]
hace que ella sea o bien ese «nada» que escanda el caso Dora («Ya sabéis que mi mujer no es nada
para mí»), o ese demasiado, demasiado convertido en no-suficiente, el «no como debería ser» que
le recuerda que su maestro era partidario de los límites” (Cixous 53).
7
“Peor para ellos si se desmoronan al descubrir que las mujeres no son hombres, o que la madre
no tiene” (Cixous 21).
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culto. El nuevo logos nos dejó el pathos, sólo que deshauciadamente desprestigiado:
nuestra única posibilidad de existir discursivamente es apelando (aunque no queramos, aunque no nos parezca: no somos nosotras las que apelamos o no, es el conjunto de los emplazamientos de sujeto que nos están disponibles lo que, por
definición, apela) a nuestra deshonrada oscuridad, a nuestra fluidez, volátil, a nuestro ―literalmente― patético no-ser-razón, a nuestra malmirada sangre. No podemos
ser lo que somos porque lo que somos anulado es la condición de posibilidad de que
todo lo que es efectivamente sea. “Noche para su día, así se ha imaginado desde
siempre. Oscuridad para su blancura. Excluida del espacio de su sistema, ella es la
inhibición que asegura al sistema su funcionamiento” (Cixous 20).
Si sólo…
**
En algún lugar Roberto Calasso afirma que, en Grecia, en las historias griegas, es
siempre una mujer la que tensa la trama, la que hace que todo ocurra ―Helena, en
el extremo mismo del mundo, ejerciendo la fuerza que permite que la guerra de
Troya, completa, se despliegue, se disponga, tenga efectivo lugar.8 Ahora… ¿Es
verdaderamente una mujer eso que tensa el mundo de los héroes?
¿Acaso soy yo, muñeca fantasma, causa de dolores, de guerras, pretexto, «para
los hermosos ojos» de quien los hombres hacen (…) sus ensoñaciones divinas,
sus conquistas, sus destrucciones? No para «mí», por supuesto. Sino para mis
«ojos», para que te mire, para que le mire a él, para que él se vea observado como
él quiere ser mirado. O como él teme no ser mirado. Yo, es decir, nadie…
(Cixous 23)
Lo que tensa a Grecia no es una mujer, lo que tensa a Grecia es un simulacro:
“¿Soy yo ese no-cuerpo vestido, envuelto en velos, alejado cuidadosamente, mantenido apartado de la Historia, de las transformaciones, anulado, mantenido al
margen de la escena, retirado al ámbito de la cocina o al de la cama?” (Cixous 22).
8
Ver Roberto Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía 11-30, 53-130).
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Velos, sólo velos, velo sobre velo sobre velo y puro no-cuerpo debajo, si es que hay
un debajo adonde llegar. Un cuerpo tiene pulsiones, un cuerpo late, desea y estos
cuerpos, estos aconteceres femeninos no parecen poder responder nunca pulsionalmente, libidinalmente. A nada. Son, más bien, eso que sostiene la respuesta
pulsional, libidinal o no, de un otro, que siempre es uno (Uno), que siempre es
masculino. Para que los héroes libren la guerra que necesitan librar para actualizar
su estúpida (irreflexiva) y gloriosa extinción,9 allí, lejos, en los mismísimos márgenes de lo visible (de lo pensable), Helena, ese contorno que se pretende encierra
en su interior todo lo que sólo puede soportarse, todo a lo que estos regios varones
sólo pueden tender sin miedo a ser disueltos en tanto esté afuera, en tanto sea
radicalmente exterior a todo aquello por lo que podría llegar a pelearse entre hombres, entre héroes, mira, secuestrada de su “hogar”, secuestrada por “amor”, secuestrada de sí misma.
