Ud3 Victimologia
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Victimología
Resumen ...................................................................................................................... 20
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UD 3. Las víctimas vulnerables I
Una vez sentadas las bases de la ciencia victimológica se hace necesario abordar los diferentes
procesos de victimización a los que estamos expuestos, eso sí, desde la óptica de la víctima, no
del delincuente. Comprender cuáles son los factores asociados a cada uno de los procesos
victimológicos que vamos a ver en las siguientes unidades didácticas nos va a ayudar a prevenir
los comportamientos violentos, intervenir sobre ellos y disminuir el impacto sobre la víctima.
Muchos son los factores desencadenantes del comportamiento violento; se habla de consumo de
alcohol y drogas, la presencia de psicopatología, la insatisfacción marital en el varón, además, se
han encontrado sesgos cognitivos relacionados con creencias distorsionadas sobre los roles de
género y la inferioridad de la mujer y con ideas deformadas sobre la legitimación de la violencia
como forma de resolver los conflictos (Fernández y Echeburúa, 1997).
Otra de las cuestiones que preocupa en la actualidad, debido al incremento de la misma según
los datos aportados por la Fiscalía General del Estado (Pereira et al., 2017), es la de la violencia
filio-parental. Parece que subyace una pérdida por parte del adolescente del respeto a la
autoridad. Como en el caso de la violencia en la relación de pareja, los factores implicados en
este tipo de violencia son varios; se habla de la desigualdad de género, la imitación de los modelos
mostrados desde los medios de comunicación, la pobreza, el estrés familiar, el entorno social, los
modelos y estilos educativos ineficaces, o los problemas de salud mental y consumo de
sustancias, entre otros.
Por último, es necesario abordar también la victimización de otro colectivo vulnerable, el anciano,
quien hasta hace poco tiempo era el gran olvidado en los estudios de victimización. No cabe duda
de que el anciano es muy vulnerable a sufrir todo tipo de conductas delictivas (agresiones, robos,
fraudes…).
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3.1. La víctima de violencia en las relaciones de pareja
A, B, C…
La OMS define la violencia como el uso intencional de la fuerza física o el poder contra uno
mismo, hacia otra persona, grupos o comunidades, y que tiene como consecuencias probables
lesiones físicas, daños psicológicos, alteraciones del desarrollo, abandono e incluso la muerte.
Uno de los problemas con los que solemos encontrarnos en el estudio de la agresión en las
relaciones íntimas es la falta de consenso y confusión respecto a determinados términos que
realmente hacen referencia a fenómenos distintos.
Una de las primeras propuestas para la clarificación de estos términos es la realizada por la
Asociación Americana de Psicología (1999), que propone el uso de tres términos diferentes:
Violencia doméstica
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Violencia familiar
Incluye aquellas agresiones de diversa índole que se producen en el entorno familiar y están
dirigidas, por lo general, contra los miembros más vulnerables del mismo: niños, mujeres y
ancianos.
Violencia conyugal
En este maltrato no solo se incluye a personas unidas por el vínculo del matrimonio, sino a todo
tipo de personas que mantienen una relación sentimental independientemente de la
convivencia.
Por otro lado, también encontramos las diferenciaciones de conceptos entre violencia de género
y violencia en la pareja (Ministerio de Sanidad, 2013, p. 11):
Violencia de género
Este término hace referencia a la violencia específica contra las mujeres, utilizada como
instrumento para mantener la discriminación, la desigualdad y las relaciones de poder de los
hombres sobre las mujeres. Comprende las violencias físicas, sexuales y psicológicas, incluidas
las amenazas, la coacción, o la privación arbitraria de libertad, que ocurre en la vida pública o
privada, y cuyo principal factor de riesgo lo constituye el hecho de ser mujer.
Violencia en la pareja
Se define como aquellas agresiones que se producen en el ámbito privado en el que el agresor
tiene una relación de pareja con la víctima. Dos elementos deben tenerse en cuenta en la
definición: la reiteración o habitualidad de los actos violentos y la situación de dominio del
agresor que utiliza la violencia para el sometimiento y control de la víctima.
