El Casamiento Enganoso
El Casamiento Enganoso
El Casamiento Enganoso
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Texto núm. 64
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Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
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El Casamiento Engañoso
Cinco leguas de la ciudad de Sevilla, está un lugar que se llama
Castiblanco; y, en uno de muchos mesones que tiene, a la hora que
anochecía, entró un caminante sobre un hermoso cuartago, estranjero. No
traía criado alguno, y, sin esperar que le tuviesen el estribo, se arrojó de la
silla con gran ligereza.
Díjole la huéspeda que no había más de uno en toda la casa, y que tenía
dos camas, y que era forzoso, si algún huésped acudiese, acomodarle en
la una. A lo cual respondió el caminante que él pagaría los dos lechos,
viniese o no huésped alguno; y, sacando un escudo de oro, se le dio a la
huéspeda, con condición que a nadie diese el lecho vacío.
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disposición del nuevo huésped, concluyendo que jamás tal belleza habían
visto.
-¡Válame Dios!, ¿y qué es esto? ¿Vienen, por ventura, esta noche a posar
ángeles a mi casa?
-No lo digo por nada, señor -respondió la mesonera-; sólo digo que vuesa
merced no se apee, porque no tengo cama que darle, que dos que tenía
las ha tomado un caballero que está en aquel aposento, y me las ha
pagado entrambas, aunque no había menester más de la una sola, porque
nadie le entre en el aposento; y, es que debe de gustar de la soledad; y,
en Dios y en mi ánima que no sé yo por qué, que no tiene él ca[r]a ni
disposición para esconderse, sino para que todo el mundo le vea y le
bendiga.
-Ten aquí, mozo -dijo a esta sazón el caballero-; que, aunque duerma en el
suelo tengo de ver hombre tan alabado.
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y bajada del Turco, no olvidándose de los sucesos del Trasilvano, que
Nuestro Señor guarde.
-Lo que se podrá hacer es que yo llamaré a la puerta, diciendo que soy la
justicia, que por mandado del señor alcalde traigo a aposentar a este
caballero a este mesón, y que, no habiendo otra cama, se le manda dar
aquélla. A lo cual ha de replicar el huésped que se le hace agravio, porque
ya está alquilada y no es razón quitarla al que la tiene. Con esto quedará
el mesonero desculpado y vuesa merced consiguirá su intento.
A todos les pareció bien la traza del alguacil, y por ella le dio el deseoso
cuatro reales.
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cansancio del camino forzaba a procurar pasarlas con reposo; pero, como
no le tenía el huésped primero, a poco más de la media noche, comenzó a
suspirar tan amargamente que con cada suspiro parecía despedírsele el
alma; y fue de tal manera que, aunque el segundo dormía, hubo de
despertar al lastimero son del que se quejaba. Y, admirado de los sollozos
con que acompañaba los suspiros, atentamente se puso a escuchar lo que
al parecer entre sí murmuraba. Estaba la sala escura y las camas bien
desviadas; pero no por esto dejó de oír, entre otras razones, éstas, que,
con voz debilitada y flaca, el lastimado huésped primero decía:
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golpe, dando un recio suspiro.
-Por cierto, señor gentilhombre, que si los suspiros que habéis dado y las
palabras que habéis dicho no me hubieran movido a condolerme del mal
de que os quejáis, entendiera que carecía de natural sentimiento, o que mi
alma era de piedra y mi pecho de bronce duro; y si esta compasión que os
tengo y el presupuesto que en mí ha nacido de poner mi vida por vuestro
remedio, si es que vuestro mal le tiene, merece alguna cortesía en
recompensa, ruégoos que la uséis conmigo declarándome, sin encubrirme
cosa, la causa de vuestro dolor.
Esotro, que mil imposibles prometiera por saber lo que tanto deseaba, le
respondió que no saldría un punto de lo que le había pedido,
afirmándoselo con mil juramentos.
-Con ese seguro, pues -dijo el primero-, yo haré lo que hasta ahora no he
hecho, que es dar cuenta de mi vida a nadie; y así, escuchad: «Habéis de
saber, señor, que yo, que en esta posada entré, como sin duda os habrán
dicho, en traje de varón, soy una desdichada doncella: a lo menos una que
lo fue no ha ocho días y lo dejó de ser por inadvertida y loca, y por creerse
de palabras compuestas y afeitadas de fementidos hombres. Mi nombre es
Teodosia; mi patria, un principal lugar desta Andalucía, cuyo nombre callo
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(porque no os importa a vos tanto el saberlo como a mí el encubrirlo); mis
padres son nobles y más que medianamente ricos, los cuales tuvieron un
hijo y una hija: él para descanso y honra suya, y ella para todo lo contrario.
A él enviaron a estudiar a Salamanca; a mí me tenían en su casa, adonde
me criaban con el recogimiento y recato que su virtud y nobleza pedían; y
yo, sin pesadumbre alguna, siempre les fui obediente, ajustando mi
voluntad a la suya sin discrepar un solo punto, hasta que mi suerte
menguada, o mi mucha demasía, me ofreció a los ojos un hijo de un
vecino nuestro, más rico que mis padres y tan noble como ellos.
»La primera vez que le miré no sentí otra cosa que fuese más de una
complacencia de haberle visto; y no fue mucho, porque su gala, gentileza,
rostro y costumbres eran de los alabados y estimados del pueblo, con su
rara discreción y cortesía. Pero, ¿de qué me sirve alabar a mi enemigo ni ir
alargando con razones el suceso tan desgraciado mío, o, por mejor decir,
el principio de mi locura? Digo, en fin, que él me vio una y muchas veces
desde una ventana que frontero de otra mía estaba. Desde allí, a lo que
me pareció, me envió el alma por los ojos; y los míos, con otra manera de
contento que el primero, gustaron de miralle, y aun me forzaron a que
creyese que eran puras verdades cuanto en sus ademanes y en su rostro
leía. Fue la vista la intercesora y medianera de la habla, la habla de
declarar su deseo, su deseo de encender el mío y de dar fe al suyo.