Dicen que por ella los griegos lanzaron mil naves, destruyeron, mataron, hicieron durante diez veces diez años una guerra fabulosa, ¡entre hombres!, por ella,
allá, el ídolo, raptada, escondida, perdida. Porque para-ella, y sin-ella, celebran
la larga fiesta de muerte que llaman su vida. (Cixous 23, el subrayado es mío)
Grecia todavía no terminaba de ser Grecia. Grecia tenía aún por ver a los presocráticos y mucho más lejos aún quedaban Sócrates, Platón y Aristóteles y su triunvirato (repleto de claroscuros) de la gestión de la decadencia, del control de daños
necesario tras la muerte de la afirmación de la vida.10 Así y todo, Grecia ya se
preparaba (Zeus estaba hacía rato completamente afanado en la tarea) para el
inicio de la estatuaria que habría de hacerla famosa y cuna de la civilización occidental, para sentar las bases del mundo solar-apolíneo que vendría a desterrar (tan
paulatina como irremediablemente) todo contacto de este “proto-Occidente”, de
este “pre-Occidente” con lo que en esas latitudes y en aquel momento se llamaba
Ver Roberto Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía 87-130, 291-335); Giorgio Colli (La
naturaleza ama esconderse 28-38).
10
Ver Friedrich Nietzsche.
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«Dionisos».11 La dinastía Zeus-Apolo es el final definitivo del capítulo indoeuropeo
de nuestra historia. La civilización minoica ya estaba acabada hacía rato.12 Grecia,
para ser Grecia
―Dos hilos tejen la elevación del hombre y el descenso simultáneo de la mujer. La
trayectoria de Teseo inscribe todas las figuras de la subida al poder: (…) se teje
una carrera triunfal: atravesada de cuerpos femeninos, al hilo de un alma impía,
de mujer en mujer, se amasa un enorme territorio. A través de Ariadna, de
Antiope, de Hipólita, de Fedra, hecatombes de amantes innombrables y de amazonas, con Teseo se extinguen las últimas grandes llamas, y así seguidamente hasta
Helena, raptada a los diez años de edad (así empezó o más bien fue «comenzada»)
(…) Por lo demás, después de la muerte de su padre, congregó a los habitantes de
toda la provincia de Ática en una ciudadela e hizo que se rindieran (…)
Centralización, destrucción de las pequeñas unidades de administración local:
nacimiento de Atenas. Después vivió feliz, creó la moneda que hizo acuñar con la
efigie del toro de Maratón, y tuvo mucho dinero― (Cixous 31-32)
necesitaba excluir todo lo que Grecia no quería ser. Orfeo, Museo, Epiménides,
últimos ecos del subcontinente indio en Anaximandro.13 Puros anhelos de no ser
tan griego en Heráclito. No es Parménides, evidentemente, quien crea el «Ser». O,
dicho de otro modo, Parménides sólo puede dar con el «Ser» y con el «No Ser»
porque Grecia ya era Grecia hacía tiempo. Apolo Arquegeta, el que conquista territorio inhóspito, el que funda, inicia con Pitón su carnicería de monstruos (que
siempre son de naturaleza femenina, que siempre son afines a «las aguas»…) y
construye altares, establece liturgias, unge sacerdotes.14 Zeus no quiere ser su padre
Cronos, nace cierta preocupación que no es para nada obvia ni inevitable ni obligatoria por la propia extinción, por la propia des-aparición: si la vida, aún la inmortal, incluye en sí el eventual esfumarse de la aparición que soy, entonces es la
Ver Roberto Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía 87-130, 157-178, 205-257); Marcel
Detienne (196-261); Giorgio Colli (El nacimiento de la filosofía).
12
Ver Roger Caillois (152-165); Jean-Pierre Vernant (Los orígenes del pensamiento griego); Karl
Kerenyi; Roberto Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía 11-30)..
13
Ver Giorgio Colli (La sabiduría griega I; La sabiduría griega II).
14
Ver Roberto Calasso (“La locura que viene de las ninfas”); Marcel Detienne (19-43, 94-149).