Como apunta George (1999), limitarnos a considerar que la violencia en la pareja es una cuestión
que afecta solo a las mujeres es mantener una visión sesgada de la realidad, y mantener a las
posibles víctimas de sexo masculino al margen de nuestra evaluación es equiparable a convertirlas
en víctimas invisibles, contribuyendo a aumentar la cifra negra de victimización.
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Johnson (2006) sostiene que en las relaciones de pareja hay cuatro tipos de contextos violentos.
Estas dos últimas serían reacciones violentas de uno de los miembros de la pareja ante la violencia
del otro miembro. El terrorismo en las relaciones íntimas es llevado a cabo, casi en exclusiva, por
varones, mientras que la resistencia violenta es típicamente característica de las mujeres. Las
otras dos formas de violencia son equiparables por igual a ambos sexos.
Archer (2000) y Straus (2007), analizando la relación entre el factor edad y la bidireccionalidad,
encontraron que es más acentuada cuanto menor es la edad de los sujetos, es decir, en las
relaciones típicamente de noviazgo.
Del Campo et al. (2016) buscaron establecer una relación entre diversas variables con los
diferentes tipos de violencia detectados. El estudio se hizo sobre una muestra de 100
procedimientos vistos en los juzgados de violencia sobre la mujer o con competencia en esa
materia durante los años 2012-2015 (en los que se exploró a ambos miembros de la pareja).
Establecieron para la muestra tres tipos de violencia:
Definida por el planteamiento de la LO 1/2004, incluye la violencia que podría ejercer la mujer
como estrategia defensiva.
Violencia situacional
Derivada del conflicto legal que se produce en el momento de la ruptura y de forma coyuntural
a la separación o divorcio. Se incluye aquella violencia derivada de otras situaciones (trastornos
psicológicos, consumo de alcohol u otras drogas, etc.).
Caracterizada por ausencia de asimetría relacional o desigualdad por razón de género, con
elevados niveles de conflicto de pareja diferentes a los anteriormente mencionados.
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Las autoras concluyen:
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En la tabla 1 se analizan las variables más predictoras de victimización en las relaciones de
noviazgo.
Tabla 1. Variables predictoras de victimización en las relaciones de noviazgo. Fuente: Muñoz et al., 2014 (pp. 20-21).
La motivación que puede tener una mujer para comportarse de forma violenta en la pareja ha
sido analizada por Bair-Merritt et al. (2012), quienes señalan como principales causas:
• La ira.
• La incapacidad para llamar la atención de la pareja.
• Las conductas de autodefensa.
• Las represalias.
En cuanto a las características de este tipo de mujeres, han encontrado equivalencias con las de
sus homólogos varones: presentan historias de abuso y maltrato en la infancia y trastornos
mentales, o abuso de alcohol y otras drogas.
Viaja
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Los motivos por los cuales el varón no abandona estas relaciones violentas son similares a los
manifestados por mujeres víctimas de maltrato: la indefensión aprendida, la justificación de la
violencia, la dependencia emocional o el miedo.
Viaja
La norma entró en vigor el 22 de diciembre de 2005, aunque su capítulo penal y judicial no tuvo
vigencia hasta seis meses después. Desde su entrada en vigor ha sido objeto de innumerables
controversias. Son muchos sus detractores e incluso se pretendió su declaración de
inconstitucionalidad, especialmente del artículo 153, ya que entienden que vulnera el principio
de igualdad ante la ley recogido en el artículo 14 de la Constitución; el aumento de las penas
en los casos en que el maltratador sea hombre es uno de los puntos que generaron una mayor
polémica durante la tramitación parlamentaria de la ley y que más cuestiones de
inconstitucionalidad ha generado.
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El resto de las cuestiones de inconstitucionalidad planteadas se refiere a los artículos 171.4,
172.2 y 148.4 del Código Penal, que también fueron modificados por la ley de violencia de
género, y que establecen un agravamiento de las penas por lesiones o amenazas en caso de que
el agresor sea un varón. Ninguna de las 180 cuestiones de inconstitucionalidad presentadas han
prosperado.