Llegóse a todo esto las promesas, los juramentos, las lágrimas, los
suspiros y todo aquello que, a mi parecer, puede hacer un firme amador
para dar a entender la entereza de su voluntad y la firmeza de su pecho. Y
en mí, desdichada (que jamás en semejantes ocasiones y trances me
había visto), cada palabra era un tiro de artillería que derribaba parte de la
fortaleza de mi honra; cada lágrima era un fuego en que se abrasaba mi
honest[i]dad; cada suspiro, un furioso viento que el incendio aumentaba,
de tal suerte que acabó de consumir la virtud que hasta entonces aún no
había sido tocada; y, finalmente, con la promesa de ser mi esposo, a pesar
de sus padres, que para otra le guardaban, di con todo mi recogimiento en
tierra; y, sin saber cómo, me entregué en su poder a hurto de mis padres,
sin tener otro testigo de mi desatino que un paje de Marco Antonio, que
éste es el nombre del inquietador de mi sosiego. Y, apenas hubo tomado
de mí la posesión que quiso, cuando de allí a dos días desapareció del
pueblo, sin que sus padres ni otra persona alguna supiesen decir ni
imaginar dónde había ido.
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supe más de sentillo. Castigué mis cabellos, como si ellos tuvieran la culpa
de mi yerro; martiricé mi rostro, por parecerme que él había dado toda la
ocasión a mi desventura; maldije mi suerte, acusé mi presta
determinación, derramé muchas e infinitas lágrimas, vime casi ahogada
entre ellas y entre los suspiros que de mi lastimado pecho salían; quejéme
en silencio al cielo, discurrí con la imaginación, por ver si descubría algún
camino o senda a mi remedio, y la que hallé fue vestirme en hábito de
hombre y ausentarme de la casa de mis padres, y irme a buscar a este
segundo engañador Eneas, a este cruel y fementido Vireno, a este
defraudador de mis buenos pensamientos y legítimas y bien fundadas
esperanzas.
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tengo de ser hallada, y facilitar los modos que he de usar para conseguir lo
que tanto deseo y he menester.
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mujer, no fuera mucho haber despertado en él algún mal pensamiento. Y,
temerosa desto, se vistió con grande priesa y con mucho silencio, y se
ciñó su espada y daga; y, de aquella manera, sentada sobre la cama,
estuvo esperando el día, que de allí a poco espacio dio señal de su venida,
con la luz que entraba por los muchos lugares y entradas que tienen los
aposentos de los mesones y ventas. Y lo mismo que Teodosia había
hecho el caballero; y, apenas vio estrellado el aposento con la luz del día,
cuando se levantó de la cama diciendo:
Estaba Teodosia deseando ver la claridad, para ver con la luz qué talle y
parecer tenía aquel con quien había estado hablando toda la noche. Mas,
cuando le miró y le conoció, quisiera que jamás hubiera amanecido, sino
que allí en perpetua noche se le hubieran cerrado los ojos; porque, apenas
hubo el caballero vuelto los ojos a mirarla (que también deseaba verla),
cuando ella conoció que era su hermano, de quien tanto se temía, a cuya
vista casi perdió la de sus ojos, y quedó suspensa y muda y sin color en el
rostro; pero, sacando del temor esfuerzo y del peligro discreción, echando
mano a la daga, la tomó por la punta y se fue a hincar de rodillas delante
de su hermano, diciendo con voz turbada y temerosa:
-Toma, señor y querido hermano mío, y haz con este hierro el castigo del
que he cometido, satisfaciendo tu enojo, que para tan grande culpa como
la mía no es bien que ninguna misericordia me valga. Yo confieso mi
pecado, y no quiero que me sirva de disculpa mi arrepentimiento: sólo te
suplico que la pena sea de suerte que se estienda a quitarme la vida y no
la honra; que, puesto que yo la he puesto en manifiesto peligro,
ausentándome de casa de mis padres, todavía quedará en opinión si el
castigo que me dieres fuere secreto.
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igual a su locura le suspendía por entonces; y, así por esto como por
parecerle que aún no había cerrado la fortuna de todo en todo las puertas
a su remedio, quería antes procurársele po[r] todas las vías posibles, que
no tomar venganza del agravio que de su mucha liviandad en él
redundaba.
Con estas razones volvió Teodosia a cobrar los perdidos espíritus; tornó la
color a su rostro y revivieron sus casi muertas esperanzas. No quiso más
don Rafael (que así se llamaba su hermano) tratarle de su suceso: sólo le
dijo que mudase el nombre de Teodosia en Teodoro y que diesen luego la
vuelta a Salamanca los dos juntos a buscar a Marco Antonio, puesto que
él imaginaba que no estaba en ella, porque siendo su camarada le hubiera
hablado; aunque podía ser que el agravio que le había hecho le
enmudeciese y le quitase la gana de verle. Remitióse el nuevo Teodoro a
lo que su hermano quiso. Entró en esto el huésped, al cual ordenaron que
les diese algo de almorzar, porque querían partise luego.
No partió don Rafael con él, que por hurtarle el cuerpo le dijo que le
convenía volver aquel día a Sevilla; y, así como le vio ido, estando en
orden las cabalgaduras, hecha la cuenta y pagado al huésped, diciendo
adiós, se salieron de la posada, dejando admirados a cuantos en ella
quedaban de su hermosura y gentil disposición, que no tenía para hombre
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menor gracia, brío y compostura don Rafael que su hermana belleza y
donaire.
