Aq de Titicaca
Aq de Titicaca
Aq de Titicaca
Prólogo
Lautaro Núñez 7
1. Introducción a la arqueología de la cuenca del Titicaca
Henry Tantaleán y Luis Flores 19
2. Balances y perspectivas del período Arcaico (8,000 – 1500
a.C.) en la Región de Puno
Mark Aldenderfer 27
3. Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano. Una
perspectiva desde la arqueología de la unidad doméstica en
dos sitios del valle del río Ilave, cuenca del Lago Titicaca
Nathan Craig 41
4. El surgimiento de la complejidad social en la cuenca Norte
del Titicaca
Abigail Levine, Cecilia Chávez, Amanda Cohen,
Aimée Plourde y Charles Stanish 131
5. Qaluyu y Pukara: Una perspectiva desde el valle del río
Quilcamayo-Tintiri, Azángaro
H e n r y T a n t a l e á n , M i ch i e l Z e g a r r a ,
Alex Gonzales y Carlos Zapata Benites 155
6. Producción, papas y proyectiles: Evaluando los factores
principales en el desarrollo de Pukara
E l i z a b e t h K l a r i ch 195
7. Las esculturas Pukara: Síntesis del conocimiento y
verificación de los rasgos característicos
François Cuynet 217
8. Las qochas y su relación con sitios tempranos en el valle del
Ramis, cuenca norte del Titicaca
Luis Flores, Mark Aldenderfer y Nathan Craig 225
9. Prediciendo la Coalescencia en los períodos Formativo y
Tiwanaku en la cuenca de Titicaca: Un Modelo Simple Basado
en Agentes
W m . R a n d a ll H a a s , J r . y Jacopo Tagliabue 243
10. La Ocupación Tiwanaku en la Bahía de Puno: Tradición
Metalúrgica
C a r o l S ch u l t z e , E d m u n d o D e la Vega y Cecilia Chávez 261
11. Los pukaras y el Poder: Los Collas en la cuenca Septentrional
del Titicaca
Elizabeth Arkush 295
12. Prácticas funerarias de los períodos Altiplano / Inca en el
valle de Ollachea, Carabaya
N a nc y R o m a n y Silvia Roman 321
13. La Ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
Charles Stanish 339
14. El Sistema Vial en la Región de Puno
Segisfredo López 385
Prólogo
en sus entornos limítrofes. Aunque como ahora no entendíamos bien los procesos de
interacción entre las tierras altas y el oriente, había cierto consenso que en las tierras
altas del entorno al lago, como en el altiplano meridional de los lagos secos del sur, se
habrían desplazado cambios sustanciales a través de colonias dirigidas hacia enclaves
vecinos, porque además la tesis de verticalidad regía en su pleno apogeo.
Esta propuesta de altiplanización de los cambios civilizatorios era impactante a la
luz de esos tejidos Pukara registrados en los valles de Arica y formalizaron explicacio-
nes difusionistas que se sustentaban por la carencia de investigaciones que pudieran
probar, como efectivamente ocurrió, que a lo menos en los valles occidentales y cir-
cun-puna atacameña existió un tránsito Arcaico-Formativo local y que casi al mismo
tiempo de los asentamientos formativos tempranos del Titikaka, otros distintos me-
nos densos, pero con suficiente complejidad se habían desarrollado con autonomía
efectivamente hacia el sur. Esta emergencia de diversos focos formativos tempranos
desde el gran lago hasta los salares y oasis del sur, por el noroeste argentino y norte
chileno, son señales de la diversidad de respuestas multilineales, cada una acotada a
modelos variables de acuerdo a la calidad de las trasformaciones de los recursos natu-
rales. Por lo mismo, este libro nos plantea a lo largo de sus investigaciones actualiza-
das lo sucedido en un espacio singular que nos permite comparar las distintas escalas
y complejidades de las trasformaciones en un escenario Centro-Sur, entre los 5.000 a
2.500 años a.p., cuando las fuerzas innovativas arcaicas y formativas estaban operan-
do en todas las tierras altas. Después de todo, es un ambiente que hasta hoy conserva
uno de los remanentes étnicos más importante del hemisferio. Y es bajo este prisma
que quisiéramos comentar su contenido en orden de secuencia.
Es muy útil la introducción de los editores que lograron una publicación en es-
pañol, aunque más cargada a la vertiente peruana, con artículos bien seleccionados
que demuestran claramente cómo las investigaciones norteamericanas, al contar con
más fondos, pueden mostrar excavaciones extensivas y mayor acopio de datos, hecho
que delata una situación muy propia de América Latina, en donde sus investigadores
igualmente calificados no están sostenidos por políticas de Estado con fondos con-
cursables anuales que aseguren continuidad y recursos para estos proyectos que cada
vez son de más altos costos por la aplicación de nuevas tecnologías y aplicación de
excavaciones de escalas confiables. En este sentido, los problemas pendientes están
bien expuestos y son examinados bajo marcos teóricos y enfoques interdisciplinarios
que llaman la atención desde temas muy básicos, como la identificación de “silencios
arqueológicos”, a temas mayores que adivinamos como, por ejemplo: más controles
radiocarbónicos y la aplicación de georadares, a la espera de recursos estatales y pri-
vados.
Hemos seguido de cerca las investigaciones de Mark Aldenderfer, porque ascien-
de sus análisis de menor a mayor complejidad desde la sociedad arcaica y su inte-
racción paleoambiental, a partir de los 10.000 años a.p., detectando eventos secos
y húmedos que son fundamentales para comprender las variaciones ocupacionales,
sobre todo la disponibilidad del recurso hídrico lacustre, de vegas y desde los arro-
yos circundantes. Desde nuestra percepción los recursos costeños y andinos esta-
ban disponibles desde fines del Pleistoceno y tal como ocurre en Atacama desde ca.
9 / Lautaro Núñez
11.000 años, las fases Huentelauquén y Tuina, respectivamente, sin contactos entre
sí, estaban presentes desde el Arcaico Temprano, dando lugar a los inicios paralelos
de los dos procesos diferenciados: maritimización y andinización de la sociedad sin
relaciones de causa y efecto. Por lo mismo, resulta importante que aquí una corriente
migracional costera habría iniciado el poblamiento serrano, aunque las dataciones lo
podrían por ahora sostener. Dicho de otro modo, podría sugerirse que aún no se han
registrado las ocupaciones en las tierras altas tan tempranas como las localizadas en
las tierras bajas y costeras. Este debate está implícito en este artículo.
El autor al encarar el Arcaico Medio (6.000-4.000) bajo un régimen de aridez, su-
giere que las condiciones no eran tan estresantes, al punto que sus recursos men-
guados pero suficientes, atrajeron a poblaciones sincrónicas desde la Circun-Puna de
Atacama, donde efectivamente el impacto de aridez fue estricto, provocando migra-
ciones a espacios de mayor estabilidad en la costa y valles transandinos, y ahora muy
posiblemente a la puna peruana, sugerencia importante, porque entre comunidades
arcaicas la intervención de cambios climáticos adversos genera efectos movilizado-
res de larga distancia con la recurrencia de artefactos identitarios que se replican en
espacios distantes no originarios.
Su escrito es revelador en términos de subrayar la importancia del inicio de las
prácticas de domesticación de recursos faunísticos y vegetales en los mismos tiempos
en que otras comunidades arcaicas de Atacama, en las tierras altas del sur, alcanza-
ban logros similares. El comienzo de la crianza de camélidos y el cultivo de quinua
y tuberosas (6.000-3.400 a.p.) en aldeas estructuradas discretas, con viviendas que
innovan con labores semi-sedentarias, culminará con un notable incremento demo-
gráfico. Esta agregación y acumulación, conduce a un estilo de vida protopastoralista,
caza especializada, tráfico de obsidiana y otros bienes de estatus, recolección alimen-
taria y prácticas hortícolas. Es decir, estos cambios son globales, más extensivos en la
puna peruana, sincrónicos con los restringidos en los eco-refugios de las quebradas
altas del noroeste argentino y Atacama en Chile.
Hace tiempo que compartimos con el autor que la complejización de la sociedad
arcaica tardía y final en torno al comienzo de las prácticas semi-sedentarias se sin-
tetizan en las primeros brotes formativos, tal como lo expresaron las diversas po-
nencias del simposio que sostuvimos en el Congreso de Americanistas de México,
publicadas en la Revista de Antropología Chungara (2011). Nos interesa saber más sobre
cómo un conjunto de cambios transicionales fue capaz de crear estas trasformaciones
con aportes sustanciales de caza especializada, recolección de alimentos silvestres,
domesticación y crianza de camélidos de consumo y de carga, además de la horticul-
tura del complejo cordillerano. Se sumaron tempranas tecnologías de contenedores
y manufacturas de uso, además de la explotación de recursos minerales y acceso a
lejanos bienes de privilegio. Esta combinación de logros se introducirán en las socie-
dades formativas tempranas más congregadas, desde las ricas punas del norte a las
más limitadas del sur, que sólo después de avanzado el Formativo adquirirán conno-
taciones socioculturales particulares con distintos grados de complejidad a lo largo y
ancho del Centro-Sur andino.
10 / Prólogo
Abigael Levine, Cecilia Chávez, Amanda Cohen, Aimée Plourde y Charles Stanish
abordan el Formativo medio y superior (1.400-500 a.C.) esta vez con el reconocimien-
to de patrones arquitectónicos más especializados que darán lugar al complejo ce-
remonialista Kalasasaya, derivado de acciones corporativas complejas bajo el nuevo
orden de la acumulación de riqueza y poder que motivaran las respuestas Pukara,
Taraco y Tiwanaku. Ciertamente, en las tierras altas una sociedad ganadera y agra-
ria había iniciado un curso de acción dirigido a crear una elite con tanto o más po-
der que los estados arcaicos de las tierras bajas junto al litoral. En esta dirección,
el complejo Kalasasaya del Formativo Medio y Tardío es importante para explicar
cómo surge una sociedad de rango, que la valoramos porque es complicado probar
cómo se establecieron los flujos comerciales y si fue realmente comercio, en un sen-
tido mesoamericano o no. Nos interesa saber cómo se incorporó a la sociedad civil
frente a modelos constructivos sofisticados (patios hundidos), o como se organizó la
reproducción litoescultórica del aparato ideológico, cual pudo ser el incentivo para
acentuar los vínculos de subordinación, competencia y peregrinaje y que hicieron
con los asentamientos vecinos de donde se proveían de fuerza de trabajo, y cuál fue
la integración ritual, económica y política para consolidar arreglos con comunidades
situadas en las tierras bajas y el litoral. Por último, cómo se sostiene, negocia y orde-
na el paisaje construido frente a sus vecinos. Estos son temas difíciles con que este
equipo nos ofrece datos y pistas confiables, porque queda claro que allí recurrieron
factores múltiples que explican el modelo Kalasasaya. Sobre todo, es muy sugerente
el acercamiento que hacen para incorporar la variable movilidad que hasta ahora no
recordamos se haya visualizado en este espacio. Si es efectiva su orientación comer-
cial o, simplemente, si fue un régimen pautado por operaciones de intercambio desde
la elite, se plantea la importancia del trazado de rutas inter-asentamientos destina-
das al traslado de bienes domésticos y exóticos (obsidiana), en zonas alejadas pero
complementarias. Esto incluyó el probable inicio de las practicas del “derecho” al
alojamiento durante las transacciones, propuesta que calza bien con el manejo cara-
vanero en sociedades más centralizadas sobre lo cual aun sabemos poco.
En cuanto a la acumulación de poder y riqueza en zonas de alta densidad demo-
gráfica y fricciones inter-elites, es plausible que se hayan generado conflictos, como
el incendio descrito en Taraco. El surgimiento de Pukara pudo asociarse a relaciones
tensas, plena de competencias, alianzas y desacuerdos que solo una ritualidad icó-
nica compartida podría atenuar o anular de alguna manera, enfatizándose las ne-
gociaciones con mayor armonía social y política. Así, los espacios públicos y centros
ceremoniales, con las representaciones y el boato del poder (ejemplo: sacrificador
y cabezas-trofeos), lograrían consolidar las redes de cooperación y retorno de vín-
culos sociales simbólicos que, como bien lo dicen, culminará con una secuencia de
arquitectura monumental y religiosa en el centro hegemónico de Tiwanaku. Desde
aquí el prestigio de los íconos de las alturas sobrepasará los límites de los centros
ceremoniales anteriores hasta establecerse alianzas tan lejanas como en los oasis de
San Pedro de Atacama (norte de Chile). Las autonomías formativas centralizadas del
norte y aquellas segmentadas del sur, ahora se disponen bajo las gestiones y negocia-
ciones del mayor centro de convergencia socio político e ideológico generado por las
poblaciones de los paisajes abiertos de las tierras altas circunlacustre.
12 / Prólogo
Se debe a Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, Alex Gonzáles y Carlos Zapata Be-
nítes un aporte sobre el Formativo en la cuenca norte basado en los componentes
Qaluyu y Pukara, vistos desde el valle del río Quilcamayo-Tintiri (Azángaro). Se trata
de replantear los análisis tradicionales artefactuales por una visión a nivel de prácti-
cas sociales, que alejándose de las espacios nucleares, algo al margen de los excesos
monumentalistas, intentan encontrar esa otra mirada más de “afuera”, para com-
prender no solo el rol de todos los estamentos sociales, sino, además, y esto es valioso:
incorporar los espacios aparentemente menos complejos que también constituyeron
las comarcas formativas. No les ha sido fácil identificar los asentamientos transicio-
nales en paisajes sometidos a intensas alteraciones geomorfológicas y antrópicas,
para establecer conexiones con los asentamientos formativos. Estos serían importan-
te por expresar cómo funcionaban los “centros regionales” a través de una visión de
conjunto de sus estilos, manufacturas, litoesculturas y sus atributos arquitectónicos.
Nos resulta sugestivo en este encuadre la confrontación de la teoría y metodología
norteamericana con aquella española, materialista histórica, de los “objetos claves”
y de las interpretaciones sustentadas en los flujos migratorios. Aunque son varios los
autores que aluden a estos desplazamientos para explicar los movimientos de larga
distancia, se trata de un término sometido a varios modelos interpretativos que re-
quieren de definiciones teóricas para asegurarse que arqueológicamente tendremos
evidencias debidamente contrastables. Del mismo modo ocurre con la funcionalidad
de los espacios públicos en términos de cómo segregar las evidencias sólidas para sa-
ber cuando su uso es más político que ritualístico o que la agricultura sin camellones
fue o no suficiente para satisfacer el consumo interno. Estas reflexiones provocadas
en este escrito son sustanciales para captar las relaciones entre los grandes centros
ceremoniales puneños y los espacios ocupados por comunidades formativas vecinas
que constituían algo así como los hinterland ocupacionales.
Los autores dejan una impresión correcta que durante el Formativo Medio y Supe-
rior los eventos Qaluyu y Pukara constituyen una secuencia coherente con prácticas
sedentarias crecientes cuyo clímax Pukara representa un conjunto de edificaciones
y obras identitarias que se irradiaron en un mundo mayor interconectado con visi-
bilidad ritualística e icónica, perpetuado principalmente en la arquitectura monu-
mental, litoescultura y artesanías simbólicas que se complejizaran más aun durante
Tiwanaku.
Le corresponde a Elizabeth Klarich introducirnos en la comprensión del desa-
rrollo Pukara bajo un particular prisma ecológico y cultural a través de la exposición
de importantes variaciones paleoambientales por localizarse en espacios donde las
fluctuaciones del potencial hídrico son cruciales para la sustentabilidad humana. Al
afectarse los sistemas productivos salta a la vista cómo medir cuáles debieron ser las
reacciones políticas frente a la neutralización de dichos colapsos. Llama la atención
su preocupación por relacionar estos cambios con las sociedades rurales, más que
las elites de los asentamientos nucleares, desde una mirada “de abajo hacia arriba”.
En este sentido adquiere relevancia la locación de barrios en espacios cuya función
jerárquica entre festines, actos rituales y políticos transitaron a acciones más cotidia-
nas. Esta estrategia amplia para comprender la evolución de la organización del espa-
13 / Lautaro Núñez
cio y de cierta desacralización ejercida por la sociedad civil nos resulta estimulante y
abre nuevas expectativas en el tradicional abordaje de la arquitectura monumental.
Por otra parte, Klarich nos informa sobre las necesidades de complementariedad
económica recurrente en las tierras altas a través de complejas redes de intercambio
de larga distancia, una vez que la producción agraria alcanzó el pleno control de los
campos elevados, huertos hundidos (qochas) y de las prácticas de secano, aunque no
hay mediciones sobre el rol de la caza y crianza de camélidos como recurso alimenta-
rio y de trasporte. Pareciera útil definir de que comercio se tratan las transacciones
puesto que al tiempo de contacto lo más parecido a esta noción se había documentado
exclusivamente entre los mercaderes de los valles costeros de Chincha. Sin duda que
el modelo agropecuario fue exitoso y sustentó un régimen de festividades y rituales
para las elites, pero esta mirada desde “abajo” nos remite a afinar esas metodologías
que harían posible perfeccionarlo a partir de excavaciones extensivas, para entender
más sobre el rol de los estamentos subalternos.
A partir de los artículos siguientes se acogen diversas materialidades e interpre-
taciones sobre sociedades formativas más avanzadas hasta la expansión Tiwanaku.
François Cuynet analiza el prestigio iconográfico de la litoescultura Pukara, tan propio
y redundante que constituyó un discurso litúrgico que logró la unidad desde la diversi-
dad, con estatuas antropomorfas y estelas. Este aparato religioso del imaginario Pukara
adquiere un profundo sentido asociado a las congregaciones cíclicas, peregrinajes, ritos
y festines que apuntan directamente a una campaña regional de proselitismo hacia el
nuevo orden impuesto, desde grandes edificaciones que involucraron obras colectivas
en el construir y el producir bienes excedentarios para la elite. Más que una estética
Pukara el aporte presente nos remite a contextualizar los iconos en el ideario de una
política propia de un Estado arcaico, cuyas imágenes prestigiosas mantuvieron a las eli-
tes incluyendo sus alianzas y por ende sobrepasaron sus propios límites territoriales.
Por su parte, Luis Flores Blanco, Mark Aldenderfer y Nathan Craig, tratan de va-
lorar el rol de las qochas en la cuenca del río Ramis. La agricultura expansiva de los
camellones y de los estanques de agua o almacenaje artificial de lluvias (qochas), fue
un logro apropiado a la alticultura. Las qochas estaban en uso desde los tiempos Qa-
luyu y Pukara con miles de evidencias datadas desde los 3000 a.C., siendo un sostén
hídrico para el incremento de población y estabilidad ocupacional entre los últimos
eventos arcaicos y los primeros formativos. Se afianzó el tránsito hacía la producción
de alimentos, en un ambiente más húmedo que perduró hasta los 1500 a.C. en donde
el rol de la quinua en contextos Pukara fue relevante al punto que acompañará a los
procesos post-formativos, hasta la actualidad, a lo largo y ancho del mundo agrope-
cuario del Centro-Sur. Aunque nos gustaría saber si la domesticación de la quinua
resultó de procesos independientes del núcleo puneño, toda vez que su registro en
sociedades arcaicas y formativas hacia el sur, reflejan también fechas tempranas. Los
autores nos dejan la sensación que la domesticación de las qochas naturales del Arcai-
co hasta la construcción de las formativas, fue una de las soluciones socioadaptativas
más eficientes para provocar congregaciones en espacios donde el riego convencio-
nal no tenía cabida. Fue un logro transicional Arcaico-Formativo que se integró a la
complejidad social emergente en su conjunto.
14 / Prólogo
Nos interesa la forma en que Wm. Randall Haas y Jacopo Tagliabue abordaron las
relaciones de interacción entre asentamientos densos y discretos durante el Formati-
vo, también “desde abajo hacia arriba”, enfoque que resulta estimulante a la hora de
comprender la naturaleza de los movimientos entre asentamientos coalicionados. El
por qué se movilizaron ciertos grupos desde aldeas sedentarias, por espacios interno-
dales y quienes y para que se les conduce hacia gestiones y negociaciones controla-
das o espontáneas, sigue siendo una cuestión poco resuelta. Se podrían documentar
distintas operaciones: intercambio administrado, colonización de espacios vacíos,
trueque espontáneo, intercambio de mujeres, trabajos pactados, manufacturación y
entrega de artesanías, asistencia a festividades y festines, mano de obra tributada
por alianzas, entradas conflictivas por botines, entre otras. Ciertamente habría ca-
pacidad de infiltración social en asentamientos densos cercanos y mejor en aquellos
más reducidos y dispersos, donde las relaciones de cohabitación pudieron ser menos
tensas. Entonces, es necesario probar que se trataba de flujos migratorios regulados
o espontáneos que difieren de los traslados caravaneros u otras operaciones transi-
torias en paisajes donde la llama cumplió roles protagónicos. No dudamos que desde
el Formativo temprano las caravanas estaban operando en el ámbito Circuntitikaka,
toda vez que en Atacama hemos constatado osteológicamente que desde el Arcaico
Tardío hay evidencias no solo de domesticación, sino de su uso como animal de carga,
que obviamente se ampliara desde el inicio del formativo.
Carol Schultze, Edmundo De la Vega y Cecilia Chávez presentan una problemá-
tica sugerente por la alta diversidad de explicaciones que ha recibido la expansión
Tiwanaku fuera de su espacio original en torno a la explotación de recursos comple-
mentarios foráneos. En este caso importa la variable minero-metalúrgica localizada
en la bahía de Puno, donde existían antecesores formativos que ya habían evaluado
el recurso plata. Parece tratarse de una política de Estado en términos de identificar
donde se ubican las comunidades mineras formativas que ya habían dominado el arte
de la producción metálica. Así ocurrió con la conexión Tiwanaku-Atacama. Coincidi-
mos plenamente que las estrategias para proveerse de estos recursos no solo impli-
can alianzas políticas entre elites, sino, de una infraestructura apropiada para acce-
der a distritos mineros dispersos e inhóspitos, arreglos viales, traslados de recursos
entre otros. De hecho los Lupacas mantenían colonias directas fuera de sus núcleos
en áreas mineralizadas distantes, cuando paralelamente se insertaban en comarcas
étnicas aliadas.
En esta bahía la tradición del uso de crisoles argentíferos asociados a técnicas es-
pecializadas de fundición daban seguridad a la ocupación Tiwanaku. Ciertamente, los
bienes metálicos eran atractivos porque hacían diferentes a las elites ante el común.
Por lo demás, implicaban una severa campaña de alianzas con sociedades complejas
contemporáneas en todo el Centro-Sur andino. ¿Cuántas estrategias políticas dife-
rentes entre sí pudieron aplicarse durante la conexión Tiwanaku para aprovisionarse
de estos recursos de privilegio ante sociedades con diferentes grados de menor a ma-
yor complejidad?
A continuación el libro nos dispone frente a sociedades más tardías representadas
en la instauración del régimen de los pukaras defensivos, asociados al poder Colla, en
15 / Lautaro Núñez
vecinos nos conducirá, sin lugar a dudas, a explicar a las sociedades inmediatamente
preincas del altiplano y sus sitios relacionados, de una manera más dinámica, arqueo-
lógicamente hablando, que lo que habíamos hecho previamente.
Nancy Román y Silvia Román describen los patrones funerarios de los períodos
Altiplano e Inca, localizados en el valle Ollachea (Carabaya, Puno), exponiendo la
arquitectura de chullpas y estructuras bajo abrigos rocosos. Se trata de una de las
manifestaciones mortuorias más representativas de las elites de las tierras altas. Un
aspecto importante es su asociación a las rutas conducentes a los recursos de oro,
sugiriéndose que efectivamente el poder agropastoralista había alcanzado durante la
ocupación inca el acceso a esta riqueza local, incorporándola a la tributación estatal,
tal como ocurriera en todo el Centro-Sur andino. Habría una neta orientación por
incrementar la explotación de metales preciosos, no sólo en la región de Puno, sino
en todas las regiones anexadas al estado.
Es muy pertinente la sistematización y la síntesis sobre la ocupación inca expues-
ta por Charles Stanish, donde de nuevo se advierte la importancia que adquirió el
control de los recursos minero-metalúrgicos (plata y oro), hecho que persistió prin-
cipalmente con el recurso argentífero tanto en Porco como en Tarapacá durante el
régimen colonial. Para este efecto, se estableció una serie de accesos viales, obras de
infraestructura y capacidad de transporte para habilitar espacios carentes de toda
clase de recursos. Ciertamente, se trata de una política de Estado destinada a revisi-
tar las minas locales, localizadas a lo largo de las regiones anexadas y de privilegiar
la conquista de distritos con recursos de esta naturaleza. En consecuencia, se llevó
a cabo la construcción de una amplia red de centros administrativos, con plantas
reticuladas que se distribuyeron hasta las tierras intermedias y bajas, incluyendo los
valles occidentales, algunos tan alejados como el de Tarapacá, reutilizando las rutas
caravaneras antecesoras. Esto es, estableciendo un control de espacios segmentados
sujetos a ser infiltrados políticamente, tal como se propusiera para los tiempos de
contacto con los así llamados archipiélagos, localizados al occidente de las tierras
altas. Es el caso de la colonización Colla, ubicada en Moquegua.
Este capítulo refleja claramente la importancia de las alianzas políticas que corren
paralelas a la militarización de los conflictos en términos de oprimir con reocupacio-
nes coercitivas a los asentamientos locales. De tal modo que la subordinación de las
elites locales implicaba, a su vez, el acceso a enclaves así llamados estratégicos, en
donde se disponían de recursos mineros metalúrgicos que fueron los más atractivos
hacia el sur del Estado inca.
Con estos datos se entiende la recuperación de los códigos visuales que la ideolo-
gía inca utilizó para ejercer un dominio religioso y económico a la vez. Por lo mismo,
si aceptamos que es sugerente la mirada “de abajo hacia arriba”, seguramente que
sabremos mucho más sobre cómo la ritualidad preinca fue absorbida por el orde-
namiento estatal y, por otro lado, cómo se organizó la sociedad subalterna frente al
pauteo inca para la intensificación de la producción excedentaria en aquellos bienes
que eran los más exigidos por el Estado. Tal vez por eso, una arqueología menos mo-
numental y que dé cuenta del rol de los de “abajo”, frente a la producción de bienes
17 / Lautaro Núñez
priorizados por la administración inca, podría ser realizada desde depósitos no se-
lectivos y en pisos residenciales del común. ¿Cuál era efectivamente la cadena ope-
rativa que funcionaba hasta culminar con la entrega de los tributos? Es importante
la apreciación del autor precisamente frente a los bienes tributados durante la tasa
toledana que proviene de 27 ciudades alteñas. Estamos en presencia de productos que
obviamente fueron excedentarios inmediatamente antes de los incas y que posterior-
mente se incorporaron al régimen periódico de la tributación: oro, textiles, chuño,
maíz, pescados, animales y sal. Sería fascinante contrastar estos aportes con registros
arqueológicos domésticos que pudieran aclarar mejor cuál era el rol productivo de
los desposeídos durante el régimen inca.
Finalmente, Segisfredo López examina la red vial inca en la región de Puno, vin-
culándola con el proyecto internacional Qhapaq Ñan, al interior de un detenido aná-
lisis interdisciplinario que actualmente integra a los gobiernos de los países andinos
en pos de su nominación por UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Mientras más pasa el tiempo, cada vez es más evidente que la vialidad inca, tanto
longitudinal como transversal, no fue sino la culminación de complejas redes pre-
existentes en un ir y venir entre las tierras altas, valles, selva y costa. También puede
considerarse que este tráfico de caravanas giratorias, ya vigentes durante el Forma-
tivo, explica el hecho de que el desarrollo del Centro-Sur andino estuvo íntimamente
ligado a la capacidad de organizar desplazamientos caravánicos tras la obtención de
recursos como un hecho distintivo. Por lo mismo, aquí uno advierte un largo proceso
de interacción que culmina con las redes incas, en un sentido transversal, aun pocas
conocidas y alejadas del camino principal longitudinal, que incluyeron estructuras
rituales observadas junto al tráfico de larga distancia.
El control del tráfico de los espacios internodales está claramente definido desde
el Formativo, asociado a un sinnúmero de rasgos: estructuras, abrigos, arte rupestre,
oquedades con ofrendas, arquitectura perimetral compuesta, entre otros, de tal modo
que otra vez es necesario recalcar que debemos hacer un gran esfuerzo para entender
cómo respondían o se integraban las agrupaciones subalternas al movimiento inter-
asentamientos. Junto a ello, saber más sobre cuáles eran los productos domésticos
y ritualísticos que se movilizaban, de tal modo que la reconstitución arqueológica
pudiera aludir al rol de los caravaneros desde sus propios atributos.
Para los lectores que les importe conocer las transferencias arcaicas a la con-
formación de las sociedades formativas alteñas, sólo comparables con los cambios
neolíticos, por usar un término sobrepasado, pero de rápida visibilidad comparativa,
esta obra da cuenta de un conjunto de condiciones favorables recurrentes en el ám-
bito Circuntitikaka para explicar la emergencia de complejidad, monumentalidad y
una vía agropastoralista de desarrollo. No cabe duda que los recursos locales fueron
óptimos para que ya desde los eventos de caza-recolección-domesticación y horti-
cultura arcaica se consolidaran en las tierras altas sociedades complejas desde una
base pecuaria insustituible que solamente allí podía reproducirse. Al tanto que las
prácticas agrícolas de altura lograban por vías no convencionales un clímax pobla-
cional sustentado en la combinación exitosa del trabajo agropecuario. Visto así, este
régimen transicional, en el ámbito de las tierras altas, ha permitido en este libro re-
18 / Prólogo
velar una data notable desde obras monumentales, pero que a su vez abre paso a
aquellos otros sitios de la no elite, en términos de balancear el protagonismo de todos
sus estamentos sociales. La trascendencia es obvia: apostaríamos a que los cambios
Arcaicos-Formativos tempranos generaron complejidad en diversos enclaves de las
tierras altas y sus entornos inmediatos, desde el territorio Circuntitikaka hasta la Cir-
cunpuna salada de Atacama, con distintos focos civilizatorios independientes entre
sí, en tiempo en que las ideas progresistas circularon con tanta rapidez que ningún
alteño asociado a recursos suficientes quedó exento del proceso, salvo aquellos caza-
dores-recolectores lacustres que no recuerdan que la desigualdad estaba implícita en
los tiempos de cambios.
Durante el Formativo avanzado y los períodos posteriores las sociedades alteñas
crearán un potencial agropecuario con suficiente riqueza identitaria que, a pesar de
su segmentación post Tiwanaku, mantuvo su estilo altiplánico con independencia de
los procesos socioculturales aledaños. Nos habría interesado incorporar a este volu-
men los aportes circunlacustres de los asentamientos y del ceremonialismo del For-
mativo Temprano de Chiripa, con las recientes investigaciones de las escuelas nor-
teamericana y boliviana, para darle un sentido más multidireccional a la emergencia
de Tiwanaku. Sin embargo, esto excedería en mucho los objetivos de los editores.
En suma, bienvenidos a un libro que integra a recientes investigaciones de colegas
peruanos y norteamericanos, en donde algunos problemas de los asentamientos en
torno al Titikaka se exponen con planteamientos irrefutables y motivantes, con in-
terpretaciones coherentes que lo hace indispensable para todos los estudiosos del
“mundo” prehispánico de altura.
Lautaro Núñez A.
Instituto de Investigaciones Arqueológicas y
Museo de la Universidad Católica del Norte
San Pedro de Atacama, Chile
1
Una introducción a la arqueología
en la cuenca del Titicaca
Henry Tantaleán y Luis Flores
Cerca a los 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, en medio de los Andes y
entre dos de los principales países con la mayor cantidad de personas indígenas de
Sudamérica, quechuas y aymaras, se encuentra incrustado el lago Titicaca. Esta enor-
me masa azul de agua dulce es el espejo que refleja un cielo limpio y profundo que
marea al espectador recién llegado a visitar este lugar de peregrinación desde hace
miles de años atrás. El aire enrarecido que llena los pulmones del visitante se mezcla
con los olores de la tierra húmeda y la naturaleza en estado puro junto con los olores
de las comidas y bebidas de sus pobladores. Los colores de la cerámica, los textiles, las
casas y los ahora también automóviles, combis y tricitaxis existentes en sus ciudades,
decoran el panorama. Además, las típicas danzas, sus fiestas, su pujante comercio y
turismo, así como la sobrevivencia de un halo mítico del lenguaje de los comuneros
quechuas y aymaras, que en conjunto le dan un movimiento brillante a toda esta es-
cena contemporánea.
Los que escribimos este libro, y en especial los editores, hemos quedado cautivos
de estos y otros elementos que integran la escena altiplánica. Más aun nos hemos
atrevido a investigar sobre la raíces de los pueblos que habitaron ese mismo escena-
rio enfrentándose exitosamente, como hacen ahora su pobladores, a seguir viviendo
en esas condiciones de altura, frío, calor y aridez. Los editores nos sentimos afortu-
nados de formar parte de una última generación de arqueólogos que han ofrecido
su tiempo y mentes para comenzar a explicar cómo se inició y desarrolló ese largo
camino que llevó a sus habitantes a formar parte de este paisaje social.
Este libro nace como un proyecto que ha sido pensado independientemente por
cada uno de nosotros y que también encuentra en los otros investigadores un afortu-
nado eco que no tiene más que como objetivo poner a disposición de los castellano-
hablantes una serie de estudios y explicaciones arqueológicas acerca de las socieda-
des prehispánicas de la cuenca del Titicaca. Si bien el espectro de este libro se enfoca
en la zona peruana y deja un poco de lado la parte boliviana también vemos que su
alcance sobrepasa esa frontera actual pues esta no es más bien una falsificación de la
20 / Una introducción a la Arqueología de la Cuenca del Titicaca
Así pues, este libro no es más que un intento de que todas las voces sean escucha-
das y registradas y, a la vez, generar una amplia conversación con el único objetivo de
presentar una historia con la mayor cantidad de propuestas posibles. Obviamente, en
esta publicación, como muchas veces pasa, no están todas las voces pero esperamos
que esto no sea más que el inicio de publicaciones que actualizarán y alimentarán
este debate a lo largo del tiempo.
En ese sentido, hemos respetado las cronologías y fechas utilizadas por cada au-
tor. Creemos que, como muchos otros investigadores han planteado (Burger et al.
2000), las periodificaciones de los Andes Centrales carecen de correlación con la de
esta zona. Por lo tanto, esperamos que los lectores resigan el trabajo de cada autor y
que, al final, más que proponer una nueva cronología o periodificación (que hay que
verla tan solo como una heurística) nos atengamos más a las fechas radiocarbónicas,
cuando las haya, y a los limites propuestos por los autores para la existencia de cada
una de las sociedades explicadas aquí. Claramente, este es un tema no solo teórico
sino, sobre todo, metodológico en el cual todavía hay mucho que trabajar. Por tanto,
en esta introducción no planteamos ningún esquema rígido de cronología que pueda
atentar contra la construcción, que creemos todavía debe ser flexible, de un panora-
ma que está por definir en muchos de los casos que veremos al interior de este libro.
Por lo anterior, en este libro el lector podrá tener la oportunidad de apreciar la “per-
sonalidad” de cada autor en el momento de explicar mediante conceptos, categorías,
enunciados y lógicas su forma de ver la arqueología que está estudiando. Asimismo,
le hemos pedido a nuestro querido colega Lautaro Núñez que nos ofrezca una visión
desde fuera de la cuenca del Titicaca lo cual, seguro, enriquecerá nuestra perspectiva
muchas veces preocupada en nuestro detalle específico o nuestras versiones de la
realidad, una perspectiva muchas veces dificultada por diferentes accidentes y obstá-
culos que están en nuestro campo de visión.
Así, el libro comienza con el capítulo de Mark Aldenderfer, un loable esfuerzo de
síntesis sobre el período Arcaico en la cuenca del Titicaca, pero además nos traza las
líneas metodológicas que deberían seguir todo investigador interesado en dicho pe-
ríodo. Asimismo, nos entrega excelente material producto de su larga estancia en el
área altiplánica con respecto a los primeros asentamientos humanos reconocidos en
la cuenca del río Ilave.
Más adelante el extenso texto de Nathan Craig quien acompañado en diferentes
momentos a Aldenderfer en su preocupación por los primeros asentamientos huma-
nos permite tener una visión amplia sobre los diversos aspectos materiales y antro-
pológicos que nos sirven para entender los procesos de población, domesticación, se-
dentarización y complejidad social acaecidos durante el denominado período Arcaico
y su paso hacia el Formativo; siendo la mayor parte de estos datos provenientes de
contextos domésticos y de reconocimientos regionales sistemáticos.
Posteriormente, el texto de Abigail Levine, Cecilia Chávez, Amanda Cohen, Aimée
Plourde y Charles Stanish nos entregan una importante propuesta arqueológica so-
bre el proceso que permitió que las sociedades se complejicen a partir de la época
que ellos denominan Formativa, en los cuales encontramos a las sociedades definidas
22 / Una introducción a la Arqueología de la Cuenca del Titicaca
como Qaluyu, Pukara y últimamente sobre su trabajo de campo, lo asociado con Tara-
co. En este trabajo los autores sostienen la importancia que tuvieron los espacios ce-
remoniales como los patios hundidos que llegó a consolidarse en el complejo llamado
Kalasasaya, para ellos un claro reflejo de la complejización social y del desarrollo de
liderazgos políticos y económicos.
Por su parte, Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, Alex Gonzales y Carlos Zapata en
base a su trabajo de campo en el valle del río Quilcamayo-Tintiri en el provincia de
Azángaro, logran caracterizar la materialidad social, como el patrón de asentamien-
to, la litoescultura, la cerámica, la producción de artefactos líticos, entre otros, que
permite distinguir lo que los arqueólogos llamamos Qaluyu y Pukara, avanzando una
perspectiva crítica acerca de cómo se han construido estas culturas arqueológicas y
ofreciéndonos datos que pueden ayudar a entender de forma más detallada los fenó-
menos relacionados con estas tempranas asentamientos agrícolas y pastoriles.
Acompañando la temática Pukara están los textos de Liz Klarich y Francois Cuy-
net. En el primer caso, Klarich hace una interesante síntesis sobre lo avanzando en el
conocimiento de Pukara, logrando mostrar, que si bien los festines son importantes
en estos primeros centros de poder, las estrategias que se usaron variaron en el tiem-
po, de uno inclusivo a otro exclusivo,
Para el caso del artículo de Cuynet, como el bien señala, existen pocos trabajos
sobre litoescultura. Si bien, no podemos dejar de mencionar aquí los trabajos de Ka-
ren Mohr y Sergio Chávez sobre el tema, el aporte de Cuynet, en este sentido, es su
estudio enfocado en una producción social relacionada con el estilo denominado y
conocido por los investigadores como Pukara.
Luego el texto de Luis Flores, Nathan Craig y Mark Aldenderfer nos introduce en
el tema de las primeras sociedades agrícolas y las técnicas que desarrollaron, como
las qochas, para hacer frente al clima en el norte del altiplano. Su trabajo está basado
en datos previos como los ofrecidos por Jorge Flores Ochoa y Percy Paz, a los cuales le
han contrapuesto sus estudios propios de prospección y excavaciones restringidas en
las qochas y sitios asociados, mostrándonos un panorama mucho más preciso acerca
de la geomorfología, arqueología y antropología relacionada con las estrategias agrí-
colas tempranas en la cuenca del río Pucará y que se puede ampliar con otras zonas
altiplánicas.
Por su parte Randall Haas y Jacopo Tagliabue nos presentan un sofisticado estudio
en el cual luego de conformar variables, extraen retroyecciones sobre el poblamiento
de la zona altiplánica, tomando en cuenta los datos arqueológicos que tenemos so-
bre Pukara y Tiwanaku. Gracias a la modelización de dicho poblamiento demográfico
ellos están en capacidad de explicar matemática y estadísticamente que la ocupación
y concentración de habitantes en ambos sitios centrales está justificada por una “ra-
cionalidad” de las agencias sociales.
Con respecto al fenómeno Tiwanaku que casi siempre se había restringido en las
publicaciones a la parte boliviana, salvo los extraordinarios ejemplos del valle de Mo-
quegua, Carol Schultze nos presenta los novedosos datos con respecto a la metalurgia
23 / Henry Tantaleán y Luis Flores
en los sitios Tiwanaku de la Bahía de Puno. Si bien desde la década del 80 ya conocía-
mos sobre esta ocupación básicamente a través de las investigaciones en la isla Esté-
vez de Mario Núñez y Rolando Paredes, la importancia del trabajo de Schultze recae
en que se comienza a generar un conocimiento profundo con respecto a la produc-
ción de los objetos con mayor importancia y hasta de “valor” dentro de la sociedad
Tiwanaku, los metales.
Desde hace unos años y a partir de su tesis doctoral, Elizabeth Arkush nos ha
planteado un escenario diferente al clásico que teníamos para la aparición de las for-
talezas de altura o pukaras. Para ella, basada en sus dataciones radiocarbónicas, la
construcción de las pukaras sería un fenómeno tardío dentro del Intermedio Tardío
vinculado con la sociedad denominada Colla y sería específicamente una respuesta
social de estos grupos sociales a las invasiones cuzqueñas que vinieron del noroeste.
Por su parte, Nancy Román y Silvia Román, nos presentan algunos datos obteni-
dos durante un trabajo de evaluación arqueológica, lo cual también hace evidente en
este libro como, desde hace una década atrás, la arqueología de la zona ya no sola-
mente está hecha por investigadores académicos sino que el desarrollo de la indus-
tria y construcción de infraestructura ha generado abundantes datos arqueológicos
que valen la pena también incluir dentro de las investigaciones tradicionales. En este
caso, son interesantes los datos que nos proporcionan con relación a la zona de Olla-
chea, un área vinculada a la ceja de selva puneña pocas veces estudiada, sobre todo,
con relación a los sitios del Intermedio Tardío e Inca.