Esta legislación abarca tanto los aspectos preventivos, de sensibilización y detección en todos los
ámbitos (educativos, sociales, asistenciales, publicitarios) como los de atención posterior a las
víctimas (derechos de información, económicos e intervención). También establece la creación de
organismos específicos de apoyo a la consecución de los objetivos de la ley (delegación especial
del Gobierno contra la violencia sobre las mujeres y el Observatorio Estatal de Violencia
sobre la Mujer) y la creación de unos órganos especializados (los juzgados de violencia sobre
la mujer). Como personal, estos juzgados están dotados (según la normativa) de un juez
especializado, un fiscal delegado contra la violencia sobre la mujer y los servicios forenses
especializados (unidades de valoración forense integral). Dichas unidades están formadas
por un médico forense, un psicólogo forense y un trabajador social forense. Estos profesionales
realizan una valoración pericial que se puede dividir en seis ejes principales:
La delincuencia juvenil y la violencia intrafamiliar son fenómenos que preocupan y captan interés
social tanto para provocar asombro como para promover propuestas de estudio y medidas de
intervención. En el caso de los menores maltratadores en el hogar, se unen ambos tipos de
violencia, por lo que la atención recibida se incrementa con el conocimiento de nuevos casos que
emergen a la luz pública (Rechea y Cuervo, 2009).
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Existen numerosas investigaciones y recogidas de datos sobre el incremento actual de la violencia
ejercida por menores, objetivándose un aumento considerable de este tipo de violencia, según
datos de las fiscalías y juzgados de menores. No obstante, se estima que su prevalencia puede
ser más alta que la de la violencia marital o hacia los hijos, ya que cuenta con menor probabilidad
de ser denunciada ante la justicia (elevada cifra negra). Vergüenza por ser juzgados por su rol o
cuestionados en su estilo educativo, culpa y sentimiento de fracaso, frustración, indefensión y el
mito de la armonía familiar… son algunas de las emociones encontradas en los padres víctimas
de este tipo de violencia y que dificultan la denuncia (los padres llegan a tolerar altos niveles de
agresividad antes de tomar medidas). Por otro lado, las memorias de las fiscalías solo tienen en
cuenta las denuncias presentadas, olvidándose de que existen numerosos casos que se resuelven
por la vía de intervención de los servicios sociales (sin incoación de procedimiento penal en la
fiscalía de menores) y muchos casos también que no entran en el ámbito competencial de la LO
5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los menores (LORPM), al no
tener los menores cumplidos los 14 años de edad (mínima edad penal), lo que deja fuera a una
no desdeñable cifra de menores (según el estudio de Rechea, Fernández y Cuervo, 2008, un
9,6 % estaba en la franja de edad entre los 9 y los 13 años).
3.2.1. Concepto
Las primeras definiciones del fenómeno que aparecen en la literatura científica son muy breves y
genéricas. Cottrell (2001) establece que se entiende por violencia filio-parental «cualquier acto
de los hijos que provoque miedo en los padres (generalmente las madres) para obtener poder y
control y que tenga como objetivo causar daño físico, psicológico o financiero a estos». Las
conductas comúnmente encontradas son:
Abuso físico
Conductas violentas contra los padres, tales como golpear, empujar, escupir, romper cosas.
Abuso psicológico
Intimidación y atemorización.
Abuso emocional
Manipulación mental haciéndoles creer que se están volviendo locos, realizándoles demandas
irrealistas, mentirles continuamente, fugarse de casa, amenazarles con suicidarse o
autolesionarse.
Abuso financiero
Robo de dinero o propiedades de los padres, extorsión, venta de los objetos robados.
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3.2.2. Modelos teóricos que la explican
Existen muy distintos marcos teóricos desde los que analizar este fenómeno de la violencia filio-
parental:
Corsi y Peyrú (2003; citado por Agustina y Romero, 2013) realizan una síntesis de algunas de
las teorías explicativas más utilizadas, distinguiendo entre los siguientes modelos teóricos: (i) el
modelo psicopatológico, desde el que se explica el origen y las actitudes violentas a partir de
la enfermedad y del trastorno psicológico; (ii) el modelo de la interacción, fundamentado en
la teoría de sistemas, es decir, en la participación de cada miembro en un sistema (en este caso,
la familia) y en su forma de interacción compleja en relación con el entorno sistémico; (iii) el
modelo de los recursos, vinculado a la escasez de recursos económicos, educativos o de
cualquier otro tipo y a la lucha por su consecución; (iv) el modelo sociocultural, encaminado a
expresar las múltiples formas particulares de violencia que encontramos en la cotidianeidad, y
(v) el modelo ecológico, integrador o incluyente, que se sustenta en la consideración de factores
macro, exo y microsistémicos para explicar las distintas formas de violencia social.