Dijo don Rafael al mozo de mulas que consigo llevaba que tuviese
paciencia, porque le convenía pasar a Barcelona, asegurándole la paga a
todo su contento del tiempo que con él anduviese. El mozo, que era de los
alegres del oficio y que conocía que don Rafael era liberal, respondió que
hasta el cabo del mundo le acompañaría y serviría. Preguntó don Rafael a
su hermana qué dineros llevaba. Respondió que no los tenía contados, y
que no sabía más de que en el escritorio de su padre había metido la
mano siete o ocho veces y sacádola llena de escudos de oro; y, según
aquello, imaginó don Rafael que podía llevar hasta quinientos escudos,
que con otros docientos que él tenía y una cadena de oro que llevaba, le
pareció no ir muy desacomodado; y más, persuadiéndose que había de
hallar en Barcelona a Marco Antonio.
Con esto, se dieron priesa a caminar sin perder jornada, y, sin acaescerles
desmán o impedimento alguno, llegaron a dos leguas de un lugar que está
nueve de Barcelona, que se llama Igualada. Habían sabido en el camino
cómo un caballero, que pasaba por embajador a Roma, estaba en
Barcelona esperando las galeras, que aún no habían llegado, nueva que
les dio mucho contento. Con este gusto caminaron hasta entrar en un
bosquecillo que en el camino estaba, del cual vieron salir un hombre
corriendo y mirando atrás, como espantado. Púsosele don Rafael delante,
diciéndole:
-¿Por qué huís, buen hombre, o qué cosa os ha acontecido, que con
muestras de tanto miedo os hace parecer tan ligero?
-¿No queréis que corra apriesa y con miedo -respondió el hombre-, si por
milagro me he escapado de una compañía de bandoleros que queda en
ese bosque?
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-¡Malo! -dijo el mozo de mulas-. ¡Malo, vive Dios! ¿Bandoleritos a estas
horas? Para mi santiguada, que ellos nos pongan como nuevos.
-Si eso es -dijo Calvete, que así se llamaba el mozo de mulas-, seguros
podemos pasar, a causa que al lugar donde los bandoleros hacen el salto
no vuelven por algunos días, y puedo asegurar esto como aquel que ha
dado dos veces en sus manos y sabe de molde su usanza y costumbres.
A todo esto estaba presente don Rafael, y el mozo respondió que era del
Andalucía y de un lugar que, en nombrándole, vieron que no distaba del
suyo sino dos leguas. Dijo que venía de Sevilla, y que su designio era
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pasar a Italia a probar ventura en el ejercicio de las armas, como otros
muchos españoles acostumbraban; pero que la suerte suya había salido
azar con el mal encuentro de los bandoleros, que le llevaban una buena
cantidad de dineros, y tales vestidos, que no se compraran tan buenos con
trecientos escudos; pero que, con todo eso, pensaba proseguir su camino,
porque no venía de casta que se le había de helar al primer mal suceso el
calor de su fervoroso deseo.
Las buenas razones del mozo, junto con haber oído que era tan cerca de
su lugar, y más con la carta de recomendación que en su hermosura traía,
pusieron voluntad en los dos hermanos de favorecerle en cuanto pudiesen.
Y, repartiendo entre los que más necesidad, a su parecer, tenían algunos
dineros, especialmente entre frailes y clérigos, que había más de ocho,
hicieron que subiese el mancebo en la mula de Calvete; y, sin detenerse
más, en poco espacio se pusieron en Igualada, donde supieron que las
galeras el día antes habían llegado a Barcelona, y que de allí a dos días se
partirían, si antes no les forzaba la poca seguridad de la playa.
-Verdad es -replicó el mozo- que don Enrique no tiene hijos, pero tiénelos
un hermano suyo que se llama don Sancho.
-Ése tampoco -respondió don Rafael- tiene hijos, sino una hija sola, y aun
dicen que es de las más hermosas doncellas que hay en la Andalucía, y
esto no lo sé más de por fama; que, aunque muchas veces he estado en
su lugar, jamás la he visto.
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-Todo lo que, señor, decís es verdad -respondió el mancebo-, que don
Sancho no tiene más de una hija, pero no tan hermosa como su fama dice;
y si yo dije que era hijo de don Enrique, fue porque me tuviésedes,
señores, en algo, pues no lo soy sino de un mayordomo de don Sancho,
que ha muchos años que le sirve, y yo nací en su casa; y, por cierto enojo
que di a mi padre, habiéndole tomado buena cantidad de dineros, quise
venirme a Italia, como os he dicho, y seguir el camino de la guerra, por
quien vienen, según he visto, a hacerse ilustres aun los de escuro linaje.
Todas estas razones y el modo con que las decía notaba atentamente
Teodoro, y siempre se iba confirmando en su sospecha.
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Con grande atención estaba el mancebo escuchando lo que Teodoro le
decía; y, viendo que ya callaba, antes que le respondiese palabra, le tomó
las manos y, llegándoselas a la boca, se las besó por fuerza, y aun se las
bañó con gran cantidad de lágrimas que de sus hermosos ojos derramaba;
cuyo estraño sentimiento le causó en Teodoro de manera que no pudo
dejar de acompañarle en ellas (propia y natural condición de mujeres
principales, enternecerse de los sentimientos y trabajos ajenos); pero,
después que con dificultad retiró sus manos de la boca del mancebo,
estuvo atenta a ver lo que le respondía; el cual, dando un profundo
gemido, acompañado de muchos suspiros, dijo:
-No quiero ni puedo negaros, señor, que vuestra sospecha no haya sido
verdadera: mujer soy, y la más desdichada que echaron al mundo las
mujeres, y, pues las obras que me habéis hecho y los ofrecimientos que
me hacéis me obligan a obedeceros en cuanto me mandáredes, escuchad,
que yo os diré quién soy, si ya no os cansa oír ajenas desventuras.