11
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vida lo que necesita empezar a ser negado ―alba del orden de la estatua, primer
monumento occidental a la Carencia.15 Los sacrificios cruentos ceden, se confunden, menguan.16 El contacto con lo sagrado anda desparramado, los dioses ya ni
saben si quedarse o retirarse.17 La necesidad de una Ley que contenga, que in-forme de una vez y para siempre al mundo se vuelve apremiante. Nace la preocupación por la célebre decadencia griega y los proyectos para evitarla o las artimañas
para sustraerse esotéricamente a ella, aunque más no sea en soledad (nace, quizás,
la soledad). Recortando prolija y ensañadamente cada cosa por su nombre ―que
no es más que, ¡oh, novedad!, su flamante e inverosímil línea punteada― las cosas
devienen, finalmente, «cosas» porque pasan a oponerse a todo lo demás, que entonces ya no es ellas. Se sientan las bases, la grilla operacional para que Platón
pueda llegar a la idea de la «Idea». Un paso más, sólo un paso más y Occidente
habrá dado a luz al Juicio, al Alto Tribunal de los Patriarcas del Ser. Si sólo…
En el Imperio de lo Propio, el ser del desplazamiento, ¿cómo encontrará ella
dónde perderse, dónde inscribir su no-tener-lugar, su permanente disponibilidad? ¿En otra parte? Habrá otra parte donde el otro ya no será condenado a
muerte. Pero, ¿ha existido, existe otra parte? Si ya no está «aquí», ya está allá, en
este otro lugar que altera el orden social, donde el deseo origina la existencia de
la ficción. (Cixous 62)
**
Ver Jean-PierreVernant (Érase una vez… El universo, los dioses, los hombres 27-57); Roberto
Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía 87-130, 157-178, 205-257); Platón (77-92).
16
“Y se purifican embadurnándose con sangre ajena, como el que se revuelca en una ciénaga
para purificarse con el cieno. Y a continuación elevan súplicas a esas imágenes de los dioses como
si quisieran discutir en el santuario, aunque en realidad no conocen ni a los dioses ni a los verdaderos héroes” (DK 22B5).
17
“¿Acaso no vemos nosotros a [nuestros oráculos] igualmente descuidados, de modo que, con
excepción de dos o tres, todos los demás están abandonados y ya no ofrecen respuesta alguna? (…)
parece que haya soplado en toda la región un viento ardiente y haya secado todas las fuentes de la
adivinación (…) Todos los demás oráculos, o guardan silencio, o han quedado reducidos a la más
horrible soledad” (Plutarco 37).
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Tenemos el deseo secuestrado. El deseo contracturado en un espacio radicalmente impropio para el deseo. El deseo muerto, desahuciado, sólo lo suficientemente
oxigenado como para mantenernos en pie, erguidas ―o acostadas: tenemos el
deseo artificialmente animado sólo lo suficiente, sólo lo necesario para poder seguir siendo, agujeros sustitutos, eso que este Occidente masculino y falócrata (por
completo, por siempre impotente frente al impenetrable agujero de la Carencia
que una vez eligió darse como origen) sí puede penetrar.
Pero aún la han tratado como al «continente negro»: la han mantenido a distancia de sí misma, le han dejado ver (= no-ver) a la mujer a partir de lo que el
hombre quiere ver de ella, es decir casi nada (…) En cuanto empieza a hablar,
se le puede enseñar, al mismo tiempo que su nombre, que su región es negra:
eres África y, por tanto, eres negra. Tu continente es negro. El negro es peligroso. En el negro no ves nada, tienes miedo. No te muevas, pues corres el riesgo
de caer. Sobre todo, no vayas al bosque. Y hemos interiorizado el horror a lo
oscuro. (Cixous 20-21)
El fuego no tiene la misma relación con lo Oscuro que la pura luz. Salvo alguna
notable excepción, el fuego de hecho crepita en lo Oscuro, es el (un) núcleo móvil,
irregular, oscilante de calor que, en tanto está en medio de la oscuridad, rodeado
por ella, también la ilumina. Fuego, calor, ardor: «tapas» ―deseo sin «Yo», pliegue
subjetivo deseante (que no «Sujeto») sin voluntad. Las sombras son lo que el fuego
proyecta, lo que el fuego teje, no lo que teme. Mientras la luz diurna, solar, no
puede más que percibir los retazos de sombra que se le escapan como fracaso,
como aquello-que-está-aún-por-conquistar, el punto de partida del fuego siempre
es lo Negro. Y la sombra, en lo Negro, es lo que finalmente se deja ver, lo que por
fin aparece.