Figura 3. Modelos teóricos explicativos de la violencia filio-parental. Fuente: Agustina y Romero, 2013.
Este último, el modelo sistémico o ecológico propone la interacción recíproca de cuatro niveles
de influencia: macrosistema (valores culturales, creencias, modelado social y desigualdades
sexuales), exosistema (estructuras sociales que influyen en la familia tales como las dificultades
económicas, el aislamiento social o falta de apoyo…), microsistema (dinámicas de poder dentro
de la familia, estilos educativos parentales inefectivos, conflictos parentales…) y ontogenia
(características personales del adolescente, tales como relaciones de apego inadecuadas,
trastornos mentales, consumo de sustancias…). Este modelo queda recogido por Aroca, Lorenzo
y Miró (2014).
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Otra de las propuestas para explicar este fenómeno proviene de Agnew (1992), quien, en su
teoría general de la tensión, recoge que la agresividad del menor es interpretada como una
respuesta reactiva, consecuencia de un estado de tensión más o menos prolongado. En ese
contexto, el ataque directo dirigido contra la fuente misma que origina la tensión (padre/madre)
logra una posible solución al estado emocional negativo que sufre el menor. Considera que las
fuentes de tensión más habituales en las sociedades occidentales son sufrir rechazo paterno,
estar sometido a una supervisión o disciplina errática, excesiva o cruel y haber sido objeto de
abandono o abuso infantil.
Hay un alto nivel de consenso en la literatura científica sobre que es la madre la más agredida
por su progenie, con una media del 82 % de los casos estudiados frente a la figura paterna
(Cottrell y Monk, 2004; Edenborough et al., 2008; Jackson, 2003; Kennair y Mellor, 2007;
Patterson, 2002; Stewart, Burns y Leonard, 2007). No obstante, Gallagher (2008) llega a
resultados contradictorios en un estudio sobre población general, e Ibabe y Jaureguizar (2011),
en un estudio sobre población en el País Vasco, concluyeron que, aunque las madres sufrían más
abuso psicológico y emocional que los padres, no había diferencias en cuanto a la violencia física.
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Una posible explicación provendría de la teoría del aprendizaje social, según la cual que las
madres sean las víctimas más frecuentes de sus hijos podría deberse al modelado que reciben de
sus padres, si estos se muestran violentos con sus hijos. Es cierto que muchos autores han
identificado la violencia marital como un factor de riesgo de la violencia filio-parental (Cottrell y
Monk, 2004; Gámez y Calvete, 2012; Ulman y Straus, 2003). Por otro lado, como señalan Aroca
et al. (2014), hay que considerar dos variables en este tipo de fenómeno. En primer lugar, la
madre es la principal (y a veces la única) responsable de la educación de los hijos, lo que comporta
mayor probabilidad de enfrentamientos con ellos (Patterson, 1986) y, en segundo lugar, las
familias monoparentales están en casi su totalidad encabezadas por las madres.
La violencia filio-parental cuando el hijo es menor de edad está presente en todas las clases
sociales, con resultados contradictorios en las investigaciones sobre el tema. Así, mientras
algunos autores (Cottrell y Monk, 2004; Pagani et al., 2004) sugieren que es más representativa
en niveles socioeconómicos bajos, otros encuentran el porcentaje más significativo (sobre el 75
%) el que corresponde a familias que pertenecen a la clase media-media y media-alta (Cornell y
Gelles, 1982; Ibabe, Jaureguizar y Díaz, 2007; Paulson, Coombs y Landsverk, 1990; Peek, Fischer
y Kidwell, 1985; Rechea et al., 2008; Romero et al., 2007).