En ese mismo sentido, el importante texto de Charles Stanish es una síntesis exce-
lente para entender la dinámica de la ocupación inca en la zona de la cuenca del Titi-
caca. Como sabemos, este autor ha sido, de lejos, uno de los principales estudiosos de
esta época y otras más tempranas cuyos aportes a la construcción de la arqueología
de la zona deben ser tomados en cuenta para su comprensión y su comparación con
otros fenómenos sociales precapitalistas alrededor del mundo.
Complementando la visión ofrecida por Stanish, en este libro hemos incluido el
trabajo del arqueólogo peruano Segisfredo López con respecto a un proyecto origina-
do en el Perú pero con características internacionales conocido como Qapaq Ñan, el
cual se ha dedicado en los últimos años a registrar los diferentes tramos que integran
este sistema vial de época Incaica. Sus datos nos ayudan a comprender la forma en
la cual muchos de los sitios Incas, también revisados por Stanish en su texto, tenían
un flujo y movimiento constante de personas y bienes durante la ocupación Inca de
esta área.
Para finalizar, tenemos el texto de Lumbreras quien ha trabajado intensamente
en el área y que, desde su visión panorámica de la arqueológica peruana, nos aporta
importantes alcances sobre la situación de la arqueología de la cuenca del Titicaca y
más allá, y las perspectivas y temas que valdrán la pena tomar en cuenta en la inves-
tigación del futuro.
Sin duda, a pesar del gran avance en la arqueología de la cuenca del Titicaca, que
en parte se reflejan en este libro, así como en otras publicaciones (Stanish 2003; Sta-
24 / Una introducción a la Arqueología de la Cuenca del Titicaca
nish, Cohen, Aldenderfer 2005), existen aún varios problemas de investigación que
requieren ser profundizados con datos de mayor detalle o incluso que no han sido
tomados en cuenta.
Tal vez uno de ellos es nuestro mínimo interés por investigar la sierra oriental
y Amazonía, que para el caso del Perú, se ubican en los departamentos de Sandia y
Carabaya. Dichas áreas exploradas de forma exigua seguramente nos ofrecerán nue-
vos datos sobre los cuales cambiarán nuestros puntos de vista con respecto a varios
temas, desde el poblamiento americano, pasando por el origen de la complejidad y
hasta entender las estrategias incas de dominación.
En general, nos faltan mayores datos para entender el poblamiento de la cuenca
del Titicaca. Gracias a los trabajos de Aldenderfer y otros colegas hemos dado un gran
paso en tener información regional de valles como Ilave, Ramis, Huancané; pero a
excepción del sitios Jiskairumoko, faltan más excavaciones sistemáticas, sobre todo
en los sitios más tempranos. Este mismo problema repercute en nuestra falta de co-
nocimiento del proceso de domesticación animal y vegetal.
También nos falta entender mejor el proceso de complejidad social más allá des-
de sus fases de preludio de poder hasta el momento que se logró un liderazgo per-
manente. Para ello, al igual que en el caso anterior, nos falta investigar más que un
par de sitios como ahora lo hacemos, conocer más allá de Pukara, Qaluyu y Taraco,
entendiendo todo el sistema de apropiación territorial. Por ello, el trabajo de Tanta-
leán y sus colegas en Azángaro es fundamental para entender un territorio contiguo
al supuesto centro. Pero también, se requiere conocer a los sitios por dentro. Por
ejemplo, se requieren excavaciones amplias en Pukara y otros sitios importantes para
entender la organización del sitio, sus áreas de actividad y el ritmo de crecimiento del
asentamiento. Complementario a ello, es necesario un mayor interés en los asenta-
mientos domésticos o “rurales” los cuales pueden ofrecernos una perspectiva “desde
abajo”, en esa llamada “Household archaeology” que todavía necesitamos desarrollar
en la zona. Claramente, las condiciones del altiplano para la investigación no son
las más óptimas pero creemos que novedosas estrategias ayudarán a superar estas
condicionantes actuales. Un claro ejemplo en esa dirección son los trabajos aquí pre-
sentados de Aldenderfer y Craig.
Como todo proceso, con respecto al surgimiento de la sociedad compleja más tem-
prana, como es la conocida Pukara, también hay que entender las razones de su co-
lapso y su paso hacia la siguiente etapa con Tiwanaku, y qué rol tuvo esta sociedad
sobre los diferentes territorios del lado peruano de la cuenca del Titicaca. Como Sta-
nish y sus asociados han planteado, después del siglo IV de nuestra era en la cuenca
norte del Titicaca existiría una gran sequía y que le ha otorgado nombre a su “Cultura
Huaña”. Sin embargo, todavía falta mucho más trabajo para poder describir y definir
arqueológica y antropológicamente este tiempo que desde la década de los 70 del
siglo pasado era considerado como un hiato o “silencio arqueológico” en el proceso
histórico altiplánico hasta la evidente construcción de la fortalezas de altura o “puka-
ras” de las sociedad etnohistóricamente conocidas como collas y lupakas.
25 / Henry Tantaleán y Luis Flores
Para los tiempos tardíos, a pesar de los esfuerzos que viene realizando Arkush,
falta mayores trabajos tanto para los períodos Altiplano e Inca. En ese sentido, su
extenso trabajo debe ser imitado y complementado por proyectos que recorran los
valles y pampas buscando sitios de fondo y ladera de valles. Justamente, varios pro-
yectos, entre ellos el PIARA, dirigido por Tantaleán han reconocido que a la par de la
existencia de sitios de cumbre, muchos sitios domésticos y funerarios complementan
el paisaje social de la época inmediatamente Inca e Inca.
Finalmente, la ocupación Inca del altiplano es algo que, como en mucha partes de los
Andes, ha estado indisolublemente marcado por las fuentes etnohistóricas desde casi
el inicio de la arqueología en esta zona. Sin embargo, es menester comenzar a generar
explicaciones cada vez más artefactuales o arqueológicas que puedan hacernos vislum-
brar las diferencias materiales que en la actualidad están condicionadas por las visiones
étnicas, donde los grupos sociales están más integrados que lo que parece ser en la
realidad arqueológica. Finalmente, la arqueología histórica o de contacto es un campo
relativamente joven en la arqueología peruana y el lago Titicaca no es una excepción.
Comprender cómo se dio el proceso de llegada, reconocimiento, impacto y convivencia
y hasta de exterminio es un tema por desarrollar en la agenda de la arqueología del
altiplánico, De esta manera, podremos superar las marcas o limites disciplinarios y ar-
tificiales entre prehistoria e historia, pues mas allá de estas divisiones académicas y del
“objeto de conocimiento”, debemos recordar que, al fin y al cabo, estas son fronteras
autoimpuesta por los investigadores y que lo más importante es la gente, que tomando
las riendas de la historia pudo generar un modo de vida aun por conocer.
Creemos que este libro es un aporte en ese sentido, logar reunir en un solo artefac-
to de conocimiento muchas voces que originalmente piensan y hablar en diferentes
idiomas y que tienen de diferentes perspectivas de ver el mundo. Los últimos tiempos
que nos han sometido a una nueva forma de ver las relaciones sociales, las políticas
económicas se han filtrado en nuestras relaciones personales. De esta manera, ar-
queólogos de diferentes partes del mundo se han dado cita alrededor del lago, para
trabajar juntos y hacer de su investigación un espacio de vida compartidos con los
que ya no solamente son sus objetos de estudio, sino ahora compañeros en el viaje de
(auto)descubrimiento de nuestra humanidad.
Agradecimientos
Los editores queremos agradecer a todos los que han hecho posible objetiva y sub-
jetivamente este libro. En primer lugar a Charles Stanish y Nathan Craig quienes
aportaron económicamente para la impresión de este libro. En este mismo sentido,
queremos agradecer especialmente a la empresa INTERSUR por su profundo compro-
miso para la preservación y difusión del patrimonio cultural peruano, se hizo patente
mediante un generoso apoyo económico para con este proyecto editorial. Empresas
responsables socialmente como INTERSUR son las que necesitamos para seguir inves-
tigando y difundiendo la riqueza arqueológica de nuestro país. Asimismo, los editores
agradecemos especialmente a Juan Roel quien se encargó de hacer la diagramación y
la revisión de los textos de esta publicación.
26 / Una introducción a la Arqueología de la Cuenca del Titicaca
* University of California Merced, School of Social Sciences, Humanities and Arts, Merced, CA,
USA, 95343. [email protected]
28 / Balance y perspectivas del período Arcaico...
A partir del final de la época glacial, aproximadamente 11.000 años a.p., se experi-
mentó un aumento en la aridez y en la temperatura dentro de la cuenca del Titicaca.
Estas características contribuyeron a cambios significativos en el lago mismo. Cerca
a 10.500 a.p., la cuenca se encontraba cubierta por el último lago glacial, Tauca, que
aparentemente fue un poco más amplio que el lago actual (Wirrman et al. 1992). Des-
pués de esta fecha, por la reducción de la precipitación regional, el nivel del lago em-
pezó a disminuir, proceso que se aceleró después de 8000 a.p. (Baker et al. 2001). Este
período de inestabilidad se caracteriza por cambios rápidos en el nivel del lago, que
tuvo una fluctuación de entre 50 a 100 m por debajo del nivel acutal. Con el aumento
de las condiciones áridas alrededor de 6500 a.p., el nivel del lago llegó a su punto más
bajo, unos 150 m menos que el nivel actual que se estableció por los 5,500 a.p. Sin em-
bargo, el nivel del lago aumentó con rapidez alrededor de 5000 a.p., y cayó de nuevo
cerca de los 4500 a.p. Las condiciones climáticas modernas se caracterizan por un
nuevo aumento del nivel del lago, ya bien establecido en el 4000 a.p.
Por lo mismo, las condiciones medioambientales en la cuenca del Titicaca durante
el período Arcaico fueron difíciles, y cualquier cazador/recolector habría enfrentado
varias dificultades, en particular, la escasez de agua fresca. Desde nuestra perspectiva
contemporánea, el lago parece ser un ambiente hospitalario para la ocupación huma-
na. Algunos investigadores, Erickson (1988) en particular, han sugerido que el lago
habría sido muy atractivo para los cazadores y recolectores arcaicos, que pueden ha-
berse orientado hacia un asentamiento y subsistencia lacustre, con altas densidades
de población. Sin embargo, la calidad del agua del lago fue inferior durante la mayor
parte del Arcaico. Por ejemplo, entre 7.000-4.000 a.p., y posiblemente aún más tiem-
po, la salinidad del lago equivalía a la tercera parte de la salinidad del agua del mar
(Cross et al. 2000, 2001), y por lo tanto, inadecuada para el consumo. Es poco probable
que los recolectores del período Arcaico hubieran utilizado los márgenes del lago an-
tes que su salinidad disminuyera. Por extensión, esto implica que las aguas interiores
–tales como las de los valles de los ríos principales, las fuentes, y los bofedales– tu-
vieron mayor importancia para la habitación durante el Arcaico que el lago mismo.
A pesar que la abundancia del agua de estos tributarios era menor, en comparación a
su abundancia moderna, sirvieron como corredores fértiles cuya vegetación hubiera
sido atractiva para los herbívoros de la zona, y a la vez, atractiva para los cazadores
y recolectores arcaicos.
Aunque investigaciones de la sociedad compleja en el altiplano se han conducido
desde hace décadas, los estudios del período Arcaico han sido pocos hasta el momen-
to. La mayoría de los estudios que han tocado el Arcaico en la cuenca, generalmente,
han sido impresionistas y se han limitado a una descripción breve de la cultura ma-
terial, careciendo de contexto antropológico o arqueológico. Palao (1989) describe
artefactos arcaicos cerca de Chucuito; Arellano y Kuljis (1986) describen materiales
precerámicos de la cuenca del río Maure en Bolivia, al suroeste de Desaguadero; y por
supuesto, Patterson y Heizer (1965) han reportado sus análisis de materiales líticos
de Viscachani, al este de La Paz. Otros informes breves incluyen las descripciones de
materiales del Arcaico y Formativo del abrigo Ichuña al oeste de Puno en la sierra
moqueguana por Menghin y Schroeder (1957), y la descripción de Quellkata por Piu
29 / M ark A ldenderfer
Salazar (1977), y de los artefactos superficiales de Tumuku por Palacios Ríos (1984),
los cuales se encuentran cerca a Qillqatani, un abrigo grande con un complejo impor-
tante de arte rupestre en la cuenca del río Chila al extremo sur del departamento de
Puno (Figura 1).
A finales de la década de 1980 e inicios de la de 1990, con la documentación del
arte de Qillqatani (Aldenderfer 1987), un reconocimiento sistemático de su vecindad
(Kuznar 1989), y una excavación sistemática del abrigo (Aldenderfer 1999), cambió
la situación. Estas investigaciones resultaron en el descubrimiento de una larga se-
cuencia de ocupación del sitio, que va desde el Arcaico hasta el tiempo moderno, y la
identificación de varios sitios arcaicos en su vecindad. Las excavaciones también pro-
porcionaron las fechas de radiocarbono más tempranas del departamento de Puno,
7.250 a.p., que encaja dentro del Arcaico Medio.
A partir de entonces, el avance de nuestros conocimientos y el interés en in-
vestigaciones sobre el Arcaico aumentó de manera significativa. Entre 1994–95
Aldenderfer inició el primer reconocimiento diseñado para la determinación de
sitios arcaicos en la cuenca del río Ilave, resultando en la identificación de más de
200 sitios y componentes arcaicos (Aldenderfer y Klink 1996; Craig 2005, Klink y
Aldenderfer 1996). Un segundo reconocimiento siguió en 1997 en la cuenca del río
departamento de Moquegua, sobre uno de los tributarios del río Osmore; tiene un
fechado de 9820 a.p. (Aldenderfer 1998b). Sitios de semejante antigüedad (9500 a.p.)
se encuentran en el norte de Chile (Santoro 1989). Hasta la fecha, no se ha hecho nin-
guna excavación de sitios tan antiguos en la cuenca Titicaca. Sin embargo, algunas
puntas de proyectil recuperadas en el reconocimiento de Klink (2005) demuestran
obvias semejanzas a las puntas de la Fase Khituña (9500–8700 a.p.) de Asana, que
sugieren una ocupación más temprana de la cuenca en el Arcaico Temprano. Klink
sugiere que estos datos señalan el proceso del descubrimiento de la puna por peque-
ños grupos de cazadores y recolectores, que viajaban siguiendo los ríos principales
de las sierras occidentales, pero manteniendo sus bases residenciales en las zonas
más bajas. Aldenderfer (1998b) propuso un modelo similar, en el que los recolecto-
res del Arcaico Temprano establecieron sus bases residenciales sobre la orilla de la
puna para explorar su interior. La densidad de la población fue muy baja y la movi-
lidad muy alta, y por la ubicación de los sitios, se puede inferir que su subsistencia
se enfocó sobre los recursos ya conocidos. La caza fue de mayor importancia, pero
como no se han excavado sitios arcaicos tempranos, no tenemos datos acerca del uso
de la vegetación silvestre. Algunos cuantos sitios fechados del Arcaico Temprano se
encuentran mas al norte, en el recorrido del río Ilave (Aldenderfer y Klink 1996),
tanto como al interior en la cuenca del Huancané-Putina (Cipolla 2005), ubicados en
situaciones muy semejantes.
Se ve un aumento dramático en la frecuencia de sitios en todas las cuencas duran-
te el Arcaico Medio. Este aumento se puede atribuir a dos factores: un incremento de
la población misma, y una migración de pobladores de otras regiones. Los datos su-
gieren que la ubicación de los sitios predomina sobre los tributarios de los ríos prin-
cipales. Las bases residenciales se ubicaron sobre las terrazas altas que daban vista a
los valles (Rigsby et al. 2003), los campamentos provisionales se ubicaron dentro de
cuevas y abrigos pequeños, y las estaciones para la caza se localizaron en lugares don-
de se tenía una buena vista panorámica (Tripcevich 2002). Esta focalización sobre los
ríos no es sorprendente, ya que el período de 6.000–4.000 a.p. es un tiempo de mucha
aridez. El nivel más bajo del lago se ha documentado en 5.500 a.p., un hecho que refle-
ja la escasez de lluvia en la región. La ausencia total de sitios del Arcaico Medio en la
margen del lago sugiere que el lago mismo no fue una zona importante para la econo-
mía. La posibilidad de que algunos sitios arcaicos del Arcaico Medio pueden estar bajo
el nivel del agua del lago moderno, no es muy probable. Por ejemplo, el sitio Arcaico
Medio más próximo a la orilla moderna del lago en la cuenca de Huancané-Putina
queda a doce kilómetros (Cipolla 2005: 59); en Ilave queda a quince kilómetros.
Aunque la población del Arcaico Medio ciertamente aumentó, todos los índi-
ces sugieren que fue un proceso relativamente lento (Craig 2005). Con la aridez del
medioambiente, la movilidad residencial debe haber sido bastante frecuente, lo que
a su vez habría reducido la abundancia de los recursos y las cantidades de tramos de
recursos en el recorrido de los ríos. La tendencia hacia sitios de tamaño más grande
durante el Arcaico Medio se explica por una redundancia residencial, no necesaria-
mente por un aumento de población. Es decir, en algunas situaciones medioambien-
tales, hubo re-ocupación frecuente y repetida, ya que los recursos importantes que-
daban cerca. A través del tiempo, esto se hubiera manifestado en sitios más grandes
con más artefactos dispersos.
La ruta de migración a esta región probablemente fue a través de los valles de las
sierras occidentales, especialmente del norte de Chile, donde Nuñez y colegas (2002)
han propuesto el concepto de un “silencio arqueológico” que caracteriza los desarro-
llos durante una gran parte del Arcaico Medio. Ellos sugieren que, por su aridez extre-
ma, se abandonó el norte de Chile pero no han definido precisamente hacia dónde se
33 / M ark A ldenderfer
dirigió la gente. Los datos de Ilave apoyan esta hipótesis, y se puede decir que cierta
población se dirigió hacia la puna.
Qillqatani nos ofrece una perspectiva de cómo puede haber sido la manera de vida
durante el Arcaico Medio. Las excavaciones demuestran que la ocupación más antigua
del sitio (fechada en 7250 a.p.) consistió de construcciones de pequeñas estructuras
junto a las paredes del abrigo, que ciertamente no pueden haber albergado más que
unas cuantas personas. Los artefactos consisten mayormente de materiales líticos,
con algunas puntas de proyectil, y no se observan instrumentos para moler. Los res-
tos de fauna contienen huesos de camélidos adultos y de cérvidos, demostrando una
preferencia por la caza de mamíferos grandes. Sin embargo, también se identificaron
muestras de Chenopodium silvestre que suplementaron la dieta. Por el tamaño tan
pequeño de las estructuras y el inventario tan limitado de artefactos, se infiere que
grupos de algunos pocos cazadores utilizaron el sitio, o también, que familias peque-
ñas pueden haberse estacionado allí brevemente. De cualquier manera, este patrón
de uso se ve a través del período Arcaico Medio, con pocos cambios.
Cambios mayores ocurren en el asentamiento, la economía, y el sistema social
entre 6000–3400 a.p. en la cuenca del Titicaca. Se acelera el paso del cambio cultural,
y entre los cambios más importantes se ve el uso probable del Chenopodium (quinua),
posiblemente cultivado, la introducción de la domesticación del camélido, y el inicio
de una vida sedentaria dentro de aldeas pequeñas. Aunque se había visto un sistema
de intercambio con áreas lejanas durante todo el Arcaico, el comercio de obsidiana
de Chivay, en particular, aumenta de manera significativa, y se ven por primera vez
materias exóticas como el oro. Estos cambios representan la fundación de la sociedad
compleja que se desarrolla en el período Formativo (Aldenderfer 2002, 2004).
El patrón de asentamiento y la economía inferida del Arcaico Tardío es parecido
al Arcaico Medio. Sin embargo, el número de sitios con componentes arcaicos tardíos
aumentan, así como la frecuencia de puntas de proyectil que se encuentran en el
recorrido de los tributarios principales de la región. Esto sugiere que la población
sigue aumentando durante este tiempo. Otro cambio que se observa en este período,
particularmente después de 5000 a.p., es un movimiento general hacia las márgenes
del lago. A pesar de que el lago mismo permanece salado, es probable que empieza
a estabilizarse, y cuando el clima mejora después de 4500 a.p., el medioambiente la-
custre es más atractivo. Esto se observa en los reconocimientos del Huenque-Ilave y
Huancané-Putina (Aldenderfer y Klink 1996; Cipolla 2005; Craig 2005; Klink 2005).
La excavación de cuatro sitios –Pirco, Qillqatani, Kaillachuro, y Jiskairumoko–
ahora nos proporciona una perspectiva más amplia del estilo de vida del Arcaico Tar-
dío. Pirco se ubica en la cuenca del río Ilave, sobre el tributario que se conoce como
río Grande. Craig (2005 y en este volumen) excavó el sitio en 2003 y ha interpretado su
ocupación como una base residencial de corto plazo. Se recuperó un entierro huma-
no, sin embargo, no se han registrado rasgos de basurales o estructuras. El conjunto
de artefactos refleja la talla de puntas de proyectil, y se ven algunos moledores. La
densidad de material lítico recuperado sugiere una re-ocupación frecuente. Sin em-
bargo, estas ocupaciones no produjeron rasgos más permanentes, y por lo mismo, se
34 / Balance y perspectivas del período Arcaico...
concluye que las ocupaciones fueron breves y efímeras. Este también es el caso en
Qillqatani.
Jiskairumoko, en cambio, es diferente. Parece ser una base residencial que refleja
un asentamiento semi-sedentario. Estructuras semi-subterráneas se ven por primera
vez en la arqueología de la región (Figura 3). La estructura Número 1 del sitio se ha
fechado en 4.500 a.p., y demuestra su uso repetido durante el Arcaico Tardío. Aunque
no se excavó por completo, se estima que el piso interior cubrió 20 m2. Se observó
un fogón central dentro de la estructura y dispersiones líticas alrededor sugieren su
limpieza y reutilización. Puede ser que la estructura tuviera una función para activi-
dades rituales o ceremoniales. La excavación de varios pozos dentro de la estructura,
que se han interpretado como almacenes de alimentos, implica que la duración de
la ocupación fue más prolongada (Craig 2005). Aunque aún no se ha completado el
análisis paleoetnobotánico, las observaciones preliminares han identificado la pre-
sencia de tubérculos y Chenopodium silvestres, que seguramente fueron parte de la
dieta. En este contexto, no se ha recuperado ninguna evidencia de la domesticación
del camélido.
Muy cerca está Kaillachuro, un sitio mortuorio que consiste de nueve montículos
bajos utilizados durante el Arcaico Tardío. La excavación de uno de ellos evidenció
varios entierros secundarios, así como el de un infante colocado dentro de una caja
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3
Transiciones del Arcaico Tardío al
Formativo Temprano. Una perspectiva
desde la arqueología de la unidad
doméstica de dos sitios del valle del río
Ilave, cuenca del Lago Titicaca i
N a th a n C r a i g ii
Introducción
El entendimiento del cambio cultural tiene un importante énfasis en la arqueología
antropológica. La transición de la alta movilidad residencial al incremento de la vida
en aldeas estables marca un hito en el ingreso de un bauplan1 (Prentiss et al. 2009;
Zeder 2009). Los rumbos fijados durante esas tempranas transiciones pudieron de-
terminar fuertemente las posteriores trayectorias del cambio cultural, incluyendo
el desarrollo de las sociedades complejas. La región de la cuenca del Titicaca es un
caso importante de estudio para la arqueología antropológica porque: 1) los Andes es
el único lugar en América donde grandes animales fueron domesticados (Mengoni et
al. 2006); 2) la cuenca norte del Lago Titicaca es un probable centro de la domestica-
ción de la papa (Spooner et al. 2005) y Chenopodium (Bruno 2006); y 3) desde esta base
económica agropastoril, las sociedades complejas de altura se desarrollaron y flore-
cieron tempranamente en esta región (Stanish 2001, 2003). Por lo tanto, en la cuenca
del Titicaca, es importante comprender la transición de la alta movilidad residencial
a las aldeas permanentes.
El ensayo de Kent Flannery (1972) es, actualmente, una clásica e influyente teoría
que caracterizó el origen de las aldeas en Mesoamérica y Cercano Oriente como una
transición de pequeñas estructuras circulares u ovales con depósitos compartidos a
residencias de familias nucleares con instalaciones de depósito privadas. Releyendo el
ensayo sobre los orígenes de las aldeas treinta años después, Flannery (2002) observó
que la investigación arqueológica acumulada había “enriquecido nuestro entendimiento
del fenómeno” al documentar una serie de trayectorias para esta transición que no fue-
ron parte del modelo original. Esas otras trayectorias incluyen Cercano Oriente, Egip-
to, el Transcaucaso, India, África, y el Suroeste de los Estados Unidos de América.
En los Andes, la mayoría de las excavaciones de los sitios del período Arcaico han
sido depósitos en cuevas y abrigos rocosos localizados en los Andes Centrales (Rick
1988). Esta investigación ha sido fundamental para determinar que el Arcaico Tardío
y el Arcaico Terminal son períodos de importante y frecuentemente rápido cambio
cultural durante los cuales muchas de las semillas de la complejidad social brotaron
y comenzaron a crecer (Cardich 2006; Lavallée et al. 1985; Lynch 1971; MacNeish et al.
1980; Rick 1980). Sin embargo, los sitios de cuevas y abrigos rocosos proporcionan una
visión limitada de las actividades de las unidades domésticas que son relevantes para
la formación de aldeas, porque toda la actividad está estructurada y limitada por las
paredes de la cueva (Moore 1988: 154). Así, más allá de la clara y definida relevancia
antropológica del entendimiento de la formación de la aldea en las tierras alto andinas,
desde una perspectiva de la unidad doméstica y la comunidad, existen pocos datos sig-
nificativos desde los cuales entender esta transición cultural (Aldenderfer 1989; Núñez
1982; Núñez et al. 2006) y, hasta hace poco, ninguno en la cuenca del Lago Titicaca.
En este capítulo, describo un caso de estudio de la transición del Arcaico Tardío al
Formativo Temprano en el valle del río Ilave de la cuenca noroeste del Lago Titicaca
que está basado en la excavación de dos sitios al aire libre: Pirco y Jiskairumoko. Pirco
es un asentamiento del Arcaico Tardío de forrajeros móviles. Jiskairumoko es un sitio
multicomponente que abarca desde el final del Arcaico Tardío hasta el Formativo
Temprano. En Jiskairumoko, se dio un cambio: habitar en estructuras circulares a
vivir en estructuras rectangulares que ocurrió durante la transición del Arcaico Ter-
minal al Formativo Temprano. A través de un examen de la arquitectura residencial,
instalaciones, y dispersión de artefactos asociados se describen los cambios en las
unidades domésticas y la organización de la comunidad durante la transición del Ar-
caico al Formativo. Como demostraré, los cambios en la arquitectura residencial del
Arcaico Tardío al Formativo Temprano de Jiskairumoko reflejan tanto algunos temas
comunes como algunos patrones divergentes en comparación con otros casos de for-
mación temprana aldeana identificados por Flannery (1972, 2002).
En este capítulo, primero reviso los aspectos de la teoría de la práctica que son so-
bresalientes para la cultura material. Luego, desarrollando este contexto, introduzco
el modelo de Flannery y discuto otro modelo que trata la transición de la casa semi-
43 / Nathan Craig
N.T. El
original: “the durably installed generative principle of regulated improvisation” (Bourdieu
1977: 78). La traduccion ha sido tomada del libro de Bourdieu (2007) realizada por Siglo XXI
Editores Agentina S.A.
44 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Todos los procesos sociales son realizados en el espacio (Hillier y Hanson 1984:
200); la arquitectura organiza el espacio y crea un dominio que articula las interac-
ciones sociales necesarias para la recreación y transmisión de la cultura (Hillier y
Hanson 1984: 185). Los ambientes construidos son previstos y pensados antes de ser
ejecutados, pero los humanos también construyen para formar el pensamiento y la
acción, la relación entre esos dos procesos es dinámica y reflexiva (Parker Pearson
y Richards 1994b: 2). El espacio es transformado en lugar por medio de artefactos
culturales a cuyas historias está atado. Esas historias cambian al ser retrasmitidas,
aunque el lugar sirve como un anclaje estabilizante ya que la existencia de lugares
físicos valídan estas historias. Las estructuras y asentamientos son tanto el medio
como el resultado de los procesos sociales. Las estructuras y asentamientos son mo-
dificados a medida que las prácticas que las constituyen cambian. De este modo, las
estructuras espaciales, como la arquitectura doméstica, no son simplemente arenas
donde la vida social ocurre, la arquitectura es un medio material a través del cual las
relaciones sociales son creadas y re-creadas. En comparación con la vestimenta o los
estilos cerámicos, la arquitectura es un elemento de la cultura relativamente conser-
vador (Parker Pearson y Richards 1994a: 62; Van Giseghem y Vaughn 2008: 112), de
este modo, cuando hay un cambio en la arquitectura este puede ser tomado como un
indicador de cambios dramáticos en otros aspectos de la cultura. Mediante una inves-
tigación de las unidades domésticas del Arcaico Tardío-Formativo Temprano en Pirco
y Jiskairumoko, veré la arquitectura con relación a otros aspectos de la cultura.
Las unidades domésticas pueden ser definidas como unidades sociales que lle-
van a cabo actividades económicas, y de acuerdo con esta definición socioeconó-
mica, los individuos que componen una unidad doméstica podrían residir en más
de una “unidad de vivienda” o casa (Flannery 1983: 45; Kramer 1982: 665; Malpass
y Stothert 1992; Wilk y Rathje 1982: 618-9). La arquitectura doméstica, no las uni-
dades domésticas, permanecen en el registro arqueológico. Los grupos sociales, las
relaciones, y los procesos que componen a las unidades domésticas deben ser in-
feridas desde los restos materiales de las unidades de vivienda, elementos arqui-
tectónicos asociados, y conjuntos arqueológicos. Las teorías de rango medio que
intentan vincular la arquitectura material a las unidades sociales domésticas son
presentadas abajo. Antes de hacer eso, explicaré con más detalle los modelos que
han sido ofrecidos para explicar la transición arquitectónica de las estructuras cir-
culares arcaicas a las estructuras rectangulares que son típicamente asociadas con
las aldeas del Formativo Temprano.
·
A = a Pb.
De acuerdo a esta fórmula:
A = área del piso techada; P = población para un área dada; b = la pendiente de la
línea que define el índice de cambio entre el área y la población cuando la variable
dependiente es regresiva contra la variable independiente; a = la intercepcion y de
esta linea de regresión. Dependiendo del estudio etnográfico, los estimados van de
2 a 25 m2/persona (Tabla 1).
Se puede pronosticar algunos aspectos de las prácticas de residencia post-marital a
partir desde el área del piso de la arquitectura residencial. Un estudio intercultural de la
arquitectura residencial mostró que entre sociedades patrilocales (n=38) el área prome-
dio del piso es de 28,6 m2 y entre sociedades matrilocales (n=23) fue de 175 m2 (Divale
1974, 1977; Ember 1973; Peregrine 2001). Basado en esta muestra, es posible inferir con
95% de confianza que las áreas de piso arqueológico de 14,5 a 42,7 m2 reflejan residencia
patrilocal mientras que las de 79,2 a 270,8 m2 reflejan una residencia matrilocal. La me-
trica aplica a la arquitectura, más que a unidades domésticas cuyos miembros podrían
estar dispersos en múltiples estructuras (Peregrine y Ember 2002: 358).
Estudios interculturales de 136 sociedades del Atlas Etnográfico (Murdock 1967)
indican que la planta de la arquitectura residencial está asociada con la estructura
familiar y los patrones de matrimonio. Las casas con plantas mayores que 18,5 m2
posiblemente pertenecería a familias extendidas y los ocupantes posiblemente ex-
hibirían diferencias de status, o ambos (Whiting y Ayers 1968). Con una diferencia
significativa (p = 0,025), las casas curvilíneas están más frecuentemente asociadas con
patrones de matrimonio polígamo y las casas rectilíneas están más frecuentemente
asociadas con patrones de matrimonio monógamo (Whiting y Ayers 1968: 130).
La forma de las plantas de la estructura también parece estar correlacionada con
aspectos de patrón de asentamiento, tamaño de la comunidad, y prácticas económi-
cas. La investigación comparativa de cincuenta sociedades del Atlas Etnográfico (Mur-
dock 1967) encontró que las estructuras con plantas circulares estuvieron fuertemen-
te correlacionadas con patrones de asentamiento móviles (p < 0,001) y las estructuras
con plantas rectangulares estuvieron significativamente correlacionadas con asenta-
mientos permanentes o sedentarios (p < 0,001) (Robbins 1966). Esta misma investiga-
ción también se encontró que las plantas circulares estuvieron correlacionadas con
comunidades pequeñas (p < 0,05) y las plantas rectangulares estuvieron correlacio-
nadas con comunidades grandes (p < 0,05). Además, plantas circulares estuvieron co-
rrelacionadas con la ausencia o práctica casual de agricultura (p < 0,001) y las plantas
rectangulares estuvieron correlacionadas con agricultura intensiva (p < 0,001).
Entre los forrajeros y productores de alimentos de bajo nivel, la configuración
de las estructuras dentro de un asentamiento está relacionada con los patrones de
parentesco, matrimonio, el compartir, y posiblemente amenazas externas. Cuando el
terreno no condiciona fuertemente el diseño de la comunidad, “existe una fuerte ten-
dencia para que la forma del asentamiento corresponda a la forma de la vivienda” (Whiting y
Ayers 1968: 126). Aún asi, los elementos de la estructura social están reflejados en el
espaciamiento entre estructuras. Entre los Alyawara de Australia, los agrupamientos
de asentamientos y agrupamientos de viviendas individuales dentro del asentamien-
to reflejan unidades sociales bien definidas (O’Connell 1987: 87). A los Ju’hoansi o
!Kung de Namibia y Botswana, tradicionalmente les ha disgutado vivir en grandes
grupos por las tensiones que emergen en esas congregaciones. De manera que cuan-
do hay grandes concentraciones, las residencias a menudo se fragmentan en grupos
de individuos cercanamente relacionados (Wiessner 2002: 414). Entre los Hadza de
Tanzania, los factores sociales juegan un rol determinante en la ubicación relativa de
las cabañas. La pareja de casados deberá estar localizada de tal manera que la madre
de la esposa estará viviendo, “ni muy cerca ni muy lejos” (Flannery 2002: 420; Woodburn
1972: 197). Entre los !Kung (Gould y Yellen 1987) y los Alyawara (Garget y Hayden
1991), la distancia genética estaba inversamente correlacionada con la distancia en-
tre unidades domésticas, las más cercanas tienden a ser de individuos más cercana-
mente relacionados. Entre los Alyawara, la distancia entre las estructuras también es
un fuerte indicador del compartir entre los ocupantes de esas estructuras (O’Connell
50 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
1987). Los individuos Alyawara comparten habitualmente con sus vecinos más cerca-
nos, especialmente si esos vecinos poseen un parentesco sanguíneo cercano. Como
observa O’Connell (1987): “La relación entre interacción económica y proximidad de la
unidad doméstica es particularmente fuerte para las mujeres adultas; menos fuertes, aunque
muy importantes para los hombres”. En igualdad de condiciones, las amenazas externas
probablemente conducirían al espaciamiento más cercano entre estructuras por pro-
tección y defensa (Binford 1991; Gould y Yellen 1987, 1991).
Las comparaciones interculturales según Gilman (1987) indican que la residencia en
casas semisubterráneas está siempre correlacionada con una estación no tropical de
ocupación, patrones de asentamiento bi-estacionales y dependencia del almacenamien-
to de alimento durante la ocupación de la casa semisubterránea. Además, la residencia
en una casa semisubterránea es frecuentemente, aunque no siempre, correlacionada
con: estación fría de ocupación, en dos tercios de la muestra menos de cien personas
vivieron en un asentamiento, las diferencias de clase estuvieron ausentes en casi todos
los casos, y más de tres cuartos de la muestra fueron cazadores-recolectores. Las estruc-
turas de almacenaje de largo plazo están usualmente fuera de la habitación y las instala-
ciones de almacenaje también pueden ser semisubterráneas (Gilman 1987: 558).
Una amplia gama de actividades tienen lugar dentro de las estructuras domésti-
cas. Entre las principales actividades realizadas están la preparación de alimentos,
consumo, conversación, y descanso. Las dimensiones físicas del cuerpo humano y sus
movimientos pueden ser empleados para crear conjuntos de expectativas de rango
medio sobre cómo el espacio es utilizado. Esas tendencias pueden, luego, ser conside-
radas a la luz de las formas arquitectónicas y la dispersión de desechos para recons-
truir patrones de conducta y realización de actividades. Los patrones de actividad
centrada en el fogón por zonas de desuso, de arrojo y trabajos perpendiculares son
ejemplos ampliamente usados (Binford 1967, 1983; Craig et al. 2006; Freeman 1982;
Gamble 1986; Stevenson 1991). Esos principios pueden servir como puntos de partida
útiles para explorar la realización de las actividades repetidas por los individuos y
cambios en el habitus.
Las posiciones especificas adoptadas del cuerpo cuando se llevan a cabo tareas
constituyen un tipo de costumbre (Kroeber 1925) o habitus (Mauss 1973) que pue-
den formar bloques extendidos de tradición postural (Hewes 1955) y, de este modo,
pueden servir como un criterio para la reconstrucción histórica (Boas 1933). Puesto
que ellas son costumbres que son reproducidas a través del aprendizaje observacio-
nal y debido al hecho que la aprobación social puede ser reforzada por el ridículo,
los habitus posturales pueden permanecer estables por largos períodos de tiempo
(Boas 1933). Sin embargo, los habitus posturales también pueden cambiar muy rápido
(Mauss 1973). Esto puede ser estimulado por la adopción de nueva tecnología como
molienda, textilería, etc. (Hewes 1955) lo cual es valorado por razones sociales y/o
económicas. Los cambios en la presencia y configuración de mobiliario, dispersión de
escombros, y vacios en la arquitectura residencial reflejan alteraciones en la práctica
doméstica y el habitus. Por ejemplo, entre los !Kung y los Aborígenes del Desierto, un
aumento en la distancia entre fogones se dio al mismo tiempo que un aumento consi-
derable en la dependencia de animales domesticados (Gould y Yellen 1987).
51 / Nathan Craig
Tipo de Punta
Diag (S/N)
Cantidad
Rango de
Forma Período Materiales
tiempo
Todas de
1A Diamantada/Foliada S 9500-6900 a.C. Arcaico Temprano 1
basalto
Todas de
2C Pentagonal S 6900-4900 a.C. Arcaico Medio 4
basalto
1 de andesita,
Foliáceas de caras
6 de basalto, 4
3D contraidas a paralelas sin N 9500-3100 a.C. Todo el Arcaico 12
de sílex, 1 de
modificación del borde
riolita
20 de basalto, 3
Formas lanceoladas con de riolita, 2 de
3F S 4900-3100 a.C. Arcaico Tardío 29
base cóncava cuarcita, 4 de
sílex
Formas pequeñas
Arcaico Tardío hasta 1 de basalto, 1
4F pedunculadas con mangos S 3800-1900 a.C. 2
el Terminal de sílex
de lados paralelos
Formas triangulares
3100 a.C. - Arcaico Terminal
5C grandes con bases S 1 Basalto
500 d.C. hasta el Formativo
concavas
Formas triangulares
5D pequeñas con bases 1 Basalto
cóncavas
Tipo de Punta
Diag (S/N)
Cantidad
Rango de
Forma Período Materiales
tiempo
terrados se han acumulado sobre varias de las elevaciones de la región. Por lo tanto,
esos contextos no pueden ser enteramente causa de la erosión.
En la actualidad, la tierra se acumula en la base de los amontonamientos de hier-
bas como el ichu (Stipa ichu) y el iru (Stipa leptostachya). Es extremadamente difícil
preveer cómo las antiguas coberturas de plantas podrían haber impactado el con-
texto deposicional de esos rasgos geológicos. Aun asi, previamente al desarrollo del
pastoreo, se esperaría una cobertura de plantas más extensa para esta región (Craig
et al. 2009), y esta habría conducido a una mayor protección de las fuerzas erosivas
como el viento o la lluvia. Sin embargo, se esperaría que durante períodos de ocupa-
ción humana de esas elevaciones, gran parte de la vegetación habría servico como
materiales de construcción o combustible para quemar (Craig et al. 2009). Hacia el
advenimiento del pastoreo extendido, debió prevalecer la cobertura de vegetación
moderna. De hecho, en los Andes, la tracción animal y el arado mecanizado son pro-
bablemente los causantes de los mayores cambios en el paisaje, incrementando los
índices de erosion del suelo, que han tomado lugar desde la adopción generalizada
del pastoreo o la andenería.
Con respecto a las pequeñas elevaciones en la cuenca del río Ilave, una compa-
ración de las superficies e inspección de varios perfiles producidos por el arado re-
ciente, muestra que la deposición de sedimentos ha sido mayor en esas elevaciones
que fueron ocupadas en el pasado. Además, esas elevaciones que fueron ocupadas
largamente parecen tener un depósito más grueso de tierra en la parte superior. Este
patrón de depósitos de tierra más profundos en la cima de las elevaciones ocupadas
sugiere que la habitación humana es uno de los agentes de la deposición de tierra. Por
ejemplo, la tierra se acumula rápidamente dentro de los corrales. Sugerimos que en
la región existe un importante potencial para deposición de tierra por acción eólica
alrededor de cualquier objeto grande que esté localizado en la cima de una de las
muchas elevaciones en la región.
Durante la excavación, el viento depositó rápidamente la tierra alrededor de los
baldes, mochilas, cajas, y otros objetos mucho mas rápido que sí no hubieran existi-
do obstáculos. En ausencia de obstrucciones, el viento continuaría llevado solamen-
te partículas de tierra. Pese a todo, la tierra se acumula rápidamente alrededor de
edificios y afuera de los corrales. El proceso de pisoteo, entonces, compactaría los
sedimentos transportados por el viento. El depósito llevado por el viento alrededor
del ambiente construido parece ser la forma más importante de deposición sobre las
elevaciones y parece explicar las diferencias en el espesor de la tierra entre esas que
estuvieron ocupadas y las que no lo estuvieron.