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bajeza del estado en que me veo, pues, habiendo mirado, más de aquello
que fuera lícito a una recatada doncella, la gentileza y discreción de Marco
Antonio, y considerado la calidad de su linaje y la mucha cantidad de los
bienes que llaman de fortuna que su padre tenía, me pareció que si le
alcanzaba por esposo, era toda la felicidad que podía caber en mi deseo.
Con este pensamiento le comencé a mirar con más cuidado, y debió de
ser sin duda con más descuido, pues él vino a caer en que yo le miraba, y
no quiso ni le fue menester al traidor otra entrada para entrarse en el
secreto de mi pecho y robarme las mejores prendas de mi alma.
»Mas no sé para qué me pongo a contaros, señor, punto por punto las
menudencias de mis amores, pues hacen tan poco al caso, sino deciros de
una vez lo que él con muchas de solicitud granjeó conmigo: que fue que,
habiéndome dado su fe y palabra, debajo de grandes y, a mi parecer,
firmes y cristianos juramentos de ser mi esposo, me ofrecí a que hiciese
de mí todo lo que quisiese. Pero, aún no bien satisfecha de sus juramentos
y palabras, porque no se las llevase el viento, hice que las escribiese en
una cédula, que él me dio firmada de su nombre, con tantas circunstancias
y fuerzas escrita que me satisfizo. Recebida la cédula, di traza cómo una
noche viniese de su lugar al mío y entrase por las paredes de un jardín a
mi aposento, donde sin sobresalto alguno podía coger el fruto que para él
solo estaba destinado. Llegóse, en fin, la noche por mí tan deseada...»
-Y bien; así como llegó esa felicísima noche, ¿qué hizo? ¿Entró, por
dicha? ¿Gozástele? ¿Confirmó de nuevo la cédula? ¿Quedó contento en
haber alcanzado de vos lo que decís que era suyo? ¿Súpolo vuestro
padre, o en qué pararon tan honestos y sabios principios?
Respiró con estas razones Teodosia y detuvo los espíritus, que poco a
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poco la iban dejando, estimulados y apretados de la rabiosa pestilencia de
los celos, que a más andar se le iban entrando por los huesos y médulas,
para tomar entera posesión de su paciencia; mas no la dejó tan libre que
no volviese a escuchar con sobresalto lo que Leocadia prosiguió diciendo:
-«No solamente no vino, pero de allí a ocho días supe por nueva cierta que
se había ausentado de su pueblo y llevado de casa de sus padres a una
doncella de su lugar, hija de un principal caballero, llamada Teodosia:
doncella de estremada hermosura y de rara discreción; y por ser de tan
nobles padres se supo en mi pueblo el robo, y luego llegó a mis oídos, y
con él la fría y temida lanza de los celos, que me pasó el corazón y me
abrasó el alma en fuego tal, que en él se hizo ceniza mi honra y se
consumió mi crédito, se secó mi paciencia y se acabó mi cordura. ¡Ay de
mí, desdichada!, que luego se me figuró en la imaginación Teodosia más
hermosa que el sol y más discreta que la discreción misma, y, sobre todo,
más venturosa que yo, sin ventura. Leí luego las razones de la cédula,
vilas firmes y valederas y que no podían faltar en la fe que publicaban; y,
aunque a ellas, como a cosa sagrada, se acogiera mi esperanza, en
cayendo en la cuenta de la sospechosa compañía que Marco Antonio
llevaba consigo, daba con todas ellas en el suelo. Maltraté mi rostro,
arranqué mis cabellos, maldije mi suerte; y lo que más sentía era no poder
hacer estos sacrificios a todas horas, por la forzosa presencia de mi padre.
»En fin, por acabar de quejarme sin impedimento, o por acabar la vida,
que es lo más cierto, determiné dejar la casa de mi padre. Y, como para
poner por obra un mal pensamiento parece que la ocasión facilita y allana
todos los inconvenientes, sin temer alguno, hurté a un paje de mi padre
sus vestidos y a mi padre mucha cantidad de dineros; y una noche,
cubierta con su negra capa, salí de casa y a pie caminé algunas leguas y
llegué a un lugar que se llama Osuna, y, acomodándome en un carro, de
allí a dos días entré en Sevilla: que fue haber entrado en la seguridad
posible para no ser hallada, aunque me buscasen. Allí compré otros
vestidos y una mula, y, con unos caballeros que venían a Barcelona con
priesa, por no perder la comodidad de unas galeras que pasaban a Italia,
caminé hasta ayer, que me sucedió lo que ya habréis sabido de los
bandoleros, que me quitaron cuanto traía , y entre otras cosas la joya que
sustentaba mi salud y aliviaba la carga de mis trabajos, que fue la cédula
de Marco Antonio, que pensaba con ella pasar a Italia, y, hallando a Marco
Antonio, presentársela por testigo de su poca fe, y a mí por abono de mi
mucha firmeza, y hacer de suerte que me cumpliese la promesa. Pero,
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juntamente con esto, he considerado que con facilidad negará las palabras
que en un papel están escritas el que niega las obligaciones que debían
estar grabadas en el alma, que claro está que si él tiene en su compañía a
la sin par Teodosia, no ha de querer mirar a la desdichada Leocadia;
aunque con todo esto pienso morir, o ponerme en la presencia de los dos,
para que mi vista les turbe su sosiego. No piense aquella enemiga de mi
descanso gozar tan a poca costa lo que es mío; yo la buscaré, yo la
hallaré, y yo la quitaré la vida si puedo.»