El «continente negro» no es ni negro ni inexplorable: aún está inexplorado porque
nos han hecho creer que era demasiado negro para ser explorable. Y porque nos
quieren hacer creer que lo que nos interesa es el continente blanco, con sus
monumentos a la Carencia. Y lo hemos creído. Nos han inmovilizado entre dos
mitos horripilantes: entre la Medusa y el abismo (…) ¿Lo peor no sería, no es,
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realmente, que la mujer no esté castrada, que le baste con dejar de oír a las sirenas (pues las sirenas eran hombres) para que la historia cambie de sentido? Para
ver a la medusa de frente basta con mirarla: y no es mortal. Es hermosa y ríe.
(Cixous 21, primer subrayado en el original)
Una «apariencia», en Grecia, es un «Ser» defectuoso, un «Ser» imperfecto —un
ser, un existir infectado de algo que lo hace menos ser. Un «simulacro», por su lado,
nunca reenvía al «Ser», un «simulacro» siempre reenvía a una otra cosa del «Ser»
que no por eso queda definida por defecto: no es «aquello-a-lo-que-le-falta-el-ser»,
es, sencillamente, lo que el «Ser» no es, lo que está afuera del «Ser» y, sin embargo,
es, existe, tiene un tipo de entidad específica, una densidad propia, ejerce una clase
de resistencia singular. El «simulacro» es la categoría que se escapó del orden griego para mantener viva, vibrante, la raíz bárbara de Atenas. Se puede reclamar lo
Oscuro. Se puede elegir habitar la fragilidad candente del simulacro y renunciar,
en el mismo gesto, a la gélida certeza de la «apariencia-de-Ser». Se puede repatriar
(rematriar) lo que aparece a las sombras, al devenir, hurtarlo de su falsa sujeción
siempre malintencionada a la Ley del «Ser». Se puede acabar de una vez por todas
con el Juicio. Se puede construir la apariencia (podemos, en fin, construirnos)
aparición forajida, rebelde, fantasma. ¿Dónde está ella? En lo que resta, en lo que
sobra, en lo que, insistente, pervive ―quizás Medusa, quizás sirena, quizás aquea
gozosa y rebelde llamada Helena, quizás…
Agostina Marchi
Maestranda en Comunicación y Cultura por la Facultad de Ciencias Sociales de
la Universidad de Buenos Aires (uba). Licenciada en Ciencia Política por la UBA.
Cientista social y filósofa independiente. Fue docente de la Facultad de Derecho y
de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y se desempeñó como investigadora en varios proyectos UBACyT. Publicó numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales. Sus intereses unen algunas líneas del
pensamiento filosófico contemporáneo (Foucault, Deleuze) y las filosofías y mitologías griega, romana, india e hindú.
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Obras citadas
AAVV. Filósofos presocráticos 1. Madrid: Gredos, 1981. Impreso
Caillois, Roger. El mito y el hombre. Ciudad de México: Fondo de Cultura
Económica, 1998. Impreso
Calasso, Roberto. “La locura que viene de las ninfas”, en La locura que viene de las
ninfas y otros ensayos. Ciudad de México: Sexto Piso, 2004. Impreso
Calasso, Roberto. Las bodas de Cadmo y Harmonía. Barcelona: Anagrama, 2006.
Impreso
Cixous, Hélène. La risa de la medusa. Ensayos sobre la escritura. Barcelona:
Anthropos, 1995. Impreso
Colli, Giorgio. El nacimiento de la filosofía. Barcelona: Tusquets, 2005. Impreso
Colli, Giorgio. Filósofos sobrehumanos. Madrid: Siruela, 2011. Impreso
Colli, Giorgio. Gorgias y Parménides. Madrid: Siruela, 2010. Impreso
Colli, Giorgio. La naturaleza ama esconderse. Madrid: Siruela, 2008. Impreso
Colli, Giorgio. La sabiduría griega I. Madrid: Trotta, 2011. Impreso
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Estudios del Discurso
66
Prolegómenos para una anti-ontología feminista
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Volumen 4
Número 2
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