2). Un entierro fue encontrado en la trinchera 3. Los restos humanos estuvieron alta-
mente erosionados y ningún artefacto asociado a estos fue hallado. Como muestra la
Figura 2, el depósito en la trinchera 3 nunca alcanzó una profundidad mayor de unos
30 cm. El color de la tierra no varió en mucho grado. Los lentes orgánicos no fueron
excepcionalmente oscuros ni ricos. Las capas de tierra en Pirco fueron mucho más
gruesas que las de Jiskairumoko.
Figura 1. Mapa mostrando el relieve topográfico y los bloques de excavación del sitio
169, Pirco. Figura adaptada de Craig (2005: 398).
57 / Nathan Craig
Figura 2. Sitio 169, Pirco, Trinchera 3, perfil de la pared este, mostrando las características
del suelo. Los puntos pequeños representan granos individuales de grava que son visibles
en el perfil. Figura adaptada de Craig (2005: 412).
La capa superior en Pirco consistió de una zona arada disturbada de 9 cm de
profundidad que había sido causada por la actividad agrícola moderna. Debajo de
este estrato, en la trinchera 3, sutiles variaciones en el color de la tierra, textura y
compactación llegaron a ser más evidentes (Figura 3). El estrato 2, y los 4-6 repre-
sentan los restos de la planta de una posible estructura. Los estratos 3 y 8 son depó-
sitos de relleno en algún tipo de pozo pequeño. El pozo no contiene carbón, rocas o
algún otro objeto visible que ayudara a determinar su función. Aún asi, los límites
del pozo fueron más fácilmente reconocibles que la textura granulosa más fina del
relleno del pozo. El estrato 14 es un lente orgánico ceniciento que está asociado con
la ocupación de una de las estructuras efímeras representadas por el estrato 2 y los
4-6. Los estratos 7, 11, 12 y 15 son estratos bien ordenados de arena de grano medio
con grava. Basándose en el redondeo de los granos en este estrato, esos depósitos
parecen haber sido transportados por el agua.
N.T. Cuando el autor usa la palabra “palimpsesto” se refiere a aquella superficie de ocupación que
todavía conserva huellas de otra anterior en la misma superficie pero borrada expresamente
para dar lugar a la que ahora existe.
58 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Figura 3. Sitio 169, Pirco. Trinchera 3 mostrando el pozo de entierro y los restos
de estructuras efímeras. Figura adaptada de Craig (2005: 533).
nes naturales que pudiesen ayudar a aislar y definir cada uno de los diferentes estratos
culturales. En cambio, la estratigrafía está altamente comprimida y una capa cultural,
a menudo, es directamente interface de otra. Aun así, aunque Jiskairumoko es poco pro-
fundo y palimpsesto, el sitio proporciona una oportunidad para examinar cambios de
unidades domésticas durante los períodos Arcaico Tardío, Arcaico Terminal y Formati-
vo Temprano. En el sitio, las diferencias arquitectónicas y artefactuales permitieron la
definición de cinco principales períodos de ocupación:
59 / Nathan Craig
• Formativo (alterado)
• Formativo Temprano
• Arcaico Terminal: Fase 2
• Arcaico Terminal: Fase 1
• Arcaico Tardío
turas de las Fases 2 y 1 del Arcaico Terminal están excavadas dentro de la capa dura
estéril subyacente. La estructura de la Fase 2 es más grande y no tan profundamente
excavada en la capa dura esteril como las estructuras de las casas semisubterráneas
de la Fase 1. Esto sugiere que la Fase 2 es un período transicional entre las casas se-
misubterráneas y las viviendas sobre la superficie. Retomaré esta cuestión con ma-
yor profundidad más adelante. Los restos de las Fases 1 y 2 del Arcaico Terminal y
del Arcaico Tardío no pueden ser separados estratigráficamente. Esos tres episodios
ocupacionales han sido todos definidos por medio de tendencias en las edades de los
fechados radiocarbónicos asociados.
El perfil este de la Trinchera 5 y Bloque 9 proporciona un buen ejemplo de las re-
laciones estratigráficas generales observadas en Jiskairumoko (Figura 5). La profundi-
dad máxima del depósito en este perfil este es 51 cm. Hacia el extremo izquierdo de
la Figura 5, uno puede observar las unidades estratigráficas 8-12. Estas representan
una serie de eventos de reconstrucción de pisos preparados del Formativo Temprano.
La estructura del Formativo Temprano fue expuesta en la excavación del Bloque 6, y
está representada en mayor detalle en la Figura 6. La casa semisubterránea del Arcaico
Tardío fue encontrada en el Bloque 9. La estructura fue excavada en la matriz de una
capa dura estéril que es la Unidad Estratigráfica 6. Un pequeño lente de la Unidad Es-
tratigráfica 6 se extiende debajo de las unidades estratigráficas 8-12 el cual compone el
suelo preparado del Formativo Temprano y eventos palimpsestos de reconstrucción.
El componente Formativo de la ocupación se extiende sobre toda la extensión del
sitio y fue encontrado en los Niveles I y II de todas las unidades de excavación, blo-
ques, o trincheras. Con la excepción de unos cuantos hoyos de fogones intrusivos, el
componente Formativo estaba restringido al horizonte removido por el arado. Debi-
do a la naturaleza disturbada del estrato superior, no se ofrecerá discusión adicional
de la ocupación Formativa.
Los componentes del Formativo Temprano consisten de paquetes de limos arci-
llosos duros o pisos preparados apisonados que en los Bloques 4 y 6, fueron encontra-
dos inmediatamente debajo de la zona arada lo cual corresponde a los Niveles III-V.
La ocupación Formativa Temprana es la más superior estratigráficamente de las ca-
pas intactas de Jiskairumoko. Las exposiciones horizontales en los Bloques 4 y 6 y el
examen de los perfiles del Bloque 6 y el perfil este de la Trinchera 5 revelan que la
estructuras rectangulares con pisos preparados del Formativo Temprano fueron re-
construidas repetidamente durante su período de ocupación (Figura 6). La estructura
rectangular en el Bloque 6 fue reconstruida durante al menos cuatro episodios.
Una ocupación estratigráficamente inferior de una casa semisubterránea fue re-
velada en el Bloque 7, y esta ha sido denominada Fase 2 del Arcaico Terminal. La
estructura está excavada en el suelo y es denominada Estructura Semisubterránea
1. La inspección del perfil sur del Bloque 7 revela que la Estructura Semisubterránea
1 de la Fase 2 fue excavada en la superficie del suelo sobre la cual se construyó la
estructura del piso preparado del Formativo Temprano (Figura 7). Esto refuerza la
interpretación que los pisos preparados ocurren más tarde que algunas de las casas
semisubterráneas.
61 / Nathan Craig
Figura 5. Perfil estratigráfico de la pared este del Bloque 9 y Trinchera 5. Los límites de la
estructura de piso preparado del Formativo Temprano pueden ser vistos en el primer metro del
perfil. Figura adaptada de Craig (2005: 417).
Figura 7. Perfil sur del Bloque 7. Figura adaptada de Craig (2005: 421).
Un componente más temprano del Arcaico Terminal Fase 1 fue encontrado en los
Bloques 1, 3, 8 y 11. Esta fase ocupacional está representada por una serie de casas se-
misubterráneas que estuvieron más profundamente excavadas que la estructura de la
Fase 2 (Figura 8). Cada uno de los bloques de excavación que mostraron las estructuras
de la Fase 1 estaban localizados en la porción sur del sitio. Esto hace difícil la compara-
ción directa de las estructuras de la Fase 2 con las de la Fase 1. Sin embargo, múltiples
fechas de radiocarbón indican que las casas semisubterráneas de la Fase 1, excavadas
profundamente, son más tempranas que la estructura semisubterránea de la Fase 2.
Una sola casa semisubterránea del Arcaico Tardío fue expuesta en el Bloque 9.
Esta estructura se excavó dentro de la misma capa dura estéril subyacente como las
estructuras de la Fase 1 y Fase 2 del Arcaico Terminal. Interesantemente, la posición
espacial de la estructura del Arcaico Tardío es congruente con el diseño de las casas
semisubterráneas de la Fase 1 del Arcaico Terminal. Esas estructuras juntas forman
el trazado de una “aldea” circular similar, en algunos aspectos, al patrón descrito por
Yellen (1977) (Figura 8). Sin embargo, también hay algunas diferencias importantes
que serán discutidas posteriormente. La estructura del Arcaico Tardío parece haber
sido reconstruida durante su ocupación, y la acumulación de basura dentro de esta
estructura no es totalmente desecho secundario. Esta también incluye varios hogares
efímeros que posiblemente constituyen desecho primario. Sugiero que la estructura
del Arcaico Tardío permaneció en uso durante el Arcaico Terminal.
Aunque puntas de proyectil del Arcaico Medio y Temprano fueron recuperadas
durante las recolecciones de superficie, no existe evidencia clara procedente de la ex-
cavación que revele arquitectura residencial que preceda al Arcaico Tardío. Los dese-
chos ocupacionales más tempranos sin duda no están presentes, aunque los restos o
son efímeros o no fácilmente reconocibles. Es altamente probable que muchos de los
pequeños pozos encontrados en los niveles basales de los bloques y trincheras de ex-
cavación representen actividades que tomaron lugar previamente al Arcaico Tardío.
Desafortunadamente, ninguno de esos pozos contuvo carbones que proporcionasen
esos rasgos imposibles de fechar por medios convencionales.
Código
Años 14C
Cal ACE
S Cal ±
Prob.
Sup.
13C
Inf.
Prodecencia
S±
Proced.
B1 Nivel IIIa-2.
AA36819 q25aF8iiia-2 3411 51 -25 1693 46 1784 1601 0,792 Borde de la Casa
Semisubterránea 2
B1 Nivel IIIb.
AA36814 q23bF5iiib 3838 75 -20.5 2296 89 2473 2119 0,951 Borde de la Casa
Semisubterránea 2
B1 Nivel IIIc.
Relleno Secundario
AA36818 2 q 3bF2iiic 3620 48 -25 1975 49 2072 1878 0,844
de la Casa
Semisubterránea 2
B1 Nivel IV-1.
AA36815 2 o 3cB1iv-1 3733 43 -24.6 2118 48 2213 2022 0,888 Entierro
Secundario 2
B1 Nivel IV-1.
AA36817 2 o 4aB2iv-1 4275 46 -23.2 2939 40 3019 2859 0,799 Entierro Primario
1
B2 Nivel III.
AA36816 1 u 4cF2iii 3390 54 -24 1650 63 1776 1524 0,934 Relleno Secundario
del Pozo
65 / Nathan Craig
B2 Nivel V. Horno
AA36820 u13aF6v 3448 47 -24.6 1781 51 1883 1679 0,944
de Pozo Externo 2
B3 Nivel IV.
Relleno Secundario
AA43380 w34c2iv 3214 50 -21.9 1507 54 1615 1399 1
de la Casa
Semisubterránea 3
B3 Nivel IV.
Relleno Secundario
AA43381 x36b2iv 3299 42 -23.2 1590 48 1686 1494 0,982
de la Casa
Semisubterránea 3
B3 Nivel IX.
Basural fuera
AA43373 z34c4ix 3378 46 -23.6 1550 58 1754 1524 0,982
de la Casa
Semisubterránea 3
B3 Nivel IX.
AA43382 6x3 dix 3382 48 -23.6 1647 62 1770 1524 0,981 Fogón en la Casa
Semisubterránea 3
B3 Nivel IX.
AA43383 x36dix2 3448 44 -24.4 1757 39 1834 1680 0,749 Fogón en la Casa
Semisubterránea 3
B4 Nivel VIII.
AA43376 jj22b6viii 3330 45 -23.8 1605 44 1693 1517 0,953
Basural ceniciento
B4 Nivel VIII.
AA43375 2ii 2c9viii 3401 45 -22.6 1689 45 1778 1600 0.858
Fogón
B4 Nivel III-2.
Beta- Basural afuera
gg 19aiii-2 3410 60 -24.3 1715 58 1830 1599 0,81
97320 de la Estructura
Rectangular 1
B7 Nivel II.
AA43379 rr26d3ii 4547 95 -26.7 3264 128 3519 3008 0,956 Estructura
Semisubterránea 1
B7 Nivel IV.
AA45952 qq25d2iv 3235 58 -23 1522 58 1638 1405 0,975 Estructura
Semisubterránea 1
AA36812 n2460aii 4726 44 -25 3593 22 3636 3549 0,4 Zona arada
B8 Nivel
IIIc. Rellleno
AA43372 q21b2iiic 3428 63 -23.2 1742 71 1884 1600 0,95 Secundario
en la Casa
Semisubterránea 2
B8 Nivel IV.
AA43377 o22c5iv 3341 45 -21.9 1607 44 1694 1520 0,929 Entierro
Secundario 3
B8 Nivel IV.
AA43374 o22c5iv2 3450 45 -24.5 1782 51 1883 1680 0,96 Entierro
Secundario 3
B9 Nivel XII.
AA58476 y27d11xii 4562 73 -24 3232 78 3385 3078 0,79 Fogón en la Casa
Semisubterránea 1
B 11 Nivel
AA45951 u25b12x 3573 50 -23.6 1901 67 2035 1766 0,98 X. Entierro
Secundario 4
abarca desde tan temprano como 3385 cal. a.C. a tan tarde como 1766 cal. a.C. lo cual
define un lapso temporal de cerca de 1600 años. Sin embargo, varios de los fechados
del Grupo 1 no se solapan a 2 sigmas. El valor medio para los fechados del Grupo 1
abarca desde tan temprano como 3232 cal. a.C. a tan tarde como 1901 cal. a.C. Esto
representa un arco temporal de cerca de 1300 años. Los fechados del Grupo 1 fueron
recuperados de los siguientes contextos:
• Fogón central de la Casa Semisubterránea 1 del Arcaico Tardío: Bloque 9.
• Entierro Primario 1: Bloque 1.
• Matriz manchada de basura cercano al Horno de Pozo Externo 2: Bloque 2.
• Borde de la Casa Semisubterránea 2: Bloque 1.
• Entierro Secundario 1: Bloque 1.
• Relleno Secundario de la Casa Semisubterránea 2: Bloque 1.
• Entierro Secundario 4: Bloque 11.
El Grupo 2 constituye el 56% (14 de 25) de los fechados de radiocarbono proce-
dentes de contextos seguros. Todos los fechados en este grupo se solapan a 2 sigmas.
Los 14 fechados que comprenden el Grupo 2 representan un período de aproximada-
mente ca. 1700-1400 cal. a.C. que abarca alrededor de 300 años. Comparado al Grupo
1, el Grupo 2 representa un mayor número de fechados pero un lapso más restringido
de tiempo. Esto posiblemente refleja un uso intensificado del sitio. Los fechados del
Grupo 2 fueron recuperados de los siguientes contextos:
• Entierro Secundario 2: Bloque 8.
• Horno de Pozo Externo 2: Bloque 2.
• Fogón Central en la Casa Semisubterránea 3: Bloque 3.
• Relleno Secundario de la Casa Semisubterránea 2: Bloque 8.
• Basural Afuera de la Estructura Rectangular 1: Bloque 4.
• Borde de la Casa Semisubterránea 2: Bloque 1.
• Fogón: Bloque 4.
• Relleno Secundario de pozo: Bloque 2.
• Fogón Central: Casa Semisubterránea 3.
• Basural Ceniciento: Bloque 4.
• Basural Afuera de la Casa Semisubterránea 2: Bloque 3.
• Entierro Secundario 2: Bloque 8.
• Relleno Secundario de la Casa Semisubterránea 3: Bloque 3.
• Estructura Semisubterránea 1: Bloque 7.
El Grupo 3 constituye el 12 % (3 de 25) de los fechados de radiocarbono proce-
dentes de contextos seguros. Todos los fechados del Grupo 3 tienen extensiones 2 de
sigmas que se solapan. Algunos de los fechados del Grupo 3 se solapan con algunos
pero con todos los fechados del Grupo 2. La ausencia de solapamiento completo con
68 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
• Basural: Bloque 4.
• Relleno Secundario de la Casa Semisubterránea 3: Bloque 3.
• Fogón Central en la Estructura SemiSubterránea 1: Bloque 7.
Considerando los tres grupos de fechados, la redundancia ocupacional fue relati-
vamente moderada de ca. 3300 a 1800 cal. a.C. Los fechados sugieren que alrededor
de ca. 1800 cal a.C., las conductas de redundancia ocupacional y la producción de de-
secho se incrementaron claramente. El sitio parece haber sido abandonado en gran
parte alrededor de ca. 1400 cal. a.C.
Figura 10. Perfil de la línea escaneada del GPR que ilustra la anomalía que corresponde
a la Casa Semisubterránea 1. Las líneas verticales claras ilustran los límites de la casa
semisubterránea. Figura adaptada de Craig (2005: 550).
Una muestra de carbón que fue fechada en 3232 cal. a.C. fue recuperada de debajo
de una de las rocas que formaron el interior bien construido del fogón central de
la estructura. Este fechado ubica la ocupación temprana de la estructura dentro del
final del Arcaico Tardío. Sin embargo, los contenidos de la Casa Semisubterránea 1
indican que esta fue usada a través del tiempo y su uso, probablemente, se extendió
bien adentro del Arcaico Terminal.
La Casa Semisubterránea 1 se encuentra entre las casas semisubterráneas 2 y 3 de tal
manera que la Casa Semisubterránea 2 está al suroeste y la Casa Semisubterránea 3 está
hacia el noreste (Figura 8). La Casa Semisubterránea 1 del Arcaico Tardío es considera-
blemente más grande que la casa semisubterránea de la Fase 1 del Arcaico Terminal.
70 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Figura 11. Bloque 9 Casa Semisubterránea 1. El borde interior bien definido de la estructura está
representado por una línea discontínua blanca. Un borde externo de la estructura fue encontrado
por la excavación de una pequeña trinchera en el margen oeste de la estructura. Este margen
externo está representado por una línea discontínua oscura. Figura adaptada de Craig (2005: 563).
Figura 13. Fotomosaico del fogón central de la Casa Semisubterránea 1 Nivel XIV.
El panel superior muestra una vista del fogón en un contexto espacial más amplio
mientras que el panel inferior muestra el fogón asociado a la dispersión de ocre y
otros artefactos. Fotos de Nathan Craig; Figura adaptada de Craig (2005: 566).
73 / Nathan Craig
piedras para moler, muchas de estas piezas muestran signos de huellas de uso muy
fuertes, una de las piezas, de instrumento lítico para moler, muestra posibles residuos
de arcilla (Rumold 2002) y, por lo tanto, fue probablemente usado en la molienda de
arcilla. Aunque la Casa Semisubterránea 1 no ofreció ninguna evidencia de cerámica
en forma de vasijas, es interesante notar que el fogón central estaba delimitado por
arcilla cocida.
Figura 15. Mapa mostrando la organización espacial de los restos mortuorios y estructurales junto con los fechados radiocarbónicos obtenidos
de esos contextos. La asociación del Entierro 1 del Arcaico Tardío con los Entierros 1 y 2 de la Fase 1 del Arcaico Terminal y la Casa Subterránea
2 indica una ocupación congruente de Jiskairumoko abarcando la transición Arcaico Tardío-Terminal. Figura adaptada de Craig (2005: 576).
77 / Nathan Craig
Figura 18. El panel superior muestra el Entierro 2 en relación al Entierro 1 y la Casa Semisubterránea
2. El panel inferior muestra un detalle del Entierro 2. Figura adaptada de Craig (2005: 588).
80 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Casa Semisubterránea 3
La Casa Semisubterránea 3 fue descubierta mediante la excavación del Bloque 3 el
cual fue llevado a cabo para comprobar una anomalía en la superficie identificada por
medio de magnetometría (Figura 21). La estructura fue excavada durante la tempora-
da de excavación del 2000. La Casa Semisubterránea 3 es la más oriental de este tipo
de estructuras (Figura 8).
La Casa Semisubterránea 3 tenía un solo fogón interno bien formado que está
construido con alrededor de diez piedras acomodadas en forma de un anillo. Un solo
artefacto de piedra tallada fue encontrado dentro del contenido del fogón. El instru-
mento es una punta de proyectil de calcedonia Tipo 5B, aunque es un ejemplo muy
grande de este tipo. El análisis de flotación de las muestras de tierra recuperadas del
fogón central de la Casa Semisubterránea 3 reveló la presencia de semillas de chenopo-
dium (Eisentraut 2002), cuyo análisis de microscopía electrónica de barrido demostró
que eran formas domesticadas (Murray 2005).
Figura 22. Entierro 4 representado en varios niveles que ilustran la organización espacial
del enterramiento y el pozo en el que los restos humanos fueron encontrados. Figura
adaptada de Craig (2005: 606)
86 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
del Arcaico Tardío Terminal (Figura 8). Creo que el Horno de Pozo 1 es un área de acti-
vidad externa que está asociada con la ocupación de una de las Casas Semisubterráneas.
El Horno de Pozo 1 tiene 2,68 m de perímetro, 0,55 m2 de área, 0,11 m de profundidad, y
tiene un volumen estimado de 190 L. Tres lentes orgánicos están asociados con el Horno
de Pozo 1 y están probablemente relacionados con el uso del rasgo. Ninguna estructura
o depósito de basura fueron encontrados en el Bloque 10.
Instrumentos de piedra trabajada fueron recuperados en los Niveles II y IIa. Dos
puntas de proyectil del Tipo 4F fueron recuperadas del Bloque 10. Estos artefactos su-
gieren el uso del rasgo en algún momento durante el Arcaico Tardío-Terminal, y esta
interpretación es consistente con los fechados radiocarbónicos del Horno de Pozo
Externo 2. Tres instrumentos de raspado fueron recuperados del Nivel III del Horno
de Pozo Externo 1. Dada la forma de construcción del Horno de Pozo Externo 1 esta
fue probablemente para cocer raíces que contenían almidón o tubérculos (Wandsni-
der 1997). Dos artefactos líticos para moler fueron recuperados del Bloque 10. Ambos
fueron pequeños guijarros pulidos. Es altamente probable que estos instrumentos
fueran usados para el procesamiento de alimentos (Rumold 2002). Nueve elementos
de fauna fueron recuperados del Bloque 10: 7 no identificados y 2 restos de camélido
que son probablemente de un solo individuo.
este modo ellos dejaron restos del fogón central más temprano de la vivienda. Hacia
el fin de la vida útil de la Estructura Semisubterránea 1, el fogón central también pa-
rece haber caído en desuso.
Creo que la piedra de cocina fue introducida dentro de la Estructura Semisubte-
rránea 1, aproximadamente al mismo tiempo que el fogón central y el pozo de al-
macenaje interno cayeran en desuso. Dentro de la Estructura Semisubterránea 1, la
superficie palimpsesto superior de ocupación no muestra evidencia del uso del fogón
central ni del gran pozo de almacenaje interno. Sin embargo, en esta superficie final
de ocupacion palimpsesto, había un patrón coordenado de lentes asociados con la
piedra de cocina.
El fogón central de la casa tiene 0,98 m de perímetro y 0,08 m2 de área. El gran
pozo de almacenamiento tiene un perímetro estimado de 4,6 m, área de 1,58 m2 y un
volumen de 18 L. Los límites de este pozo son primero visibles en el Nivel VII, pero los
bordes no estuvieron bien definidos hasta el Nivel IX, momento en el cual, la mayoría
de las dispersiones de desechos de trabajo presentes en los niveles superiores habían
desaparecido, probablemente debido a la limpieza de las superficies.
El Bloque 7 formó la exposición continua más grande por excavación en Jiskairu-
moko, y esto permitió una evaluación cuidadosa de los rasgos externos relacionados
con la ocupación de la Estructura Semisubterránea 1. Tres grandes fogones hechos
sobre la superficie fueron encontrados al noroeste de la Estructura Semisubterrá-
nea 1. Un gran fogón hecho en una superficie manchada con materia orgánica fue
encontrado directamente al norte de la Estructura Semisubterránea 1. Estos rasgos
de fogones en superficie son probablemente áreas de cocina externa o de procesa-
miento térmico. Una serie de tres rasgos circulares de arena fueron encontrados al
noreste de la Estructura Semisubterránea 1. Mi impresión inicial fue que eran rasgos
de depósitos. Sin embargo, excavando uno de los rasgos se reveló que este tenía 50 cm
de profundidad y estaba rellenado con tierra, compactada fuertemente, que carecía
de restos orgánicos y sin artefactos presentes. La función de los restos de los rasgos
circulares es un enigma.
En el Nivel II, un único disco de oro y aleación de cobre fue recuperado del Blo-
que 7 (Figura 27). El hecho que este objeto es una aleación, mientras que todos los
otros artefactos de Jiskairumoko fueron de oro solido martillado en frío, sugiere que
este objeto es probablemente de origen Formativo. También del Nivel II, una efigie
hecha de hueso fue recuperada (Figura 28). La efigie probablemente representa un
camélido, pero el estilo de la representación es diferente de la efigie recuperada en
asociación con el Entierro 1. Dado que el Nivel II está mezclado por el arado, es difícil
asociar estos objetos con una ocupación específica.
Los niveles ocupacionales de la Estructura Semisubterránea 1 produjeron 11 pun-
tas de proyectil. Una punta de tipo 5D hecha de obsidiana y otra de sílex fueron recu-
peradas del Nivel VIII. Una punta de proyectil tipo 5B hecha de obsidiana, una tipo 5D,
y dos puntas tipo 4F, como también tres bifaces aserrados, un raspador, una escofina
de plantas y una pieza con el borde modificado fueron recuperados del Nivel VII. Una
94 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Figura 30. Bloque 4 Nivel VIII mostrando los rasgos de pequeños fogones encontrados
debajo de la Estructura Rectangular 1. Figura adaptada de Craig (2005: 643).
Los rangos temporales que se solapan abarcan de 1686 a 1601 cal. a.C. Dado esto, su-
giero que la Estructura Rectangular 1 no fue construida mucho antes de ca. 1650 cal.
a.C.
modo, es difícil hacer una afirmación definitiva relacionada con el tamaño de la planta
de la vivienda. Los límites de la Estructura Rectangular 1 fueron más claros en el Nivel
IV. Esta configuración probablemente representa la fase final de la reconstrucción
de la estructura. En este nivel, la estructura tenía un perímetro de 12,95 m y un área
de 9,85 m2. Los bordes del piso fueron delineados con piedras. No había evidencia de
deshecho de muro. Esto sugiere que la estructura estaba probablemente rodeada por
cuero o maleza más que con adobe o barro. Es sorprendente que hoyos de poste no
fueran encontrados en los márgenes de la estructura, aunque los bordes de la planta
estuvieron bien definidos, lo cual indica que el espacio estaba rodeado por paredes.
El piso de la estructura es una superficie preparada relativamente plana. El es-
pesor de la capa preparada fue de aproximadamente 10 cm, pero este espesor varió
a lo largo de la extensión del piso. El piso estaba compuesto de una capa relativa-
mente más gruesa de tierra blanca que subyace a una superficie de tierra granulosa
relativamente más fina que estaba fuertemente compactada, manchada por materia
orgánica, y en algunos casos quemado. El piso fue reconstruido más de una vez du-
rante el lapso de la ocupación de la Estructura Rectangular 1. No queda claro cuántos
episodios de reconstrucción tomaron lugar, aunque probablemente hubo al menos
tres de ellas.
Una piedra de cocina fue localizada en la esquina suroeste de la Estructura Rec-
tangular 1. Había un fogón profundamente excavado en la tierra que fue ubicado a
lo largo del margen este de la Estructura Rectangular 1. Este fogón no parece estar
completamente dentro de la estructura, sino que está, más bien localizado a lo largo
del margen de la planta de la estructura. Este fogón tenía un perímetro de 1,53 m y un
área de 0,18 m2. El fogón fue visible primero en el Nivel V y el rasgo persistió a través
del Nivel VIII donde la base fue encontrada. Aunque el fogón no está delineado por
rocas “per se”, se encontraron piedras quemadas dentro de los límites del fogón.
Inmediatamente al oeste de la Estructura Rectangular 1 hay un basural extrema-
damente suelto que exhibe manchas de restos orgánicos muy fuertes. Este basural
fue el menos compactado y tenía un mayor oscurecimiento por materia orgánica que
cualquiera de los rasgos en Jiskairumoko. Por alguna razón, el rasgo nunca fue com-
pactado por pisoteo. Este hecho es intrigante dado que el piso inmediatamente ad-
yacente a este basural está fuertemente compactado. Casi no existía tráfico peatonal
justamente fuera del límite oeste de la Estructura Rectangular 1. Así, la entrada y la
salida de la Estructura Rectangular 1 deben haber sido hacia el este, probablemente
cerca a la ubicación del fogón delineado por rocas. Hacia el noreste de la Estructura
Rectangular 1, hay una gran mancha de ocre (Figura 29: KK24 y Figura 31) que, en el
Bloque 6, está asociado con un alineamiento de rocas alteradas por el fuego y frag-
mentos de instrumentos líticos de molienda. Este mismo complejo del lente de ocre
y artefactos se extiende hacia las porciones oeste del adyacente Bloque 6 el cual está
inmediatamente al este del Bloque 4.
En los Niveles IV y V, en asociación con la Estructura Rectangular 1, varios instru-
mentos de obsidiana fueron recuperados. No se recuperaron instrumentos de piedra
tallada directamente del interior de la Estructura Rectangular 1. Solamente fuera de
98 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Figura 31. Perfil de la pared este del Bloque 4 mostrando el lente de ocre localizado al
este de la Estructura Rectangular 1. Este lente de ocre se extiende hacia el este dentro del
Bloque 6. Figura adaptada de Craig (2005: 645).
la estructura en el Nivel IV, dos puntas de proyectil tipo 5D, una hecha de obsidiana,
una punta de proyectil tipo 3D, una escofina de sílex y dos grandes bifaces de sílex ro-
tos fueron recuperados. Afuera de la estructura, en el Nivel V, una punta de proyectil
tipo 5D, un bifaz de obsidiana, una escofina de plantas de sílex y un bifaz sin acabar
fueron recuperados. En el rasgo del lente de ocre, en el Nivel IV, una punta de proyec-
til de obsidiana tipo 5D, una punta de proyectil de sílex negro tipo 5D, dos puntas de
proyectil de sílex tipo 5D, y un bifaz de calcedonia fueron recuperados. En el Nivel V,
de este mismo rasgo, un bifaz de obsidiana, una punta de proyectil de calcedonia tipo
4F, una punta de proyectil de calcedonia tipo 5D, una punta de proyectil tipo 5D que
estaba fuertemente quemada, dos escofinas aserradas, dos bifaces rojos y un bifaz de
calcedonia fueron identificados.
Figura 33. Disco de oro martillado en frío recuperado de la Unidad KK26 Quad D del
Nivel IV en el borde de la Estructura Rectangular 2. La imagen en la izquierda muestra
la superficie cóncava y la imagen en la derecha muestra la superficie convexa. Tenga
en cuenta las piezas de oro, dobladas y separados, a lo largo del margen del artefacto.
Foto de Mark Aldenderfer. Figura adaptada de Craig (2005: 662).
objeto fue construido de dos piezas de oro que fueron martilladas juntas. El espesor
del artefacto se estrecha considerablemente cerca al pequeño agujero en el centro
del disco y, sobre la superficie convexa del artefacto, pueden ser vistas rayas finas
alrededor del agujero.
Catorce puntas de proyectil fueron recuperadas de contextos asociados con la
Estructura Rectangular 2. Solamente ocho de las catorce fueron recuperados del in-
terior de la estructura y una de estas fue una forma diagnóstica. El artefacto es una
punta de proyectil tipo 4F hecha de andesita. Las puntas de proyectil restantes de
dentro de la estructura son todas de los tipos 5B, 5C, o 5D y todas hechas de sílex. Una
escofina para plantas también fue encontrada dentro de la estructura. Cinco puntas
de proyectil fueron recuperadas alrededor del rasgo del lente de ocre: dos puntas tipo
5B, una hecha de obsidiana y la otra de sílex; dos puntas del tipo 5D, una hecha de
obsidiana y una hecha de calcedonia; y una tipo 3F hecha de sílex.
Enterramientos
Los enterramientos fueron encontrados tanto en Pirco (n = 1) como en Jiskairumoko
(n = 5). Todos esos entierros estuvieron asociados con algún tipo de residencia. De esta
forma, en la cuenca del río Ilave, para el Arcaico Tardío, el patrón de enterramiento
de individuos cerca a la arquitectura residencial estaba establecido. En Jiskairumoko,
esta práctica cultural persistió hasta al menos el Formativo Temprano. Ningún ente-
rramiento estuvo asociado con las estructuras del Formativo Temprano.
En algunas sociedades, la muerte de un ocupante resulta en el abandono de esa
estructura (e.g. Burgge 1978: 313; Hrdličha 1975: 21; Malinowski 1966 [1922]: 36; McCo-
lluch 1952: 26; Pennington 1963: 227; Yellen 1977: 78). Sin embargo, en Jiskairumoko,
durante el Arcaico Tardío y Terminal, esto está lejos de ser el caso. Los Entierros 1 al
3 fueron localizados afuera de la Casa Semisubterránea 2 (Figura 15). Los fechados ra-
diocarbónicos de los entierros abarcan de ca. 2900 a 1600 cal. a.C., y los fechados de la
Casa Semisubterránea 2 también abarcan de ca. 2300 a 1700 cal. a.C. De este modo, hay
al menos un largo período de 600 años de solapamiento entre los fechados de los En-
tierros 1 al 3 y la Casa Semisubterránea 2. Este solapamiento temporal entre entierros
y arquitectura residencial indica que la muerte de un ocupante no llevó al abandono
a largo plazo de una vivienda. Por el contrario, varios individuos fueron enterrados
afuera de la estructura durante su tiempo de ocupación. Así, el uso de la estructura y
el entierro de individuos afuera de la estructura continuaron asociados. Aunque los
pozos intrusivos son comunes en Jiskairumoko, no hay pozos de ocupaciones poste-
riores que intruyan dentro de las tumbas afuera de la Casa Semisubterránea 2. Los
entierros no fueron disturbados. Todo esto es más impactante porque los entierros
están localizados entre la Casa Semisubterránea 2 y un área de actividad exterior de
procesamiento de plantas que incluye instrumentos líticos de molienda, semillas de
Chenopodium y manchas de restos orgánicos (Figura 15). Los entierros estuvieron más
claramente localizados dentro de un área de actividad que debe haber sido usada de
una manera regular por los ocupantes de la Casa Semisubterránea 2. El enterramiento
de individuos en asociación con la arquitectura residencial y los espacios de trabajo
fueron parte del esquema materializado objetivamente que contribuyó al estableci-
miento y reproducción de habitus durante el Arcaico Terminal (Bourdieu 1977: 78,
104 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
89-90; Lawrence y Low 1990: 454; Miller 1987: 85; Vellinga 2007: 762). De este modo,
las actividades de los vivos estuvieron inmersas y entrelazadas con los lugares de
descanso de los muertos, prácticas de procesamientos de semillas fueron realizadas
en compañía de los ancestros, y el espacio fue un “teatro de memorias” (Fox 1993: 23;
Vellinga 2007: 758) que abarcó unas veinticinco generaciones de ocupación.
El sexo no pudo ser determinado para el entierro de Pirco. En Jiskairumoko, el
sexo pudo ser determinado solamente para dos de los cinco entierros (Entierros 1 y
3). El Entierro 2 es un adulto y un niño; sospecho que el adulto es probablemente una
mujer. Todos los entierros de Jiskairumoko estuvieron asociados con instrumentos lí-
ticos de moler y alguna forma de piedra tallada (Tabla 5). En Jiskairumoko, el Entierro
4 es el único que está asociado con puntas de proyectil, ambas del tipo 4F, y fueron
realmente recuperadas afuera de la tumba. Así, la asociación entre el Entierro 4 y las
puntas de proyectil no es una muy cercana. Aunque esto no puede ser confirmado en
este momento, sospecho que la mayoría, si no todos, de los individuos adultos ente-
rrados en Jiskairumoko son mujeres.
Interpreto la presencia consistente de instrumentos líticos para moler en las tum-
bas como un reflejo de la valoración de las actividades de molienda, probablemente el
procesamiento de plantas. Veo esta valoración como parte del proceso de un énfasis
creciente en el procesamiento de plantas que estaba tomando lugar en el Arcaico
Terminal. En Jiskairumoko, la piedra tallada estaba presente en las cinco tumbas, y
los útiles estuvieron presentes en o asociados con cuatro de esos enterramientos.
En tres de los casos, los instrumentos fueron raspadores. Sin embargo, instrumen-
tos cortantes y puntas de proyectil también estuvieron presentes. Tres de los cinco
enterramientos incluyeron una efigie de camélido o huesos de camélido como parte
de la tumba, y sospecho que es una valoración del pastoreo de animales. El enterra-
miento de “instrumentos de intercambio”, productos económicos, o símbolos de esos
productos en las tumbas de individuos fallecidos celebra, conmemora y recuerda la
contribución de esos individuos. La celebración de las contribuciones pasadas de los
individuos muertos revaloriza los mismos tipos de contribuciones potenciales entre
los vivos. De esta manera, el depósito de estos “instrumentos de intercambio” con-
memorativos, como parte de la performance de los rituales de enterramiento sirve
para reforzar y reproducir un conjunto de valores para los vivos. En el caso de la Casa
Semisubterránea 2 (Figura 15), esta relación es nuevamente reforzada por el hecho de
que las actividades de procesamiento de plantas estuvieron literalmente llevándose a
cabo encima de las tumbas de los individuos fallecidos quienes fueron enterrados con
equipamiento para la molienda.
Solamente uno de los seis entierros discutidos carece de alguna forma de bienes
funerarios, y este entierro procede de Pirco. Sugiero que Pirco probablemente data
de la primera mitad del Arcaico Tardío. Aunque todos los entierros de Jiskairumoko
estuvieron acompañados de algún tipo de bien funerario, los Entierros 1 y 2 fueron
los únicos asociados con alhajas. En cada uno de los casos las alhajas consistían en
cuentas usadas alrededor del cuello. El Entierro 1, una mujer vieja, está asociado con
cuentas de turquesas mientras que el Entierro 2 está asociado con nueve cuentas de
oro y varias de turquesa. No hay fuentes conocidas de esos materiales que sean veci-
105 / Nathan Craig
nas a Jiskairumoko. De este modo, es probable que los materiales para las cuentas fue-
ron transportados desde distancias bastante largas, y la naturaleza no local de esos
materiales posiblemente aumentó su valor social (Malinowski 1966 [1922]; Sahlins
1981 [1972]). Los Entierros 3, 4 y 5 de Jiskairumoko muestran que otros individuos no
fueron enterrados con items de lujo equivalentes, aunque bienes funerarios de algu-
na clase fueron depositados durante el proceso de enterramiento. Así, en la cuenca
del río Ilave, hacia el fin del Arcaico Tardío, un patrón de entierro de individuos con
bienes funerarios estaba establecido. Este patrón se mantuvo hasta, al menos, el For-
mativo Temprano. El Entierro 1 indica que el proceso de diferenciación social, mate-
rializado en la forma de artículos brillantes de lujo no locales, comenzó durante el fin
del Arcaico Tardío. El Entierro 2 sugiere una intensificación de este proceso durante
el Arcaico Terminal.
Entierro
Instrumentos
Bienes funerarios Huesos de
líticos de Piedra tallada Ocre
especiales camélido
molienda
Instrumentos
Efigie de camélido, Oeste del cortantes, Presente como
1 Ausente
cuentas de turquesa cuerpo bifaces, y efigie
raspadores
Cuentas de oro y Encima de la
2 Raspador Ausente Ausente
turquesa cabeza
Encima del Bifaz y
3 Presente Presente
torso raspador
Bifaz y puntas
Múltiples
4 de proyectil Presente Presente
fragmentos
cerca
Dos manos
Desechos de
5 afuera del pozo Presente Ausente
talla
de entierro
Tabla 5. Objetos asociados con los entierros encontrados en Jiskairumoko.
Obsidiana
Dos análisis replicados de fluorescencia de rayos X fueron realizados en 68 instru-
mentos de piedra tallada recuperados de las excavaciones en Jiskairumoko. Un pri-
mer estudio fue realizado por Steven M. Shackley en el Laboratorio de XRF de Berke-
ley (Shackley et al. 2004). Una segunda fue realizada por Robert Speakman y Rachel
Popelka-Filcoff usando un XRF portatil en Puno, Perú (Speakman et al. 2005). Una
comparación de los resultados muestra que los dos instrumentos proporcionan re-
sultados analíticamente comparables (Craig et al. 2007).
El análisis de XRF reveló que el 97% (66 de los 68) de los instrumentos de obsidiana
muestreados, lo cual representa el 96% de la coleccion completa de instrumentos bifa-
ciales de obsidiana, correspondieron con concentraciones de elementos de Chivay, de
106 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
las muestras proporcionadas por Nicholas Tripcevich. Las restantes dos muestras, que
constituyen el 3% de la coleccion completa, se correspondieron con concentraciones
elementales de la fuente de Alca. De esta forma, el análisis XRF demuestra que ninguna
de las obsidianas recuperadas de Jiskairumoko fue obtenida de fuentes locales.
El intercambio entre sociedades simples, a menudo, supone el intercambio de bie-
nes útiles aunque no esenciales (Webb 1974). Una comparación de la colección de
obsidiana con instrumentos hechos de otras materias primas indica que la demanda
de obsidiana no fue totalmente pragmática. Al contrario, parece que la obsidiana fue
utilizada para tipos específicos de instrumentos que exhiben un tipo de embelleci-
miento que es raramente visto en instrumentos similares hechos de otros materiales.
La discusión que sigue ilustra esta cuestión (Craig 2005: Sección 12.2).