-Pues ¿qué culpa tiene Teodosia -dijo Teodoro-, si ella quizá también fue
engañada de Marco Antonio, como vos, señora Leocadia, lo habéis sido?
-Del recogimiento -dijo Leocadia- no hay que tratarme; que tan recogida y
tan honesta era yo como cuantas doncellas hallarse pudieran, y con todo
eso hice lo que habéis oído. De que él la llevase no hay duda, y de que
ella no me haya agraviado, mirándolo sin pasión, yo lo confieso. Mas el
dolor que siento de los celos me la representa en la memoria bien así
como espada que atravesada tengo por mitad de las entrañas, y no es
mucho que, como a instrumento que tanto me lastima, le procure arrancar
dellas y hacerle pedazos; cuanto más, que prudencia es apartar de
nosotros las cosas que nos dañan, y es natural cosa aborrecer las que nos
hacen mal y aquellas que nos estorban el bien.
-Sea como vos decís, señora Leocadia -respondió Teodosia-; que, así
como veo que la pasión que sentís no os deja hacer más acertados
discursos, veo que no estáis en tiempo de admitir consejos saludables. De
mí os sé decir lo que ya os he dicho, que os he de ayudar y favorecer en
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todo aquello que fuere justo y yo pudiere; y lo mismo os prometo de mi
hermano, que su natural condición y nobleza no le dejarán hacer otra
cosa. Nuestro camino es a Italia; si gustáredes venir con nosotros, ya poco
más a menos sabéis el trato de nuestra compañía. Lo que os ruego es me
deis licencia que diga a mi hermano lo que sé de vuestra hacienda, para
que os trate con el comedimiento y respecto que se os debe, y para que se
obligue a mirar por vos como es razón. Junto con esto, me parece no ser
bien que mudéis de traje; y si en este pueblo hay comodidad de vestiros,
por la mañana os compraré los vestidos mejores que hubiere y que más os
convengan, y, en lo demás de vuestras pretensiones, dejad el cuidado al
tiempo, que es gran maestro de dar y hallar remedio a los casos más
desesperados.
-Si ella es la que dice, séos decir, hermana, que es de las más principales
de su lugar, y una de las más nobles señoras de toda la Andalucía. Su
padre es bien conocido del nuestro, y la fama que ella tenía de hermosa
corresponde muy bien a lo que ahora vemos en su rostro. Y lo que desto
me parece es que debemos andar con recato, de manera que ella no
hable primero con Marco Antonio que nosotros; que me da algún cuidado
la cédula que dice que le hizo, puesto que la haya perdido; pero sosegaos
y acostaos, hermana, que para todo se buscará remedio.
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cédula que la había dado! ¡Qué de palabras y razones la añadía, que la
hacían cierta y de mucho efecto! ¡Cuántas veces no creyó que se le había
perdido, y cuántas imaginó que sin ella Marco Antonio no dejara de cumplir
su promesa, sin acordarse de lo que a ella estaba obligado!
No s[e] podrá contar buenamente los pensamientos que los dos hermanos
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llevaban, ni con cuán diferentes ánimos los dos iban mirando a Leocadia,
deseándola Teodosia la muerte y don Rafael la vida, entrambos celosos y
apasionados. Teodosia buscando tachas que ponerla, por no desmayar en
su esperanza; don Rafael hallándole perfecciones, que de punto en punto
le obligaban a más amarla. Con todo esto, no se descuidaron de darse
priesa, de modo que llegaron a Barcelona poco antes que el sol se
pusiese.
Era infinita la gente que de la ciudad acudía, y mucha la que de las galeras
se desembarcaba, puesto que el que las traía a cargo, que era un
caballero valenciano llamado don Pedro Viqué, desde la popa de la galera
capitana amenazaba a los que se habían embarcado en los esquifes para
ir a socorrer a los suyos. Mas, viendo que no aprovechaban sus voces ni
sus amenazas, hizo volver las proas de las galeras a la ciudad y disparar
una pieza sin bala (señal de que si no se apartasen, otra no iría sin ella).
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un rico trencillo, al parecer de diamantes; la destreza con que el mozo se
combatía y la bizarría del vestido hacía que volviesen a mirarle todos
cuantos la pendencia miraban; y de tal manera le miraron los ojos de
Teodosia y de Leocadia, que ambas a un mismo punto y tiempo dijeron:
-No temáis -dijo así como llegó Leocadia-, señor Marco Antonio, que a
vuestro lado tenéis quien os hará escudo con su propia vida por defender
la vuestra.
Don Rafael, que vio y oyó lo que pasaba, las siguió asimismo y se puso de
su parte. Marco Antonio, ocupado en ofender y defenderse, no advirtió en
las razones que las dos le dijeron; antes, cebado en la pelea, hacía cosas
al parecer increíbles. Pero, como la gente de la ciudad por momentos
crecía, fueles forzoso a los de las galeras retirarse hasta meterse en el
agua. Retirábase Marco Antonio de mala gana, y a su mismo compás se
iban retirando a sus lados las dos valientes y nuevas Bradamante y
Marfisa, o Hipólita y Pantasilea.
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desmandado vulgo.
-¡Ah, señor! -respondió don Rafael-; ¡dejadme pasar, que veo en gran
peligro puestas las cosas que en esta vida más quiero!.
