Los Siete Ejercicios Espirituales
Los Siete Ejercicios Espirituales
Los Siete Ejercicios Espirituales
1. Te presentas ante Dios humildemente y te declaras pecador. Confiesa tus pecados con
voz alta, clara y fuerte, sin ocultar nada. Pues las Escrituras señalan: “Confesaos vuestras
ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados“, Santiago 5, 16, y
“con la boca se confiesa para salvación“, Romanos 10, 10. Cuando te confieses no te
justifiques ni intentes minimizar tus pecados, pues la Escritura señala: “porque no se
justificará delante de ti ningún ser humano”. Salmos 143, 2.
“¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”. Salmos
19, 12. “Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo Dios”.
Lucas 18, 19.
Si llevas adelante estas cuatro condiciones, entonces se cumplirá en ti la Palabra de Dios que
dice: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que
vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”. Hechos 3, 19.
Y también: “Venid luego, dice Yahveh, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la
grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como
blanca lana”. Isaías 1,18.
“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre
celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas”. Mateo 6, 14-15.
“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los
que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”. Mateo 5, 44.
“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque
contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”.
Mateo 18, 21-22.
“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has
ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de
dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la
iglesia, tenle por gentil y publicano”. Mateo 18, 15-17.
“Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de
benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y
perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os
perdonó, así también hacedlo vosotros”. Colosenses 3, 12-13.
“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de
juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y
cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga:
Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te
acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda,
reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. Mateo 5, 21-24.
“Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida;
esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual
yo no digo que se pida”. 1 Juan 5, 16.
“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a
misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra
el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Lucas 15, 20-21.
“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad?
No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener
misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos
nuestros pecados”. Miqueas 7, 18-19.
Si Dios, que se hizo carne y vino al mundo con el único fin de perdonar nuestros pecados y
redimirnos para la vida eterna, ya te ha perdonado por ese pecado, ¿qué haces tú recordándolo
cada cierto tiempo y atormentándote por lo hecho? Por ello, en este día, tú dirás: “En el Nombre
de nuestro Señor Jesucristo en este día yo me perdono y dejo en el pasado este hecho
lamentable”. De esta manera asumes el compromiso de no volver a recordarlo nunca más, y por
supuesto de no volver a cometer ninguna falta parecida.
Y cuando hagamos un acto de caridad, no lo hagamos por pena, que ese no es un auténtico
sentir cristiano. Cuando nosotros nos desprendemos de esa moneda o de ese billete que tanto
esfuerzo, trabajo y dedicación nos significó alcanzar; cuando nos desprendemos de ese pan de
nuestras mesas, que es el pan de nuestros hijos, o de ese vestido que tanto nos costó adquirir
para darlo al que nada tiene, no lo hacemos por pena, sino por amor; porque le amamos
entrañablemente somos capaces de desprendernos de aquello que es valioso para nosotros
para compartirlo con aquel que en este momento pasa necesidad. En ese instante somos
nosotros los que le damos gracias a Dios, porque entendemos que todo lo que tenemos, el techo
que nos cobija, el pan y el alimento diario, el vestido, el trabajo remunerado, y la economía que
nos permite cubrir las necesidades de nuestra subsistencia, todo nos ha sido provisto por su
maravillosa mano, de manera que se cumple en nosotros su Palabra: “Las riquezas y la gloria
proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el
hacer grande y el dar poder a todos. Ahora pues, Dios nuestro, nosotros alabamos y loamos tu
glorioso nombre. Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer
voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”. 1
Crónicas 29, 12-14. Por ello, en el momento en que compartimos con el necesitado, somos
nosotros los que damos gracias a Dios, pues entendemos que es Él quien nos ha provisto, sea
poco o mucho, y que por tanto tenemos para nosotros y nos alcanza para compartir con el que
está en aquel instante en carencia.
De esta manera, practica día a día, en cada momento y en cada circunstancia, con cada persona
con la cual cruces tu camino, sea conocido o desconocido, amigo o adversario, compañero de
trabajo o de estudios, hombre o mujer, niño o adulto, joven o anciano, rico o pobre, mírale y di
en tu mente y en tu corazón: “Yo te amo con el amor de Cristo Jesús”.
“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también
os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos
con los otros”. Juan 13, 34-35.
“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor
amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que
yo os mando”. Juan 15, 12-14.
“El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con
amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros”. Romanos 12, 9-10.
“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece
a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede
amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios,
ame también a su hermano”. 1 Juan 4, 19-21.