Hay un total de 875 instrumentos de piedra tallada bien formatizados que fueron
recuperados de las excavaciones en Jiskairumoko. Todos estos caen en una de las cin-
co categorías amplias de instrumentos: bifaz, cuchillo, punta de proyectil, raspador, y
escofina. Una comparación chi-cuadrado de la colección de acuerdo a los instrumen-
tos hechos de obsidiana vs. instrumentos que no están hechos de obsidiana revela la
presencia de diferencias significativas χ2 (4,n=875) = 45.5 p < 0.001.
Ochenta y un instrumentos fueron hechos de obsidiana y 66% (n=54) de estos son
puntas de proyectil mientras que 20% (n=16) son bifaces. Hay 794 instrumentos de
piedra tallada hechos de otros materiales aparte de la obsidiana, y el 30% (n=239)
fueron formadas en puntas de proyectil mientras que el 42% (n=335) fueron hechas
en bifaces. Comparada con otros materiales, la obsidiana es dos veces más a menudo
transformada en punta de proyectil. Si los bifaces y puntas son agrupadas (lo cual
permitiría la inclusión de puntas sin acabar o rotas) entonces la obsidiana es todavía
14% más propensa a convertirse en una de esas dos formas de instrumento que las
materias primas que no son obsidiana.
Con la adopción del agropastoreo, a medida que la gente se basó menos en la caza y
más en el pastoreo, las puntas de proyectil probablemente declinaron en importancia
económica. Desde esta perspectiva de Jiskairumoko, parece que en el río Ilave, durante
la transición al agropastoreo, la obsidiana no local fue mayormente usada para hacer
puntas de proyectil. Esto es muy significativo porque con un énfasis creciente en ga-
nadería, las puntas de proyectil, las cuales mayormente son usadas para caza, deberían
haber sido una forma de instrumento de importancia económica en descenso. En el río
Ilave, la obsidiana no es un material local, y su obtención es una señal costosa no fal-
seable (Gintis et al. 2001; Hildebrandt y McGuire 2002; Sosis 2000a, 2000b; Zahavi 1975;
Zahavi y Zahavi 1997). La obsidiana es negra y brillante lo cual la hace un objeto de ex-
posición llamativa con alta difusion de eficacia. En un mundo social, el menor esfuerzo
o la minimización del riesgo no lo es todo, la reputación cuenta (Bliege Bird et al. 2001;
Smith y Bliege Bird 2000; Smith et al. 2003; Wilson 1998). Al menos en el río Ilave, el rol
de las puntas de proyectil pudo haber sido cambiado de uno económico a uno social que
implicó mostrar la obsidiana como un elemento simbólico central. La comparación del
tratamiento del borde aserrado o denticulado de las puntas de proyectil de obsidiana
versus las que no son de obsidiana corrobora esta interpretación.
107 / Nathan Craig
Ocre
En Jiskairumoko, desde finales del Arcaico Tardío hasta el Formativo Temprano, creo
que el ocre fue usado como un pigmento para fines simbólicos. Para este caso, las
posibles interpretaciones del uso de ocre para propósitos no simbólicos puramente
prácticos deben ser minimizadas o eliminadas. Conservación de cuero, masilla para
enmangamiento de una herramienta, sellador, o medicina son los usos más comunes
prácticos no simbólicos del ocre. De esta manera fue necesario determinar si los con-
textos de ocre en Jiskairumoko representan alguno de esos usos.
El ocre no fue encontrado en alguno de los artefactos de piedra tallada o en algún
otro contexto que sugeriría que este sirvió como una masilla para enmangamiento.
Las excavaciones no encontraron artefactos que sugerirían que el ocre fuera usado
como un sellador. El ocre fue encontrado sobre algunos fragmentos de piedras para
moler, y esto podría quizás implicar su uso en la conservación de cuero. Todos los
fragmentos de instrumentos líticos de molienda cubiertos de ocre fueron encontra-
dos en asociación con “paletas” cubiertas de ocre o en asociación con un entierro.
Esas asociaciones no apoyan una interpretación de conservación de cuero. No hay
asociación convincente o evidencia positiva que apoye una interpretación de conser-
vación de cuero. Por otra parte, reportes publicados sobre experimentos de campo,
“fracasaron en demostrar que el ocre tenía algún efecto conservativo” sobre cueros
(Watts 2002: 3), y varios taxidermistas dudan de la eficacia del ocre para la conserva-
ción del cuero. Datos etnográficos de los cazadores Khoisan del sur de África indican
que la “participación del ocre en el trabajo del cuero es casí invariablemente en la
etapa final como una inclusión decorativa” (Watts 2002: 3).
En Jiskairumoko, el ocre está presente en tres de los cinco entierros: polvo de ocre
molido en la base del Entierro 3, piedras pulidas manchadas de ocre asociadas con
el Entierro 4, y polvo de ocre molido en la base del Entierro 5. El Entierro 3 es una
mujer adulta. No se pudo determinar la edad ni el sexo de los Entierros 4 y 5, pero
ambos probablemente representen adultos. Durante el Arcaico Terminal, el ocre está
asociado con el entierro de mujeres y también está asociado con el enterramiento de
adultos.
En Jiskairumoko, la colección está al costado de la cocina de la Casa Semisubte-
rránea 1 lo que demuestra que el ocre fue sometido a tratamiento térmico (Figura
13) (Craig et al. 2006). Esto fue probablemente hecho para intensificar el color del
mineral para su uso como pigmento. La recuperación de piedras para moler y “pale-
tas” cubiertas de ocre indica que el mineral fue molido en polvo y aplicado a otras su-
109 / Nathan Craig
perficies. Esas observaciones, además, refuerzan la afirmación que el ocre fue usado
como un pigmento. El ocre fue encontrado en un gran lente entre las dos estructuras
rectangulares del Formativo Temprano (Figuras 29 y 31-32). Dentro de este contexto,
este fue encontrado pintado sobre huesos de animales sin quemar. Esos huesos pinta-
dos podrían haber sido aplicadores de pigmento o productos acabados.
En Jiskairumoko, teniendo en cuenta el conjunto de contextos en los cuales el ocre
fue encontrado parece difícil negar que el mineral fuera usado en contextos simbó-
licos e incluso rituales. Aunque es difícil concluir si el ocre fue usado de una manera
repetitiva suficiente para constituir un ritual en un sentido estricto, todavía podemos
sugerir que los habitantes de Jiskairumoko claramente ofrecian pigmento de ocre con
importancia simbólica.
Puede ser imposible deducir el significado del ocre en esos contextos, pero este
seguramente pertenece al color rojo del pigmento. La mayoría de mamíferos tienen
solamente dos conos cromáticos en sus ojos. Los humanos y otros grandes monos son
un subconjunto único de primates que tienen visión a color tricromática con conos
especiales que son sensibles a la máxima longitud de onda de luz roja (Dominy y Lucas
2000; Mollon 1989; Rowe 2002; Sumner y Mollon 2000a, 2000b).
El ritual forma la naturaleza de los sistemas de símbolos (Hovers et al. 2003), este
está incrustado en la vida cotidiana (Barham 2003), y los objetos prácticos pueden
tener importantes significados simbólicos (Sagona 2003) lo cual se relaciona a “la hu-
mildad de las cosas” (Miller 1987: 85). La acción simbólica es, a menudo, expresada
a través del uso de color y decoración. En el sur de África, desde la Edad de Piedra II
hasta el pueblo Khoisan actual, el uso del ocre es importante en la estructuración sim-
bólica de la división sexual del trabajo (Watts 2002). La reproducción femenina es un
aspecto extremadamente importante de cambio social porque las mujeres son el sexo
que limita la reproducción. De este modo, cuando el ocre está asociado con mujeres
está frecuentemente relacionado con la sangre de la menstruación, la sangre de la
madre, la renovación, la fertilidad, y la periodicidad lunar (Knight et al. 1995; Wresch-
ner 1980). Incluso, en casos donde el uso de ocre está relacionado con la caza mágica,
lo que uno esperaría que fuese una actividad predominantemente masculina, todavía
existen vínculos ideológicos explícitos que remiten hacia las mujeres, la sangre, y la
fertilidad. Sospecho que una constelación simbólica similar rodeaba la colocación de
ocre en las tumbas en Jiskairumoko.
El rojo, junto con el negro y el blanco, juega un rol prominente en todos los esque-
mas humanos de clasificación de color. La etnografía comparativa muestra que, cuan-
do el pigmento rojo es empleado como un símbolo, uno puede esperar también el uso
de los colores negro y blanco (Berlin y Kay 1969; Rosch 1973). En Jiskairumoko, pig-
mentos blancos no fueron encontrados pero es digno de notar que los pisos amarillo
claro son un elemento en varias de las configuraciones rituales que involucraban roca
y tierra. El carbón podría haber sido utilizado fácilmente como un pigmento, aunque
este no fue encontrado sobre “paletas” u otros contextos que sugieran que este fue
usado como pintura. Incluso, la importancia simbólica de la obsidiana, una piedra
negra para hacer instrumentos particularmente brillantes, es difícil de ignorar.
110 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Los objetos brillantes en general, pueden tener una importancia simbólica. Las
cuentas de turquesa del Entierro 1 (Figura 16), las nueve cuentas de oro y once de tur-
quesa del Entierro 2 (Figura 19), el disco de oro encontrado en el borde de la Estructura
Rectangular 2 (Figura 33), y la aleación de oro y cobre encontrado encima de la Estruc-
tura Semisubterránea 1 (Figura 27) son todos artefactos brillantes y coloridos. En cada
uno de esos casos, los artefactos posiblemente representan la adquisición de artículos
simbólicamente importantes obtenidos de intercambio de larga distancia. Los objetos
habrían servido como recordatorios materializados de relaciones sociales.
Estructuras
La excavación y la prospección geofísica revelan que desde el fin del Arcaico Tardío
hasta el Formativo Temprano, las estructuras residenciales no son altamente acu-
mulativas en el sentido de grandes asentamientos. Sin embargo, cuando considera-
mos este resultado, es importante mantener en mente que los sitios arcaicos en las
cuencas de Ilave y Huenque están casi siempre localizados en la cima de pequeñas
elevaciones. Creo que en esta región, el tamaño de la elevación probablemente pone
límites sobre el número de estructuras que están presentes en un sitio arcaico dado.
Aunque la organización de las casas semisubterráneas de Jiskairumoko se ajusta
al modelo de asentamiento en forma de anillo de Yellen (1977) (Figura 8), creo que
la totalidad de los residentes arcaicos del río Ilave exhibieron un patrón de asenta-
miento que se asemeja más cercanamente al de los Alyawara (O’Connell 1987). Los
Alyawara viven en grandes, aunque muy dispersas comunidades, que están hechas
de pequeños grupos de asentamientos que están estructuradas alrededor de familias
extendidas las cuales, a menudo, residen en estructuras múltiples. Por otra parte,
aún en grandes sitios de reuniones estacionales, los !Kung, tienden a residir en con-
gregaciones continuas de estructuras que están todas localizadas en proximidad re-
lativamente cercana. Lo que sea que causó que los residentes arcaicos del río Ilave se
asentaran sobre las cimas de elevaciones, el hecho que lo hicieran de esta manera me
lleva a creer que el terreno influenció fuertemente el plano de la comunidad de tal
manera que las congregaciones co-residentes estuvieron limitadas por el tamaño de
las pequeñas elevaciones. Sin embargo, creo que los sitios arcaicos vecinos en el río
Ilave fueron probablemente ocupados contemporáneamente a Jiskairumoko y, estos
posiblemente, representan parte de un mismo asentamiento general— muy similar a
la manera en que los Alyawara modernos lo hacen.
Aunque en Jiskairumoko hay relativamente pocas estructuras presentes, las es-
tructuras están estrechamente espaciadas. Dadas las relaciones con respecto a niveles
de parentesco genetico y del compartir que han sido producidos por los etnoarqueó-
logos (Garget y Hayden 1991; Gould y Yellen 1987; O’Connell 1987), en Jiskairumoko la
cercanía de las estructuras en general sugiere altos niveles de parentesco y de com-
partir. El espaciamiento entre estructuras es más alto para las casas semisubterráneas
de la Fase 1 del Arcaico Terminal. La Estructura Semisubterránea 1 de la Fase 2 del
Arcaico Terminal está localizada más lejos de lo que cualquiera de las casas semisub-
terráneas está entre sí. El emplazamiento de la Estructura Semisubterránea 1 sugiere
111 / Nathan Craig
una tendencia más fuerte hacia la exogamia (Kloos 1963: 861; Murdock 1949: 47). De
esta manera, los habitantes del Arcaico Tardío-Formativo Temprano de Jiskairumoko
deben haber sido exógamos. Esto podría haber implicado el matrimonio con indivi-
duos de asentamientos localizados en otras pequeñas elevaciones que están ubicadas
cercanamente. Sin embargo, para mantener la estabilidad reproductiva debería haber
existido una red de, al menos, ocho sitios del tamaño de Jiskairumoko. Los resultados de
la prospección indican que en el río Ilave, Jiskairumoko es el sitio Arcaico Terminal más
grande (Aldenderfer y De la Vega 1996). De este modo, sospecho que intercambios ma-
trimoniales estuvieron tomando lugar con comunidades localizadas en otras cuencas.
Al principio de este capítulo, un número de otras inferencias socioeconómicas
que están basadas en el área y forma de la estructura fueron presentadas. Aquí, pro-
porciono los resultados de (Tabla 6): asentamientos y correlatos económicos que son
derivados del plano de planta de la estructura (Robbins 1966); estimaciones de la es-
tructura familiar y las prácticas de matrimonios que están basados en el área y forma
de la estructura (Whiting y Ayers 1968); y los estimados de prácticas de residencia
post-maritales que están basados en el área de la estructura (Divale 1974, 1977; Ember
1973; Peregrine 2001). Basados en su forma circular (Robbins 1966), es probable que
las Casas Semisubterráneas 1 a la 3 y la Estructura Semisubterránea 1 fueran relativa-
mente móviles, practicaran poca agricultura, y tuvieran una comunidad de pequeño
tamaño y fueran probablemente polígamos (Whiting y Ayers 1968). Basándose en su
forma, las Estructuras Rectangulares 1 y 2 podrían haber sido hogares para familias
monógamas (Whiting y Ayers 1968). En Jiskairumoko, el tamaño de la estructura in-
dica que la residencia post-marital matrilocal ciertamente casi nunca fue practicada;
la residencia post-marital fue probablemente bi-local o patrilocal (Divale 1977; Ember
y Ember 1971). Ninguna de las estructuras son suficientemente grandes para haber
albergado familias extendidas (Whiting y Ayers 1968).
Las comparaciones interculturales basadas en el Atlas Etnográfico revelan tres as-
pectos consistentes de la ocupación de la Casa Semisubterránea (Gilman 1987): 1) hay
un clima no tropical durante la estación de habitación de la estructura de pozo; 2)
como mínimo hay un patrón de asentamiento bi-estacional; 3) hay una dependencia
de almacenar alimentos durante el período de ocupación de la estructura de pozo. Esas
condiciones pueden estar relacionadas a otros factores de la sociedad, aunque estos
aparecen presentes en todos los casos de la ocupación de la estructura de pozo que
están documentados en el Atlas Etnográfico. Asumo que todos ellos son válidos para
la ocupación de las Casas Semisubterráneas 1, 2 y 3. Otras semejanzas en la naturaleza
de las ocupaciones de la Casa Semisubterránea estuvieron presentes, pero no son uni-
versales a través de todos los ejemplos etnográficos de la residencia en casa semisubte-
rránea: estación fría de la ocupación, estimados de baja población, y sistemas político
económicos simples. Esas expectativas son consistentes con otros indicadores descritos
arriba, y sospecho que esos tres aspectos de la ocupación de la casa semisubterránea
caracterizan con precisión el uso de las Casas Semisubterráneas 1 a la 3.
La presencia de animales inmaduros, semillas de Chenopodium, y rasgos de hor-
nos de pozo para las partes del procesamiento de almacenamiento de alimentos con
almidón me lleva a especular que desde el fin del Arcaico Tardío hasta el Formativo
113 / Nathan Craig
Temprano, Jiskairumoko fue ocupado al menos parte del tiempo durante la estación
húmeda y la dependencia a recursos almacenados, probablemente, extendió el asen-
tamiento hasta la estación seca que, en los Andes, es generalmente más fría. Durante
el Arcaico Tardío-Terminal, una vez que el pastoreo fue desarrollado o introducido
en la región, esto podría haber involucrado el movimiento de animales a elevaciones
más altas durante la estación seca fría.
La ubicación de los sitios en la cima de pequeños montículos sugiere que la ocu-
pación podría haber involucrado la habitación de la región durante al menos una
porción de la estación húmeda. Varios agropastores aymaras locales se refirieron a
esas cimas elevadas como un aspecto deseable para el drenaje durante la temporada
de lluvias. Durante las excavaciones en Jiskairumoko, después de las lluvias, las casas
semisubterráneas se llenarían de agua. Obviamente, sí estaba cubierta por una super-
estructura menos agua entraría en las estructuras. Sin embargo, la mitigación de las
inundaciones aparece como una razón posible del porqué los sitios son consistente-
mente encontrados sobre esas cimas elevadas. W < 25
W > 25
CH < 6
CH > 6
SGT
Estructura BEE
ST
SE
M
N
A
Casa Semisubterránea 1
13,2 1 7 1 2 1 2
Interior
Casa Semisubterránea Movil, Poli
18,69 1 9 2 3 2 3 Alta No
2 Exterior pequeña
agr. EF
Casa Semisubterránea 2 8,47 1 4 1 1 1 1
comunidad
Casa Semisubterránea 3 5,21 1 3 1 1 1 1 circular
pequeña Patri
o Bi Poli
Estructura
15,18 1 8 2 3 1 3 Baja Near
Semisubterránea 1 Local EF
Mon
Estructura Baja
9,85 1 5 1 2 1 2 No
Rectangular 1 movilidad, EF
comunidad Med
grande, agr. Mono
Estructura
22,96 2 11 2 4 2 4 intensiva No
Rectangular 2
EF
Tabla 6. Sumario métrico de las Estructuras, el estimado de la población está redondeada
a la cantidad más cercana de personas. A = área m2; EF = Familia extendida; N = Estimado
de población de Naroll (1962); CH = Estimado de población de Cook y Heizer (1965, 1968)
<6 = menos de seis individuos por estructura mientras que >6 = más de seis individuos por
estructura; W = población estimada de Wiessner (1974) >25 = más de veinticinco residentes
por asentamiento mientras que <25 = menos de veinticinco residentes por asentamiento;
BBE = estimado de población de Brown (1987) y Ember y Ember (1995); SE = asentamiento
y correlato económico derivado de Robbins (1966); SGT = patrones del Compartir (Brooks et
al. 1984; Gould y Yellen 1987; Kaplan et al. 1984; O’Connell et al. 1991), Dis. Genética (Garget y
Hayden 1991; Gould y Yellen 1987), y amenazas externas (Binford 1991; Gould y Yellen 1987,
1991); M = patrón correlacionado de matrimonios (Divale 1977; Ember y Ember 1971); ST =
correlación de estatus de Whiting y Ayers (1968), Poli = polígamos; Mono = monógamos; EF =
familia extensa esperada.
114 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Almacenaje
En Jiskairumoko, el estimado de almacenaje externo es extremadamente esquemá-
tico puesto que la capacidad para observar esos rasgos es, en su mayor parte, una
función del muestreo y estos son difíciles de encontrar (Tabla 7). La Estructura Semi-
subterránea 1 exhibe una gran cantidad de almacenaje externo, pero este bloque de
excavación cubrió una extensión de 15x11 m. Claramente la gran exposición alrede-
dor de esta vivienda ha influenciado la cantidad de almacenaje externo asociado con
la estructura. Sin embargo, encuentro intrigante que aunque hay una amplia exposi-
ción alrededor de ella, las excavaciones no encontraron algún depósito externo con
ninguna de las estructuras rectangulares del Formativo Temprano. Si los pozos de
depósito externo estuvieron asociados con esas viviendas, estos no estuvieron locali-
zados cerca a las estructuras.
Comparado con el almacenaje externo, los estimados del almacenaje interno están
probablemente mucho menos impactados por problemas del tamaño de la muestra
(Tabla 7). Esto es porque o la estructura entera fue expuesta, o uno puede producir un
estimado razonable de qué proporción de la estructura fue expuesta y esta proporción
puede ser usada para ajustar el valor muestreado. Al comparar las Fases 1 y 2 del Arcai-
co Terminal, parece que hay un leve incremento en almacenaje interno en el tiempo. La
Casa Semisubterránea 3 tenía un depósito interno de 130 L y la Estructura Semisubte-
rránea 1 tenía un depósito interno de 180 L. También hay una reconfiguración de tener
ocho hoyos internos en la Casa Semisubterránea 3 (Figura 21) a tener un solo gran pozo
interno en la ocupación temprana de la Estructura Semisubterránea 1 (Figura 25). Du-
rante la última ocupación de la Estructura Semisubterránea 1, el uso de este gran pozo
interno fue abandonado (Figura 26). Ninguna de las estructuras rectangulares del For-
mativo Temprano exhibió pozos internos de almacenaje de alguna clase (Figuras 29 y
32). Como los parfleches (bolsas de cuero) usados por los cazadores de búfalos norteame-
ricanos, los residentes de Jiskairumoko podrían haber usado cueros para almacenaje
aunque evidencia positiva para esta tecnología no fue observada.
Para mí, la Fase 2 del Arcaico Terminal, la cual está representada por la Estructura
Semisubterránea 1, es el fulcro, o punto de apoyo, del cambio en las prácticas de al-
macenaje que tomaron lugar durante la ocupación de Jiskairumoko (compare Figuras
25 y 26). En el inicio de la ocupación de esta estructura, el uso de pozos de almacenaje
interno muestra similitudes a la Fase 1 del Arcaico Terminal, aunque la conversión de
múltiples pozos pequeños a un solo gran pozo interno indica el cambio de prácticas.
Hacia el fin de la ocupación de la Estructura Semisubterránea 1 el uso de un pozo de
almacenaje interno fue abandonado, esto muestra una similitud a la organización del
espacio durante el Formativo Temprano.
La relativa separación de la Estructura Semisubterránea 1 con relación a las Casas
Semisubterráneas 1 a la 3 implica niveles decrecientes del compatir, pero aparte de
un cambio en las prácticas de almacenaje no está claro lo que refleja el paso de varios
pozos pequeños de almacenamiento a una gran fosa en las relaciones sociales. Sospe-
cho que esto está relacionado a un aumento de la dependencia de recursos almace-
nados, pero queda la pregunta ¿Dónde están los rasgos de almacenaje del Formativo
115 / Nathan Craig
Temprano? Creo que ellos simplemente no fueron encontrados por las excavaciones,
y que mayor investigación es requerida para responder esta importante pregunta. Mi
hipótesis es que en Jiskairumoko, durante el Formativo Temprano, hubo un cambio
hacia instalaciones de almacenaje exteriores más grandes que eran llenados y usados
por los residentes de varias viviendas.
Estructura Rectangular 1 - -
Estructura Rectangular 2 - -
Transiciones Arquitectónicas
En la cuenca del río Ilave, la investigación hasta la fecha revela varias transiciones
arquitectónicas. Dos de esas transiciones son mayores y dos de ellas son menores.
Las transiciones mayores implican un cambio de arquitectura efímera a casas semi-
subterráneas más duraderas, y un cambio de casas semisubterráneas a estructuras
rectangulares sobre la superficie. Las transiciones menores implican cambios en la
naturaleza de la construcción de la casa semisubterránea y la organización interna
en el tiempo.
En Pirco, el uso intensivo de GPR no reveló la presencia de grandes o fuertes ano-
malías bajo la superficie. La excavación confirmó esas expectativas. De esta manera,
basándose en los resultados de Pirco, en el río Ilave, durante las partes tempranas de la
Arcaico Tardío, la arquitectura residencial fue efímera y careció de almacenaje. La es-
tructura encontrada en la Trinchera 3 en Pirco fue probablemente una cabaña (wikiup)
de algún tipo. Esta fue probablemente construida para usarla a corto plazo solamente,
y no fue probablemente construida con la intención de una reocupación futura. Los
rasgos asociados con la estructura fueron encontrados, pero ellos no parecen haber
sido construidos para el largo plazo o para el re-uso repetido en el tiempo. Los rasgos
consistieron de unos cuantos lentes de tierra de varias clases. Una pequeña cantidad
de instrumentos líticos para moler fue encontrada en asociación con la ocupación. Un
solo pozo encontrado en asociación con la estructura podría haber sido utilizado para
almacenaje, pero este es un ejemplo aislado. Así, el almacenaje podría haber sido prac-
116 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
ticado pero solamente a un grado muy limitado. Parece que los residentes del Arcaico
Tardío de Pirco practicaron un patrón de asentamiento que implicó alta movilidad
residencial. Ellos parecen haber estado involucrados en prácticas económicas que en-
fatizaron la caza y un uso limitado de plantas que requirieron procesamiento.
En Jiskairumoko, las anomalías de GPR grandes y fuertes fueron abundantes. Las
excavaciones revelaron que esas anomalías correspondieron a arquitectura residen-
cial, entierros y pozos grandes. La evidencia más temprana de Jiskairumoko indica
que hacia el fin del Arcaico Tardío los ocupantes del río Ilave comenzaron la cons-
trucción de casas semisubterráneas. Esas casas semisubterráneas fueron claramente
construidas para ser re-utilizadas, y los restos encontrados dentro de las estructuras
indican que estas fueron de hecho re-utilizadas por cerca de un milenio. Los rasgos
e instalaciones asociadas con las casas semisubterráneas también fueron construidos
para ser re-usadas. Los fechados de las instalaciones como el Horno de Pozo 2 de-
muestran re-utilización de largo plazo. Tanto los rasgos de almacenaje interno como
los externos están asociados con todas las casas semisubterráneas. Comparado con
Pirco, hay un mayor aumento en la cantidad presente de instrumentos líticos para
moler, incluso, en las ocupaciones más tempranas de Jiskairumoko. Los residentes de
Jiskairumoko parecen haber adoptado un patrón de asentamiento que implicaba mo-
vilidad residencial significativamente reducida, el re-uso de ubicaciones específicas
en el paisaje y un mayor incremento en una dependencia al procesado de semillas y
almacenaje.
La Casa Semisubterránea 1 exhibe algunas diferencias menores de las Casas Semi-
subterráneas 2 y 3. La Casa Semisubterránea 1 es más grande, hay pozos pequeños en
el piso, y el fogón central fue delineado con un horno de barro duro. Las Casas Semi-
subterráneas 2 y 3 son más pequeñas, no hay pozos en los pisos, numerosos hoyos pe-
queños están presentes, y los rasgos del fogón central están construidos enteramente
de piedra. Las Casas Semisubterráneas 1 a la 3 fueron encontradas arregladas en un
plano congruente que producen un plano de aldea circular que es típica de muchos
asentamientos pequeños. Aunque la Casa Semisubterránea 1 confirmó un fechado de
radiocarbono temprano, la estructura fue probablemente usada hasta bien entrado
el Arcaico Terminal.
Todas las Casas Semisubterráneas 1, 2 y 3 muestran algunas diferencias menores con
respecto a la Estructura Semisubterránea 1. La Estructura Semisubterránea 1 no está
tan profundamente excavada como cualquiera de las casas semisubterráneas. Mientras
que ninguna de las casas semisubterráneas estaba delineada con piedras, la Estructura
Semisubterránea 1 si lo estuvo. Esto sugiere algunos cambios en la naturaleza de la
superestructura. Diferencias adicionales en el uso interno del espacio entre la Estruc-
tura Semisubterránea 1 y las Casas Semisubterráneas 1 a la 3 se desarrollaron durante
la ocupación de la estructura. A diferencia de los múltiples pozos internos exhibidos
por todas las casas semisubterráneas, la Estructura Semisubterránea 1 contiene un solo
pozo interno el cual es finalmente abandonado en algún momento durante la vida útil
de la estructura. En vista que ninguna de las casas semisubterráneas contuvo rocas de
cocina, en algún momento durante la ocupación de la Estructura Semisubterránea 1 el
uso de rocas de cocina fue introducida. Los tempranos ocupantes de la Estructura Semi-
117 / Nathan Craig
subterránea 1 usaron un fogón central al igual que los de la tradición de casas semisub-
terráneas más tempranas, pero para el fin de la ocupación de la Estructura Semisubte-
rránea 1 el uso de un fogón central delineado por piedras fue abandonado. Sugiero que
en Jiskairumoko, la ocupación temprana de la Estructura Semisubterránea 1 representa
la expresión final de la ocupación Arcaico Terminal mientras que la ocupación tardía de
la estructura representa los inicios del Formativo Temprano.
Ambas estructuras rectangulares del Formativo Temprano muestran diferencias
mayores de las Casas Semisubterráneas 1 a la 3 y algunas diferencias menores de
la Estructura Semisubterránea 1. Ninguna de las Estructuras Formativas Tempranas
está excavada en la tierra. Los pisos de ambas estructuras están hechos de una super-
ficie de tierra preparada, de un tipo de tierra que no está presente en el sitio, trans-
portada desde otros lugares. Los pisos de ambas estructuras fueron repetidamente
remodelados, y las extensiones de sus plantas cambiaron con las diferentes remode-
laciones. Ninguna de las estructuras del Formativo Temprano confirmó la evidencia
de depósitos internos o fogones internos. La Estructura Rectangular 1 está asociada
con una gran roca de cocina. La Estructura Rectangular 2 está asociada con cerámica
y un soporte para una olla.
Discusión
Dentro de la arqueología, la transición de las casas semisubterráneas a las estructu-
ras sobre la superficie es un tópico “clásico” que ha sido repetido en muchas partes
del mundo. Jiskairumoko demuestra que esta clásica transición también ocurrió
en la sierra de los Andes Surcentrales. El mayor cambio en términos de la privati-
zación del almacenaje predicho por el modelo de Flannery (1972, 2002) no parece
haber tomado lugar durante la transición casa semisubterránea a pueblo. Más bien
la privatización de almacenaje parece haber ocurrido más temprano en la secuen-
cia, entre Pirco y Jiskairumoko, durante algo muy similar a una transición de la
cabaña (wikiup) a la casa semisubterránea. Es en Jiskairumoko que uno encuentra:
grandes grupos co-residentes; evidencia temprana de ocupación prolongada; un
creciente énfasis en el procesamiento de plantas; mayor dependencia del almace-
naje y almacenaje privatizado. De este modo, en términos de la comparación de las
ocupaciones residenciales de Pirco y Jiskairumoko, el modelo de Flannery (1972,
2002) funciona bien. Ya que en Jiskairumoko no hay depósitos visibles dentro de las
estructuras rectangulares del Formativo Temprano, la transición de casas semisub-
terráneas a estructuras sobre la superficie no parece seguir cercanamente el mode-
lo de privatización del almacenaje esperado de Flannery (1972, 2002). Sin embargo,
recordemos que durante la transición del Neolítico a la edad del Bronce en la región
del Trans-Cáucaso, la trashumancia pastoril creó un vector de divergencia del mo-
delo de Flannery (1972, 2002). Para la cuenca del Titicaca, ¿un énfasis creciente en
la domesticación de camélidos alteró la naturaleza de las prácticas de almacenaje?
Una inversión creciente o especialización en el pastoreo, como una forma de “alma-
cenaje sobre pezuñas” ¿podría haber tenido un rol que jugar en la aparente desapa-
rición del almacenaje en y alrededor de la estructuras del Formativo Temprano en
118 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
Conclusiones
Pirco y Jiskairumoko proporcionan información sobre un cambio de bauplan en los ha-
bitus domésticos de forrajeros móviles a pequeñas aldeas agropastoras más sedenta-
rias. En esos dos sitios, nuevos ordenamientos de las relaciones sociales están mani-
fiestos en la arquitectura doméstica y rasgos asociados. El entierro de familiares cerca
a las viviendas fue practicado por los residentes altamente móviles de Pirco, pero el
entierro carecía de bienes asociados y las estructuras a las que estaban asociadas no
fueron diseñadas para permanencias prolongadas ni reocupación repetida. En Jiskai-
rumoko, los individuos fallecidos continuaron siendo enterrados adyacentes a las es-
tructuras. Esas casas semisubterráneas fueron ocupadas por períodos de tiempo más
largos y fueron reocupadas durante muchos años por gente que vivieron con recursos
almacenados incluyendo Chenopodiums domesticados. Los individuos enterrados cerca-
nos a esas estructuras fueron mayormente mujeres adornadas con objetos personales
e instrumentos para el procesamiento de alimentos. El rol de los ancestros y símbolos
materializados de prestigio y productividad económica tomó importancia desde el ini-
cio de la vida de la pequeña aldea. El cercano vínculo entre residencia, actividad de per-
formance, y enterramiento son consistentes con la afirmación etnográfica que la casa
es un “teatro de memorias” para comunicar relaciones sociales, políticas, económicas
y espirituales (Fox 1993: 23; Vellinga 2007: 758). De este modo, las viviendas formaron
las residencias en las cuales los niños crecieron, los adultos llevaban a cabo sus vidas,
y cerca a las cuales varios individuos fueron enterrados. Los vivos commemoraron los
logros de los recientemente fallecidos. En este proceso, un ejemplo a seguir fue fijado
para la siguiente generación. Así, con el establecimiento de un nuevo patrón de asenta-
miento a finales del Arcaico Tardío, vemos evidencia de esfuerzos para reproducir esas
prácticas y que continúan hasta el Arcaico Terminal. De esta manera, un patrón de vida
en las casas semisubterráneas que comienza alrededor de ca. 3300 cal. a.C. continúa con
relativamente poca transformación hasta ca. 1700 cal. a.C.
Se ha afirmado que las casas son aspectos conservadores de la cultura (Parker Pear-
son y Richards 1994a: 62), y que son relativamente insensibles a “contingencias” de cor-
to plazo (Bermann 1994: 26-27; Wilk 1991). Acepto esas afirmaciones como ciertas, pero
noto que en Jiskairumoko, desde ca. 1700 a.C. hasta el abandono del sitio probablemente
ca. 1450 a.C. cambios en la arquitectura residencial y el uso del espacio ocurrieron muy
rápidamente. De esta forma, si un cierto grado de estabilidad en los espacios residen-
ciales puede ser esperado, y los cambios en la construcción de la arquitectura residen-
cial reflejan mayores cambios en otros aspectos de la sociedad, entonces la transición
Arcaico-Formativo fue un período de transformación intensa y radical. Esto parece ha-
ber comenzado abruptamente alrededor de 3300 a.C., persistió con relativa estabilidad
hasta ca. 1700 a.C. y entonces un cambio rápido ocurrió otra vez.
En algún momento durante la ocupación de la Estructura Semisubterránea 1 un
punto de inflexión fue alcanzado durante el cual la práctica del Arcaico Terminal del
almacenaje interno, el uso del fogón central, y la ubicación de entierros cercanos a las
estructuras fueron todas abandonadas; el uso de una roca de cocina fue incorporada.
Estas prácticas domésticas transcendieron la transición de vivir en estructuras exca-
vadas a la construcción y ocupación de estructuras sobre la superficie del Formativo
Temprano. Sí el fogón interior es tanto el “centro” literal como figurativo de la residen-
120 / Transiciones del Arcaico Tardío al Formativo Temprano...
cia y las actividades realizadas dentro de esas estructuras (Gould y Yellen 1987: 82), el
abandono del fogón central es una desviación significativa con respecto a las prácticas
anteriores. Sí la ubicación del depósito dentro de una estructura refleja la privatización
de bienes, entonces el abandono del depósito interno marca otro importante cambio
en las relaciones sociales. Ninguna de esas prácticas aparece bien predichas por los mo-
delos arqueológicos revisados en este capítulo. Para mí, el hecho que en esos contextos
donde la arquitectura y la organización del espacio doméstico están cambiando rápi-
damente y que los individuos no son más enterrados cerca a las estructuras indica una
valoración del cambio e innovación más que estabilidad y tradición. Claramente más
ejemplos de caso son requeridos para contrastar esta hipótesis.
En la sierra andina, mucho trabajo queda por hacer en los sitios al aire libre que
datan de este fascinante e importante período de tiempo. Aunque he intentado pre-
sentar la mayor cantidad de información que es posible a partir de los restos que la
documentación de superficie y excavación pude detectar, el tamaño de la muestra
de los dos sitios es ciertamente pequeño. En la actualidad, a medida que las prácticas
culturales continúan cambiando, los modernos habitantes de la cuenca del Titicaca
están haciendo uso intensivo del arado mecanizado. Esta forma de cultivar mezcla los
depósitos a una profundidad mucho mayor. Esto puede llevar al arrasamiento de los
depósitos arqueológicos tan profundos como 80 cm. En el caso de Pirco y más aún de
Jiskairumoko, esto constituye la profundidad total del depósito. Sí el actual estado de
la cuestión continua en su curso presente, en corto tiempo no quedarán en la region
otros ejemplos de estos tipos de sitios al aire libre para ser estudiados.
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4
El surgimiento de la complejidad
social en la cuenca norte del
Titicaca1
A b i g a i l L e v i n e i , C e c i l i a C h á v e z ii , A m a n d a C o h e n iii ,
A i m é e P l o u r d e iv y C h a r l e s S t a n i s h v
Introducción
Luego de muchos milenios de vivir como cazadores-pescadores-recolectores móviles,
unas pocas personas en unos cuantos lugares de la cuenca norte del Titicaca comen-
zaron a mejorar sus aldeas, construyendo estructuras especiales en lo que habían sido
previamente áreas domésticas. Este fenómeno comenzó en la mitad del segundo mi-
lenio a.C. y marcó el comienzo del período Formativo Medio (ca. 1400—500 a.C.). Las
más tempranas de esas estructuras fueron muy modestas, y pueden ser vistas como
ampliaciones de estructuras domésticas que ya eran típicas en la región por siglos.
Esta modificación del espacio doméstico en algo “diferente” marca el comienzo del
“complejo Kalasasaya,” la construcción de patios, pirámides, y recintos amurallados
como parte de un conjunto de rasgos arquitectónicos que albergaron la vida ritual
comunal y política (Stanish 2003: 141).
En los siguientes dos milenios, esos nuevos rasgos arquitectónicos crecieron en ta-
maño y complejidad. En términos generales, el período más temprano de la arquitec-
tura de patios hundidos estuvo caracterizado por numerosos, quizá cientos de asen-
tamientos dispersos a lo largo de la cuenca del Titicaca. Esas construcciones iniciales
fueron esencialmente pequeños patios y/o casas semi-subterráneas. Durante el tiempo,
el tamaño y la complejidad de la arquitectura se incrementaron, con la adición de áreas
1 Traducido del ingles al castellano por Henry Tantaleán, en colaboración con Luis Flores.
i Departamento de Antropología, Universidad de California. [email protected].
ii Programa Collasuyo, Puno. [email protected].
iii [email protected].
iv Humanities Research Institute, the University of Sheffield. [email protected].
v Departamento de Antropología, UCLA. [email protected].
132 / El surgimiento de la complejidad social...
amuralladas y montículos poco elevados. A la vez, sin embargo, existió una reducción
en la cantidad total de asentamientos asociados con este complejo arquitectónico. Al-
rededor del tercer siglo después de Cristo, había solamente un puñado de sitios en la
región con patios muy grandes, pirámides, y recintos amurallados. Se podría plantear
que esta tendencia —la elaboración simultánea de arquitectura no doméstica y el incre-
mento pronunciado de la jerarquía de asentamientos— culminó con la construcción del
gran centro arquitectónico de Tiwanaku en la región sur del Titicaca.
El desarrollo de esta arquitectura no doméstica está correlacionado con la evolu-
ción de la complejidad sociopolítica en la región. Sostenemos que esta nueva forma
de arquitectura corporativa jugó un rol importante en el desarrollo de nuevas y más
complejas formas de organización social. Específicamente, el complejo Kalasasaya
sirvió para coordinar el trabajo en una nueva forma que proporcionó incremento de
riqueza y poder a esas aldeas y posteriores pueblos que participaron en, y así tomaron
ventaja de el nuevo orden. Las transformaciones organizacionales del siglo XIV a.C.,
efectivamente, pusieron en movimiento un proceso competitivo que involucraba tra-
bajo, comercio, y guerra acelerado por más de un milenio, resultando en las grandes
culturas de Pukara, Taraco, y Tiwanaku en el primer milenio de nuestra era.
Este fenómeno cultural representa el surgimiento y consolidación de sociedades
complejas en los Andes centro-sur y se corresponde con procesos similares alrededor
del mundo. La amplia cuestión que nosotros tratamos en este capítulo es cómo y por-
qué el complejo Kalasasaya se desarrolló en la cuenca norte del Titicaca. Trataremos,
en primer lugar, los patrones empíricos en la evolución de este fenómeno, y en se-
gundo lugar, buscaremos definir qué factores pueden explicar el proceso que generó
y sostuvo este ciclo evolutivo.
Figura 1. Mapa del Lago Titicaca mostrando la ubicación de los sitios mencionados en el texto.
en la cuenca norte, sino más bien, este llegó a obtener poder dentro de un contexto
de competencia faccional y de alianzas cambiantes (Stanish 2003). La apropiación de
poder ideológico fue crítico para el éxito de Pukara, aunque esto no significaba una
estrategia novedosa. Los sitios con múltiples patios hundidos, conjuntos estandari-
zados de iconos, y finos estilos de arte cerámico y lítico fueron elaboraciones de las
estrategias de liderazgo más tempranas del Formativo Medio diseñadas para atraer
poblaciones locales y peregrinos por igual, alejándolos de los asentamientos compe-
tidores.