3. Estructura familiar
Aunque este tipo de violencia aparece en todas las estructuras familiares (monoparentales,
reconstruidas, de adopción, acogimiento o nuclear), la familia monoparental, derivada de un
cambio en el subsistema marital como proceso de separación o divorcio, constituye un factor de
riesgo determinante por ser donde aparecen más casos de violencia filial. Los autores argumentan
que más que la monoparentalidad en sí, son los factores asociados a ella los que determinarían
el riesgo de violencia filio-parental: las prácticas de crianza que se caracterizan por la irritabilidad,
comunicación intrafamiliar insuficiente, poco control y supervisión parental, prácticas coercitivas,
falta de afecto, normas y límites escasos (inexistentes o inconsistentes) y niveles de cohesión
familiar bajos (Edenborough et al., 2008; Ibabe et al., 2007; Laurent y Derry, 1999; Pagani et
al., 2004; Rechea et al., 2008; Romero et al., 2007; Sempere et al., 2007; Stewart et al., 2007),
la alienación para conseguir la custodia de los hijos, las dificultades económicas, o la falta de
apoyo social por la familia extensa (Pagani et al., 2003).
En España, en un estudio de Gámez et al. (2012), se halló que en el estilo educativo negligente,
aquel en que se produce un intercambio de roles de autoridad dentro de la familia (hijos que
asumen riendas del hogar), se producen más situaciones de agresiones físicas y verbales contra
los progenitores. En la misma línea, Cottrell (2001) atribuye en parte a los actuales estilos
educativos (en los que se da una relación excesivamente igualitaria entre padres e hijos) el hecho
de que los adolescentes asuman, con frecuencia, un excesivo grado de autonomía para el que
aún no están preparados y que, a menudo, puede desembocar en violencia. Sin embargo, también
se reconoce que en algunas situaciones, a pesar de observarse habilidades y destrezas adecuadas
por parte de los progenitores, el hijo también puede presentar conductas o actitudes violentas.
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Dicho estudio también halló mayor presencia de violencia filio-parental en el estilo educativo
autoritario. Muchos padres continúan ejerciendo el mismo control rígido que aplicaban con sus
hijos cuando estos eran más jóvenes, pero, en la adolescencia, estos comportamientos provocan
sentimientos de humillación y resentimiento que pueden generar ira y frustración en el joven
cuando considera injusta una medida aplicada por sus padres, lo que puede acabar desembocando
en un comportamiento violento. Por otro lado, también aparece como factor de riesgo relevante
la no coincidencia de los estilos educativos del padre y la madre (Agnew y Huguley, 1989; Cottrell
y Monk, 2004; Eckstein, 2004; Ibabe et al., 2007; Rechea et al., 2008; Romero et al., 2007).
5. El clima familiar
Una de las evidencias mejor sustentada por la ciencia criminológica es que los jóvenes
delincuentes se hallan menos vinculados a sus padres que los jóvenes no delincuentes (Hirschi,
1969; citado en Garrido, Stangeland y Redondo, 2013). Los vínculos emocionales entre padres e
hijos constituyen el más consistente factor de protección. En este orden de ideas, el clima familiar
positivo ha sido claramente identificado como factor protector y la cohesión familiar predecía las
conductas prosociales de hijos a padres (Ibabe y Jaureguizar, 2012).
Según recogen Agustina y Romero (2013), aunque existe una gran heterogeneidad, el perfil
del agresor violento hacia sus progenitores podría desgranarse así:
• Varón, con rango de edad entre los 9 y los 18 años (9-13 en la muestra clínica de servicios
sociales y salud y 14-18 en la muestra judicial de las fiscalías de menores).
• Variables psicológicas: baja tolerancia a la frustración, distorsiones cognitivas
(justificación/minimización), ausencia de responsabilidad, ausencia de empatía, bajo
autocontrol (impulsividad), baja autoestima, escasa inteligencia emocional y déficits en la
adquisición de valores prosociales.
• Presencia de trastornos psicológicos o psiquiátricos (menor evidencia empírica), sobre
todo «rasgos» de perfil de personalidad antisocial (comportamientos disruptivos en otros
ámbitos).
• Fracaso escolar o dificultades académicas.
• Consumo de alcohol y otras drogas.