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sacaron, sin quererle dejar Leocadia, que se embarcó con él como en
seguimiento del norte de su esperanza. En llegando a tierra, hizo el
caballero traer de su casa una silla de manos donde le llevasen. En tanto
que esto pasaba, había enviado don Rafael a buscar a Calvete, que en el
mesón estaba con cuidado de saber lo que la suerte había hecho de sus
amos; y cuando supo que estaban buenos, se alegró en estremo y vino
adonde don Rafael estaba.
A estas razones abrió Marco Antonio los ojos y los puso atentamente en el
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rostro de Leocadia, y, habiéndola casi conocido, más por el órgano de la
voz que por la vista, con voz debilitada y doliente le dijo:
-Decid, señor, lo que quisiéredes, que no estoy tan al cabo que no pueda
escucharos, ni esa voz me es tan desagradable que me cause fastidio el
oírla.
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No dijo más Leocadia, y todos los que en la sala estaban guardaron un
maravilloso silencio en tanto que estuvo hablando, y con el mismo silencio
esperaban la respuesta de Marco Antonio, que fue ésta:
-No puedo negar, señora, el conoceros, que vuestra voz y vuestro rostro
no consentirán que lo niegue. Tampoco puedo negar lo mucho que os
debo ni el gran valor de vuestros padres, junto con vuestra incomparable
honestidad y recogimiento. Ni os tengo ni os tendré en menos por lo que
habéis hecho en venirme a buscar en traje tan diferente del vuestro; antes,
por esto os estimo y estimaré en el mayor grado que ser pueda; pero, pues
mi corta suerte me ha traído a término, como vos decís, que creo que será
el postrero de mi vida, y son los semejantes trances los apurados de las
verdades, quiero deciros una verdad que, si no os fuere ahora de gusto,
podría ser que después os fuese de provecho. Confieso, hermosa
Leocadia, que os quise bien y me quisistes, y juntamente con esto
confieso que la cédula que os hice fue más por cumplir con vuestro deseo
que con el mío; porque, antes que la firmase, con muchos días, tenía
entregada mi voluntad y mi alma a otra doncella de mi mismo lugar, que
vos bien conocéis, llamada Teodosia, hija de tan nobles padres como los
vuestros; y si a vos os di cédula firmada de mi mano, a ella le di la mano
firmada y acreditada con tales obras y testigos, que quedé imposibilitado
de dar mi libertad a otra persona en el mundo. Los amores que con vos
tuve fueron de pasatiempo, sin que dellos alcanzase otra cosa sino las
flores que vos sabéis, las cuales no os ofendieron ni pueden ofender en
cosa alguna. Lo que con Teodosia me pasó fue alcanzar el fruto que ella
pudo darme y yo quise que me diese, con fe y seguro de ser su esposo,
como lo soy. Y si a ella y a vos os dejé en un mismo tiempo, a vos
suspensa y engañada, y a ella temerosa y, a su parecer, sin honra, hícelo
con poco discurso y con juicio de mozo, como lo soy, creyendo que todas
aquellas cosas eran de poca importancia, y que las podía hacer sin
escrúpulo alguno, con otros pensamientos que entonces me vinieron y
solicitaron lo que quería hacer, que fue venirme a Italia y emplear en ella
algunos de los años de mi juventud, y después volver a ver lo que Dios
había hecho de vos y de mi verdadera esposa. Mas, doliéndose de mí el
cielo, sin duda creo que ha permitido ponerme de la manera que me veis,
para que, confesando estas verdades, nacidas de mis muchas culpas,
pague en esta vida lo que debo, y vos quedéis desengañada y libre para
hacer lo que mejor os pareciere. Y si en algún tiempo Teodosia supiere mi
muerte, sabrá de vos y de los que están presentes cómo en la muerte le
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cumplí la palabra que le di en la vida. Y si en el poco tiempo que de ella
me queda, señora Leocadia, os puedo servir en algo, decídmelo; que,
como no sea recebiros por esposa, pues no puedo, ninguna otra cosa
dejaré de hacer que a mí sea posible por daros gusto.
En tanto que Marco Antonio decía estas razones, tenía la cabeza sobre el
codo, y en acabándolas dejó caer el brazo, dando muestras que se
desmayaba. Acudió luego don Rafael y, abrazándole estrechamente, le
dijo:
-Ahora digo, hermano y señor mío, que la suma alegría que he recebido en
veros no puede traer menos descuento que un pesar grandísimo; pues se
dice que tras el gusto se sigue la tristeza; pero yo daré por bien empleada
cualquiera que me viniere, a trueco de haber gustado del contento de
veros.
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que el enfermo hacía con el paje que abrazado tenía) y se salió de la sala
o aposento , y en un instante se puso en la calle, con intención de irse
desesperada por el mundo o adonde gentes no la viesen; mas, apenas
había llegado a la calle, cuando don Rafael la echó menos, y, como si le
faltara el alma, preguntó por ella, y nadie le supo dar razón dónde se había
ido. Y así, sin esperar más, desesperado salió a buscarla, y acudió adonde
le dijeron que posaba Calvete, por si había ido allá a procurar alguna
cabalgadura en que irse; y, no hallándola allí, andaba como loco por las
calles buscándola y de unas partes a otras; y, pensando si por ventura se
había vuelto a las galeras, llegó a la marina, y un poco antes que llegase
oyó que a grandes voces llamaban desde tierra el esquife de la capitana, y
conoció que quien las daba era la hermosa Leocadia, la cual, recelosa de
algún desmán, sintiendo pasos a sus espaldas, empuñó la espada y
esperó apercebida que llegase don Rafael, a quien ella luego conoció, y le
pesó de que la hubiese hallado, y más en parte tan sola; que ya ella había
entendido, por más de una muestra que don Rafael le había dado, que no
la quería mal, sino tan bien que tomara por buen partido que Marco
Antonio la quisiera otro tanto.