Aunque la exacta naturaleza de Pukara ha sido ardorosamente debatida (ver dis-
cusión en Klarich 2005 y en este volumen), está claro que los asentamientos conte-
niendo tal arquitectura monumental pueden atraer seguidores a través de la produc-
ción y distribución de la ideología por medio de rituales, fiestas, y la producción de
bienes representando imaginería sobrenatural. La participación en las ceremonias
y la adquisición de objetos simbólicos asociados habrían sido fuentes importantes
de poder y prestigio. El prestigio conferido mediante la participación —señalado, en
palabras de Plourde (2006), a través de la continua adquisición de nuevos materiales
simbólicos y conocimiento especializado— sería transformado en estrategias de po-
der (sensu Blanton et al. 1996) en sus nacientes comunidades. La promesa de prestigio
y status atraería a los individuos hacía compromisos de deudas recíprocas de largo
plazo (Hayden 1998) estableciendo, de ese modo, una gran coalición de partidarios
(Clark y Blake 1994) para el centro aspirante. Si uno ve tal arquitectura teniendo efec-
tos integradores para manejar la tensión social (e.g. Flannery 1972), promoviendo la
cohesión de la comunidad (Bandy 2004; Hastorf 2003), o reforzando las desigualdades
sociales (Abrams 1989; Cohen 2010), el rol de esta arquitectura es central para el de-
sarrollo de la complejidad.
Tal marco teórico nos permite comprender al complejo Kalasasaya como un me-
dio por el cual las elites aspirantes utilizaron estrategias persuasivas para mante-
ner sus facciones y la organización compleja del trabajo en las que sus miembros
participaron y perpetuaron. El registro etnográfico está lleno de ejemplos de jefes
conduciendo fiestas en lugares especiales o sagrados como una forma para mantener
sus facciones (Stanish y Haley 2005). Una amplia gama de obligaciones reciprocas
entre jefes y miembros del grupo son negociadas durante momentos especiales en
esos lugares especiales. La economía política de tales sociedades de jefatura efectiva-
mente fusiona el ritual y la economía al crear un conjunto culturalmente implícito
de reglas que todos los miembros entienden. La arquitectura corporativa es el lugar
donde tal negociación toma lugar y sirve para hacer algunas de esas reglas explicitas
(ver Cohen 2010). Las sociedades que crean el lugar para negociar exitosamente las
complejas reglas del comportamiento económico y la cooperación social, a largo pla-
zo, dominarán el paisaje político.
Por lo tanto, una pregunta teórica central emerge de esos datos: ¿cuáles son los
factores que pueden explicar la relativamente rápida emergencia de la sociedad com-
pleja, como está representada por la evolución del complejo Kalasasaya? Los factores
hipotetizados aquí son la organización del trabajo, el comercio, y el uso del conflicto.
Estos factores juegan en un contexto geográfico que favoreció los agrícolamente ricos
136 / El surgimiento de la complejidad social...
extremos norte y sur del la cuenca del Titicaca. En el norte, esta región estaba centra-
da en el corredor a lo largo del lago y desde los ríos Huancané, incluyendo el Taraco
y el Azángaro, hasta el Pucará. En el sur, la región está limitada por la Pampa Koani,
atravesando la península de Taraco, Tiwanaku y la región de Jesús de Machaca.
Organización del Trabajo
La organización del trabajo es un factor crítico en el desarrollo de formas crecien-
temente complejas de la estructura social. La teoría antropológica económica nos
enseña que no es la cantidad absoluta de tiempo empleada en las actividades pro-
ductivas, sino más bien la naturaleza de la organización del trabajo la que puede
crear sociedades políticamente poderosas y ricas en las economías preindustriales.
Mantener grupos políticamente autónomos cooperando en economías de escala es
la clave para comprender cómo pueden ocurrir tales transformaciones. Esas trans-
formaciones pueden tomar la forma de crecimiento rápido, como también de un
rápido declive. El ciclo de complejidad de jefatura y estado arcaico parece ser la
norma y, en contraste, las transiciones evolutivas lentas más parecen ser un arte-
facto de nuestros prejuicios teóricos y bases de datos incompletas (ver Anderson
1996; Marcus 1998).
La construcción de rasgos arquitectónicos no-domésticos en esos tipos de contex-
tos culturales representa, en el sentido más general, un ejemplo de esfuerzos de tra-
bajo cooperativos, nuevas formas de manejo del trabajo, y la creación de economías
de escala. En este sistema revisado, la gente no trabaja más; ellos trabajan de manera
diferente. Por vez primera, el trabajo también llega a ser un producto, y la contribu-
ción de horas-trabajo (tanto si es voluntario o coaccionado) puede ser compensado
con el acceso a bienes restringidos, fiestas, y/u otras actividades ceremoniales. El
trabajo habría sido utilizado para “construir y mantener patios hundidos, para man-
tener a los artesanos a tiempo parcial, para producir objetos de piedra y cerámica, y
organizar expediciones comerciales fuera de la región” (Stanish 2003: 280).
Durante el período Formativo, el acceso y el control sobre el trabajo fueron impor-
tantes caminos hacia el poder. De particular importancia es la construcción y man-
tenimiento de campos elevados, los cuales representan una intensificación de las ac-
tividades agrícolas como también un cambio en la naturaleza de la organización del
trabajo. Aunque el cultivo de campos elevados es un trabajo intensivo, este presenta
muchas ventajas que fueron probablemente importantes en el crecimiento de ciertos
sitios. Al absorber y conservar calor de la radiación solar, esos sistemas protegieron el
crecimiento de plantas del daño de la helada en la noche (Erickson 1985; Kolata 1991).
Su uso también ha sido demostrado para acortar el ciclo de cosecha, permitiendo la
generación de excedente mediante dobles cosechas, o dejando tiempo para otros tipos
de actividades (Bandy 2001; Janusek 2008). Los datos de los asentamientos de la isla
del Sol, la región Juli-Pomata, y la Pampa de Huatta sugiere que la agricultura de cam-
pos elevados probablemente llegó a estar en uso durante el período Formativo Medio,
contribuyendo tal vez tanto con la tercera parte de la economía política regional du-
rante este tiempo (Erickson 1988, 1993; Stanish 1994, 2006). Como se documentó en
137 / A. Levine, C. Chávez, A. Cohen, A. Plourde y C. Stanish
Comercio
El comercio externo proporciona uno de los elementos claves en la creación de econo-
mías políticas complejas. Los bienes no locales adquieren valor debido simplemente a
su rareza y asociación con lo exótico (ver Helms 1993). A diferencia de los bienes dis-
ponibles comúnmente, los bienes exóticos son creadores de prestigio o marcadores
de status (Plourde 2006). Al crear economías que generan excedentes mediante mate-
riales disponibles localmente, las comunidades pueden comerciar ese excedente con
otras comunidades que correspondientemente crean bienes de recursos específicos.
Este tipo de intercambio representa una clásica relación económica entre regiones
con bases de recursos diferenciales comerciando sus bienes para mutuo beneficio.
Aumentar la producción a través del trabajo especializado también tuvo un efecto
político adicional. Entre los centros competidores, la reciprocidad institucional inhe-
rente a las relaciones de comercio también serviría como un mecanismo integrador
crítico, creando obligaciones entre socios locales de intercambio y fomentando alian-
zas entre contactos dispersos (Adams 1974; Malinowski 1920; Mauss 1950).
Existe abundante evidencia de intercambio de larga distancia de productos a tra-
vés de la región del Titicaca tan temprano como el período Arcaico. Las excavaciones
en la isla del Sol en Bolivia indican comercio de obsidiana desde tan temprano como
la última parte del tercer milenio a.C. Esta obsidiana procedería del valle del Colca en
el área de Arequipa a más de 175 km de distancia. Este comercio habría involucrado el
uso de embarcaciones, puesto que la isla ha tenido ocupación humana la mayor parte
o todo el tiempo (Stanish et al. 2002).
Para el período Formativo Temprano, la adquisición de bienes de prestigio requi-
rió el firme establecimiento de redes de comercio de larga distancia (Janusek 2008).
Los tempranos residentes de la región del Titicaca utilizaron una variedad de mate-
riales exóticos. Los artefactos de oro posiblemente más tempranos encontrados en
la cuenca, descubiertos en el sitio de Jiskairumoko, datan de este período o, incluso,
más temprano (Aldenderfer et al. 2008). El oro probablemente habría llegado desde
los valles orientales que descienden hacia la cuenca amazónica, ya que la región del
Titicaca contiene muy poco de este material (Plourde 2006). Las excavaciones, como
las de Jiskairumoko, también ofrecieron la más temprana evidencia de una piedra
138 / El surgimiento de la complejidad social...
azul no local en contextos que datan del Arcaico Terminal temprano (Craig y Alden-
derfer 2002). Esta piedra, alternativamente identificada como sodalita o lapizlázuli,
a menudo se usaba para elaborar cuentas, y podrían haber sido importada desde una
fuente en Cochabamba, al sur de la cuenca del Titicaca (Browman 1981). Una variedad
de plantas alucinógenas y otros materiales orgánicos, incluyendo coca, también fue-
ron conseguidos de entornos de tierras bajas. Las sustancias psicotrópicas tales como
vilca, ayahuasca, brugmansia, que crecían en las tierras bajas amazónicas y vertientes
orientales tropicales, fueron usadas conjuntamente con tubos inhaladores y tabletas,
las cuales también fueron comercializadas (Janusek 2008; Plourde 2006).
Conflicto
Los documentos históricos indican que la ocupación Inca de la región del Titicaca se
produjo a través de la conquista militar y luego de una intensa negociación. Como en
el resto de los Andes, el conflicto se extendió antes del Intermedio Tardío (ver Arkush
2005 y en este volumen). La pregunta a responder es qué evidencia de conflicto existe
previamente al Intermedio Tardío. Comenzando en el otro extremo de la secuencia
cronológica, existe poca evidencia de conflicto organizado en los períodos Arcaico
o Formativo Temprano. Nosotros tenemos alguna evidencia de patrones de asenta-
miento de que los sitios estuvieron situados defensivamente tan temprano como en
el Formativo Medio, aunque esto no es completamente seguro. La evidencia de con-
flicto y competencia llega a ser más clara en el registro arqueológico del Formativo
Superior, y nosotros planteamos que la violencia organizada puede rastrearse por
lo menos en este tiempo. Un fechado radiocarbónico de la base de un muro de un
sitio fortificado en el valle de Putina lo coloca en el Formativo Superior entre los 108
a.C. – 120 d.C.1 Esta fecha es consistente con las ubicaciones defendibles del período
Formativo Superior en la cuenca norte del Titicaca en general.
También hay un cambio iconográfico importante durante este período que habla
del uso de la violencia como estrategia política. El repertorio iconográfico Pukara,
el cual incluye cabezas trofeo, “devoradores”, decapitadores y felinos arrodillados
rugiendo, alude a un ethos de violencia y poder desigual (Hastorf 2005: 68) nunca an-
tes visto en la región del Titicaca. De particular interés son las representaciones de
“cabezas trofeos” (Arnold y Hastorf 2008; S. Chávez 1992), que habían estado ausen-
tes de la tradición Yaya-Mama del Formativo Medio. En el Formativo Superior, este
motivo aparece “en el arte lítico, cerámico, y textil, y su poder simbólico en la región
no puede ser exagerado” (Stanish 2003: 161). El uso de estos tipos de imágenes pro-
bablemente refleja conflictos reales entre grupos de elite en la región en este tiempo.
Además, Arnold y Hastorf sostienen que el conjunto de cabezas humanas, represen-
tando clérigos, encontradas en el sitio de Pukara (S. Chávez 1992: 64; Kidder 1943)
probablemente representa “la captura de poderes enemigos” (Arnold y Hastorf 2008:
190-191). Basados en esta información junto con los datos de los asentamientos, su-
1 AA53817. Sitio HU-081; carbón vegetal; 1994 ± 42; 108 a.C. – 120 d.C. 95.4%; OxCal 4.0. Este fecha-
do fue obtenido por Ms. Lisa Cipolla, un miembro del Programa Collasuyu.
139 / A. Levine, C. Chávez, A. Cohen, A. Plourde y C. Stanish
Investigación en Taraco
El sitio arqueológico de Taraco está localizado en la orilla del río Ramis en la cuenca
norte del Lago Titicaca, en el pueblo actual del mismo nombre. Siguiendo el patrón de
los sitios formativos alrededor de la región del Titicaca, pocos restos del sitio perma-
necen de pie actualmente. Los investigadores largamente han reconocido la impor-
tancia del área de Taraco; el pueblo moderno es renombrado por la cantidad y calidad
de sus monolitos esculpidos en el estilo Yaya-Mama. De hecho, la primera estela ori-
ginal Yaya-Mama descrita por S. Chávez y K. Chávez (1975) fue descubierta en Taraco,
y está actualmente en exhibición en el museo de la comunidad. Muchos otros, inclu-
yendo Kidder (1943), quien comentó sobre los monolitos de Taraco, Tschopik (1946),
Mujica (1978), Lumbreras (1968), y Rowe (1942), también han publicado comentarios
sobre el sitio.
Richard Burger y colegas (2000) publicaron un importante análisis de artefactos
de obsidiana excavados del sitio de Taraco por S. Chávez y K. Chávez como parte
de un estudio más amplio de obsidiana de los Andes Sur Centrales (Burger et al.
2000). Una cantidad importante (16%) de los artefactos de obsidiana excavados de
los niveles “inmediatamente pre-Pukara” en Taraco proceden de la fuente de Alca,
una fuente de obsidiana fundamentalmente usada por las poblaciones del área del
Cusco. Los residentes de la región del Titicaca, en contraste, generalmente solo ex-
plotaron obsidiana extraída de la fuente de Chivay del valle del Colca (Burger et al.
1998). La abundancia de obsidiana de Alca en la cuenca del Titicaca es considerado
como un indicador de la intensidad de intercambio con el área del Cusco. El porcen-
taje de obsidiana de Alca es una “cantidad nunca ocurrida antes ni igualada después
de este período”, y sugiere que “Taraco podría haber atraído gente y recursos del
Cusco en peregrinaje a este evidentemente centro público mayor” (Burger et al.
2000: 311-312).
Una investigación reciente en Taraco indica un denso agrupamiento de asenta-
mientos del período Formativo, enlazados por una red de caminos, en el área que
rodea al pueblo actual (Figuras 2 y 3). El montículo, sobre el cual el actual pueblo
fue construido, también destaca entre otros sitios contemporáneos de la prospección
debido a su comparativamente gran tamaño. En conjunto, esos montículos forman
el sitio-complejo de Taraco. Según lo representado por los datos de la prospección
(Stanish y Umire 2002), el área total de la ocupación Qaluyu y Pukara temprano suma
cerca de 100 há, proporcionando evidencia clave de que Taraco fue un lugar central
principal mayor para Qaluyu y, junto con Pukara, uno de los dos principales centros
políticos compitiendo por el dominio regional durante los períodos Formativo Medio
y Superior Temprano. Como tal el sitio es un caso ideal para comparar modelos de
evolución cultural.
140 / El surgimiento de la complejidad social...
patio hundido. Finalmente, la superficie del Área A estuvo cubierta por cantidades
importantes de cerámica formativa, incluyendo materiales diagnósticos Qaluyu y
Pukara (Stanish y Umire 2002), que proporcionaron un buen indicio de la naturaleza
de los depósitos subyacentes.
Las excavaciones realizadas por Stanish y De la Vega en 2004, Levine y C. Chávez
en 2006-07, y la limpieza de perfiles cortados por el río por Levine en 2007 produjeron
una secuencia cultural estratificada para el montículo alcanzando cerca de cuatro
metros en profundidad, y correspondiendo a ocho fases de ocupación humana (Fi-
gura 4). Basándose en las cerámicas asociadas, las tres ocupaciones más tempranas
datan del período Formativo, y han sido denominadas Fase 1, Fase 2 y Fase 3. Cada
una de esas ocupaciones estaban asociadas con una edificación hecha de piedra can-
teada, con las posteriores dos ocupaciones superpuestas sobre las más tempranas.
Los pisos estuvieron compuestos por una fina arcilla preparada que fue a menudo de
color rojizo. Los pisos estuvieron intercalados con lentes de cenizas, indicando que
estos fueron quemados periódicamente y repuestos. Tanto las construcciones de la
142 / El surgimiento de la complejidad social...
2 AA63328; carbón vegetal. Para el fechado 1885 ± 40 los dos posibles rangos de edad calibrada son
29—38 cal d.C. (p=.014), y 51—233 cal d.C. (p=.94). Calibrado en 2σ con el programa OxCal 4.0.
143 / A. Levine, C. Chávez, A. Cohen, A. Plourde y C. Stanish
tendiéndose sobre una gran área de la terraza. Este evento marca un cambio en la
estratigrafía en Taraco, aunque no existe evidencia para sugerir que el sitio estaba
abandonado. Niveles posteriores a la quema contuvieron cantidades decrecientes de
obsidiana, una ausencia de cerámica polícroma, y una reducción general en la calidad
de la colección cerámica (De la Vega 2005; C. Chávez 2007). Superficies apisonadas,
más que pisos preparados cuidadosamente, y cimientos de piedra de campo caracte-
rizan la posterior ocupación Huaña (C. Chávez 2008b).
El análisis de las cerámicas del Área A fue completado por Levine usando la tipolo-
gía desarrollada por C. Chávez para su estudio de las cerámicas de la cuenca norte del
Titicaca (C. Chávez 2008a). Los análisis identificaron varios tipos de cerámica, inclu-
yendo jarras, cuencos, vasijas de cocina, etc. De particular interés son los cuencos, los
cuales muestran algunos patrones llamativos. La muestra total de cuencos (n=186) in-
cluyó especímenes decorados y no decorados, como también vasijas con paredes rec-
tas (tazones) y paredes convexas (cuencos). Nuestra interpretación es que, aunque la co-
lección del Formativo en Taraco parece haber sido utilizada para múltiples propósitos,
es probable que los cuencos fueran utilizados fundamentalmente durante actividades
de compartir o servir alimentos. Cuando se consideran por fase, los cuencos muestran
144 / El surgimiento de la complejidad social...
3 Un análisis de la varianza de una entrada Kruskal-Wallis fue usado para evaluar la variabilidad
entre las tres muestras, y los resultados (H = 10,66, df = 2, p = ,005) indican una variación impor-
tante entre las tres muestras; nosotros podemos, por tanto, rechazar la hipótesis nula que esas
tres muestras fueron elaboradas de la misma población. Esta prueba fue seguida por un test U-
Mann-Whitney, una prueba no paramétrica usada para comparar los promedios de dos muestras
independientes.
4 El nombre Taraco es usado tanto para el pueblo en el norte como también para la Península y el
pueblo en el sur.
145 / A. Levine, C. Chávez, A. Cohen, A. Plourde y C. Stanish
tectura doméstica del Área A en Taraco estuvo asociada con muchos más ejemplos de
cerámica de estilo Qaluyu decorada con líneas incisas anchas y pintura roja-marrón
sobre crema (C. Chávez 2007, 2008b). Esta distribución diferencial de cerámica fina
en dos sitios contemporáneos sugiere patrones de acceso desiguales que reflejan un
status diferencial entre los dos sitios.
Resulta interesante que, aunque la obsidiana de Chivay y las elaboradas vasijas uti-
litarias estuvieron presentes en las ocupaciones más tempranas de Taraco, trompetas
y quemadores de incienso —componentes de la tradición religiosa Yaya-Mama— no
aparecen hasta muy tarde cuando la cerámica Pukara está presente. Esos resultados
sugieren que Taraco quizás alcanzó status durante el Formativo Medio mediante el
comercio de obsidiana y posteriormente incorporó esta mayor complejidad de festi-
nes y un sistema político consagrado en la tradición Yaya-Mama. Este patrón es con-
sistente con los datos del resto de la cuenca norte del Titicaca que se correlacionan
con la progresiva elaboración de las estrategias de las elites.
Debido a su estratégica localización, la cual tal vez fue originalmente elegida de-
bido a la alta concentración de recursos en el área, Taraco parece haber llegado a
ser una “comunidad de tránsito” (Bandy 2005) para el paso de caravanas de comer-
ciantes, casi como las aldeas de la Península de Taraco, localizadas en la cuenca sur
de Bolivia. Las unidades domésticas individuales podrían haber asumido derecho de
alojamiento a cambio de presentes de bienes exóticos, como sugiere el gran tamaño
de las vasijas de servicio de alimentos y la abundancia de obsidiana hallada en las
fases ocupacionales más tempranas. Finalmente, la riqueza obtenida a través del alo-
jamiento fue usada para financiar los inicios de una economía política, que incluyó
actividades públicas ceremoniales con música (zampoñas y trompetas), la quema de
incienso, y las fiestas patrocinadas por la comunidad. Efectivamente, esta riqueza
permitió a Taraco “comprar en el interior” de las ideologías regionales, incluyendo
la tradición religiosa Yaya-Mama. Durante el período Pukara Temprano, esas estra-
tegias atrajeron exitosamente a poblaciones de tan lejos como la región del Cusco,
como sugiere la presencia de obsidiana de Alca en estos niveles.
El cambio en la naturaleza del compartimiento de comida y actividades festivas se
manifiesta en la frecuencia más alta de cuencos pequeños durante la Fase 3. Este pa-
trón es similar al identificado por Steadman (2007) en el sitio de Kala Uyuni, localiza-
do en la Península de Taraco. En su análisis de cerámicas de este sitio, ella documentó
la presencia de grandes cuencos para la fase Chiripa Tardío que fueron usados para
actividades comunitarias de compartimiento de alimentos (Bandy 2007; Steadman
2007). Esta categoría de tamaño de cuenco está ausente de la colección del Formativo
Tardío. Significativamente, los cuencos comprenden un porcentaje importante de la
colección de Taraco; sin embargo, su tamaño promedio es más pequeño que los de
la fase Chiripa Tardío. Bandy sugiere que esta reducción en el tamaño del cuenco
refleja una “reconfiguración de la comensalidad” durante el Formativo Tardío que
implicó un cambió de los eventos comunales del estilo potluck6 de compartir alimen-
6 Los Potluck son una costumbre culinaria de Estados Unidos, originalmente inglesa, que consiste
en la forma colectiva de aportar alimentos a una reunión o banquete colectivo.
147 / A. Levine, C. Chávez, A. Cohen, A. Plourde y C. Stanish
tos a eventos más públicos en los que los participantes fueron servidos en vasijas
individuales (Bandy 2007: 141). Este nuevo estilo de festividad, descrito por Bandy
como “uno-para-muchos,” representa un cambio hacia un status de “anfitrión” más
definido y representa una de las varias formas en que los líderes podían desarrollar su
economía política, de ese modo atrayendo seguidores y manteniendo el crecimiento
de su comunidad.
En otras partes, Stanish (2001, 2003), Griffin y Stanish (2007) y Levine (2008,
e.p.) han discutido el rol de la competencia y la violencia en la evolución princi-
palmente de la autoridad durante el período Formativo Superior. Cohen (2010)
encontró evidencia para “la incineración y ofrendas dedicatorias de vasijas cerá-
micas y cuerpos humanos in situ” en el patio temprano del sitio Huatacoa, lo cual
puede ser convincentemente interpretado como evidencia de conflicto.7 Las pri-
meras fortalezas son aparentemente muy tempranas y el conflicto era endémico
durante el período Intermedio Tardío (Arkush 2005). Aunque la violencia política
organizada podría o no haber motivado inicialmente la cooperación, sin duda es-
tuvo implicada en la transformación del paisaje político y económico del Formati-
vo Superior. Sostenemos que el incendio en Taraco no estuvo relacionado con un
accidente, ritual o el proceso de abandono del sitio. Más bien, este acontecimiento
representa la evidencia más temprana documentada de una agresión desarrollada
en la región del Titicaca (Levine 2008). Luego de este evento, la gente continuó vi-
viendo en el sitio; sin embargo, la naturaleza de la ocupación había cambiado. Los
residentes no construyeron más con piedra canteada o participaron en rituales
públicos y ceremonias. No manufacturaron o usaron cerámica elaborada. Siguien-
do con la destrucción en la Fase 3 del asentamiento, Taraco, al parecer, perdió
abruptamente su status político y económico como un centro regional mientras
que Pukara surgía, un frío testamento quizás, a la eficacia de la competencia exito-
sa entre organizaciones políticas pares.
No es coincidencia, y es muy importante, que el tiempo de este evento violento en
Taraco corresponde aproximadamente con el florecimiento del gobierno Pukara en
la cuenca noroccidental. En la parte temprana del Formativo Superior, Taraco no fue
más el único centro político y económico en la cuenca norte. Durante este período,
Pukara llegó a ser uno de los más formidables competidores de Taraco por el dominio
regional. Como Taraco, Pukara está localizado sobre un rico ambiente de pampa con
una gran fuente de agua: el río Pucará. El intercambio documentado de bienes de alto
status entre esos dos centros representa una forma de cooperación entre esos dos po-
deres que podía ser complementaria con su competencia; con el objetivo de competir
efectivamente, “el engrandecimiento requiere de la cooperación y apoyo de clientes
endeudados, probablemente incluyendo muchos familiares, y otros patrones o socios
comerciales” (Clark y Blake 1994: 19). El comercio y la interacción no necesariamente
excluyen las competencias e incluso los conflictos, como cualquier lectura de la his-
toria europea o asiática atestigua.
7 Cohen, de hecho, prefiere una interpretación de esos datos como un evento ritual.
148 / El surgimiento de la complejidad social...
Agradecimientos
Nuestro agradecimiento a los miembros del Programa Collasuyo, que han contribuido
a una mayor comprensión de la prehistoria del norte de la cuenca del Lago Titicaca.
Gracias, también, al Dr. P. Ryan Williams, del Field Museum, por su ayuda con PXRF, y
al personal del Museo Contisuyo por el uso de sus instalaciones. La investigación ar-
queológica en Taraco se realizó con la autorización del Instituto Nacional de Cultura
de Perú, y fue generosamente financiada con becas de la National Science Foundation,
el departamento de Antropología, del Latin American Institute, las dotaciones Cotsen
y amigos de arqueología en UCLA. Estamos muy agradecidos con el Cotsen Institute of
Archaeology de UCLA por su apoyo en el curso de nuestra investigación. Por último,
nos gustaría dar las gracias a Luis Flores Blanco y Henry Tantaleán por su invitación
a participar en este volumen.
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154 / El surgimiento de la complejidad social...
Introducción
La arqueología del tiempo denominado en la literatura arqueológica como “Formativo”1
en la cuenca norte del Titicaca tiene como máximos exponentes de desarrollo social
a Qaluyu (1400 a.C.-400 a.C.) y Pukara (400 a.C.-350 d.C.) (Hastorf 2005; Janusek 2004;
Stanish 2003). Estas dos entidades han sido representadas a partir de la definición y
aislamiento, principalmente de dos estilos cerámicos que se reconocen, por lo gene-
ral, como dos grupos sociales que se suceden uno tras del otro. Asimismo, cada uno
de ellos está asociado a un conjunto de sitios y litoescultura lo que completaría la
materialidad social de ambas entidades.
Azángaro. Este último río, junto con el Pucará, conforman las principales áreas donde
se ha reconocido una cantidad importante y significativa de sitios relacionados con
Qaluyu y Pukara. De esta manera, uno de nuestros objetivos principales fue contras-
tar nuestra información de un área mínimamente (re)conocida con la información
del “área nuclear” de Qaluyu y Pukara. Asimismo, nuestro objetivo es pasar de la de-
finición de una sociedad solamente a través de la cerámica a generar una perspectiva
más dialéctica donde los estilos son sólo una parte integrante de una materialidad
social más amplia que debemos reconocer en su dinámica productiva y las prácticas
sociales en la que estos se hayan inscritos. Pero antes de pasar a describir nuestra
investigación concreta debemos hacer algunas observaciones sobre cómo vemos la
arqueología de la cuenca norte del Titicaca.
2 Dada el espacio limitado que tenemos aquí no los desarrollaremos in extensu. Sin embargo,
se puede consultar Tantaleán 2010.
157 / Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, A lex Gonzales y Carlos Zapata
(Stanish et al. 1997), tipologías de asentamientos (Stanish et al. 1997; Stanish 2003: 89)
o jerarquías de estos (Bandy 2001; Plourde 2006: 215; Plourde y Stanish 2006) basados
en la extensión y/o volumen de los asentamientos y sus elementos constituyentes3 en
el momento de su investigación.
Para paliar en algo esta situación, hemos recolectado y estudiado la información
existente sobre los sitios y objetos arqueológicos conocidos con el nombre de Qaluyu
y Pukara4. En este capítulo, dichos materiales, tratan de ser re-insertados en su lugar
de producción y/o uso original, de manera tal, que nos pueden informar de su propia
génesis.
de una época” (como planteaban, por ejemplo, Winckelman o Hegel), como por una
perspectiva evolucionista de la sucesión de estilos (Bardavio y Gonzáles Marcén 2003:
50; Trigger 2006: 57).
Bajo estas premisas, en el siglo pasado se desarrolló en los Andes Centrales una
investigación orientada hacia los diseños “mitológicos” incluidos en los objetos ar-
queológicos (Tello 1923; Larco Hoyle 1938; Carrión Cachot 1959; Menzel 1964) y que
alcanzó su mayor despliegue con los estudios iconográficos inspirados en los enun-
ciados de Erwin Panofsky (1955) enfocados, sobre todo, en la compleja decoración
de la cerámica Moche de la costa norte del Perú (por ejemplo, Hocquenghem 1987).
Dicha tradición, luego, fue recogida por John Rowe en sus análisis de la iconografía,
como por ejemplo, en sus fases litoescultóricas del sitio de Chavín de Huántar en la
sierra norcentral (Rowe 1979 [1967]). De esta manera, el estilo se utilizaba como medio
para la construcción de una epistemología y/o metodología para la explicación del
objeto “hacia afuera”, en la que la apariencia del objeto nos comunicaba7 una serie
de características subjetivas de la sociedad8, sobre todo, ideológicas (por ejemplo, ver
Willey 1999) y, últimamente desde la arqueología post-procesual, proporcionaría la
oportunidad de recuperar significados o comprender narrativas (ver por ejemplo,
Hodder 1993, 1994; Shanks y Tilley 1992 [1987]: 137; Shanks 1999: 6).
En este capítulo, nosotros asumimos la existencia de un estilo como una forma de
producir y reproducir objetos en una situación histórica concreta, bajo condiciones
objetivas y subjetivas específicas9. Asimismo, un único estilo, en tanto producción so-
cial, no domina necesariamente un espacio y tiempo, pues, incluso, estilos diferentes
pueden convivir en un mismo tiempo y espacio y, de hecho, así lo hacen en algunos
sitios arqueológicos. Para nosotros, el estilo no pertenece a una expresión ideal de
una sociedad o una manera de encarnar el pensamiento sino que es la materialización
u objetificación de una producción social posibilitada por la materia prima y que, a su
vez, al crear realidad, condicionó la existencia de la vida social que la procuró (Kosik
1967; Patterson 2009). Esto quiere decir que, los objetos arqueológicos fueron produ-
cidos socialmente por los seres humanos, fueron una extensión de su ser y, su exis-
tencia en este mundo posibilitó toda una realidad social. De esta forma, los objetos
Posteriormente, entre los 400 a.C. y los 350 d.C., aunque existen ciertas características
y continuidades formales inspiradas en el momento anterior, se hace evidente un cam-
bio en la selección de los materiales, en la tecnología e inversión en el tiempo y/o esfuer-
zo para la producción de objetos en el estilo Pukara. Distinguiremos tres componentes u
objetos significativos durante este tiempo: el montículo de dimensiones monumentales,
la lito-escultura (especialmente las estelas) y la cerámica polícroma e incisa.
Considerando lo expuesto, podremos sugerir ciertas lógicas de producción más
adelante y avanzar planteamientos de cómo sería su hallazgo en áreas relacionadas
con dichas producciones (Tantaleán 2010) como se hizo en el caso del análisis del ma-
terial recuperado en nuestra prospección del valle del Quilcamayo-Tintiri. Además, al
reunir dichos elementos podremos asegurar una co-existencia que revele sus formas
de posibilitar y condicionar la vida social durante espacios de tiempo importantes.
Si bien existen otros artefactos u objetos que pueden ser asignados a los estilos
antes mencionados, por el momento, son minoritarios. Por ejemplo, tenemos conoci-
miento de una importante producción de artefactos sobre hueso de camélidos (Colec-
ción del Museo Peabody de la Universidad de Harvard), metal (pectoral en la misma
colección, placas metálicas en McEwan y Haeberli 2000), madera (Alcalde 2001: 28)
y textiles (Conklin 1983, 2004; Mujica 1991; Haeberli 2001; Young-Sánchez 2004: fig.
2.21) durante estos tiempos. Creemos que el estudio de la producción y uso de dichos
objetos es relevante para entender mejor las características de la vida de dichas socie-
dades, pero su escasez, características materiales y su ubicación actual no permiten,
por el momento, establecer un panorama claro de su producción.
Los asentamientos con objetos de estilo Qaluyu son los primeros asentamientos
permanentes que crecen y concentran volúmenes de construcción en esta parte de
la cuenca del Titicaca. Se trata de montículos que sobresalen y modifican el paisaje
social y, en el caso de los conjuntos de terrazas, se manifiestan por una acumula-
ción o extensión de estas sobre áreas de cerros. Asimismo, como se ha observado
en diferentes investigaciones en sitios arqueológicos asociados con objetos de estilo
Qaluyu (Plourde 2006; Tantaleán 2010), muchos de estos contienen componentes pre-
cerámicos lo que supone que, incluso, se superpondrían a asentamientos mucho más
antiguos.
Los asentamientos asociados a objetos de estilo Qaluyu, concretamente son espacios
arquitectónicos residenciales de planta rectangular (domésticos) y hasta el momento
no se ha evidenciado arquitectura monumental. En ciertos casos, se ha planteado la
existencia de plazas hundidas en algunos montículos, aunque no han sido debidamente
registrados y fechados. Las huancas parecen ser los objetos claves líticos de los sitios
arqueológicos Qaluyu y estarían relacionados con las primeras arquitecturas extra-do-
mésticas, públicas o “corporativas” de ese momento histórico. A pesar de su gran núme-
ro, estos sitios no tienen gran variación y diferenciación superficial. Por consiguiente,
comparten componentes o rasgos básicos comunes: espacios residenciales (con gran-
des depósitos de desechos) y conjuntos de campos elevados o “camellones”. Si existe
alguna diferencia sólo concierne a la extensión del asentamiento.
En el caso de los asentamientos asociados a objetos del estilo Pukara, la mayoría de
ellos se superponen a asentamientos que se formaron cuando se estaban produciendo
objetos de estilo Qaluyu o eligen nuevos terrenos que poseen una destacada ubicación
en el paisaje, como las faldas de los cerros y las elevaciones topográficas. Estos asenta-
mientos están ubicados en lugares con un gran control de la visibilidad y movimiento
de y hacia las áreas circundantes: pasos de valle y accesos a otras zonas ecológicas más
allá del altiplano del Titicaca14. Para la construcción de los asentamientos Pukara se uti-
lizaron elementos materiales variados, seleccionándose la materia prima en lugares de
fácil acceso, así como también de fuentes alejadas, incrementándose el uso de grandes
bloques piedra, sobre todo, de arenisca. Estos asentamientos se incrementan en exten-
sión y volumen con respecto a sus predecesores, construyéndose sobre estos mismos
o fundándose nuevos asentamientos. Los sitios incluyen grandes espacios abiertos con
muros más elaborados y, entre ellos, la plaza cuadrangular o rectangular hundida es
una estructura arquitectónica central y clave en los asentamientos Pukara y se localiza
en lugares elevados y segregados de los espacios residenciales. Las estelas escalonadas
de arenisca de grandes dimensiones y con diseños complejos son los objetos más signi-
ficativos de estos sitios y evidentemente asociados a la arquitectura monumental.
Gracias al re-conocimiento de estas recurrencias, nos encontramos en mejor posi-
ción para comprender la materialidad social del área del valle del Quilcamayo-Tintiri.
La idea original no fue extrapolar la información aquí sintetizada, sino que esta nos
ayudase a formular “escenarios” posibles a reconocer en una nueva área por inves-
tigar. Obviamente, partimos de la premisa de que cada área (en nuestro caso, el valle
del Quilcamayo-Tintiri) podría tener una historia particular que no necesariamente
se repite o se manifiesta de la misma manera que en otras áreas, dado que las prácti-
cas sociales son las que constituyen históricamente su materialidad.
Descripción geográfica
El área geográfica, objeto de nuestro estudio de reconocimiento, se encuentra ubica-
da en la provincia de Azángaro en el departamento de Puno (Figura 1). Su medio am-
biente es típico de puna y destaca por ser parte de la meseta altiplánica con algunas
elevaciones montañosas a los lados del valle. Presenta vegetación escasa y rala (ichu)
y algunos arbustos. Es una zona que, por dichas características, es bastante explotada
como área de pastoreo extensivo de camélidos. La zona llana del fondo del valle don-
de se realizó la mayor parte del estudio, se encuentra ubicada a un promedio de 3850
msnm (Figura 2). Actualmente es un área de baja densidad demográfica y su aspecto
es rural con viviendas y caseríos dispersos. Dichas condiciones ayudan a la prospec-
ción por cuestiones de visibilidad como de preservación de los yacimientos.
Durante nuestra prospección hemos recorrido ambas márgenes del río Tintiri y
Quilcamayo, uniendo a lo largo del primer río a la localidad de Azángaro con la loca-
lidad de Condori, áreas en las que se han evidenciando grandes asentamientos tem-
pranos como los de Cancha-Cancha Asiruni, Tintiri y Chaupisawakasi (Chávez 1970;
Stanish et al. 2005 y visitas nuestras en 2006 y 2007).
Antecedentes
Alfred Kidder II fue el pionero de los reconocimientos arqueológicos en el área al-
tiplánica (1939). De su escasa bibliografía publicada hemos rescatado algunos yaci-
mientos que registró en la zona de Azángaro. Lamentablemente, como él mismo afir-
ma (Kidder 1943: 21), no prospectó totalmente el área que nosotros hemos elegido
163 / Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, A lex Gonzales y Carlos Zapata
Figura 2. Vista de una sección del valle de Tintiri a la altura de la localidad de Condoriri
164 / Qaluyu y Pukara
Figura 3. Mapa de la cuenca del Quilcamayo-Tintiri realizado en base a la Carta Nacional (1:100,000).
En este mapa se ha delimitado el área aproximada donde se realizó nuestro reconocimiento
arqueológico hasta el 2007
Ayrampuni (Idem 21). De dicha zona también proviene una escultura lítica que actual-
mente se encuentra depositada en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología
e Historia de Lima y que estilísticamente se relacionaría con la iconografía del estilo
Pukara (Kidder 1943: Lámina VI: 4).
Más adelante, en 1963, el investigador norteamericano John H. Rowe (1963: 7), al
referirse a los asentamientos urbanos en el “Antiguo Perú” y, específicamente, los de
la sierra sur, recoge la información de la existencia de otro sitio “Pukara” en Tintiri
y señala que aún no se habían hallado sitios habitacionales entre esos asentamientos
urbanos. Posiblemente el sitio al que se refiere es el de Cancha Cancha-Asiruni.
Adicionalmente, a estos datos Sergio Chávez (Chávez 1975) refiere la existencia
de una cantera de cuarcita en la vecina área de Arapa que proporcionaría la materia
prima para la producción de las conocidas estelas y edificios de la sociedad Pukara.
También en un artículo sobre litoescultura del altiplano, Sergio Chávez y Karen Mohr
(1970) reportan que el primero de ellos reconoció algunas litoesculturas durante un
reconocimiento arqueológico en 1968, siendo algunos de esos monolitos los del sitio
de Cancha Cancha–Asiruni en el valle de Tintiri. De hecho, en ese mismo artículo,
además, de la descripción de las litoesculturas se describe la ubicación del sitio de
Cancha Cancha–Asiruni: “El sitio de Cancha Cancha–Asiruni, ubicado en la hacienda del Sr.
Sebastián Manrique, está situado cerca al río Tintiri y a la Hacienda Tintiri, en el lado izquier-
do de la carretera que va de Azángaro a Muñani. (Chávez y Mohr 1970: 26).
Sin embargo, como el mismo autor pudo comprobar (y nosotros, también) el sitio
se encuentra alejado unos kilómetros de la Hacienda Tintiri propiamente dicha que se
concentraba alrededor de la iglesia que todavía sobresale en el paisaje de este área.
Otro investigador que realizó reconocimientos en el área que nos ocupa es Elías
Mujica. Aunque no nos refiere la metodología empleada (prospección sistemática o
no, alcance de sus estudios, etc.) en un par de publicaciones nos grafica mediante cro-
quis y mapas la existencia de dos yacimientos en el valle de Azángaro (Mujica 1985:
fig. 6.3; 1988: fig. 4).
Finalmente, Charles Stanish y asociados (Stanish et al. 2005) también realizaron
algunas visitas a asentamientos de la zona y a partir de los resultados de sus “re-
conaissances” plantearían la existencia de una mayor cantidad de sitios en el área.
Sin embargo, en la cuenca de Azángaro reportan nuevamente sólo el sitio de Cancha
Cancha–Asiruni.
De todo lo anterior, se desprendía que, por lo menos, el sitio de Cancha Cancha–
Asiruni era un sitio de gran importancia, incluso planteado como una gran “centro
secundario” de la sociedad Pukara (Stanish 2003) lo cual debería ser necesariamente
explicado desde la investigación arqueológica del mismo valle.
tarias. En este análisis solo incluiremos dichos sitios aunque la existencia de los otros da
cuenta de una trayectoria histórica que es característica de la cuenca norte del Titicaca.
Figura 5. Sitios arqueológicos con objetos del estilo Qaluyu del valle del Quilcamayo-
Tintiri reconocidos hasta la prospección del 2007.
sobre todo, del área relacionada con el cauce del mismo río, a la vez que existe una
visibilidad entre sitios de la misma época. Asociados a ellos se ha reconocido una gran
cantidad de qochas.