Uno de los principales problemas que se presentan es que no existe una definición universalmente
aceptada que incluya todos los aspectos que deberían ser considerados en la victimización de
ancianos. El Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia la define como:
Respecto a las formas de victimización existen múltiples clasificaciones, sin embargo, atendiendo
a los criterios propuestos por Daly y Jogerst (2005), y que coinciden también con las propuestas
de la National Center on Elder Abuse (NCEA), son:
• Abuso emocional.
• La explotación financiera o económica del anciano.
• La negligencia o descuido.
• El abuso físico.
• El abuso sexual.
La magnitud del problema es desconocida en todos los contextos, tanto en el ámbito intrafamiliar
como en instituciones (residencias de ancianos). En España, Iborra (2008) ha establecido que,
entre el 2000 y el 2002, el 31,4 % de los homicidios cometidos contra personas de 60 años o
más fueron realizados por miembros de su propia familia. En 2008, en una encuesta realizada a
2401 ancianos, manifestaron ser víctimas de maltrato físico un 0,2 %, psicológico un 0,3 %, de
negligencia un 0,3 %, de abuso económico un 0,2 % y sexual un 0,1 % (Iborra, 2008).
Algunas de las razones por las cuales resulta tan complejo detectar esta violencia son la negación
por parte del propio anciano (temor a posibles represalias, sentimientos de culpa, vergüenza,
chantaje emocional), sufrir deterioro cognitivo, no ser consciente de que está siendo maltratado,
desconocer los recursos a los que solicitar ayuda, presentar aislamiento social o depender del
cuidador, entre otras.
Se trata de un problema complejo cuyas causas obedecen a múltiples factores, si bien es evidente
la vulnerabilidad propia de la edad, tanto por la disminución del rendimiento físico como por el
deterioro cognitivo y posible aislamiento social; se han descrito algunos factores de riesgo
asociados al cuidador del anciano y otros relativos al entorno social y cultural.
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En la tabla 2 se recogen los factores de riesgo intrafamiliares de victimización en ancianos:
• Trastorno psicopatológico.
• Elevado nivel de estrés.
• Transmisión intergeneracional de la violencia.
Cuidador
• Historia de victimización.
• Dependencia económica del anciano.
• Abuso de sustancias.
Tabla 2. Factores de riesgo intrafamiliares de victimización en ancianos. Fuente: Pereda y Tamarit, 2013 (p. 193).
Los factores de riesgo de victimización en ancianos a nivel institucional vienen recogidos en la tabla 3:
Tabla 3. Factores de riesgo de victimización en ancianos a nivel institucional. Fuente: Pereda y Tamarit, 2013 (p. 194).
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3.3.3. Causas e indicadores de la victimización de ancianos
En una revisión sistemática realizada por Londoño y Cubides (2021, p. 24) se establecen siete
posibles causas asociadas al maltrato del adulto mayor o anciano, todas ellas relacionadas con
ejercer control sobre este colectivo dependiente.
Por otro lado, Giurani y Hasan (2000) reflejan una serie de indicadores de la victimización
y de la necesidad de investigar más profundamente la presencia de posible maltrato físico o
de abandono/negligencia, y destacan: discrepancias entre el relato del anciano o su cuidador y
las lesiones que presenta, una historia clínica de tendencia a accidentes, lesiones previas no
tratadas, laceraciones y lesiones en labios, indicadores de negligencias como escasa higiene,
estado de desnutrición y caídas frecuentes.
Aunque los abusos sexuales y el maltrato psicológico son aún más difíciles de detectar, Moya y
Barbero (2005) hablan de hematomas en zonas genitales, infecciones venéreas inexplicables,
sangrados vaginales, comportamiento sexual desinhibido por los abusos sexuales y sensación de
desamparo y búsqueda de afecto, confusión, desorientación, cambios de carácter cuando está
presente la posible persona maltratadora, agitación, depresión, baja autoestima, relato de
historias «imposibles», vacilaciones para hablar abiertamente de los malos tratos psicológicos.
En los malos tratos económicos o financieros aparecen pérdida inexplicable de cheques, dinero,
firmas que no se parecen a la de la víctima, cambios recientes de testamentos, transmisión de
poderes, entre otras situaciones financieras de alarma.