¿Con qué razones podré yo decir ahora las que don Rafael dijo a
Leocadia, declarándole su alma, que fueron tantas y tales que no me
atrevo a escribirlas? Mas, pues es forzoso decir algunas, las que entre
otras le dijo fueron éstas:
-Si con la ventura que me falta me faltase ahora, ¡oh hermosa Leocadia!,
el atrevimiento de descubriros los secretos de mi alma, quedaría enterrada
en los senos del perpetuo olvido la más enamorada y honesta voluntad
que ha nacido ni puede nacer en un enamorado pecho. Pero, por no hacer
este agravio a mi justo deseo (véngame lo que viniere), quiero, señora,
que advirtáis, si es que os da lugar vuestro arrebatado pensamiento, que
en ninguna cosa se me aventaja Marco Antonio, si no es en el bien de ser
de vos querido. Mi linaje es tan bueno como el suyo, y en los bienes que
llaman de fortuna no me hace mucha ventaja; en los de naturaleza no
conviene que me alabe, y más si a los ojos vuestros no son de estima.
Todo esto digo, apasionada señora, porque toméis el remedio y el medio
que la suerte os ofrece en el estremo de vuestra desgracia. Ya veis que
Marco Antonio no puede ser vuestro porque el cielo le hizo de mi hermana,
y el mismo cielo, que hoy os ha quitado a Marco Antonio, os quiere hacer
recompensa conmigo, que no deseo otro bien en esta vida que entregarme
por esposo vuestro. Mirad que el buen suceso está llamando a las puertas
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del malo que hasta ahora habéis tenido, y no penséis que el atrevimiento
que habéis mostrado en buscar a Marco Antonio ha de ser parte para que
no os estime y tenga en lo que mereciérades, si nunca le hubiérades
tenido, que en la hora que quiero y determino igualarme con vos,
eligiéndoos por perpetua señora mía, en aquella misma se me ha de
olvidar, y ya se me ha olvidado, todo cuanto en esto he sabido y visto; que
bien sé que las fuerzas que a mí me han forzado a que tan de rondón y a
rienda suelta me disponga a adoraros y a entregarme por vuestro, esas
mismas os han traído a vos al estado en que estáis, y así no habrá
necesidad de buscar disculpa donde no ha habido yerro alguno.
Callando estuvo Leocadia a todo cuanto don Rafael le dijo, sino que de
cuando en cuando daba unos profundos suspiros, salidos de lo íntimo de
sus entrañas. Tuvo atrevimiento don Rafael de tomarle una mano, y ella no
tuvo esfuerzo para estorbárselo; y así, besándosela muchas veces, le
decía:
-Ea, pues -dijo a esta sazón la dudosa Leocadia-, pues así lo ha ordenado
el cielo, y no es en mi mano ni en la de viviente alguno oponerse a lo que
él determinado tiene, hágase lo que él quiere y vos queréis, señor mío; y
sabe el mismo cielo con la vergüenza que vengo a condecender con
vuestra voluntad, no porque no entienda lo mucho que en obedeceros
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gano, sino porque temo que, en cumpliendo vuestro gusto, me habéis de
mirar con otros ojos de los que quizá hasta agora, mirándome, os han
engañado. Mas sea como fuere, qu[e], en fin, el nombre de ser mujer
legítima de don Rafael de Villavicencio no se podía perder, y con este
título solo viviré contenta. Y si las costumbres que en mí viéredes, después
de ser vuestra, fueren parte para que me estiméis en algo, daré al cielo las
gracias de haberme traído por tan estraños rodeos y por tantos males a los
bienes de ser vuestra. Dadme, señor don Rafael, la mano de ser mío, y
veis aquí os la doy de ser vuestra, y sirvan de testigos los que vos decís: el
cielo, la mar, las arenas y este silencio, sólo interrumpido de mis suspiros y
de vuestros ruegos.
Diciendo esto, se dejó abrazar y le dio la mano, y don Rafael le dio la suya,
celebrando el noturno y nuevo desposorio solas las lágrimas que el
contento, a pesar de la pasada tristeza, sacaba de sus ojos. Luego se
volvieron a casa del caballero, que estaba con grandísima pena de su
falta; y lo mismo tenían Marco Antonio y Teodosia, los cuales ya por mano
de clérigo estaban desposados, que a persuasión de Teodosia (temerosa
que algún contrario acidente no le turbase el bien que había hallado), el
caballero envió luego por quien los desposase; de modo que, cuando don
Rafael y Leocadia entraron y don Rafael contó lo que con Leocadia le
había sucedido, así les aumentó el gozo como si ellos fueran sus cercanos
parientes, que es condición natural y propia de la nobleza catalana saber
ser amigos y favorecer a los estranjeros que dellos tienen necesidad
alguna.
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Es de saber que en el tiempo que Marco Antonio estuvo en el lecho hizo
voto, si Dios le sanase, de ir en romería a pie a Santiago de Galicia, en
cuya promesa le acompañaron don Rafael, Leocadia y Teodosia, y aun
Calvete, el mozo de mulas (obra pocas veces usada de los de oficios
semejantes). Pero la bondad y llaneza que había conocido en don Rafael
le obligó a no dejarle hasta que volviese a su tierra; y, viendo que habían
de ir a pie como peregrinos, envió las mulas a Salamanca, con la que era
de don Rafael, que no faltó con quien enviarlas.