Un sitio típico que, además, parece ser un asentamiento doméstico sin estructuras
arquitectónicas monumentales, es el sitio QT-23 cercano a la localidad de Laranca-
huane (Figura 6). En este sitio, destacan la construcción de terrazas en la ladera de un
cerro y su vecindad a una extensa área de filtraciones de agua o bofedales. Otro caso,
es el sitio QT-22 ubicado cerca al anterior, en la margen opuesta y que es un sitio más
extenso, posiblemente con estructuras no domésticas y/o reocupado que posee una
huanca de estilo Qaluyu (Figura 7). Por otro lado, aunque el sitio QT-19 podría formar
parte de QT-20 (Cancha Cancha-Asiruni), este posee una huanca de estilo Qaluyu, aso-
ciada a una posible plaza hundida.
Lito-escultura
La litoescultura, también, es bastante frecuente en los sitios asociados con el estilo Qalu-
yu. A pesar que muchos de ellos han sido ocupados posteriormente, en tres sitios (QT-19,
Pancañe y Callacoyo) hemos hallado huancas con las características Qaluyu, e incluso,
uno de ellos asociados a una posible plaza hundida (QT-19). Las huancas se hallan ubi-
cadas en los sectores más relevantes de los asentamientos y específicamente en la parte
superior de los montículos. Como ya habíamos visto, las huancas tienen una forma alar-
gada paralepípeda y no incluyen diseños en sus superficies. Asimismo, ninguna de las
huancas observadas en los sitios del Quilcamayo-Tintiri estuvo hecha con arenisca.
Cerámica
La cerámica hallada en estos sitios es típica del estilo Qaluyu, sin mayor diferencia-
ción morfológica, funcional o decorativa entre ellos. Los fragmentos de cerámica se
hallan en gran cantidad en los asentamientos a lo largo y ancho de las ocupaciones.
Las formas son todas domésticas con decoraciones geométricas y, en el único caso,
del sitio San Antonio (QT-24), naturalista y representa una serpiente. La producción
cerámica mantiene los mismos tipos de desgrasantes conocidos para esta época, es
decir, desgrasantes minerales como pirita y feldespato.
Si seguimos la cronología y la secuencia del sitio de Camata (Steadman 1995) te-
nemos que en los sitios del valle de Quilcamayo-Tintiri la cerámica del estilo Qaluyu
apareció básicamente en la fase “Qaluyu Temprano”, porque en varios de estos sitios se
ha hallado fragmentos de ollas sin cuello. Asimismo, se han recuperado en dos sitios
del Quilcamayo-Tintiri (QT-12 y QT-22), fragmentos de trompetas de cerámica con la
técnica y las decoraciones típicas Qaluyu.
Otros objetos
Puntas
Las puntas siguen la morfología descrita por Burger y colegas (2000) para la cuenca
norte del Titicaca. Asimismo, en un caso (Callacoyo) se ha hallado una punta que
correspondería al período Arcaico, según su morfología y por el material empleado
(según la tipología de Aldenderfer y Klink 2005), algo que no sorprende, pues, muchos
sitios Qaluyu se asientan sobre ocupaciones sin cerámica, como vimos arriba.
Azadas
Las azadas, por lo general, realizadas en roca andesita o basalto olivino, aparecen en
la mayoría de estos sitios y poseen las mismas morfologías y se corresponden con las
de otros sitios contemporáneos de la cuenca norte del Titicaca. Es significativo que
casi todos los sitios tempranos incluyen artefactos enteros o fragmentados, lo que
plantea tanto su producción in situ como la práctica agrícola en terreno cercano.
171 / Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, A lex Gonzales y Carlos Zapata
Tumbas
En uno de los perfiles del sitio Callacayani (QT-12) se observaron dos tumbas de
morfología Qaluyu. Estas son semejantes a las halladas en Camata, es decir, tumbas
incluidas en las capas arqueológicas pero que, en su momento, serían subterráneas
construidas con lajas de piedra (cistas) con un individuo en posición fetal. Asimis-
mo, se pudo apreciar que tenían la modificación craneana fronto-occipital. En nin-
guno de estos casos, observamos artefactos asociados al esqueleto o en el interior
de las cistas.
Pukara
Asentamientos
Los asentamientos asociados con objetos del estilo Pukara, concretamente Cancha
Cancha-Asiruni (QT-20), Callacayani (QT-11), Pancañe (QT-06) y Chaupisawakasi (QT-
36), parecen tener una fundación previa en el momento de existencia de objetos del
estilo Qaluyu. Han crecido adosados o sobre espacios monticulares con ocupación do-
méstica Qaluyu y a la que se le han añadido mayores volúmenes y espacios abiertos de
grandes dimensiones. Aprovechan los mismos espacios que controlan un gran rango
de visibilidad y están espaciados entre sí algunos kilómetros (Figura 8).
Figura 8. Sitios arqueológicos con objetos del estilo Pukara del valle del Quilcamayo-
Tintiri reconocidos hasta la prospección del 2007.
Lito-escultura
La lito-escultura asociada con los sitios de este momento crece en volumen, variedad
y calidad con respecto al momento anterior. De lejos, el material preferido para la
lito-escultura es la piedra arenisca. Dentro de las morfologías hacen su aparición la
estela escalonada, la estela rectangular, el monolito antropomorfo y la cabeza deca-
pitada esculpida en piedra. Estas variedades de lito-esculturas se hallan concentradas
en sitios como Cancha Cancha-Asiruni, Callacayani y Pancañe. En menor cantidad, se
pueden ver en Chaupisawakasi, Tintiri y San Antonio. Algunos sectores de los sitios
más relevantes concentran una gran cantidad de lito-esculturas y existen jerarquías
entre estos objetos. La arenisca es el material más aprovechado y las canteras se ha-
llan en los cerros vecinos.
Figura 10. Vista desde el norte del sitio Cancha Cancha Asiruni
arriba, las excavaciones preliminares de 2010 nos han ofrecido varias muestras de
cerámica de este estilo asociados con la ocupación de una estructura monumental.
Otros objetos
Puntas
Las puntas de obsidiana siguen la morfología presentada por Burger et al. (2000) para
este momento. De hecho, la obsidiana abunda en sitios que presentan alta frecuencia
de otros objetos del estilo Pukara, como Pancañe. En comparación con las puntas de
estilo Qaluyu, un ejemplo hallado en el sitio de Pancañe (QT-06) tuvo una morfología
y un tamaño de estilo Pukara.
Azadas
No se encuentra gran diferencia morfológica entre las azadas anteriores y las del mo-
mento asociado con objetos del estilo Pukara. Sin embargo, aparece en mayor pro-
porción el basalto olivino como material más empleado para la producción de azadas,
posiblemente relacionado con la mayor distribución de este material desde una can-
tera administrada por agentes asociados con el sitio de Pukara en el valle del mismo
nombre.
Tumbas
En los sitios no se han detectado tumbas o restos humanos relacionados directamente
con los sitios con objetos del estilo Pukara. Sin embargo, habría que ver sí las su-
puestas plazas hundidas que hemos ubicado en nuestra prospección, al igual, que sus
pares contemporáneos del sitio de Pukara, colocan algunos individuos en sus estruc-
turas arquitectónicas.
176 / Qaluyu y Pukara
Los asentamientos asociados con objetos del estilo Qaluyu representan un porcentaje
elevado de la muestra de sitios reconocidos en nuestra prospección. Sin embargo,
dada su historia de ocupaciones no nos es posible definir cuál fue su extensión propia
en un momento histórico concreto. Pese a ello, podemos apreciar que existieron al
menos 15 sitios durante esa época en el valle, espaciados entre sí de 2 a 5 km.
Como se ha descrito en otros lugares (Flores Ochoa y Paz 1983; Flores et al. en este
volumen), las qochas también pueden ser utilizadas para el pastoreo, una alternativa
para su existencia en áreas alejadas del río y más bien cercanas a las partes altas de
los asentamientos contemporáneos.
un marcador, en tanto “objeto clave” (Lull 2007: 226)15. En cualquier caso, como hemos
observado en los sitios del valle, no existen evidencias materiales de espacios arqui-
tectónicos que se diferencien o alejen de los espacios sociales comunes.
Por otro lado, los restos de los estilos cerámicos recogidos en estos asentamientos
son muy semejantes a los definidos como Qaluyu, lo que plantea una relación bastan-
te directa con otro/as productores/as y distribuidores/as cerámicos del valle del río
Pucará u otros donde se ha comprobado su producción. Asimismo, como ruta natural
entre el altiplano y otras áreas, los pobladores de este valle realizarían una uniformi-
zación en la producción cerámica mediante una producción local y la distribución e
intercambio de la misma de forma inter-regional. Después de todo, las formas y deco-
raciones cerámicas suponen una producción que se puede realizar domésticamente,
pues no plantea ningún problema tecnológico ni un control de las materias primas
básicas. En consecuencia, la cerámica no incluye ningún valor adicional (o de cambio)
en su producción, pues es fácil de hacer sin apropiarse de nada que la constituya y se
puede realizar libremente con instrumentos simples.
En general, se puede decir que en esta época el valle se hallaba ocupado por una
serie de asentamientos similares en características que produjeron su materialidad
social autónomamente o con poca intervención externa al valle. Asimismo, estaban
orientados hacia actividades basadas en la producción básica, de mantenimiento y de
artefactos. Si bien, aún no existe ningún indicio de división socioeconómica o socio-
política, es posible plantear que existió algún tipo de división de tareas que hicieron
posible la reproducción de la vida comunitaria, como la cerámica, la agricultura, la
ganadería y el caravaneo16. Esta última actividad explicaría la distribución de mate-
rias primas, instrumentos, y productos en el valle y más allá de este.
Asimismo, las huancas como indicador de espacios abiertos de reunión o inclusión
social, en sí mismas no supusieron una actividad especializada y, en todo caso, esos
15 “El objeto clave o primordial es aquel que alienta sentido en los demás objetos. Constituye un fósil-
director de orquesta cuyas indicaciones se encuentran fuera del tipo, género o música de los objetos
que respetan su dictado. Se trata de objetos que exigen a los otros cambios de propiedad o cualidad,
objetos que ostentan cierto poder determinante en las relaciones en las que están inmersos. Consti-
tuyen la atmosfera que atrae a los demás objetos, la que decide su comportamiento, y hasta opera en
ellos comportamientos insospechados. Desde el momento en que cualquier objeto responde al dictado
de un objeto clave se carga de su sentido y conforma a la luz de aquel un eslabón sólido e inevitable
que condiciona su relación con los otros. (…) Los objetos clave denotan tan directamente una activi-
dad, que sin su presencia esta no sería posible. En algunos casos, pueden compartir responsabilidad
con otros instrumentos, pero estos frente a ellos siempre adquieren un aire circunstancial. El objeto
clave especializa el lugar que ocupa cuando desaloja a los otros fuera de su lugar y radio de acción.
Sin embargo, en un contexto de reunión de actividades, los objetos clave, obligados a convivir, in-
dican que las actividades que componen son compatibles o están secuenciadas. Por eso, en ciertos
casos, el espacio que los contiene aparenta ser el objeto primordial.” (Lull 2007: 226).
16 Para ver la relación entre agricultura y pastoreo (“agro-pastoreo”) como una forma de pro-
ducción importante en las sociedades sedentarias en los Andes prehispánicos, se puede ver
Lane 2006.
178 / Qaluyu y Pukara
espacios no fueron monumentales. Lo que se plantea aquí es que dichos espacios serían
lugares de reunión donde se organizaría (objetiva y subjetivamente) la vida de la comu-
nidad y que realmente fueron espacios comunes en tanto producción como uso.
La sociedad de esta manera parece haber logrado una autosuficiencia y generado
durante mucho tiempo una vida social en las que su satisfacción se hallaba colmada
por sus actividades cotidianas y rutinarias.
Figura 13.
Figura 14.
179 / Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, A lex Gonzales y Carlos Zapata
19 “Una mutación acontece en el objeto cuando pierde totalmente su significado original y se abre
a otro alejado de las formas y usos adecuados a sus cualidades. La mutación produce novedades
formales y objetivas, y grandes cambios en los objetivos de la producción social” (Lull 2007:
204).
181 / Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, A lex Gonzales y Carlos Zapata
ran otros elementos relacionados con esta nueva forma de producción. La producción
de esta, es una cuestión que nos habla de su valor de producción en tanto materias de
difícil obtención (no producidas localmente), de una mayor elaboración tecnológica y
que adicionalmente se consume en espacios públicos en prácticas no cotidianas. Por el
momento, nos parece posible plantear que el estilo cerámico Qaluyu coexistió con el
estilo cerámico Pukara Polícromo.
De este modo, la fuerza de trabajo que se utilizaba en la producción básica sigue
ocupándose de tareas previas, pero una parte de ella se reorienta a la producción de
espacios y objetos que no son consumidos ni utilizados por sus propios productores y
que son, en tanto, medio y fin para la reproducción de prácticas sociales relacionadas
con una nueva política o “religión”20. Dichas prácticas sociopolíticas estarían dirigidas
por sujetos que disponen de tiempo y medios suficientes para elaborar un discurso
que reproduzca dichas prácticas, la mayoría de ellas basadas en objetos estandarizados
que describen prácticas violentas como el sacrificio humano. Los objetos que materia-
lizarían, y son consecuencias de dichas prácticas, son la arquitectura monumental, la
lito-escultura, la cerámica Pukara Policroma (sea producida o no, localmente) y la pro-
ducción de artefactos en soportes no existentes en la misma región (obsidiana, basalto
olivino). En ese sentido, dicha orientación de la producción social se puede observar en
que el valle del Quilcamayo-Tintiri en tanto corredor natural, en este momento, está
claramente articulado con el valle de Pucará y con otras áreas poco investigadas como
la puna y la ceja de selva. Esto se patenta en los asentamientos del Quilcamayo-Tintiri
que ofrecen concentraciones de espacios abiertos y espaciados entre sí que concentran
el movimiento de objetos semejantes a los hallados en el sitio de Pukara.
Así pues, sería interesante reconocer que si bien, en este momento, la población
local tuvo una historia bastante relacionada con los pobladores del valle de Pucará
desde la co-participación en el estilo cerámico Qaluyu; será con la aparición de arte-
factos estandarizados (que incluyen un discurso religioso-coercitivo, un ritual polí-
tico y también estandarizado) cuando ambas áreas se hallen inscritas dentro de un
movimiento sociopolítico que no pertenece a una sola localidad y que supone la exis-
tencia de un grupo de personas que hacen uso de este, para reproducirse socioeconó-
mica y sociopolíticamente.
Se podría proponer que habría existido una invasión o migración de sujetos o in-
fluencia de las ideas desde Pukara hacia el valle de Quilcamayo-Tintiri. Sin embar-
20 La mayoría de los investigadores/as (Chávez 1992, Stanish 2003, Hastorf 2003 y para una
crítica de este planteamiento en los Andes centrales ver Siveroni 2006) asumen tácitamente
que los sitios que reúnen plazas hundidas, cámaras funerarias, estelas y cerámica altamente
decorada son solamente “templos” o “espacios rituales”. Sin desmerecer esta apreciación cree-
mos que también son, ante todo, espacios donde se dirimen ubicaciones sociales mediante el
ejercicio de prácticas políticas. En este caso, también habría tenido una mutación, como en el
caso de las estelas, de la plaza hundida primigenia (incluyendo o no enterramientos en su in-
terior –siguiendo a Hastorf (2003)– los “ancestros”) que aun teniendo características formales
básicas similares fueron espacios apropiados y gestionados por un grupo de individuos con
el objetivo de re-crear relaciones asimétricas objetiva y subjetivamente.
182 / Qaluyu y Pukara
go, también es factible establecer objetivamente que las bases sociales de este valle
posibilitaron este proceso sociopolítico en su seno, en tanto la especialización de la
producción de artefactos ya suponía la existencia de un grupo de personas que se ha-
llaba distanciado de la producción de subsistencia. De hecho, un precedente como la
existencia de rutas de caravanas entre el altiplano y las zonas altas a través del valle
del Quilcamayo-Tintiri supondría la participación indirecta de las gentes de este valle
dentro de la circulación de artefactos con un valor de cambio generado en las áreas de
producción principal de lo Pukara.
Así pues, los potenciales grupos sociales locales serían los encargados de estable-
cer directamente su relación con un proceso regional (principalmente, con el valle
de Pucará) que les supuso un espacio de distribución gestionado por ellos mismos
dentro de su espacio de vida, una ideología que justificaba y reproducía prácticas
sociales políticas (religiosas) en espacios que antes eran comunales, pero ahora se
hacen privados y excluyentes.
Sin embargo, la alta concentración y normalización de artefactos de estilo Pukara
en el sitio de Cancha Cancha-Asiruni y, posiblemente, Callacayani, Pancañe y Chau-
pisawakasi también podría plantearse como una ocupación directa de individuos
(artesanos y dirigentes colonizadores) desde el mismo sitio de Pukara, el sitio más
cercano21 y de lejos el más grande de toda la cuenca norte del Titicaca durante este
tiempo.
En cualquiera de los dos escenarios planteados anteriormente, estructuras ar-
quitectónicas y artefactos que antes no existían en el valle aparecen porque existen
prácticas sociales que las requieren (producen, utilizan y/o consumen). Al ser estas
prácticas realizadas en una secuencia y reiteración formalizada se hacen necesarios
mantenerlos o crear nuevos espacios arquitectónicos y artefactos consumibles para
ejecutar los “rituales”. Así, el ciclo de producción, distribución y consumo se concen-
tra en dichos espacios y crea una necesidad que se satisface con productos originados
ya no en las comunidades (aunque las suelen acompañar) sino en lugares específicos
producidos y sancionados mediante la política.
Asimismo, cualquiera que haya sido la forma que se originaron los sitios Puka-
ra más importantes de esta época (Pancañe, Callacayani, Cancha Cancha-Asiruni y
Chaupisawakasi), la mayoría de ellos se hallan en la misma margen sur del río (Fi-
gura 8) y podrían haber crecido en extensión y volumen a consecuencia del despla-
zamiento (rutas) y uso continuo de dichos espacios para las prácticas socioeconó-
micas y sociopolíticas relacionadas con los objetos Pukara en una suerte de “centros
administrativos”22. En este sentido, es significativo que tanto Cancha Cancha-Asiruni,
21 Ubicado a una distancia de 43 km si se sigue las rutas naturales y aun utilizadas por los
habitantes de la zona.
22 Aquí utilizamos el concepto y categoría “centro administrativo”, pues, es la fórmula más
ampliamente conocida en la literatura arqueológica andina para describir la existencia de
un sitio con características formales, económicas y políticas inserto en una red de asenta-
mientos relacionados físicamente (incluso mediante caminos) con un gran centro econó-
mico y político del cual dependen directamente, como se plantea para el caso Inca.
183 / Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, A lex Gonzales y Carlos Zapata
23 En arqueología, uno de los elementos clave para hablar de la reproducción de las socie-
dades y del paso de un tipo de sociedad a otro ha sido la producción agrícola. Desde los
modelos de Karl Wittfogel y Julian Steward, las obras hidráulicas han tenido un papel sig-
nificativo en la definición, homologación y causa principal de lo que serían las “grandes
civilizaciones” o las sociedades estatales. Así ha pasado, por ejemplo, con Tiwanaku donde
principalmente Alan Kolata ha defendido ese modelo (para una última versión ver Janusek
y Kolata 2004 y para una reciente critica ver Bandy 2005). Sin embargo, hay que resaltar
que en el registro arqueológico, en primer lugar, las estrategias agrícolas y su incremento
no necesariamente (aunque aparentemente) significan alta productividad y, sobre todo,
distribución asimétrica [también ver crítica de Erickson (1996, 2006)]. De hecho, la princi-
pal tecnología hidráulica del altiplano, que son los campos elevados, ya había sido fechada
por Erickson (1988: 12) tan temprano como en 1000 a.C., es decir, asociados a lo conocido
como Qaluyu, una sociedad sin características estatales. Así pues, faltaban por lo menos
otros 600 años para que esta tecnología fuese aprovechada en la zona de forma particular
por un segmento de la sociedad. Así pues, el incremento de asentamientos y sistemas agrí-
colas en sociedades sin clases sociales en una región es una decisión social que tiene como
base la autosuficiencia productiva y la distribución simétrica. Existen medios que procu-
ran que no se dé la explotación y, evidentemente, sin excedentes no hay nada que enaje-
nar. El incremento de asentamientos y de sistemas agrícolas en sociedades de clases está
regido por las decisiones políticas del grupo dominante y está basado en la explotación
(producción de excedente). Así pues, siguiendo estas formas de incremento de la produc-
ción, el aumento de la cantidad y calidad de los campos elevados y qochas, estaría basado,
sobre todo, en la re-organización social de la producción que tuvo como objetivo principal
el cambio del flujo de la producción en forma excedentaria hacia espacios privados como
los nuevos asentamientos de Pukara y Tiwanaku.
184 / Qaluyu y Pukara
seno otra forma de hacer objetos ni se halla algo diferente a lo precedente que se les
superponga. Definitivamente, algo tuvo que complicarse en las relaciones sociales y
no es difícil apreciar que las prácticas sociales instituidas en el sitio de Pukara ya no se
siguieron realizando en los sitios asociados directa o indirectamente con este.
El abandono de estos sitios y el uso/consumo de artefactos de este estilo nos su-
gieren que esas relaciones no fueron satisfactorias sin un elemento que las justificase
y, obviamente, no fueron indispensables para la vida social de las poblaciones locales
como para seguir manteniéndolas. Es interesante anotar que en la historia de este
valle y en la mayoría de la cuenca norte del Titicaca nunca se volvió a producir y
utilizar artefactos que describiesen personajes y/o escenas complejas de forma es-
tandarizada.
Sin embargo, en nuestra investigación no existieron, aparentemente, otros si-
tios y otra forma de hacer cerámica. Se podría plantear que los sectores y sitios
domésticos siguieron siendo habitados por sus pobladores con cerámicas no dis-
tinguibles entre los objetos conocidos en la cuenca norte del Titicaca o que fueron
similares a lo conocido como Qaluyu que bien pudo haber sido la vajilla que siem-
pre fue el objeto común durante la existencia de lo Pukara: ¿Será por esto que no
somos capaces de distinguirlos en el tiempo? Futuras excavaciones arqueológicas
y sus correspondientes configuraciones estratigráficas nos darán respuestas a esta
interrogante.
Sea como fuere, los sitios asociados con artefactos de estilo Pukara u otros con-
temporáneos no ofrecen evidencias de otra ocupación diferente a la establecida por
los materiales conocidos por el momento hasta tiempos prehispánicos muy tardíos
(alrededor de 1000 d.C.), es decir, con la ocupación de su superficie por estructuras
funerarias de estilo Collao. Asimismo, los sitios Collao que hemos observado en el
Quilcamayo-Tintiri se caracterizan por ser asentamientos de altura (como el que ocu-
pa el cerro Yacchata) que supone una producción primaria basada en el pastoreo de
camélidos y agricultura de terrazas. Sin embargo, también hay que tomar en cuenta,
que según los estudios de Arkush (2005 y en este volumen), estos asentamientos for-
tificados serían una respuesta a la invasión Inca del altiplano. También hemos encon-
trado sitios cercanos al río (QT-07, QT-08, QT-09 y QT-10, por ejemplo) que aunque
fueron pequeños y no evidenciaban en superficie estructuras habitacionales, si con-
tenían artefactos domésticos, lo que completa el panorama de las ocupaciones Collao
del valle. En todo caso, sí existe una gran diferencia entre este grupo social y los an-
teriores, esta se debería explicar en la búsqueda de la satisfacción y reproducción de
su vida social en espacios del valle que les brindasen condiciones materiales básicas
para ello. Así pues, la diferencia entre estos grupos y los anteriores en tanto ubicación
de sus asentamientos podría también deberse a la disminución de fuentes de agua en
la zonas del fondo del valle como se venía realizando desde la primeras sociedades
sedentarias, un cambio que se dió en el tiempo y que habría modificado su forma de
producción (de la agricultura intensiva al pastoreo extensivo) y la consecuente forma
de organizarse económica y políticamente y que nos los presentan tan diferentes a
lo previo.
185 / Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, A lex Gonzales y Carlos Zapata
COMENTARIOS FINALES
En la primera parte de este capítulo, iniciamos una forma de ver los objetos arqueo-
lógicos de la cuenca norte del Titicaca en la que ellos tienen el protagonismo en su
propia historia. Para ello, se ha acumulado la mayoría de la información existente y
disponible sobre los asentamientos y objetos en un espacio y tiempo concreto para
organizarlos según sus condiciones materiales. Con el objetivo de desarrollar nuestra
investigación, el espacio que se ha seleccionado ha sido el de los asentamientos y
objetos que se hallan dentro de la cuenca norte del Titicaca. Con relación a la esca-
la temporal hemos seleccionado a los objetos que se relacionen con lo denominado
por los investigadore/as como Formativo Medio (1400 a.C.-400 a.C.) y Formativo Superior
(400 a.C.-350 d.C.) y que se corresponderían relativamente con dos grandes conjuntos
de objetos relacionados con los estilos (definido en este trabajo como forma de hacer)
conocidos como Qaluyu y Pukara. En ese sentido, los mismos datos contextuales han
planteado que son dos estilos que han convivido en algunos momentos. Con ese ob-
jetivo, hemos asumido que dichos asentamientos y objetos llegaron a nosotros/as en
diferentes condiciones materiales y, por ello mismo, hemos atendido a los diferentes
fenómenos naturales o sociales que les afectan y condicionan su investigación en
el presente. Al realizar dicha organización de la materialidad social arriba descrita
hemos podido re-unirlos en su lugar de producción y/o uso lo que nos ha mostrado
que solamente en dicha reunión pueden plantearnos una panorámica de los restos de
la vida social desarrollada en los asentamientos y en su espacio circundante. De esta
forma, hemos podido reconocer ciertas regularidades y ocurrencias materiales que
nos permitieron desarrollar planteamientos ante una nueva zona de investigación no
alejada de dichos fenómenos sociales pasados.
Gracias al análisis de la materialidad social recuperada en nuestra investigación en
el valle del Quilcamayo-Tintiri, ha sido posible realizar una representación arqueoló-
gica de la trayectoria histórica temprana de una sociedad sedentaria relacionada con
objetos del estilo Qaluyu que se hallaba en condiciones de satisfacer sus necesidades
de manera autónoma y se mantuvo de esta forma por lo menos durante unos 1000
años. De esta manera pudimos reconocer que lo denominado como el estilo Qaluyu
(1400 a.C.-400 d.C.) se presentó en este valle como un conjunto de materiales que, en
su cantidad, calidad y ubicación, no plantearon su acumulación por un grupo de la
sociedad y, más bien, su homogeneidad y no exclusividad sugirieron que se produje-
ron, circularon y fueron consumidos de manera abierta y colectiva, incluso, después
de la muerte de sus usuarios. De hecho, los asentamientos y los objetos arqueológicos
pueden ser producidos sin ningún problema técnico por cualquier grupo de personas
organizadas y sin mantener una uniformización patente en los mismos objetos más
allá de algunas semejanzas generales. Incluso, cuando se reconoció la existencia de
objetos singulares como la huanca, esta no guardó características formales estandari-
zadas y se relacionó con espacios no monumentales y abiertos que se explican como
espacios de reunión social. Dicha situación se prolongó por un tiempo extenso lo que
se hizo patente en su producción material (asentamientos y objetos), lo que plantea
que la sociedad alcanzó y mantuvo la satisfacción de sus necesidades vitales sin com-
plicar sus relaciones sociales.
186 / Qaluyu y Pukara
Hacia los 400 a.C., fecha que se relaciona con el inicio del estilo Pukara, hacen su
aparición nuevas formas de edificios y artefactos que no se relacionan con prácticas
sociales comunes. Dichos objetos arqueológicos se expresaron como productos exclu-
sivos y existentes en lugares que compartían una misma exclusividad y una atención
desmedida con relación a su propia concreción. De esta manera, se puede plantear
que los objetos del estilo Pukara formaron parte de prácticas sociales de ciertos asen-
tamientos y/o sectores de los mismos, que se desvinculaban de las prácticas sociales
parentales y/o comunes, y que tenían una faceta económica y política que no residía
en su materia prima sino en la forma de su producción y en su consumo exclusivo.
Todo ello, a pesar que, dichos edificios y estelas, solo podrían haber sido producidos
por sujetos que habitaban en el mismo sector del valle. Asimismo, en los objetos son
patentes las representaciones relacionadas con prácticas coercitivas que solo se ve-
rían en esta época en el valle y que fueron introducidos como objetos y luego posibi-
litar prácticas sociales en el valle.
En anteriores trabajos (Tantaleán 2008, 2009) planteábamos que la sociedad Puka-
ra tendría características estatales. Sin necesidad de recurrir a esta categorización
sociopolítica lo que nos podría conducir a una discusión ontológica, lo que sí queda
claro, a partir de lo observado en el valle del Quilcamayo-Tintiri, es que existieron,
por lo menos, dos grupos dentro de la misma sociedad, uno de los cuales acumuló
y consumió un mayor volumen y variedad de objetos. Esta situación parece que se
prolongó durante unos siglos.
En un momento dado de la historia del valle se dejan de producir y consumir obje-
tos Pukara y, consecuentemente, se dejan de realizar prácticas sociales relacionadas
con estos. Esto sucedió alrededor de los 350 d.C., si seguimos los fechados obteni-
dos en Pukara y otros sitios contemporáneos. Si bien los sitios señalados por objetos
Pukara son abandonados, se mantendría la producción de objetos de estilo Qaluyu y
los asentamientos relacionados con dichos objetos mantendrían su población.
A partir de los 1000 d.C. aparecen nuevos tipos de sitios y objetos relacionados con
los denominados “Señoríos altiplánicos”, en este caso, con el denominado como Collao.
Sus estructuras reocuparán algunos sitios Qaluyu y Pukara pero solamente para utili-
zarlos como lugares de enterramiento. En ese momento, las grandes concentraciones
de estructuras habitacionales y terrazas agrícolas se realizarán en las partes altas
de los cerros y las áreas cercanas a los ríos serán utilizadas temporalmente lo que se
evidencia en los sitios hallados en nuestra prospección.
Como hemos visto en este capítulo, nuestra forma previa de organizar la mate-
rialidad social Qaluyu y Pukara nos ha servido para el mismo propósito en nuestra
investigación del valle del Quilcamayo-Tintiri. Sin embargo, en nuestra investigación
hemos dejado que los propios asentamientos y objetos nos guíen para realizar una
representación de las sociedades que los produjeron. Aunque existen muchas seme-
janzas con otras áreas de la cuenca norte del Titicaca todavía es necesaria mayor
investigación para definir temporal y espacialmente la dinámica de las sociedades en
este valle.
187 / Henry Tantaleán, Michiel Zegarra, A lex Gonzales y Carlos Zapata
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192 / Qaluyu y Pukara
Introducción
Aproximadamente un milenio antes de la formación y expansión del Imperio Inca en-
tre los siglos XIV y XVI, tres estados arcaicos se desarrollaron en los Andes Centrales–
Moche en la costa norte del Perú, Wari en la sierra central peruana, y Tiwanaku en la
Cuenca Sureste del Lago Titicaca en Bolivia (Stanish 2001). Los restos monumentales
de Tiwanaku, que cubren aproximadamente entre 4 y 6 km², han recibido una aten-
ción considerable de cronistas tempranos, exploradores del siglo XIX, y generaciones
de arqueólogos que han debatido su rol tanto como centro y como estado expansivo
durante el Horizonte Medio (600-1000 d.C.).
Sin embargo, importantes movimientos y reorganizaciones poblacionales han
sido documentados en la cuenca del Lago Titicaca durante los precedentes períodos
Formativo Medio (1300-500 a.C.) y Formativo Tardío (500 a.C.-400 d.C.) (Figura 1).
Durante el Formativo Medio, sociedades con liderazgo simple construyeron centros
con arquitectura corporativa, tanto en la cuenca norte (Plourde y Stanish 2006; Sta-
nish 2003: 160) como en la Cuenca Sur (Bandy 2006). Aproximadamente hacia el 200
a.C. se formaron las primeras entidades políticas complejas y multicomunitarias en
la región (Bandy 20011), siendo Pukara y Tiwanaku los centros regionales de primer
rango en el Formativo Tardío en la parte noroeste y sureste de la cuenca del Titicaca
respectivamente (Stanish 2003) (Figura 2).
1500
1400 Altiplano
Período Intermedio Pacajes Temprano (1100-1450 dC)
1200 Tardío
Tiwanaku V Tardío
1000
Tiwanaku V Temprano
Horizonte Medio Tiwanaku Expansivo
800 (400-1100 dC)
Tiwanaku IV Tardío
600 Tiwanaku IV Temprano
400 Formativo II Tardío
Tiwanaku III
200 Período Intermedio Tiwanaku II/ FT 1B
Temprano
Formativo I Tardío Formativo Tardío
0 (Upper)
Tiwanaku I/ FT 1A (500 aC- 400 dC)
200
Horizonte Temprano Chiripa 2 Tardío
400
Formativo Medio
600 Chiripa 1 Tardío
800 Chiripa Medio Formativo Medio
Período Inicial (1300-500 aC)
1000
Formativo Temprano
Chiripa Temprano
1500
Formativo Temprano
(ca. 2000-1300 aC)
2000
Figura 1. Tabla cronológica de la cuenca del Lago Titicaca.
2 Tanto el sitio como la cultura arqueológica reciben el nombre Pukara, que significa forta-
leza en quechua y aymara, mientras que el pueblo moderno es conocido como Pucará.
197 / Elizabeth A. K larich
agrícolas intensivos), factores políticos (vg. estrategias imperiales Inca), y varias combi-
naciones de estos. Para el Formativo Tardío, existen modelos que proponen implícita y
explícitamente diferentes factores “de tira y afloja” que son responsables del desarrollo
y crecimiento de Pukara como el primer gran centro poblacional en la cuenca norte.
Por ejemplo, ¿Las oportunidades económicas atrajeron población al centro?, ¿Fue-
ron los grupos sacados de las áreas rurales debido a la expansión de los sistemas agríco-
las intensivos?, ¿Cómo influyeron las nuevas formas de ceremonias públicas y el acceso
a bienes esotéricos –temporal o permanentemente– el movimiento hacia el centro? Fi-
nalmente, ¿Influyeron las presiones políticas de grupos vecinos en la reubicación hacía
lugares más centralizados en busca de seguridad?
Si bien, cada modelo enfatiza diferentes factores económicos, sociales y políticos
para explicar el movimiento de poblaciones hacia Pukara durante el Formativo Tar-
dío, todos comparten la tendencia de aproximaciones “de arriba hacia abajo”. En las
propuestas existentes –que serán evaluadas brevemente más adelante– el cambio es
dirigido por elites que fungen de gerentes económicos, jefes teocráticos o líderes po-
líticos. A pesar que estas propuestas tienen reflexiones valiosas, la presente discusión
considera además una perspectiva “de abajo hacia arriba” al documentar cambios en
las estrategias de liderazgo de varias escalas durante el período Formativo en Pukara.
Son los cambios en estas estrategias los que nos proveen aproximaciones al desarrollo
inicial, expansión, y despoblamiento del sitio tanto por las elites como por la gente co-
mún, señalando el fin del Formativo Tardío en la cuenca norte.
198 / Producción, papas y proyectiles: Evaluando los factores principales...
Sin embargo las excavaciones de gran escala de Kidder en 1939, seguidas por un
proyecto de varios años hecho por el Plan Copesco (apoyado por la UNESCO en Perú)
durante la década del 70 (Wheeler y Mujica 1981), expusieron y subsecuentemente
restauraron partes significativas de la arquitectura impresionante de piedra que es
visible actualmente (Figura 3). El complejo de Qalasaya está ubicado en el distrito
central ceremonial de Pukara, un área que incluye algunos montículos artificiales,
plazas, y otras estructuras semi-enterradas (Figura 4). La periferia del sitio cerca del
río Pucará es extensa e incluye áreas de residencia, producción y desecho, las cuales
se discutirán líneas abajo. El período Pukara Clásico (200 a.C.-200 d.C.) se define por la
presencia de vasijas finas incisas y polícromas junto con monolitos tallados, los cuales
probablemente fueron dispuestos dentro de los patios hundidos y otras formas de
arquitectura pública en el distrito central.
En el valle del río Pucará, la transición del patrón de asentamiento del Formati-
vo Medio al Formativo Tardío fue abrupta, tal como lo documentó Amanda Cohen
en la prospección que realizó entre 1998 y 1999. Ella menciona que “[...] casi toda la
población del valle fue reubicada en los alrededores de Pukara” (Cohen 2001. Traducción
nuestra). Sin embargo, las causas de este importante cambio de población desde los
centros pequeños y dispersos hacia el sitio de Pukara, siguen sin esclarecerse. Los
datos de prospecciones y excavaciones en Pukara y las áreas vecinas, son usados en
conjunto para definir y evaluar los factores económicos, sociales y políticos que han
sido postulados en diferentes marcos explicativos para el período Formativo Tardío
en la cuenca norte del lago Titicaca.
Figura 3. Vista de los patios hundidos y terrazas del complejo de la Qalasaya con el Peñón detrás.
Figura 4. Vista de Pukara indicando los límites del distrito ceremonial central y el sitio (Foto aérea,
cortesía del Servicio Aerofotográfico Nacional, Perú).
200 / Producción, papas y proyectiles: Evaluando los factores principales...
grandes (4–6 km²), las diferencias arquitectónicas a través del sitio son interpretadas
como representantes de divisiones sociales, y los artefactos superficiales son usados
para argumentar que las áreas residenciales de las elites estuvieron separadas espa-
cialmente de las de la gente común, quienes habitaban en la periferia cercana y en
zonas de producción artesanal (Mujica 1979: 185; Rowe 1963).
Los líderes tempranos fueron responsables de administrar la redistribución de
bienes, la centralización de la producción, y el auspicio del intercambio a larga dis-
tancia. Más allá de Pukara, hubo una red extensa de intercambio con una jerarquía
de sitios de tres niveles económicamente integrada: “…las aldeas fueron responsables
de la extracción de materiales básicos (arcilla, minerales, sal, etc.), y de la producción de las
subsistencias agrícolas y pastorales básicas; los centros secundarios o intermedios funcionaron
como punto de acopio y redistribución de los bienes; y finalmente el propósito del gran centro
de Pucara fue la centralización y transformación de bienes en recursos urbanos y su redistri-
bución” (Mujica 1985: 125. Traducción nuestra).
Según esta propuesta, fuera de la cuenca occidental del Titicaca, los límites de
la entidad política Pukara, continuaron por el norte hasta Cusco, se extendieron al
sureste hasta Tiwanaku, y siguieron hacia el suroeste hasta el valle de Azapa en el
norte de Chile (Mujica 1991). La naturaleza de las relaciones de larga distancia duran-
te el Formativo Tardío no fue “…a través de colonias permanentes, sino a través de lazos de
intercambio en los cuales los textiles pudieron jugar un rol muy importante” (Mujica 1985:
112). Por lo tanto, los límites los dicta la distribución de la cultura material de estilo
Pukara, incluso en cantidades muy limitadas.
En el centro urbano de Pukara, las actividades económicas habrían servido como
atracción hacia el centro y posiblemente como una forma de empujar a las pobla-
ciones de las áreas rurales dependiendo de la escala de la producción agrícola. En
Pukara, las actividades de producción artesanal habrían traído artesanos, adminis-
tradores y comerciantes al sitio mientras que la intensificación de las actividades
agropastorales posiblemente desplazó poblaciones de sus áreas clave de cultivo y
pastoreo.
Los límites de la entidad política Pukara son los más conservadores de los tres mo-
delos y reflejan el área bajo control político directo “en el sentido de participación en una
economía política dirigida por una elite residente del centro de primer rango” (Stanish 2003:
145. Traducción nuestra). Este control directo se extendió desde la parte noreste de la
cuenca del Titicaca, pasando la zona Pukara en el noroeste y hacia la Cuenca Suroeste
(Stanish 2003: 147; Stanish et al. 1997). Más allá de la cuenca del Titicaca, evidencias
de la cultura material Pukara, fueron resultado del intercambio económico, no de un
control político. En este modelo, Pukara es contextualizado dentro de un escenario de
cambios dinámicos, alianzas y conflictos permanentes durante el Formativo Tardío.
Debido a esto, las ‘atracciones’ incluyeron “intensos festines y ceremonias por parte
de las elites en competencia” (Stanish 2003: 283. Traducción nuestra) realizados en los
múltiples patios hundidos y otras construcciones públicas en Pukara que incluyeron
el uso de cerámica fina y monolitos. Adicionalmente, las poblaciones debieron ser
“empujadas” hacia Pukara debido al conflicto regional y al cambio de alianzas a lo
largo del Formativo Tardío. Las elites entre los centros compartieron ideologías pan-
regionales que facilitaron tanto el comercio como la construcción de alianzas, pero
hubo también enfrentamientos “evidenciados por la iconografía de cabezas-trofeo y
otros rasgos de conflictos” (Stanish 2003: 283. Traducción nuestra).
203 / Elizabeth A. K larich
3 Para ver información adicional acerca de modelos que discuten Pukara como una socie-
dad de nivel estatal, sugiero consultar las publicaciones de Henry Tantaleán (vg. Tantaleán
2005).
204 / Producción, papas y proyectiles: Evaluando los factores principales...
artefactos asociados incluyeron algunas herramientas para dar forma y pulir, hoyos
de pigmentos, y concentraciones de arcilla aunque no evidencia de instalaciones para
la quema (Klarich 2005a). Sin excavaciones futuras es imposible determinar qué tipo
de cerámica fue producida en esta área, si fue producto de especialistas, si estos pro-
ductores fueron independientes o anexados, o si esta zona fue parte de un contexto
doméstico o de un taller.