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3.3.4. El tratamiento jurídico español al problema de la victimización de
ancianos
El derecho español contiene diversos mecanismos que suponen una actuación preventiva frente
a posibles victimizaciones a las personas ancianas, regula diversos procedimientos de
incapacitación de aquellas personas incapaces de gobernarse por sí mismas, asignándoseles la
figura de un tutor o un curador.
A nivel penal, el Código Penal (CP) español tipifica «El abandono de un menor de edad o de una
persona con discapacidad necesitada de especial protección por parte de la persona encargada
de su guarda, será castigado con la pena de prisión de uno a dos años» (art. 229 del CP). En
los casos más graves, en que la omisión de los deberes de cuidado se derive en muerte o lesiones
de la víctima, el cuidador que se encuentre en posición de garante puede llegar a responder como
autor de un delito de lesiones o de homicidio (doloso o imprudente).
Por otro lado, respecto a algunos tipos delictivos (agresión y abuso sexual), ofrece una respuesta
penal cualificada para aquellos casos de discapacidad, enfermedad o situación de especial
vulnerabilidad. Aunque la norma está concebida para menores víctimas, lo cierto es que los
ancianos también podrían ser incluidos en la situación de «especial vulnerabilidad».
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Resumen
Durante mucho tiempo, los términos violencia doméstica, violencia familiar, violencia
conyugal, violencia en la pareja y violencia de género se han solapado, y se ha utilizado
indistintamente unos u otros para referirse al mismo fenómeno. Sin embargo, en los últimos años,
se ha subrayado la necesidad de distinguir y matizar cada tipo de violencia y diferenciar aquellas
que engloban todas aquellas situaciones violentas que se producen dentro del núcleo familiar y
todas aquellas otras que incluyen maltrato dentro de una relación de pareja, indistintamente del
sexo o género de la víctima y/o victimario.
Las características de los maltratadores, los motivos por los que permanecen mucho tiempo en
la relación violenta y las consecuencias psicológicas no difieren tanto si la víctima es mujer o
varón. La violencia en la pareja tiene unas connotaciones muy concretas en la etapa adolescente,
donde se empieza a observar un aumento de las cifras de conductas violentas en el marco de sus
relaciones e interacciones. Evidentemente, estas cifras tienen su correspondencia en las
relaciones intrafamiliares donde cada vez más padres sacan a la luz pública ser víctimas de
conductas violentas por parte de su prole en todas sus formas (violencia física, psicológica, abuso
emocional y financiero).
Diversas son las teorías y factores implicados en la aparición y mantenimiento de estas conductas,
y gozan de una mayor aceptación, quizá por su perspectiva más global, los modelos sistémicos o
ecológicos. Se entiende que el mayor riesgo de victimización se produce sobre todo en madres
de familias monoparentales, con niveles socioeconómicos medios, con estilos educativos
caracterizados por la indulgencia, y donde el clima familiar y los vínculos afectivos entre hijos y
progenitores no están bien establecidos. Los menores agresores suelen ser varones de entre 9 y
18 años, con escasa tolerancia a la frustración, bajo autocontrol, ausencia de responsabilidad y
empatía y dificultades emocionales. A veces se añaden trastornos psicológicos/psiquiátricos
graves y presencia de consumo abusivo de sustancias (estupefacientes y/o psicotrópicas). A nivel
escolar muestran bajo rendimiento.
Otro de los problemas que se está denunciando con cada vez más frecuencia es la victimización
de los ancianos (personas mayores de 65 años), y que suele aparecer en forma de abuso
emocional, explotación financiera, negligencia y abuso físico y sexual. Se han encontrado diversos
factores de riesgo asociados a la victimización no solo relativos a la víctima, sino al victimario (ya
sea familiar o cuidador institucional) y al contexto o entorno sociocultural. No podemos finalizar
el tema sin hacer un pequeño recorrido por los preceptos legales (ámbitos civiles y penales) de
protección de los ancianos, concebidos como víctimas especialmente vulnerables y que, por tanto,
merecen una especial protección.
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Mapa de contenidos
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Recursos bibliográficos
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Bibliografía complementaria
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