Reiteráronse dos veces los abrazos, y con alegría mezclada con algún
sentimiento triste se despidieron; y, caminando con la comodidad que
permitía la delicadeza de las dos nuevas peregrinas, en tres días llegaron
a Monserrat; y, estando allí otros tantos, haciendo lo que a buenos y
católicos cristianos debían, con el mismo espacio volvieron a su camino, y
sin sucederles revés ni desmán alguno llegaron a Santiago. Y, después de
cumplir su voto con la mayor devoción que pudieron, no quisieron dejar el
hábito de peregrinos hasta entrar en sus casas, a las cuales llegaron poco
a poco, descansados y contentos; mas, antes que llegasen, estando a
vista del lugar de Leocadia (que, como se ha dicho, era una legua del de
Teodosia), desde encima de un recuesto los descubrieron a entrambos,
sin poder encubrir las lágrimas que el contento de verlos les trujo a los
ojos, a lo menos a las dos desposadas, que con su vista renovaron la
memoria de los pasados sucesos.
Descubríase desde la parte donde estaban un ancho valle que los dos
pueblos dividía, en el cual vieron, a la sombra de un olivo, un dispuesto
caballero sobre un poderoso caballo, con una blanquísima adarga en el
brazo izquierdo, y una gruesa y larga lanza terciada en el derecho; y,
mirándole con atención, vieron que asimismo por entre unos olivares
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venían otros dos caballeros con las mismas armas y con el mismo donaire
y apostura, y de allí a poco vieron que se juntaron todos tres; y, habiendo
estado un pequeño espacio juntos, se apartaron, y uno de los que a lo
último habían venido, se apartó con el que estaba primero debajo del olivo;
los cuales, poniendo las espuelas a los caballos, arremetieron el uno al
otro con muestras de ser mortales enemigos, comenzando a tirarse bravos
y diestros botes de lanza, ya hurtando los golpes, ya recogiéndolos en las
adargas con tanta destreza que daban bien a entender ser maestros en
aquel ejercicio. El tercero los estaba mirando sin moverse de un lugar;
mas, no pudiendo don Rafael sufrir estar tan lejos, mirando aquella tan
reñida y singular batalla, a todo correr bajó del recuesto, siguiéndole su
hermana y su esposa, y en poco espacio se puso junto a los dos
combatientes, a tiempo que ya los dos caballeros andaban algo heridos; y,
habiéndosele caído al uno el sombrero y con él un casco de acero, al
volver el rostro conoció don Rafael ser su padre, y Marco Antonio conoció
que el otro era el suyo. Leocadia, que con atención había mirado al que no
se combatía, conoció que era el padre que la había engendrado, de cuya
vista todos cuatro suspensos, atónitos y fuera de sí quedaron; pero, dando
el sobresalto lugar al discurso de la razón, los dos cuñados, sin detenerse,
se pusieron en medio de los que peleaban, diciendo a voces:
-No más, caballeros, no más, que los que esto os piden y suplican son
vuestros propios hijos. Yo soy Marco Antonio, padre y señor mío -decía
Marco Antonio-; yo soy aquel por quien, a lo que imagino, están vuestras
canas venerables puestas en este riguroso trance. Templad la furia y
arrojad la lanza, o volvedla contra otro enemigo, que el que tenéis delante
ya de hoy más ha de ser vuestro hermano.
Casi estas mismas razones decía don Rafael a su padre, a las cuales se
detuvieron los caballeros, y atentamente se pusieron a mirar a los que se
las decían; y volviendo la cabeza vieron que don Enrique, el padre de
Leocadia, se había apeado y estaba abrazado con el que pensaban ser
peregrino; y era que Leocadia se había llegado a él, y, dándosele a
conocer, le rogó que pusiese en paz a los que se combatían, contándole
en breves razones cómo don Rafael era su esposo y Marco Antonio lo era
de Teodosia.
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abrazados, llorando todos lágrimas de amor y de contento nacidas.
Juntáronse todos y volvieron a mirar a sus hijos, y no sabían qué decirse.
Atentábanles los cuerpos, por ver si eran fantásticos, que su improvisa
llegada esta y otras sospechas engendraba; pero, desengañados algún
tanto, volvieron a las lágrimas y a los abrazos.
Dieron gracias a Dios los cuatro peregrinos del suceso felice. Y otro día
después que llegaron, con real y espléndida magnificencia y sumptuoso
gasto, hizo celebrar el padre de Marco Antonio las bodas de su hijo y
Teodosia y las de don Rafael y de Leocadia. Los cuales luengos y felices
años vivieron en compañía de sus esposas, dejando de sí ilustre
generación y decendencia, que hasta hoy dura en estos dos lugares, que
son de los mejores de la Andalucía, y si no se nombran es por guardar el
decoro a las dos doncellas, a quien quizá las lenguas maldicientes, o
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neciamente escrupulosas, les harán cargo de la ligereza de sus deseos y
del súbito mudar de trajes; a los cuales ruego que no se arrojen a vituperar
semejantes libertades, hasta que miren en sí, si alguna vez han sido
tocados destas que llaman flechas de Cupido; que en efeto es una fuerza,
si así se puede llamar, incontrastable, que hace el apetito a la razón.
Calvete, el mozo de mulas, se quedó con la que don Rafael había enviado
a Salamanca, y con otras muchas dádivas que los dos desposados le
dieron; y los poetas de aquel tiempo tuvieron ocasión donde emplear sus
plumas, exagerando la hermosura y los sucesos de las dos tan atrevidas
cuanto honestas doncellas, sujeto principal deste estraño suceso.
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Miguel de Cervantes Saavedra
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y traducido de la historia, solo superado por la Biblia. Se le ha dado el
sobrenombre de «Príncipe de los Ingenios».
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