Otro factor a considerar es el impacto de la extrema estacionalidad para la pro-
ducción de cerámica a tiempo completo a lo largo del año. Actualmente los artesa-
nos en Pukara sólo producen en la estación seca dado que la cerámica no secaría lo
suficiente para la quema durante la estación lluviosa; sin embargo, esto podría ser
no tanto un producto del clima, sino más bien un producto de la demanda estacional
de una economía agropastoril (Klarich y Ttacca 2006). Excavaciones futuras y estu-
dios de las fuentes, proveerán mayor información para determinar el contexto, la
concentración, la escala y la intensidad de la producción artesanal (Costin 1991) y
para nuevos modelos que evalúen Pukara durante el Formativo Tardío. Muestras de
arcilla recogidas en 2006 tanto de la periferia del sitio como de una fuente cercana en
Santiago de Pupuja serán usadas para análisis comparativos con cerámica Formativa
Tardía con el fin de darle forma a la organización de la producción y distribución de
cerámica en Pukara.
La discusión de la organización económica y los cambios poblacionales tiene que
considerar también la articulación de las actividades agropastoriles de nivel domés-
tico con la producción de excedentes dentro de la entidad política Pukara. Esto nos
lleva al tema más controversial en la prehistoria de la cuenca del Titicaca, la sin-
cronización, productividad, y grado de gestión requerida para construir y mantener
sistemas intensivos de agricultura de campos elevados y también chacras hundidas
llamadas qocha (vg. Bandy 2005; Erickson 2006, 2000; Flores Ochoa y Paz Flores 1983;
Graffam 1992; Kolata 1996; Stanish 2006, 1994).
Cambios en el patrón de asentamiento hacia áreas de campos elevados han sido
documentados para el Formativo Tardío tanto en la cuenca suroeste del Titicaca (Sta-
nish 1994) como para la región central de Tiwanaku (Bandy 2001), lo que nos ofrece
evidencia indirecta que indica que estos sistemas fueron usados antes de la expansión
del estado Tiwanaku (Stanish 2003; Erickson 1988; Flores Ochoa y Paz Flores 1983).
Investigación de campo ha establecido también que los sistemas de campos elevados
no requirieron una autoridad centralizada y una burocracia formal para operar con
efectividad (Erickson 1988; Graffam 1990).
De lo anterior se desprende que los debates hayan cambiado. Actualmente se en-
focan primero en la evaluación del potencial productivo de los campos elevados y
luego en la reevaluación de las diferentes explicaciones propuestas para su uso. En
un estudio reciente realizado por Matthew Bandy (2005), son evaluados el modelo de
Boserup (1965), el modelo de preferencia residencial (Erickson 1988), y un modelo de
reducción de riesgos. El autor propone un modelo alternativo –el modelo de ciclos de
producción escalonados– basado en la premisa de que la productividad de los cam-
pos elevados ha sido fuertemente sobreestimada. En lugar de esto, los campos ele-
207 / Elizabeth A. K larich
vados fueron usados para distribuir mano de obra para la producción de excedentes
agrícolas de manera más eficiente a lo largo del año (una estrategia policíclica) y así
evitar una interferencia con las actividades agropastoriles de nivel doméstico ya pro-
gramadas (Bandy 2005: 289-292). De acuerdo con Bandy, estos ciclos de producción
escalonados fueron rasgos clave en la economía política Tiwanaku; “si bien los campos
elevados no fueron eficientes energéticamente comparados con la agricultura de secano, fue-
ron convenientes políticamente en términos de minimización de conflictos entre la producción
de excedentes y la subsistencia” (Bandy 2005: 291. Traducción nuestra).
Mientras que décadas de investigación han proporcionado información valiosa de
la sincronización, organización y función de los campos elevados dentro de la econo-
mía política Tiwanaku, la naturaleza de las estrategias agrícolas durante el preceden-
te período Formativo permanece poco clara. Algunos investigadores que trabajan en
las partes occidental y norte de la cuenca del Titicaca han argumentado que sistemas
de agricultura intensiva precedieron al desarrollo de Pukara (Erickson 1988: 13) y
otros afirman que estos fueron utilizados inicialmente durante el Formativo Tardío
(Flores Ochoa y Paz Flores 1983; Stanish 2003).
Mientras que los campos elevados y las qochas debieron ser utilizados incluso du-
rante el Formativo Medio, el mayor asunto en esta discusión es si los sistemas agríco-
las impactaron significativamente la organización poblacional dentro de la entidad
política Pukara, incluyendo al mismo Pukara. Siguiendo el modelo de ciclo de produc-
ción escalonada, “debemos esperar que incremente la importancia de la agricultura de cam-
pos elevados con la formación de las primeras entidades políticas complejas multicomunitarias
al inicio del período Formativo Tardío, alrededor del 200 a.C.” (Bandy 2001 en Bandy 2005:
292. Traducción nuestra).
¿Fue su construcción y expansión la razón que desplazó poblaciones de los sitios
secundarios o terciarios, sirviendo como un ‘empujón’ hacia el sitio de Pukara? (Figura
5). O ¿Fue la demanda de producción durante el Formativo Tardío la razón por la cual se
redistribuyó la población hacia sitios secundarios y terciarios en la periferia (vg. Mujica
1985)? Recientes prospecciones y análisis de sitios en la cuenca norte, específicamente
en el gran sistema de remanentes de campos elevados y qochas justo al sur de Pukara,
hechos por Mark Aldenderfer y sus colegas (Aldenderfer, comunicación personal 2007
y ver Flores et al. en este volumen), deberían empezar a esclarecer la relación entre los
asentamientos pequeños y los sistemas agrícolas durante el Formativo Tardío.
Existe todavía un vacío en nuestro entendimiento del rol del pastoralismo y su re-
lación con los cambios poblacionales permanentes y estacionales durante el Formati-
vo Tardío. Un análisis de los restos de fauna que provienen de excavaciones recientes
en Pukara y de aquellas dirigidas por Amanda Cohen en 2002 realizadas en un sitio
vecino contemporáneo, proveerán valiosos datos del rol de los camélidos domésticos
y salvajes en la dieta local, economías de producción artesanal e intercambio a larga
distancia durante el Formativo Tardío (Matthew Warwick, comunicación personal).
En cuanto a la producción y distribución de comida, existe una discusión de la
evidencia de festines durante el Formativo Tardío en Pukara. En los modelos político
208 / Producción, papas y proyectiles: Evaluando los factores principales...
Figura 5. Distribución de las áreas de campos elevados en la cuenca del Titicaca (Bandy 2005).
Finalmente, los conflictos sirven como un factor importante para explicar la reor-
ganización poblacional en los modelos político y ceremonial, sin embargo, no es un
elemento importante en el modelo económico. Existe evidencia indirecta de violen-
cia y/o conflicto en el material cultural Pukara a través de las representaciones de
cabezas trofeo en la cerámica y los monolitos. Contrariamente a lo que sucede en la
costa sur peruana (vg. Williams et al. 2001), estas imágenes aún no tiene paralelos en
209 / Elizabeth A. K larich
Estos hallazgos han sido citados como evidencia sólida de conflicto por algunos
investigadores: “la interpretación más apropiada es que estos restos pertenecen a prisioneros
de guerra u otras víctimas sacrificadas que fueron enterradas o re-enterradas durante una
ceremonia importante políticamente” (Stanish 2003: 1434. Traducción nuestra; ver tam-
bién Chávez 1992; Tantaleán 2009). Desafortunadamente la breve nota de Kidder es la
descripción más detallada que existe y no existe registro que los restos óseos hallan
sido trasladados al Museo Peabody o depositados en algún museo en Perú. Sin infor-
mación que documente la composición del depósito (vg. cien fragmentos de cráneo
podrían pertenecer a pocos individuos o a algunas docenas), el tratamiento de los res-
tos, y su contexto de excavación (vg. Williams et al. 2001 para cabezas trofeo Nasca),
me mantengo cautelosa en cuanto a interpretar dichos restos como trofeos humanos
o victimas de sacrificios.
En contraste con Pukara, han sido registradas evidencias de conflictos a gran es-
cala en sitios contemporáneos en la región. Hasta hace poco, “extensas prospecciones
superficiales y excavaciones en la cuenca norte del lago Titicaca así como las excavaciones de
Kidder en Pucara y sus prospecciones en varias zonas, no han producido concentraciones im-
portantes de puntas de proyectil, hachas u otras armas atribuibles a guerras” (Chávez 1992:
337. Traducción nuestra). Sin embargo, excavaciones en el cercano sitio de Taraco
(entre los años 2004 y 2007), han documentado un gran episodio de quema fechado
en 50–250 d. C. (calibrado) que fue seguido por una disminución en la calidad de la
cerámica, la presencia de bienes exóticos y construcciones de piedra en el sitio (C.
Chávez 2007; Stanish et al. 2007 y en este volumen).
Los investigadores argumentan que Pukara y Taraco fueron centros regionales en
competencia durante el Formativo Medio e inicios del Formativo Tardío. Basados en
la época y la ubicación del episodio de quema en Taraco, ellos concluyen que Pukara
inclinó la balanza a su favor en la competencia con su entidad política par (Levine et
al. en este volumen). Si bien el momento del evento de quema no corresponde con el
movimiento inicial de poblaciones hacia Pukara, podría estar relacionado con una ola
posterior de migrantes cuando el sitio creció a su máximo durante el período Pukara
Clásico/Medio. Información de excavaciones en estos sitios combinada con datos de
4 “Otras interpretaciones son posibles pero la ubicación de tantos cuerpos en un área obviamente
pública, es una evidencia importante de sacrificios ritualizados en un contexto de intensos conflictos
en las elites” (Stanish 2003: 143. Traducción nuestra).
210 / Producción, papas y proyectiles: Evaluando los factores principales...
la pampa central como en el complejo Qalasaya, indican que los anfitriones, partici-
pantes, locaciones, actividades y objetivos de dichos eventos, cambiaron a lo largo de
los siglos durante el Formativo Tardío (Klarich 2005b).
Para finalizar, estamos claramente empezando a desarrollar un sentido de la com-
pleja interacción de procesos en marcha durante el Formativo Tardío en la cuenca
del Lago Titicaca. Es probable que encontremos que las actividades económicas, tales
como el comercio, estuvieron imbuidas dentro de los eventos políticos o rituales, ta-
les como festines y ceremonias, como recientemente se argumentó para Tiwanaku
(Janusek 2008: 59). Se necesitan excavaciones adicionales en Pukara para esclarecer
la organización de la producción artesanal, el ritmo de crecimiento del sitio (parti-
cularmente la construcción de la arquitectura monumental), y la función de las dife-
rentes zonas dentro del sitio, incluyendo la localización de las áreas de cementerio.
Fuera de Pukara, se necesitan datos adicionales de centros secundarios y terciarios,
especialmente en tanto estos se relacionen con el desarrollo de los sistemas agrícolas
intensivos, la obtención de materias primas y los niveles de conflicto.
Si bien tomará varias décadas de trabajo de campo, Pukara alberga gran potencial
para modelar los factores que atrajeron y empujaron a la gente del Formativo Tardío
hacia la primera entidad política multicomunitaria en la cuenca norte del Lago Titica-
ca y para conocer el por qué, en contraste con Tiwanaku, esta entidad política colapsó
justo después de algunos siglos de crecimiento y desarrollo.
Agradecimientos
Agradezco a Luis Flores Blanco y Henry Tantaleán por su gentil invitación a partici-
par en esta publicación. La cuenca del Titicaca es un lugar emocionante para hacer
arqueología y espero muchos años de futuras colaboraciones. También quiero agra-
decer a Colin Grier y Andrew Duff por invitarme a participar en la sesión organizada
en el 2008 en la reunión de la Society of American Archaeology sobre reorganización
de poblaciones, que sirvió como base para esta contribución. También nuestras mu-
chas temporadas de campo en Pukara no habrían sido posibles sin la contribución de
muchos colegas y estudiantes durante 2000 (Nathan Craig, Arleen Garcia, George Her-
bst y Nico Tripcevich), 2001 (Sarah Abraham, Javier Challcha, Cecilia Chávez, Amadeo
Mamani, Carrie Mason, Leny Pinto, Andy Roddick, Adan Umire y varios otros) y 2006
(Barbara Carbajal, David Oshige, Nancy Román y Matthew Wilhelm) y miembros del
equipo del pueblo de Pucará (la familia Ttacca y muchos representantes de pueblo). El
financiamiento para nuestro trabajo en Pukara ha sido generosamente proporciona-
do por la National Science Foundation, Fullbright-Hays, Heinz Foundation, Wenner-
Gren, y la Universidad de California en Los Angeles y Santa Bárbara. Nuestro trabajo
no sería posible en Pukara sin el apoyo de Charles Stanish, Mark Aldenderfer y Cecilia
Chávez Justo del Programa Collasuyo y sin las oficinas locales y nacionales del Insti-
tuto Nacional de Cultura, Perú. Finalmente agradezco a David Oshige Adams por la
traducción de esta contribución.
212 / Producción, papas y proyectiles: Evaluando los factores principales...
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7
Las esculturas Pukara: Síntesis del
conocimiento y verificación de los
rasgos característicos
François Cuyneti
Hay muchos estudios sobre las vasijas cerámicas Pukara (Chávez 1992; Franquemont
1986; Rowe y Brandel 1969–1970), pero muy pocos trabajos sobre las esculturas. Los
datos publicados vienen principalmente de los trabajos y de las prospecciones que
fueron realizadas por Alfred Kidder II al principio de los años 40 del siglo pasado, y
por Sergio Chávez entre los años 70 a 90. Pero desde 2000, poco a poco, más científicos
se interesan en estos artefactos líticos.
i Université Paris-Sorbonne (Paris IV). Titular de una Licenciatura y de una Maestría en Ar-
queología Prehispánica por la Universidad Paris-Sorbonne (Paris IV, France), actualmente
viene preparando una tesis para el grado de doctor en la misma institución. Igualmente re-
lacionado al EHESS de Paris (École des Hautes Études en Sciences Sociales) y al CRAP (Cen-
tre de Recherche sur l’Amérique Préhispanique, EA 3551). Ocupa un puesto de Allocataire
de Recherche y de Monitor en la Universidad Paris-Sorbonne, UFR Michelet de Historia del
Arte y de Arqueología. [email protected]; [email protected].
218 / Las esculturas Pukara: Síntesis del conocimiento y verificación...
que las piedras areniscas fueron las preferidas. Pueden ser de color blanco, gris o rojo.
En un mismo sitio, se puede encontrar varias esculturas, todas de arenisca, pero con
colores diferentes.
También se nota la utilización de otros tipos de material, pero en menor pro-
porción. En el sitio de Taraco, se encuentran generalmente esculturas de pizarra. La
andesita gris fue privilegiada en la región de Chumbivilcas, departamento de Cusco
(Núñez del Prado Bejar 1971: 27), y se conocen también algunas estatuillas de magnetita
(Kidder 1965: 23).
No sabemos si la naturaleza y/o el color mismo de la roca elegida tienen un valor
ritual, o si es solamente condicionado según las fuentes disponibles.
Si bien el uso de la arenisca parece ser la regla general, no tenemos ningún dato so-
bre los lugares de extracción. Además, Sergio Chávez (1980: 76) demostró la posibilidad
de desplazar estas producciones de un sitio a otro, simplemente con botes de totora.
A pesar del número importante de líticos registrados durante los trabajos arqueo-
lógicos, no se conoce nada del origen de las rocas de los monolitos, ni del modo de
elección. Y sí parece existir una preferencia por la utilización de la arenisca, más
trabajos son necesarios antes de considerar que puede ser un elemento de caracteri-
zación de la producción lítica Pukara.
El tratamiento de LA superficie
Las esculturas Pukara, como las cerámicas, fueron más descritas que analizadas real-
mente. Así, no hay estudios que nos permitan saber de qué manera estas fueron tra-
bajadas, la técnica empleada y los objetos utilizados. Por ejemplo, como no se conoce
ningún lugar de extracción o zona de producción, no se puede decir si la roca fue
traída en bruto hasta el sitio y trabajada después, o sí la escultura llegó en su estado
final.
Desde los primeros trabajos de Alfred Kidder II (1943: 6), se reconoció dos catego-
rías mayores:
La primera se compone de esculturas en forma de estatuas, muy numerosas, re-
presentando generalmente personajes antropomorfos (algunas veces zoomorfos).
El tamaño va desde pequeñas estatuillas a elementos de casi dos metros de altura.
Con una forma generalmente rectangular, pero no tanto como las estatuas de estilo
Tiwanuku, tienen con frecuencia un pequeño zócalo. Este tiene un aspecto funcional
porque permite la estabilidad del elemento lítico. Además, permite dar a la figura
iconográfica más prestigio. Trabajada totalmente en bulto redondo, se utiliza incisio-
nes para incorporar elementos de detalle. En algunas raras estatuillas descubiertas
enterradas durante las excavaciones de COPESCO, se observan pequeños rastros de
pinturas polícromas (rojo, negro, blanco y amarillo) preservadas sobre la superficie
(Escobar 1981: 160-161; Mujica 1990: figs. 125-126). Podemos notar que esa policromía
es idéntica a la presente en las cerámicas de la época Pukara.
219 / Franç ois Cuynet
El otro tipo muy común es la estela. Contadas a través de la región del altiplano, se
presentan en forma de losa alargada de 2,50 m en promedio, con un máximo registra-
do hasta el momento de cuatro metros de alto (presentada en el artículo de Chávez y
Mohr-Chávez 1970: 26; ver también Tantaleán et al. en este volumen). Una porción im-
portante del zócalo trapezoidal se usó clavada en el suelo para mantener la estela verti-
cal. La estabilidad fue fortalecida gracias a un ancho más importante en la base que en
la cima, lo que permite bajar el punto de gravedad del objeto. Uno de los elementos que
parece ser típico de Pukara es la presencia de una muesca u hombro en la cumbre de
la estela. No se sabe bien el uso y/o la significación de este dispositivo. Sergio Chávez y
Karen Mohr-Chávez (1970: 26, 35) proponen la hipótesis de que puede servir de soporte
a un dintel horizontal de piedra, siendo las estelas utilizadas como unidades arquitectó-
nicas dentro de estructuras arquitectónicas. Sin embargo, admiten que hay muy pocas
estelas funcionando en pares, y la variedad del tamaño, así como la presencia de algu-
nos motivos en esa parte, parecen contradictorias con esta suposición. Generalmente
en los dos lados opuestos, los elementos iconográficos están trabajados en bajo o medio
relieve, y algunas veces en relieve hundido con un borde de delimitación. Como en las
estatuas, los detalles son figurados mediante incisiones.
Así, parece que tenemos formas bien particulares atribuidas a las estatuas y a las
estelas. Pero se hace necesario un análisis de los rasgos iconográficos para permitir
una atribución a la época Pukara.
Figura 2. Estatuilla
Pukara. Museo Carlos
Dreyer de Puno
221 / Franç ois Cuynet
Conclusión
La fortaleza del estudio sobre las esculturas radica en que se conocen numerosos
ejemplos que vienen de diferentes sitios de la cuenca del lago Titicaca. Eso nos per-
mite tener un abanico bien completo, y de poder generalizar los elementos nom-
brados.
Al final, esta síntesis del conocimiento nos orienta hacia varios datos de caracteri-
zación. Se notan dos tipos principales de formas, que son la estatua antropomorfa y la
estela con muesca, esencialmente talladas en roca arenisca. Durante nuestro trabajo
de recolección, notamos que pareció existir una predilección del motivo iconográfico
según la naturaleza del soporte. Sin embargo, hasta el momento no se conoce clara-
mente el proceso de elección y de producción de estos artefactos líticos en sus diver-
sos aspectos. Además, casi ninguno de esos objetos fue descubierto en su contexto
original, y varios muestran huellas de deterioro. No obstante, subsisten suficientes
elementos de la iconografía para demostrar un vínculo entre las estatuas antropo-
morfas y las estelas encontradas.
Así, se desprende una noción de unidad en la escultura. No obstante, podemos
también ver que existen algunas variaciones en esta unidad. Se necesitan muchos
más estudios para decir si esas traducen regionalismos, diferencias de función o de
temporalidad. Sin embargo, la iconografía presentada, en su forma general, tiene su-
ficientes elementos para notar rasgos que pueden ser de caracterización.
Y si bien tenemos una unidad escultural, hemos visto que esta se relaciona igual-
mente con los ejemplos conocidos de la cerámica Pukara. Motivos se encuentran,
algunas veces de modo idéntico, tanto en uno como en el otro soporte. Así, todos esos
elementos demuestran la pertenencia de las esculturas y de las cerámicas a un mismo
mecanismo. Es este conjunto que podríamos llamar el estilo Pukara.
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Las qochas y su relación con sitios
tempranos en el Ramis, norte de la
cuenca del Titicaca*
L u i s F l o r e s B l a n c o i , N a th a n C r a i g ii
y M a r k A l d e n d e r f e r iii
La cuenca del Lago Titicaca (CLT) tiene un largo proceso evolutivo, tanto en lo
social como en lo geológico, con marcadas permutaciones que recientemente se
vienen dando a conocer luego de una serie de investigaciones sistemáticas. Gra-
cias a estos estudios queda cada vez más claro que este desarrollo se dio en el
contexto de un paisaje agreste y cambiante, que cada vez más fue modificado
permanentemente por el hombre, haciéndolo habitable, pero que no escapó a los
cambios geológicos que repercutieron en su vida social. Una de estas innovacio-
nes, que seguramente ayudó a una vida concentrada más estable en el altiplano,
fue la creación de tecnologías agrícolas como los camellones o waru-waru y los
estanques de agua o qochas.
En un ambiente como la puna de la CLT, donde se cultivaron y aún cultivan
especies como la papa y la quinua, cuyo centro de origen habría sido algún lugar
de esta región (Bruno 2005; Murray 2005; Spooner et al. 2005), estudiar estas tec-
nologías agrícolas es casi una obligación, si es que se quiere entender el proceso
civilizatorio.
* Una ponencia inicial sobre este tema titulada: “El origen de las qochas y su relación con el
surgimiento de la complejidad social en el Ramis, cuenca norte del Titicaca” por Flores, Ro-
mán y Aldenderfer fue leída por Nathan Craig en el Simposio The rise of hierarchical polities
in the northern Titicaca basin: Recent research, new theories, organizado por Aimee M. Plourde
& Abigail R. Levine, en la 73º Reunión Anual de la SAA en Vancouver, Canadá, en marzo del
2008.
i Co-Director del Proyecto Arqueológico Ramis. Puno, Perú. [email protected].
ii Department of Anthropology, Pennsylvania State University, 409 Carpenter Building, Uni-
versity Park, PA, 16802. [email protected].
iii Department of Anthropology, University of California Merced, School of Social Sciences,
Humanities and Arts, Merced, CA, USA, 95343. [email protected].
226 / Las qochas y su relación con sitios tempranos en el R amis
La zona que nosotros hemos investigado, en gran parte del valle del Ramis, al nor-
te de la cuenca del Titicaca, coincide con el área de mayor concentración de una de
estas tecnologías, las qochas (Figuras 1 y 2), dadas a conocer por Jorge Flores Ochoa y
Percy Paz (1983a). Las qochas han sido descritas como lagunas artificiales acomodadas
a la topografía y alimentadas por las lluvias de la temporada de diciembre a marzo;
esta tecnología sirvió para almacenar agua y como espacio de cultivo (Figuras 3 y 4).
Paradójicamente este territorio actualmente es uno de los más secos de la punas de
Azángaro-Pucará, con grandes riesgos de heladas, sequias o inundaciones, y con un
clima cambiante de un año a otro (Valdivia et al. 1999: 157).
Los estudios que, hasta el día de hoy, se han realizado sobre esta tecnología se han
centrado en su caracterización y funcionamiento (Flores y Paz 1983a, 1983b, 1984,
1986, 1988), en su potencial como sistema productivo (Rozas 1986; Valdivia et al. 1999;
Figura 1. Polígono del área de mayor concentración de las qochas en un plano con el Lago Titicaca
en color celeste oscuro y el paleolago Minchin en celeste claro.
227 / Luis Flores Blanco, Nathan Craig y M ark A ldenderfer
Más allá de la caracterización que se ha hecho de las qochas, estas no han sido inda-
gadas en relación a sus orígenes y evolución. Precisamente en este capítulo queremos
discutir dicho tema.
228 / Las qochas y su relación con sitios tempranos en el R amis
1 Para una división y evolución de las terrazas aluviales en el valle de Ramis, consultar a
Farabaugh y Rigby (2005).
2 En el sistema de qochas sólo 5 de 30 días hay presencia de heladas (Valdivia et al. 1999: 158).
230 / Las qochas y su relación con sitios tempranos en el R amis
sirvieron como oasis para los animales y seguramente fueron aprovechadas por los
hombres como paraderos temporales de caza durante el período que los arqueólogos
llamamos Arcaico Medio. Ahora solo faltaría encontrar en nuestro registro arqueológi-
co, la presencia de sitios con material tipificado para este período.
Lo que parece estar claro es que el clima empieza a mejorar luego de los 3,000 a.C.,
incluso con una humedad mayor que la actual, estabilizándose en las condiciones
modernas a partir de 2100 a.C. (Baker et al. 2001, 2005; Buffen et al. 2009; Grosjean et
al. 2003), momento propicio para inundaciones estacionales, pero también para la
formación de las qochas naturales, convirtiéndose en reservorios de agua contenida
en el tiempo gracias a estar sobre un suelo arcilloso de paleolago. Asimismo por las
condiciones micro-climáticas y suelo favorable que mencionamos arriba, estas qo-
chas naturales habrían promovido la propagación de malezas como Quenopodiáceas
y tubérculos, en un contexto similar como el planteado por Smith (1995: 194-196),
expandiéndose con ello mayores parches de recursos tanto para animales como para
el hombre (Aldenderfer 2002).
La respuesta humana a estas mejoras del medio ambiente fue rápida, dándose una
mayor concentración de población desde el período Arcaico Terminal (3000-1500
a.C.), centrándose aún más intensamente en los recursos fluviales, y reduciendose
la movilidad residencial (Aldenderfer 2002; ver Craig en este volumen). Incluso la
productividad fue suficiente para que algunos individuos desarrollasen conductas de
empoderamiento (Aldenderfer 2004) portando objetos vistosos como el oro encon-
trado en Jiskairumoko (Aldenderfer et al. 2008) y la adquisición explosiva de obsidia-
na a partir de fuentes muy lejanas a pesar de la abundancia de sílex de alta calidad
(Craig 2005; Craig y Aldenderfer e.p.).
Este tiempo también sirvió para poder manipular algunas especies vegetales me-
diante el forrajeo, haciéndolas más eficientes a las necesidades humanas (Aldenderfer
2002; Craig 2005), algo que finalmente permitió, por ejemplo en el Chenopodium, la apa-
rición de plantas de tallo único y la delgadez de la cubierta seminal de la semilla (Bruno
2005; Murray 2005). Seguramente, también, fue el momento de los primeros cultivos en
una producción de bajo nivel, como ha planteado Smith (2001), en ese paso de socieda-
des cazadoras-recolectoras a las productoras.
Estas condiciones habrían permitido la concentración definitiva de población du-
rante el Formativo Temprano, luego del 1500 a.C. (Aldenderfer 2002), así como también
los primeros cultivos domesticados, como sucedió con el Chenopodium (Bruno 2005).
Todos estos cambios culturales tuvieron impacto ecológico sobre su medio ambiente,
influenciando en la deforestación de la puna del Titicaca, con el consecuente avance de
la cobertura de pastizales hasta como la conocemos actualmente (Craig et al. 2009).
Ya durante el Formativo Medio (1000 a.C.–500 d.C.) es probable que la producción
intensiva de alimentos acompañase a estos cambios políticos y sociales, y se intensi-
fique también el intercambio en toda la cuenca. La arquitectura mayor aparece, y si
bien en menor escala a la observada en la costa central, comienzan a ser comparables
en su función y rol (Aldenderfer 2002). Si bien los asentamientos urbanos aun no apa-
232 / Las qochas y su relación con sitios tempranos en el R amis
recen hasta fases superiores del Formativo Tardío, el crecimiento poblacional debe
haberse incrementado significativamente durante el Formativo Medio, estimulando
a las poblaciones del valle del Ramis a la creación de soluciones a su requerimiento
creciente de alimentación. En este contexto debieron aparecer las qochas, como tec-
nología agrícola que permitió aprovechar su medio ambiente. Posteriormente duran-
te el Formativo Tardío (500 a.C.–400 d.C.) este aprovechamiento fue convertido en
todo un sistema agrícola estable, base de la economía en el primer desarrollo estatal
llamado Pukara. Con el tiempo, el desarrollo de un mercado creciente requirió una
ampliación de la frontera agrícola, extendiendo esta tecnología hacia las terrazas C
y D, de suelos menos impermeables, pero más productivos agrícolamente, ubicadas
en la parte oeste de la zona investigada, próximos al río Pucará (Flores y Paz 1983a:
49-52; Craig et al. 2011). La validez de esta tecnología como una herramienta de esta-
bilidad productiva en un ambiente difícil (Valdivia et al. 1990: 160, 163), permitió su
continuidad en el tiempo, aunque disminuida ya para períodos tardíos, al parecer fue
usada hasta el período Altiplano y, tal vez, hasta el período Inca y Colonial. Aunque
sin claras evidencias arqueológicas, ni referencias en los textos de contacto, esta tec-
nología seguió usándose, ya de manera desintegrada, por las comunidades rurales,
tanto así que perduró su uso hasta la actualidad.
Aunque no contamos aun con fechados radiocarbónicos para probar tal evolución
de las qochas, tenemos evidencias concretas de una relación espacial directa “sitio-
qocha”, en la que los análisis de los materiales de estos asentamientos asociados nos
permitirán establecer una cronología relativa para dicha historia.
La asociación de asentamientos con las qochas son regionalmente más claras du-
rante el período Formativo, antecedidos a veces por una ocupación del Arcaico. La-
mentablemente aun no hemos acabado un análisis más fino de la cerámica Formati-
va para distinguir sus diferentes estilos. Sin embargo, nos llama la atención la poca
Figura 5. Polígono del área de mayor concentración de las qochas sobre una plano de las terrazas
aluviales donde se ubican los sitios arqueológicos señalados y demás rasgos.
234 / Las qochas y su relación con sitios tempranos en el R amis
presencia de fragmentos Qaluyu que podría estar sumando evidencias sobre su baja
presencia en el valle de Pucará, a diferencia por ejemplo del valle de Huancané donde
es todo lo contrario (Plourde y Stanish 2006: 248).
El período Formativo se caracteriza por un patrón de asentamiento jerarquizado
(Stanish 2003) donde sobresalen dos tipos de asentamientos, aquellos con arquitec-
tura acumulativa grande de piedra que tiene al sitio de Pukara en la cima de esta
jerarquía y a extensas áreas con dispersión de material en superficie, sin arquitectura
visible, que bien pueden ser consideradas como posibles aldeas. Estos sitios por lo
general están asentados al final de la pampa, sea en la base de un cerro o cerca a las
riberas de los ríos y qochas (Aldenderfer y Flores 2008).
Los sitios con arquitectura grande están más concentrados en la margen derecha
(oeste) del río Pucará, separados entre 3,5 hasta 7 Km; mientras en la margen izquier-
da (este), en la zona de las qochas, presentan mayor separación (hasta 10 Km), y alter-
nando con las supuestas aldeas (Aldenderfer y Flores 2008).
Existen, por lo menos, cuatro centros Pukara importantes en la zona de las qochas,
todos con arquitectura grande: Tantihuasi en el norte, Tampukancha y Cumparo en el
centro y Calapuja en el sur, ubicados cada 6 a 10 km, lo que hace que las zonas agríco-
las estén controladas directamente por agentes Pukara (Aldenderfer y Flores 2008).
Los sitios con dispersiones de materiales o supuestas aldeas, casi siempre, están en
el rango de control de los sitios con arquitectura grande (Aldenderfer y Flores 2008;
Figura 6).
Otro elemento del período Formativo asociado a las qochas, fue el hallazgo de una
estela de “suche” al interior de una laguna natural llamada María Huancane Qocha
(Aldenderfer y Flores 2008; Flores et al. e.p.) (Figura 7).
Figura 9. Vasijas Pukara de los sitios Yurac Cruz Pata (RM 348) (1) y Laroqocha (RM 1192) (3)
(Dibujos de Chávez 2008)
tensificar un flujo de productos interegionales para el consumo económico sino tam-
bién simbólico. Lo anterior permitiría que ciertos agentes logren un posicionamiento
de su autoridad (Aldenderfer 2002, 2004) estableciendo para ello un sistema recíproco
de hospitalidad competitiva de banquetes que se dio tanto en el espacio urbano de
las plazas de Pukara (Klarich 2005) como, al parecer, en el espacio rural asociado a las
qochas, como lo indica la gran concentración de alimentos incinerados en sitios sin
arquitectura visible como lo descrito para el sitio RM 621.
No sabemos qué tecnología fue inventada primero, si las qochas o los camellones o si
ambos tuvieron historias distintas y paralelas. Tampoco sabemos dónde se originaron.
Sólo sabemos que las qochas se distribuyen con mayor frecuencia en las pampas del Ra-
mis y los camellones en las partes húmedas próximos al Titicaca, ambos asociados pre-
ferentemente a sitios del período Formativo (Aldenderfer y Flores 2008; Erickson 1996).
Además en el Ramis se han reportado funcionando como un sistema, las qochas como
reservorios que se utilizan para regar a los camellones (Aldenderfer y Flores 2008).
239 / Luis Flores Blanco, Nathan Craig y M ark A ldenderfer
PRIMERAS CONCLUSIONES
De esta forma, las qochas representan una tecnología que permitió una estabilidad
productiva en un medio ambiente agreste, importante para el desarrollo de las pri-
meras sociedades complejas durante el período Formativo. Sin embargo, esta tecno-
logía tuvo una evolución larga que aun falta conocer en detalle; sirviendo incluso a
culturas tardías como los Collas.
En general, podemos decir que el gran aporte de las qochas como tecnología fue
el control eficiente del agua, una “domesticación” de este recurso (Mujica y Holle
2001: 72).
El modelo expuesto, respaldado por estos primeros datos de asociación espacial,
deben favorecer nuevas investigaciones que aborden el tema de la antigüedad de las
qochas aplicando algún método para fechar in situ estos reservorios. Si los bordes fue-
sen producto de tierra venida del centro de las qochas, tal vez, estas pueden guardar
evidencias materiales diagnósticas que permitan asociar esta deposición con el mo-
mento de su elaboración. Sin embargo, quizá esta posibilidad pueda también exami-
narse en los bordes de los canales, incluso fechando directamente por fluorescen-
cia los depósitos como se realizó con los camellones en la zona de Huatta (Erickson
1996). También queda por resolver preguntas como ¿Cuándo empezaron a formarse
las qochas naturales? ¿Cuántas de las qochas registrados son naturales y cuáles imple-
mentadas? ¿Cuál fue el nivel de intervención humana en la adecuación de las qochas?
¿Existió en el tiempo una decadencia en el uso de las qochas y qué lo motivo? Segu-
ramente las respuestas a estas preguntas permitirán conocer mejor la evolución del
sistema de qochas.
Agradecimientos
Los autores desean agradecer a Silvia Román, Honorato Tacca y Albino Pilco Quispe,
por su ayuda con el trabajo de campo. También nos gustaría agradecer a las comuni-
dades quechuas de las provincias de Azángaro y Lampa por su amable hospitalidad. El
trabajo de campo realizó gracias a la autorización del Instituto Nacional de Cultura,
Resolución Directoral N° 870/INC del 30.05.2007. La investigación ha sido posible por
el apoyo de subvenciones del NSF BCS-0737793 otorgadas a Mark Aldenderfer.
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Prediciendo la coalescencia en los
períodos Formativo y Tiwanaku en
la cuenca de Titicaca: Un modelo
simple basado en agentes*
W m . R a n d a l l H a a s , J r i y J a c o p o T a g l i a b u e ii
Figura 2. Las ubicaciones de los 31 sitios más grandes conocidos del Formativo Superior de la cuenca
del Titicaca. Estos sitios más grandes se representan en forma lineal y el espacio de registro (log-
space) en la esquina superior derecha. Los datos de Stanish (2003) y Stanish et al. (2005).
productos agrícolas y otros bienes (Tripcevich 2007). Ademas la agricultura de cam-
pos elevados, la cual habría empezado durante el período Formativo Medio, habría
aumentado significativamente las producciones agrícolas (Stanish 2003).
Durante el período Formativo Superior (ca. 500 a.C.–400 d.C.), por lo menos 31
asentamientos alcanzaron tamaños mayores a cuatro hectáreas y al menos nueve ex-
cedieron el máximo de ocho hectáreas de los precedentes asentamientos del período
Formativo Medio (Stanish 2003; Stanish et al. 2005). La Figura 2 muestra que las distri-
buciones de los asentamientos del Formativo Superior tomaron una forma de primate1
(Berry 1961) con dos centros regionales –Pukara y Tiwanaku– creciendo en un orden
1 Este es un concepto tomado de Berry (1961: 573-588) que se refiere a una distribución de
poblaciones con una o más poblaciones que son muy grandes en comparación a otras po-
blaciones.
246 / Prediciendo la coalescencia en los períodos Formativo y Tiwanaku...
hnson 1980; Laxton y Cavanagh 1995; Krugman 1996; Hamilton et al. 2007), por no
hablar de muchos otros fenómenos biológicos y no biológicos (Clauset et al. 2009). A
primera vista, estas distribuciones, más o menos continuas, parecen ser discretas y
jerárquicas (e.g. Christaller 1966), para los habitantes y analistas por igual. Sin em-
bargo, la categorización resultante de las distribuciones continuas puede enmascarar
una importante variación que tiene el potencial para informarnos sobre los diferen-
tes procesos y comportamientos humanos subyacentes. Cuando las distribuciones no
lineales son examinadas como un fenómeno continuo, a menudo toman una de las
cuatro formas distintas: Log-lineal, primate, convexa y primo-convexo (McAndrews
et al. 1997; Figura 4).
Sí estuviéramos viendo esas distribuciones en un histograma, observaríamos
formas caracterizadas por las letras L o J en lugar de las más familiares forma de
campana o distribución plana. Sin embargo, los histogramas no se prestan bien para
discriminar entre las cuatros diferentes formas no lineales enumeradas arriba. El
gráfico (plot) de la escala logarítmica del rango-tamaño, por otra parte, proporciona
un método que facilita la interpretación para explorar la variabilidad que de otra
forma, sería opaca en las distribuciones no lineales. En las gráficas de rango-tamaño,
el tamaño de la entidad es trazado como una función de su rango, la cual es simple-
mente su posición cuando está ordenada por tamaño (Figura 1). De este modo, el
sitio más grande en una distribución se clasifica como el rango 1, el segundo más
grande, el rango 2, y así sucesivamente. Cuando los ejes son transformados logarít-
micamente, las distribuciones no lineales aparecen relativamente rectas mientras
que random (azar) o distribuciones normales, aparecen como curvas extremadamen-
te convexas.
Las formas “Log-lineales”, que aparecen como líneas rectas en el registro espa-
cial, han recibido la mayor atención. También se conocen como las distribuciones
de la ley de potencias o rectilíneas (también véase Griffin (2011), para una discusión
sobre el uso del término “log-normal” en la literatura arqueológica). Tales distribu-
ciones pueden variar con respecto a sus límites inferiores y superiores y a su pen-
diente, o a sus dimensiones fractales (Adamic y Huberman 2002; Brown et al. 2005;
Clauset et al. 2009; Griffin 2011). Cuando la pendiente de una distribución log-lineal
es -1, esta aparece como un ángulo de 45º en una gráfica log-log de rango-tamaño
que tiene rangos equivalentes para los ejes. Esta forma particular de log-lineal se
denomina como ley de Zipf, luego que George Zipf (1949) dedicara muchas páginas
para catalogar y entender esta regularidad empírica. El proceso exacto subyacente
de la formación de la ley de fuerzas –especialmente las distribuciones de Zipf– aún
no es el todo comprendido, pero muchos analistas parecen concordar en que el pro-
ceso está relacionado con los flujos de red que distribuyen o disipan algunas divisas
(Zipf 1949; Krugman 1996).
Posteriormente, Gregory Johnson (1980) describió una desviación arqueológica
común en la distribución de Zipf, que se denomina convexidad del rango de tamaño
(Figura 4). En estas distribuciones, los asentamientos más grandes y los más pequeños
son menores que lo que se observaría en una tendencia log-lineal; o a la inversa, los
asentamientos de tamaño mediano son mayores que lo que podamos obervar en una
tendencia log-lineal (McAndrews et al. 1997).
248 / Prediciendo la coalescencia en los períodos Formativo y Tiwanaku...
n.e. Se
trata de una prueba estadística, en la que la cola superior es el pico de la derecha, pues-
to que representa a la cantidad de miembros del eje Y (en la vertical) que reciben más
elementos del eje X (en la horizontal): es cola por la forma pero es superior porque recibe
más. En ese sentido, expresa un patrón distributivo. Quizá por esa razón, en algunos casos,
se usa para querer decir simplemente el segmento más alto. Es una innovación procedente
del inglés the upper tail. Del mismo modo la cola inferior, es otra comprobación de la hipó-
tesis, también llamada prueba de la cola izquierda que vendría a ser el segmento más bajo.
250 / Prediciendo la coalescencia en los períodos Formativo y Tiwanaku...
2 Debemos señalar que este resultado más bien es contrario a la intuición, el cual produce
distribuciones ordenadas a partir de procesos aleatorios. No fue sorprendente, en este caso,
ya que el Dr. Thomas Carter, de la Universidad Estatal de California en Stanislaus, nos había
mostrado esencialmente el mismo modelo aplicado a las transacciones de la riqueza.
251 / Wm. R andall Hass Jr. y Jacopo Tagliabue
Resultados
El paisaje Formativo modelado proporcionó un conjunto de limitaciones geográficas
y probabilísticas sobre las ubicaciones de los agentes en nuestro modelo. La Figura 6a
muestra esencialmente la geometría de este espacio modelado. Como en los modelos
previos, ejecutamos 30 simulaciones, cada una con aproximadamente 1000 agentes
consistente en 25 individuos cada uno. Para cada ubicación en el espacio modelado,
un agente es localizado con alguna probabilidad definida por la superficie del modelo
logístico. Dado el ajuste de cierre entre el modelo de gravedad y las distribuciones de
tamaños empíricos en el espacio modelado genérico, elegimos a éste para definir las
reglas del agente en el modelo geográfico.
