25 de Noviembre de 2007
25 de Noviembre de 2007
25 de Noviembre de 2007
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señores y señoras;
queridos hermanos y hermanas:
Este año la solemnidad de Cristo, Rey del universo, coronamiento del año litúrgico, se
enriquece con la acogida en el Colegio cardenalicio de veintitrés nuevos miembros, a
quienes, según la tradición, he invitado hoy a concelebrar conmigo la Eucaristía. A cada
uno de ellos dirijo mi saludo cordial, extendiéndolo con afecto fraterno a todos los
cardenales presentes. Además, me alegra saludar a las delegaciones que han venido de
diversos países y al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede; a los numerosos
obispos y sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, y a todos los fieles, especialmente
a los provenientes de las diócesis encomendadas a la solicitud pastoral de algunos de los
nuevos cardenales.
Debemos partir del acontecimiento central: la cruz. En ella Cristo manifiesta su realeza
singular. En el Calvario se confrontan dos actitudes opuestas. Algunos personajes que
están al pie de la cruz, y también uno de los dos ladrones, se dirigen con desprecio al
Crucificado: "Si eres tú el Cristo, el Rey Mesías —dicen—, sálvate a ti mismo, bajando del
patíbulo". Jesús, en cambio, revela su gloria permaneciendo allí, en la cruz, como Cordero
inmolado.
San Ambrosio observa: "Este rogaba que el Señor se acordara de él cuando llegara a su
reino, pero el Señor le respondió: "En verdad, en verdad te digo, hoy estarás conmigo en
el paraíso". La vida es estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino"
(Exposición sobre el evangelio según san Lucas 10, 121). Así, la acusación: "Este es el rey
de los judíos", escrita en un letrero clavado sobre la cabeza de Jesús, se convierte en la
proclamación de la verdad. San Ambrosio afirma también: "Justamente la inscripción está
sobre la cruz, porque el Señor Jesús, aunque estuviera en la cruz, resplandecía desde lo
alto de la cruz con una majestad real" ( ib., 10, 113).
Pues bien, en el anillo cardenalicio que dentro de poco entregaré a los nuevos miembros
del sagrado Colegio está representada precisamente la crucifixión. Queridos hermanos
neo-cardenales, para vosotros será siempre una invitación a recordar de qué Rey sois
servidores, a qué trono fue elevado y cómo fue fiel hasta el final para vencer el pecado y
la muerte con la fuerza de la misericordia divina. La madre Iglesia, esposa de Cristo, os
da esta insignia como recuerdo de su Esposo, que la amó y se entregó a sí mismo por ella
(cf. Ef 5, 25). Así, al llevar el anillo cardenalicio, recordáis constantemente que debéis dar
la vida por la Iglesia.
Ahora nos queda por admirar la tercera parte del "tríptico" que la palabra de Dios pone
ante nosotros: el himno cristológico de la carta a los Colosenses. Ante todo, hagamos
nuestro el sentimiento de alegría y de gratitud del que brota, porque el reino de Cristo,
la "herencia del pueblo santo en la luz", no es algo que sólo se vislumbre a lo lejos, sino
que es una realidad de la que hemos sido llamados a formar parte, a la que hemos sido
"trasladados", gracias a la obra redentora del Hijo de Dios (cf. Col 1, 12-14).
Este texto del Apóstol expresa una síntesis de verdad y de fe tan fuerte que no podemos
menos de admirarnos profundamente. La Iglesia es depositaria del misterio de Cristo: lo
es con toda humildad y sin sombra de orgullo o arrogancia, porque se trata del máximo
don que ha recibido sin mérito alguno y que está llamada a ofrecer gratuitamente a la
humanidad de todas las épocas, como horizonte de significado y de salvación. No es una
filosofía, no es una gnosis, aunque incluya también la sabiduría y el conocimiento. Es el
misterio de Cristo; es Cristo mismo, Logos encarnado, muerto y resucitado, constituido
Rey del universo.
Venerados hermanos cardenales, esta es, de modo particular, nuestra misión: anunciar al
mundo la verdad de Cristo, esperanza para todo hombre y para toda la
familia humana. En la misma línea del concilio ecuménico Vaticano II, mis venerados
predecesores los siervos de Dios Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II fueron auténticos
heraldos de la realeza de Cristo en el mundo contemporáneo. Y es para mí motivo de
consuelo poder contar siempre con vosotros, sea colegialmente, sea de modo individual,
para cumplir también yo esta misión fundamental del ministerio petrino.
Hay un aspecto, unido estrechamente a esta misión, que quiero tratar al final y
encomendar a vuestra oración: la paz entre todos los discípulos de Cristo, como signo
de la paz que Jesús vino a establecer en el mundo. Hemos escuchado en el himno
cristológico la gran noticia: Dios quiso "pacificar" el universo mediante la cruz de Cristo
(cf. Col 1, 20). Pues bien, la Iglesia es la porción de humanidad en la que ya se
manifiesta la realeza de Cristo, que tiene como expresión privilegiada la paz. Es la nueva
Jerusalén, aún imperfecta porque peregrina en la historia, pero capaz de anticipar, en
cierto modo, la Jerusalén celestial.
Por último, podemos referirnos aquí al texto del salmo responsorial, el 121: pertenece a
los así llamados "cantos de las subidas", y es el himno de alegría de los peregrinos que
suben hacia la ciudad santa y, al llegar a sus puertas, le dirigen el saludo de paz: shalom.
Según una etimología popular, Jerusalén significaba precisamente "ciudad de la paz", la
paz que el Mesías, hijo de David, establecería en la plenitud de los tiempos. En Jerusalén
reconocemos la figura de la Iglesia, sacramento de Cristo y de su reino.
Queridos hermanos cardenales, este salmo expresa bien el ardiente canto de amor a la
Iglesia que vosotros ciertamente lleváis en el corazón. Habéis dedicado vuestra vida al
servicio de la Iglesia, y ahora estáis llamados a asumir en ella una tarea de mayor
responsabilidad. Debéis hacer plenamente vuestras las palabras del salmo: "Desead la
paz a Jerusalén" (v. 6). Que la oración por la paz y la unidad constituya vuestra primera y
principal misión, para que la Iglesia sea "segura y compacta" (v. 3), signo e instrumento
de unidad para todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).
Pongo, más bien, pongamos todos juntos esta misión bajo la protección solícita de la
Madre de la Iglesia, María santísima. A ella, unida al Hijo en el Calvario y elevada como
Reina a su derecha en la gloria, le encomendamos a los nuevos purpurados, al Colegio
cardenalicio y a toda la comunidad católica, comprometida a sembrar en los surcos de la
historia el reino de Cristo, Señor de la vida y Príncipe de la paz.