“Entonces Yahveh dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si
bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo
esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él”. Génesis 4, 6-7.
“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor
buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos
se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo”. 1 Pedro 5, 8-9.
“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación
que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir,
sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”. 1
Corintios 10, 12-13.
“Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba,
recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. Cuando alguno es tentado,
no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta
a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.
Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo
consumado, da a luz la muerte”. Santiago 1, 12-15.
Como ya vimos, Dios nos perdona los pecados, porque entiende nuestra naturaleza débil y
pecaminosa, y sabe que podemos tropezar y caer, por ello, en su infinita misericordia ha previsto
todos aquellos instrumentos necesarios para que a lo largo de toda nuestra vida material
podamos limpiar continuamente nuestras almas a fin de llegar el postrer día a la presencia de
Dios, libres de todo pecado y culpa: El Bautismo, que borra nuestros pecados desde el momento
de nuestra concepción en el vientre de nuestra madre hasta la llegada a la pila bautismal: “He
aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. Salmos 51, 5; “Respondió
Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar
en el reino de Dios”. Juan 3, 5. La Reconciliación o Confesión de los pecados, que borra nuestros
pecados desde el momento del bautismo hasta el instante de la confesión, lo cual realizamos
periódicamente ante al altar de Dios: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije:
Confesaré mis transgresiones a Yahveh; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado”. Salmos 32, 5;
la Comunión, que nos hace una unidad con el Cuerpo y Sangre de Cristo: “Jesús les dijo: De
cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis
vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en
el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que
come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él”. Juan 6, 53-56; y por último, la
Unción de los Enfermos, que nos prepara para llegar a la presencia del Padre sin mancha alguna:
“¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él,
ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo
levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados”. Santiago 5, 14-15.
Por su parte, el practicante del pecado es aquel que, estando solo en su habitación, o en
conjunto con un grupo de personas con su mismo pensamiento, planean el mal, con todos sus
detalles, asumiendo sus roles y marcando sus tiempos y recursos para ejecutar el mal designio
que hubiere nacido en sus corazones; y luego de haberlo planeado, van y lo ejecutan, realizando
el acto malvado y dañándose a sí mismos y haciendo daño a su prójimo, cometiendo pecado
sobre pecado. A este tipo de personas la Escritura los llama Hijos del Diablo, y les advierte que
el mal terminará por derramarse sobre sí mismos trayendo finalmente su propio castigo incluso
sobres sus seres queridos, su hogar, su familia, sus hijos.
“Pero no oyeron, ni inclinaron su oído, antes se fueron cada uno tras la imaginación de su
malvado corazón; por tanto, traeré sobre ellos todas las palabras de este pacto, el cual mandé
que cumpliesen, y no lo cumplieron. Jeremías 11, 8.
“Así, pues, haré yo; mi ojo no perdonará, ni tendré misericordia; haré recaer el camino de ellos
sobre sus propias cabezas”. Isaías 9,10.
“El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto
apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios,
no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es
nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no
hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.”. 1 Juan 3, 8-10.
“Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte. Sabemos que todo aquel que ha
nacido de Dios, no practica el pecado, pues aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el
maligno no le toca”. 1 Juan 5, 17-18.
“¡Ay del mundo por los tropiezos!, porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel
hombre por quien viene el tropiezo! Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de caer, córtalo
y échalo de ti; mejor te es entrar en la vida cojo o manco, que teniendo dos manos o dos pies ser
echado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; mejor te es
entrar con un solo ojo en la vida, que teniendo dos ojos ser echado en el infierno de fuego”.
Mateo 18, 7-9.
“Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor
nuestro”. Romanos 6, 23.
REGLA DE ORO DE LA ORACIÓN. Finalmente, recuerda siempre que toda oración debe
estar dirigida a nuestro maravilloso Padre en los Cielos, Dios Todopoderoso y Eterno, debiendo
siempre invocar en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, cualquiera sea el motivo del pedido,
clamor, súplica o agradecimiento, pues así está señalado en la Escritura:
“Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús,
dando gracias a Dios Padre por medio de Él”. Colosenses 3, 17.
“Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el
Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”. Juan 14, 13-14.
“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis
y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre,
él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros”. Juan 15, 16-17.
“En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al
Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y
recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido”. Juan 16, 23-24.
“Y esta es la confianza que tenemos en él, que, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad,
él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos
las peticiones que le hayamos hecho”. 1 Juan 5, 14-15.