Consideramos tres pruebas de ajuste del modelo con las distribuciones empíricas
de asentamiento. En primer lugar, nos preguntamos qué tan bien son los modelos para
predicir las distribuciones de tamaño de asentamiento en el período Formativo de la
cuenca del Titicaca. Por último, nos preguntamos qué tan bueno es el modelo para pre-
decir las ubicaciones relativas de los dos asentamientos de rango más alto. Este último
examen implica la comparación de las distancias y ángulos modelados de los asenta-
mientos de rango 1 y 2 con los ángulos y distancias reales entre Tiwanaku y Pukara.
Encontramos que existe una coherencia entre los resultados del modelo y los
datos empíricos. La distribución del tamaño de asentamiento no mostró diferencias
cualitativas de aquellas generadas en los modelos de gravedad previos (ver Figuras 3
y 5). Las ubicaciones reales caen dentro de las regiones de probabilidad más alta pre-
dicha por nuestro modelo. La Figura 7 muestra los resultados del modelo para todos
los sitios con población excedente, para los sitios del rango 1, los sitios del rango 2, y
los sitios del rango 3 con 30 ejecuciones a tiempo 100. Los sitios modelados del rango 1
forman dos grupos, uno en el norte y uno en el sur. La mayor probabilidad de conjun-
tos (cluster) en el sur conteniendo 18 de los 30 de un rango de sitios y el agrupamiento
norte contiene los restantes 12. La media geográfica del sitio predicho de rango 1 está
aproximadamente a 40 km al suroeste de la ubicación de Tiwanaku. Sospechamos
que este desplazamiento está, en parte, relacionado a nuestra sobreestimación de la
población en la región de Desaguadero de la cuenca sur. Sin embargo, la distribución
modelada del rango 1 es coherente con la ubicación real de Tiwanaku.
Los sitios modelados de rango 2 también forman dos grupos en los extremos nor-
te y sur de la cuenca. Sin embargo, el sitio de rango 2 está sesgado hacia el extremo
norte de la cuenca, con 18 sitios cayendo en el agrupamiento norte y los restantes
12 en el agrupamiento sur. El centro geográfico de los sitios modelados del rango 2
predice la ubicación de Pukara con una exactitud casi perfecta (ca. < 5 km). Los sitios
modelados del rango 3, por otra parte, no exhiben el mismo grado de agrupamiento
geográfico como los asentamientos del rango 1 y 2. Sin embargo, es digno de notar
que la media y la moda, de la coordenada UTM, para los sitios modelados del rango 3
esta entre 8200 y 8250 km, mientras que las coordenadas para los sitios reales de 3 y 4
se ubican entre 8240 y 8260 km aproximadamente.
Esto también quiere decir que las proporciones norte-sur de los sitios modelados
de rango 1 y 2 están en una oposición perfecta. La relación geográfica predicha entre
los sitios modelados de rango 1 y 2 se asemejan con la relación espacial real entre
255 / Wm. R andall Hass Jr. y Jacopo Tagliabue
Figura 7. Las ubicaciones geográficas de (A) todos los sitios modelados con poblaciones finales > 0, (B)
todos los sitios de rango 1, (C) todos los sitios con rango 2, y (D) todos los sitios con rango 3. Estas dis-
tribuciones se generaron en 100 pasos de tiempo. Las ubicaciones de los modelados de sitios de rango
1 se comparan con la ubicación real de Tiwanaku, y las ubicaciones de las bases de los sitios modelados
2 se comparan con la ubicación real de Pucará. Puntos grises definen los medios geográficos de los
agrupamientos o clusters que fueron definidos por K-means. Las líneas de puntos grises representan
las elipses de error estándar de distancia 1 y 2.
Tiwanaku y Pukara (Figura 8). La orientación promedio entre los sitios modelados de
rango 1 y 2 es 51 ± 9º mientras que la orientación real entre Pukara y Tiwanaku es 48º.
Además, la distancia media entre los sitios modelados de rango 1 y 2 es 216 ± 51 km
mientras que la distancia real entre Pukara y Tiwanaku es 247 km.
resumen y discusión
Este artículo se propuso entender los procesos subyacentes a la coalescencia diferen-
cial de la población en el período Formativo de la cuenca del Lago Titicaca, a través de
256 / Prediciendo la coalescencia en los períodos Formativo y Tiwanaku...
Figura 8. Una comparación de las actuales orientaciones de Tiwanaku-Pucará (izquierda) y las dis-
tancias (derecha) para las orientaciones de modelado y las distancias. Los valores modelados son
consistentes con los valores actuales.
un examen de las distribuciones de asentamiento y modelización basada en agentes.
El período Formativo de la cuenca revela las distribuciones del rango del tamaño de
asentamiento que oscilan entre cóncavo y convexo con Tiwanaku y Pukara repre-
sentando los centros primate de las distribuciones cóncavas (Albarracin-Jordan 1996;
Stanish 2003). Nuestro modelo simple, basado en agentes, muestra que este rango
de variación en las distribuciones de tamaño de asentamiento, puede generarse con
sólo unas pocas reglas simples, incluyendo asentamientos dispersos geográficamente
integrados por individuos quienes migran entre estos asentamientos con un sesgo
hacia asentamientos que están relativamente cerca y/o son grandes.
El grado de este sesgo está inversamente relacionado con el grado de convexidad
del rango-tamaño. Relativamente pocos grados de conexión preferencial en los al-
rededores de los grandes asentamientos tenderán a producir distribuciones primate
mientras que relativamente pocos grados de adhesión tenderán a producir distribu-
ciones convexas. Una inclinación intermedia a los sitios próximos y grandes tenderán
a producir distribuciones de rango de tamaño log-lineal.
Por consiguiente, de la forma de las distribuciones de rango de tamaño de los asen-
tamientos arqueológicos, podemos inferir la atracción de factores sociales relativos a
los efectos dispersivos de los factores no sociales. Basados en la forma convexa de las
distribuciones de rango de tamaño no lineal del período Formativo del valle de Tiwa-
naku, concluimos que la atracción de factores sociales era relativamente baja. O, inver-
samente, las fuerzas dispersivas de los factores no sociales fueron relativamente altas.
Basados en la forma de las distribuciones de rango de tamaño no lineal del período
Formativo Superior, podemos inferir que los individuos tuvieron un mayor grado de
libertad en sus decisiones para buscar oportunidades de migración motivadas social-
mente. Este patrón conductual podría haber emergido inicialmente en el contexto de
caravanas de llamas, en combinación con los avances tecnológicos agrícolas en el culti-
257 / Wm. R andall Hass Jr. y Jacopo Tagliabue
vo de campos elevados. Sin embargo, los asentamientos, cada vez más grandes, habrían
sido ocupados con el aumento de tensiones que surgen del estrés de escala (Bandy 2004).
De hecho, el período Formativo está marcado por el aumento de tradiciones integradas,
que podrían haber respondido a las nuevas predilecciones de individuos y pequeñas
comunidades migrantes. Tiwanaku, cuyo tamaño también es predicho porque, según
el modelo de Griffin y Stanish (2007), la geografía parece haber sido particularmente
exitosa en integrar una población particularmente grande (Janusek 2006).
El modelo presentado aquí también sugiere que el tamaño y la ubicación de los
asentamientos de alto rango son fuertemente dependientes de las diferencias, apa-
rentemente triviales, de las condiciones iniciales de la geografía. Por ejemplo, más
allá del hecho que nuestros 30 modelos de funcionamiento-gravedad compartieron el
mismo número de aldeas, cada una de ellas con el mismo tamaño de población inicial,
las desviaciones estándares de los asentamientos del rango 1 de aproximadamente
5000 individuos y un rango de 17000 (véase Figura 5). Además, en el modelo de ejecu-
ción geográfica, las ubicaciones de los asentamientos del rango 1 estuvieron correc-
tamente posicionados en la cuenca del sur solamente el 60% del tiempo. Se predijo
que el 40% restante ocurrió en la cuenca norte, aproximadamente en los alrededores
de Pukara. Nuevamente, diferencias sutiles en las condiciones iniciales crearon muy
diferentes modelos de historias. Dicho esto, también es claro que ciertas historias
fueron más probables que otras. En el lenguaje de los teóricos de la complejidad, tales
órbitas de atracción habrían constreñido los resultados potenciales de las distribu-
ciones de asentamiento del período Formativo de la cuenca de Titicaca.
Agradecimientos
Este trabajo fue financiado parcialmente por el Santa Fe Institute mediante una NSF
Grant No. 0200500 titulada “A Broad Research Program in the Sciences of Complexi-
ty.” Muchos participantes en la SFI Complex Systems Summer School ofrecieron
comentarios reflexivos y valiosos que mejoraron esta artículo, así como también lo
hicieron James P. Holmlund (Western Mapping Company, Tucson), Shane Miller (The
University of Arizona), y Taylor Hermes (The University of Arizona). Todas las fallas
y confusiones, en este artículo, son responsabilidad de los autores.
258 / Prediciendo la coalescencia en los períodos Formativo y Tiwanaku...
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259 / Wm. R andall Hass Jr. y Jacopo Tagliabue
INTRODUCCIÓN
En su proceso de expansión, los estados arcaicos se movilizan en primer lugar para
controlar caminos y ubicaciones estratégicas. El resultado es un patrón discontinuo
de dominación donde los recursos más críticos están controlados dentro de territo-
rios previamente no dominados (Algaze 2005; Smith 2007; Stanish 2002). Esta lógica
de “enclave estratégico” se encuentra durante el Horizonte Medio de la cuenca del
Lago Titicaca, donde la presencia de Tiwanaku se debilita fuertemente fuera de su
territorio nuclear al sur (Stanish et al. 2005) (Figura 1).
La bahía de Puno, en el actual Perú, es uno de los escenarios donde se ubican los
asentamientos Tiwanaku más grandes del norte del Lago Titicaca (Stanish 2003: 188).
Al norte del río Ilave, Tiwanaku estableció grupos de asentamientos en enclaves re-
gistrados en Juli, bahía de Puno, y en la zona del lago Arapa (Stanish et al. 2005; Stanish
comunicación personal 2009). La condición de semi-aislamiento de este conjunto de
sitios indicaría que fue un lugar de importancia estratégica. Su investigación nos po-
sibilitaría determinar el valor de la bahía de Puno dentro de la sociedad Tiwanaku, y
así aprender más del sistema de valor del estado Tiwanaku.
Datos de campo del Proyecto Wayruro indican que los jefes del estado Tiwanaku
fueron atraídos a Puno por ser el centro de una sociedad compleja, con una fuente de
plata y una larga tradición de trabajo especializado en el procesamiento de minerales
locales. Además, consideraciones defensivas y rituales parecen determinar la ubica-
ción de las ocupaciones dentro de la bahía.
* Traducido por Carol Schultze y Luis Flores Blanco, con ayuda de Laura Cannon y David
Oshige Adams.
i Departamento de Antropología. Universidad de California, Los Angeles.
[email protected].
ii Departamento de Antropología. Universidad Nacional del Altiplano, Puno.
[email protected].
iii Programa Collasuyo, Puno. [email protected].
262 / La ocupación Tiwanaku en la bahía de Puno: Tradición metalúrgica
Artefactos de tipo Tiwanaku están presentes en sitios con templos hundidos del
período Formativo. Estos indican continuidad entre los dos períodos, y posiblemente,
una intensificación del complejo ceremonial en el Horizonte Medio. Puesto que el
objetivo parece ser la incorporación de los trabajadores con sus recursos, iniciar una
guerra con la sociedad compleja que ya tenía un conocimiento acumulado, hubiera
sido contraproducente.
Parece que hay una restricción de acceso a la plata y a su procesamiento durante
el período Tiwanaku. Hay crisoles asociados con seis sitios del período Formativo y
solo tres en los tiempos de Tiwanaku. Esos son los sitios principales que habrían teni-
do acceso para controlar la producción de plata en la bahía de Puno.
Todos los minerales intrusivos de valor económico del ‘Grupo Puno’ eran cono-
cidos por el estado Tiwanaku. Artefactos del tipo Tiwanaku se han encontrado en
sitios formativos en donde hay talleres de andesita, por ejemplo Punanave P9 y Cerro
Ichur P110. También, la andesita es uno de los materiales usados en la arquitectura
ceremonial en Isla Esteves P10.
La presencia militar de Tiwanaku en Puno era limitada. Casi tres cuartas partes de
los sitios Tiwanaku fueron ubicados en campo abierto. Sin embargo, algunos sitios tu-
vieron capacidad defensiva. Ubicaciones estratégicas cercanas a la orilla del lago fueron
263 / Carol A. Schultze, Edmundo De la Vega y Cecilia Chávez
DATOS DE LA PROSPECCIÓN
La producción y el ritual continuaron durante el período Tiwanaku en los mismos
sitios del período Formativo (Figura 2). Tiwanaku continuó con la producción modu-
lar de fundir plata en sitios como Huajje P5, Punanave P9 y Cerro Negro Peque P117.
Además ellos reocuparon talleres de andesita en sitios como Cerro Ichur P108 y Cerro
Chincheros P13.
Comparándolo con el período Formativo, hay menos sitios Tiwanaku; aunque en
promedio son más grandes. Sitios con artefactos Tiwanaku tienen un tamaño prome-
dio de 4.7 hectáreas, mientras los sitios formativos tienen 2,8 ha (Tabla 1). Además, el
74% de todos los sitios Tiwanaku están ubicados en niveles inferiores a 3900 msnm.
Como se muestra en la Figura 2, Tiwanaku tiene una presencia sobre todos los
sitios formativo con templos hundidos. Ellos construyeron templos hundidos adicio-
nales en Isla Esteves P10. En contraste, sitios de arte rupestre del Formativo no tienen
un componente Tiwanaku. Esto refleja que Tiwanaku tiene más interés en el centro
cultural del distrito de Chincheros, en la zona norte del proyecto, que ocupar locali-
dades más altas, donde se encuentra el arte rupestre.
Figura 2. Sitios Tiwanaku frente a sitios rituales Formativo. Circulo = sitio Tiwanaku,
Cuadrado = templo hundido, Polígono = arte rupestre
265 / Carol A. Schultze, Edmundo De la Vega y Cecilia Chávez
La mayor parte de los sitios Tiwanaku están por debajo de los 3900 msnm. Hay sólo
dos sitios Tiwanaku sobre los 4000 msnm. Uno de esos es la mina de plata Laicacota /
Cerro Negro Peque P117, ubicado al noroeste del Cerro Cancharani a 4100 msnm. Este
sitio está compuesto de cientos de pozos de canteras asociadas a cúmulos de relaves.
Algunos pozos tienen 10 metros de diámetro, otros tienen 7 metros de profundidad.
Otros tienen cámaras múltiples orientadas en varias direcciones. Cerámicas de todos
los períodos están presentes aquí. Asimismo, hay representación de cerámica de to-
dos los períodos en sitios de fundición como Punanave P9 y Huajje P5. Claramente,
todas las culturas que dominaron la bahía de Puno se establecieron allí por el acceso
a estos minerales de plata.
El otro sitio Tiwanaku sobre los 4000 msnm es aun más enigmático. El sitio Capilla
Intocable P106 es una capilla católica con elementos muy antiguos ubicados encima de
un cerrito a 4075 m. Hay monolitos erosionados rodeando parte del sitio, se debe de
advertir que la presencia Tiwanaku se ha distinguido solo por una punta de proyectil de
tipo Tiwanaku (Figura 3). Este hallazgo sugiere una función militar, o alternativamente
sólo una punta dejada por cazadores. Más datos serán necesarios para entender el papel
de este sitio en el patrón de asentamiento Tiwanaku. Posiblemente, este sea parte de un
grupo de lugares de control establecido por el estado Tiwanaku (Figura 5).
El Sitio P106 está cerca del sitio de Cullaquipa P105, que es un alineamiento norte-
sur de ocho monolitos erosionados colocados verticalmente en el piso de la quebrada sur
de Cerro Calechejo (Figura 4). Estos menhires tienen un rango de tamaño de 24 a 90 cm
de altura, y anchos de 30 hasta 58 cm, sin tallados visibles. La piedra central está rota,
con una altura de solo 5 cm. La gente que vive cerca dice que los monolitos son “piedras
muy antiguas” y “piedras intocables que tienen poder”. El nivel de erosión se relaciona
con su gran antigüedad, aunque no hallamos artefactos en la superficie. Posiblemente,
esta línea de piedras marca una frontera territorial, o son ruinas estructurales.
267 / Carol A. Schultze, Edmundo De la Vega y Cecilia Chávez
sido probado por Stanish (1991: 17) en Otora, y en nuestro caso nos ha permitido
abordar temas de cronología y esferas de interacción. También creamos una cronolo-
gía de pastas de cerámica (Schultze 2008).
La secuencia cerámica fue consistente con la serie de episodios constructivos del
montículo durante un período de 2000 años. Los tipos de artefactos empiezan con
formas del Formativo Medio (Steadman 1995) y continuaron incluyendo formas de
cada período subsiguiente (Alconini 1993; Bauer 1992; Bauer y Stanish 2001; Chávez
1992; Janusek 1994, 2003; Kidder 1943; Posnansky 1945; Stanish et al. 1997; Stanish y
Steadman 1994; Steadman 1999; Tschopik 1946).
La cerámica diagnóstica, encontrada estratigráficamente, fue como sigue: bordes
de forma Qaluyu en los 500–430 cm de profundidad; bordes de formas Pukara Inicial
y Pukara I se encontraron por los 430–400 cm; bordes de formas Pukara II entran en
niveles de 400–380 cm. En el nivel de 380–370 cm de profundidad se encontraron las
primeras formas Tiwanaku, un fragmento de un kero pulido negro. Fragmentos de
incensarios Tiwanaku están por los 310 cm. En el nivel de 280–290 cm se encontró un
fragmento de jarra con decoración aplicada Collao, señalando el término del depósito
Tiwanaku. En el nivel de 220–230 cm se encontró un pequeño fragmento de plato
Sillustani-Inca. Por los niveles de 200–190 cm hay un fragmento amarillo y verde vi-
driado de técnica colonial.
Se escogieron cuatros fragmentos de cerámica para análisis por termoluminiscen-
cia (TL) (Aiken 1989; Feathers 1997), los que fueron tomados de los siguientes niveles:
170 cm, 350-360 cm, 400-410 cm, y 420-430 cm. La muestra más profunda tuvo un
resultado con un término de error grande y fue descartado (753 ± 135 d.C.). Las otras
tres dieron fechas mínimas de 1009 ± 53 d.C., 734 ± 71 d.C. y 515 ± 76 d.C., en un orden
correcto de superposición.
Análisis de microscopio de electrones de la cerámica indica que las arcillas tienen
altas concentraciones de feldespato. El feldespato pierde su carga TL más rápido que
otros minerales (Feathers 2003). Por eso, los datos de TL de la bahía de Puno registra-
ron siempre fechas mínimas.
Dos muestras de carbón se eligieron para datación por radiocarbono de los nive-
les 280 a 290 cm (Beta-195437) y 400 a 410 cm (Beta-195438). Se obtuvieron fechas
convencionales de 1370 ± 60 a.p. y 1690 ± 70 a.p., respectivamente. Calibrando estos
datos a 2 sigmas (probabilidad 95%) dieron como resultado: 580 a 770 d.C. y 220 a
530 d.C.2
Las cronologías absoluta y relativa están de acuerdo, íntegramente, con la estra-
tigrafía del yacimiento, con una antigüedad que va desde el período Formativo Su-
perior (200 a.C.–500 d.C.) hasta fechas potenciales del Formativo Medio Qaluyu (1300
a.C. hasta el año 240 a.C).
2 Estos datos fueron calibrados usando el programa INTCAL98 (Stuiver et al. 1998; Talma y
Vogel 1993).
272 / La ocupación Tiwanaku en la bahía de Puno: Tradición metalúrgica
340-350 1b “ “
340-350 1c “ “
340-350 6a “ “
TL muestra 1 / UW - 920:
330-340 “ “ Edad mínima: 1009 +53 d.C.
Tiwanaku kero polícromo
320-330 5a “ “
C-14: Beta 195437
290-300 “ “
1370 ± 60 a.p. (580- 770 d.C.)
270-280 Inter. Tardío
260-270 5b “ “
250-260 6b “ “
240-250 8 “ “
220-230 Horizonte Tardío
190-200 9 Colonial
060-70 10 “ “
000-10 11 “ “
LA ESTRATIGRAFÍA
El yacimiento se formó por acción mecánica con sedimentos clásticos en la parte
superior y con arqueo-sedimentos en la parte inferior. Los procesos de formación
fueron en la mayor parte aditivos, a causa de acciones humanas y naturales (Figuras
8, 9, 10 y 11). Se encontraron los siguientes estratos generales: Estrato I (de 0 hasta
273 / Carol A. Schultze, Edmundo De la Vega y Cecilia Chávez
100 cm) es una capa activa biológicamente con hoyos intrusivos conteniendo basura
moderna. El estrato II (de 50 hasta 200 cm) es una serie de niveles coluviales de grava,
arena y cieno depositados a causa de la erosión de los terrenos colindantes.
Por su parte, los estratos III y IV son una serie de depósitos relativamente ni-
velados, probablemente debido a episodios de construcción humana. Las tierras se
hicieron más finas a mayor profundidad. La presencia de grava y arena más gruesa
en los niveles 4b y 4c indican un período de inundación entre los eventos de cons-
trucción.
1. Lámina martillada de metal. Hay una lámina pequeña (0,27 g) de metal martillado
de 240 a 250 cm. Los estudios XRF confirman que el metal es cobre sin aleación
(comunicación personal con David Scott de UCLA, 2006). Adicionalmente, hay una
lámina de cobre visible sobre los dientes de un incensario, casi completo, Tiwa-
naku (Schultze 2008: 127). Esto indica el uso de metales de cobre, además de la
fabricación de plata en el sitio de Huajje.
274 / La ocupación Tiwanaku en la bahía de Puno: Tradición metalúrgica
Figura 9. Perfiles de muros oeste y norte de pozo 1 en Huajje (leyenda siguiente página)
275 / Carol A. Schultze, Edmundo De la Vega y Cecilia Chávez
2. Escoria metálica (matte). Hay dos trozos de escoria metálica de forma exterior circular.
Se interpretaron como subproducto del refinamiento de menas de plata en tempera-
turas sobre los 900º C, en un subproceso de cupelación que se llama escorificación.
3. Escoria vítrea. Son piezas sólidas de material vidrioso negro. Arriba del nivel 250–260
cm se encontró un tipo de escoria vítrea que pesa menos y que es menos vidrioso.
4. Escoria vesicular. Estas son piezas frágiles, vidriosas y ligeras. Tienen un interior
vacío redondo formado por burbujas de gas atrapadas. Son productos de cerámica y
otros minerales cocidos al fuego.
6 . Crisoles con escoria. Fragmentos de crisoles con escoria vítrea adherida. Unos tie-
nen capas gruesas y otras solo una capa delgada.
Figura 16. Fragmento de horno calcinado. Figura 17. Crisol apilado de los niveles 350 a 360 cm.
Figura 18. Interior de los crisoles algunos de ellos con escoria vítrea.
279 / Carol A. Schultze, Edmundo De la Vega y Cecilia Chávez
Arquitectura
Todos los rasgos arquitectónicos se encontraron en interfases entre capas estrati-
gráficas, incluyendo la estructura circular de piedra y el hogar construido en la base
de la unidad (rasgos 5 y 6). Las actividades tuvieron lugar encima de las superficies
artificiales, reconstruidas periódicamente. Por eso, los rasgos se interpretaron como
eventos diferenciados y secuenciales dentro de la duración útil del monumento.
Se encontraron dos hoyos de basura moderna por encima de los 70 cm, también
evidencia de dos pisos compactos (Rasgos 1 y 2) arriba de 170 cm; de ello podemos de-
dudir que fueron talleres de fundición de plata en el período colonial o más tardío.
Del nivel 180 al 200 cm se registró una línea NE-SO de piedras trabajadas de arenis-
cas y calizas metamórficas (Figura 19). Este muro tiene uno o dos círculos de espesor
(Rasgo 3). La matriz fue la misma en ambos lados del muro.
Posiblemente este rasgo representa los restos de un muro y un piso nivelado. La
secuencia cerámica coloca a este muro en el período Inka o inmediatamente des-
pués.
Un hogar, en el nivel 290 cm (Rasgo 4), está compuesto de 316,5 g de carbón en un
pozo forrado de piedras. Una muestra de este rasgo tiene una fecha radiocarbónica de
1370 ± 60 a.p. (sigma 2 cal. 580–770 d.C.).
280 / La ocupación Tiwanaku en la bahía de Puno: Tradición metalúrgica
Figura 19. Plano del Rasgo 3 a niveles de 190 cm–210 cm (izquierda); y de Rasgo 5,
estructura circular a niveles de 340 cm–510 cm (derecho), clave arriba.
Empezando en la zona de 340 cm, observamos un relleno de rocas grandes no
talladas de areniscas metamórficas con basura arqueológica y grava. La cantidad de
artefactos aumenta en este relleno de construcción (Estrato V). A 370 cm, dejamos de
ver los contornos de una estructura circular en los cuadros norte y oeste del pozo.
El relleno de construcción tuvo alta densidad de artefactos y muy compacto como
para continuar con la excavación en toda la unidad. En cambio, excavamos dentro de
la estructura circular por debajo de los 350 cm. Un grupo de huesos camélidos se en-
contró en la esquina N-O de la unidad en el nivel 370–380 cm. Posiblemente, fue una
ofrenda ritual de clausura.
La estructura circular parece que tuvo dos episodios de construcción (Figura 20).
Debajo de 390 cm es visible un segundo muro hecho de piedras trabajadas de areniscas
y calizas metamórficas. Construido dentro de este muro hay un hogar de piedra que
mide 50 cm por 40 cm y con 20 cm de profundidad (Rasgo 6), ubicado al nivel de 410
cm. De este hogar se recuperaron 986 g de carbón de una zona vertical de 20 cm. La
datación de radiocarbono dio una fecha de 1690 + 70 a.p. (2 sigmas, cal. 220 – 530 d.C.).
Es posible que la estructura circular hubiera sido una unidad doméstica, asociada con
artefactos de fundición, posiblemente una cámara de fuego de estilo tocochimbo.
Figura 20. Fotos del Rasgo 5 a 350 cm (izquierda); y a 440 cm (derecho), un hogar construido de piedra y
la estructura inferior. El Rasgo 6 es visible en la parte superior derecha de la estructura inferior.
281 / Carol A. Schultze, Edmundo De la Vega y Cecilia Chávez
Figura 21. Fotos del Rasgo 5 estructura debajo del muro interior (izquierda); y Rasgo 6 hogar
construido en muro al mismo nivel, lado N-E del interior (derecho).
A los 479 cm el sedimento, de arcilla y cieno con pocas gravillas, se volvió más os-
curo y compacto. En general, hay menos artefactos y menos cerámica en particular.
La unidad de excavación culminó a los 515 cm cuando encontramos sedimentos sin
artefactos y el nivel de agua moderna.
Artefactos
En total se recuperó 27.191 fragmentos (112,754 g) de cerámica. Las vasijas cerámi-
cas incluyen fragmentos de ollas, tazones, keros, jarras, platos, aríbalos, incensarios,
adornos en forma de media luna y pulidores (Schultze 2008: 328). Las ollas y jarras
se utilizaron para cocinar, almacenar, y servir agua, comida o algún otro elemento.
Las ollas sin cuello y con cuellos cortos pertenecen al período Formativo. Los discos
pulidores pudieron haber sido herramientas para pulir cerámica.
Las vasijas encontradas en los niveles más bajos de P5 tienen bordes que son simi-
lares a las cerámicas formativas del sitio Camata (Steadman 1995). El conjunto Forma-
282 / La ocupación Tiwanaku en la bahía de Puno: Tradición metalúrgica
de Yanamarca (Costin 1993: 9). Los huesos con muescas y “palillos” se habrían usado
para separar, almacenar, y manipular hilo. Estas herramientas de tejer se encontra-
ron en niveles de 390 a 400 cm, que corresponden con el período de transición entre
el Formativo Superior y el Horizonte Medio.
Hay un total de 6.887 (47,954 g) artefactos líticos con 135 (19,754 g) instrumentos,
que incluyen puntas de proyectil, manos de mortero, morteros, manos de batanes,
hachas, bolas, percutores de piedra, percutores discoidales, lascas utilizadas, pulido-
res, ocre y adornos.
Puntas de proyectil
Las puntas de proyectil tienen elementos diagnósticos temporales. Por ejemplo, las
puntas triangulares con bases cóncavas son, por lo general, diagnósticas del período
Formativo (Burger et al. 2000: 303, fig. 8), y las puntas pequeñas con pedúnculo y ale-
tas son típicas del Horizonte Tiwanaku (Giesso 2003: 380-381, figs. 15.13, 15.14).
Figura 23. Dibujos de puntas de proyectil de Huajje (dibujado por Javier Challcha Saroza)
286 / La ocupación Tiwanaku en la bahía de Puno: Tradición metalúrgica
El imperio Inka reservaba el uso del oro y la plata para las clases altas, controla-
ba la mena y la producción de metales (Lechtman 1996). Cobo indica que los muros
de los templos en Cusco estaban cubiertos de láminas de oro y plata. También, el
interior del templo de Coricancha albergaba figurinas de plata y de oro (Cobo 1653
[1990]: 50).
En los Andes, la experimentación con metales empezó temprano a la par con el de-
sarrollo de las sociedades complejas. Se ha encontrado un collar hecho de oro nativo
martillado en el sitio Jiskairumoko, en la cuenca del Lago Titicaca, con fechado radio-
carbónico de 2155 a 1936 años a.C. (Aldenderfer et al. 2008 y Craig en este volumen).
Otros artefactos, de cobre y oro martillados se fecharon por radiocarbono entre los
1410 - 1090 a.C., en el sitio de Mina Perdida cerca de Lima (Burger y Gordon 1998). Una
lámina de cobre de San Pedro de Atacama, Chile, se ha asociado con una fecha C-14,
no-calibrada, de 2840 a 3080 a.p. (Graffam et al. 1996, 1994).
La metalurgía basada en cobre fue intensamente desarrollada en la costa de Perú
en la última parte del segundo milenio a.C. (Shimada 1994: 44). Una cuenta de alea-
ción plata-cobre del sitio Malpaso, costa central del Perú, data de 2100 a.C. (Bruhns
1994: 175; Lechtman 1980), este hallazgo coloca al proceso de aleación en el Prece-
rámico. Para los períodos más tardíos es popular la aleación por un martilleo que
produce una superficie de color plata. Salvo la aleación bronce-estaño, todos los
desarrollos mayores en metalurgia eran conocidos por los mochicas (Jones 2005)
entre los 50-300 d.C. (Alva 2005; Alva y Donnan 1993).
El análisis elemental de bronce ha demostrado que el Estado de Tiwanaku alentaba
la innovación en tecnología metálica para el altiplano, incluyendo experimentación
en aleación y fundición (Lechtman 2003; Uhland et al. 2001). De esos datos, parece
que la gente Tiwanaku hizo los primeros bronces con estaño, distinto de los bronces
arsénicales. Esta mezcla de cobre y estaño era una aleación de alto estatus durante el
período Inka.
Por otra parte, la cupelación es una tecnología avanzada para refinar la plata, con-
siste en un segundo proceso de fundición usando temperaturas altas de 900 oC. Evi-
dencia de cupelación viene de contextos Horizonte Medio en Ancón (Lechtman 1976:
34- 37) e Intermedio Tardío y Horizonte Tardío/Inka, 1100–1532 d.C. en el Valle de
Mantaro (Gordon y Knopf 2007; Howe y Petersen 1992).
Estudios de perfiles sedimentológicos de los lagos en el Norte, Centro y Sur de
los Andes registran un aumento en plomo (interpretado como producto indirecto de
refinar plata), siendo más temprano en la zona altiplánica, por los 400 d.C. (Abbott y
Wolfe 2003; Cooke et al. 2007).
Los datos del Proyecto Wayruro demuestran que la bahía de Puno era un centro de
innovación metalúrgica en los períodos anteriores a Tiwanaku. Los materiales en-
contrados en las excavaciones de la bahía de Puno, Perú, dan evidencia física directa
de cupelación en contextos anterior a la fecha radiocarbónica de 1690 ± 70 a.p. (Beta-
195438) o 220–530 d.C. (calibrada al 95% de certeza).
288 / La ocupación Tiwanaku en la bahía de Puno: Tradición metalúrgica
Para el Viejo Mundo, Tylecote (1992: 45) estima que la cupelación de plata ya era
conocida en Ur III, alrededor de los 2000 a.C., semejante evidencia arqueológica para
cupelación en el Viejo Mundo se ha encontrado en los distritos mineros de la isla de
Sifnos, Grecia, con asociaciones fechadas en la Edad del Bronce Temprano, segunda
parte del 2000 a.C. (Wagner et al. 1980: 65). Desechos de cupelación se encontraron
también en Sardis, capital del estado antiguo de Lydia, durante el reinado de Creso,
561–547 a.C. (Craddock 2000). En los dos hemisferios, la purificación de plata fue ela-
borada junto a los desarrollos iniciales de la sociedad compleja.
Las inversiones de trabajo, para este método complejo de purificar plata, son sor-
prendentes, dado que la economía andina era no monetaria. Además, informes del
período colonial describen vetas de plata casi puras (Brown y Craig 1994: 311; Núñez
2001). Sin embargo, las tecnologías para la extracción y purificación de plata fueron
usadas durante el período Formativo por la población que vivió en la bahía de Puno.
Esos recursos y aptitudes fueron los probables factores para que Tiwanaku decida
incorporar a la bahía de Puno en sus dominios.
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11
Los pukaras y el poder:
Los collas en la cuenca
septentrional del Titicaca
E l i z a b e th A r k u s h i
Los Collas
La identidad y la formación política de los collas se confunden en parte por el uso
inconsistente del término “colla” en las fuentes documentales. A veces significa una
nación étnica específica, en sentido opuesto a los lupacas, los canas, etc. (como es uti-
298 / Los pukar as y el poder: Los collas en la cuenca...
es el otro sitio principal que ha sido investigado (Ayca 1995; Ravines 2008; Revilla y
Uriarte 1985; Ruiz 1973, 1976). En este famoso cementerio, la gran cantidad de tumbas
con una variedad de estilos y materiales, sugiere que diferentes grupos regionales
usaron el sitio por un largo período de tiempo. Las excavaciones confirmaron que el
sitio fue usado durante todo el período Altiplano y el Horizonte Tardío y, quizás, em-
pezó mucho más temprano. Últimamente, las excavaciones de Elizabeth Klarich en
Pukara dan cuenta de una importante ocupación colla sobre los niveles del período
Formativo (Abraham 2006; Klarich 2005). Resultados de prospecciones recientes (aún
sin publicar) están aclarando los patrones de asentamiento en algunos sectores del
área Colla.
Un problema significativo que queda pendiente es la escasez de información en la
cuenca septentrional sobre los siglos después del final de Pukará y antes del inicio del
período Altiplano. La presencia de Tiwanaku es muy ligera en la zona, así que todavía
no tenemos una idea clara del carácter de estas sociedades durante el Horizonte Me-
dio: de los ancestros presumibles de los colla. El trabajo de Cecilia Chávez y sus cole-
gas sobre el estilo Huaña es un paso sumamente importante para llenar este vacío.
Estas investigaciones previas demuestran que en el período Altiplano el tipo de si-
tio más notable fue el pukara. La categoría de pukara incluye una inmensa variedad de
sitios defensivos: refugios sin evidencia de ocupación permanente, aldeas pequeñas,
hasta los pueblos grandes con quinientas o más estructuras y evidencia de ocupación
intensiva, que seguramente constituyeron los centros políticos mayores de la época.
Puesto que actualmente las cimas de los cerros no tienen ocupación y raramente son
cultivables, los pukaras no se ven afectados por las cercanas comunidades modernas
(con excepción del pastoreo, del huaqueo y de ocasionales ceremonias en las cum-
bres), por lo cual muchos pukaras se encuentran en buen estado de conservación y su
arquitectura todavía es visible en la superficie.
(viviendas) que son la forma arquitectónica más común en los pukaras. Unas visitas
adicionales se realizaron en el 2005 y 2007 para tomar más fotos y corregir algunos
planos de los sitios con una unidad GPS más precisa (Trimble GeoXT).
Distribución
La distribución de los pukaras en la zona Colla se observa en la Figura 2. Estos se ubi-
can en los cerros de 3900 hasta 4600 m de altura, con un promedio de 4100 m. Casi
todos están en los cerros que abarcan las pampas o valles de los ríos, pero no en las
áreas más montañosas. Aunque tienen acceso a buen pastoreo, muchos están asocia-
dos a sistemas de andenería en las faldas adyacentes. Es decir, sus habitantes tenían
una base económica agro-pastoril.
301 / Elizabeth Arkush
Datación
La datación de los pukaras no se basa solamente en estilos de cerámica sino que para
mayor precisión se usan fechados radiocarbónicos. Las muestras de carbón se extra-
jeron de los pozos de prueba en diez pukaras, además de muestras de paja o madera
tomadas del mortero de las murallas defensivas en ocho de ellos, consiguiendo un to-
tal de 42 fechados de 15 pukaras (ver Arkush 2008). En el período Altiplano1, la mayo-
ría de las fechas oscilan entre 1300 y 1450 d.C. Tres de los 15 pukaras fueron ocupados
o construidos en la fase temprana del período Altiplano, entre 1000 y 1300 d.C. Estos
son dos pukaras pequeños y bajos, y un caso de un pukara sin evidencia de ocupación
intensiva. Durante la segunda mitad del período, 14 de los 15 pukaras fueron utiliza-
dos y estos incluyen pukaras de todo tipo y tamaño, inclusive los más grandes. Para
resumir, es claro que el fenómeno de los pukaras pertenece mayoritariamente a la
fase tardía del período Altiplano.
1 Hay 3 fechados que corresponden al período Formativo para la ocupación de pukaras, aun-
que no existe evidencia de la construcción de murallas defensivas en esta época temprana.
Los otros fechados pertenecen al período Altiplano.
302 / Los pukar as y el poder: Los collas en la cuenca...
Las entradas de las murallas varían de un sitio a otro. Con frecuencia, son peque-
ñas, por lo que tuvieron que haber ingresado en fila india (Figura 7). A veces, hay un
muro paralelo detrás de una entrada o, en otros casos, dos muros flanquean la ruta
de ingreso a cada lado, pudiendo servir como puestos de vigilancia para controlar la
entrada. En otros casos, existen entradas relativamente amplias, quizás para facilitar
el ingreso de camélidos.
304 / Los pukar as y el poder: Los collas en la cuenca...
Finalmente, cabe notar que estos elementos de diseño defensivo en las fortificacio-
nes son muy comunes a través de las culturas: líneas múltiples de defensa, parapetos,
entradas protegidas, etc. El énfasis continuo en el carácter defensivo de los pukaras está
implícito igualmente en las modificaciones a través del tiempo: entradas bloqueadas,
murallas con otra cara añadida, o murallas construidas en episodios múltiples.
Otra arquitectura
Aunque las murallas son los rasgos más imponentes de los pukaras, otras formas de
arquitectura son visibles en la superficie, sobre todo los cimientos de viviendas cir-
culares (Figuras 8, 9, 10). Estos cimientos están marcados con un círculo de una o
dos hileras de lajas horizontales o verticales, que tienen un promedio de 3 a 3,5 m de
diámetro externo, pero varían entre 2 y 6 m. Las excavaciones restringidas en diez vi-
viendas de los pukaras mostraron pisos (superficies compactadas, pero no preparadas
especialmente) y muchos artefactos de ocupación doméstica: fragmentos de cerámi-
ca, huesos rotos de camélidos y otros animales, lascas, piruros, etc. De la estructura
doméstica sólo queda el cimiento y como no hay evidencia de muros de piedra caídos,
supongo que había una estructura bastante baja hecha de adobe y techos de paja. Se
halla una excepción en Cerro Pucará (V3) donde hay superposición de pirca que per-
manece todavía intacta (Figura 10).
Estas viviendas se hallan agrupadas en filas, en terrazas o en canchones habitacio-
nales (Figuras 13, 14). A veces, sus puertas son visibles como un espacio entre las lajas.
Las puertas generalmente están orientadas en una sola dirección (evitando el viento),
o pueden ubicarse frente a otras casas dentro de un canchón amurallado.
305 / Elizabeth Arkush
Figura 9. Una vivienda en Cerro Inka (AZ3), con lajas horizontales y verticales
306 / Los pukar as y el poder: Los collas en la cuenca...
Figura 10. En Cerro Pukara (V3), las viviendas tienen estructura de piedras
Figura 11. Esta vivienda en Machu Llaqta (Chila, V2) tiene una laja con un agujero
(centro abajo), posiblemente para amarrar el techo
307 / Elizabeth Arkush
les; pueden o no incluir mortero de barro, o de argamasa. Pero aún más comunes que
las chullpas son las tumbas colleradas, tumbas de cistas y varios tipos transicionales
entre ellos y las chullpas. Aunque hay variación local en las formas de las tumbas, hay
también patrones regionales: por ejemplo, las chullpas son mucho más comunes en la
parte sur del área de prospección, cerca de Puno y la Laguna Umayo. Las tumbas en
los pukaras generalmente están agrupadas en diferentes cementerios, separadas del
área habitacional y con frecuencia en la cima alta del cerro, o fuera de las murallas
defensivas. Un pukara, a menudo, está asociado a más de un cementerio sugiriendo la
posible existencia de subgrupos sociales dentro de un sitio grande.
La disposición de las casas, estructuras circulares pequeñas y tumbas en los puka-
ras revela cuestiones de sumo interés. Las probables viviendas y almacenes siempre
están ubicadas dentro de las murallas defensivas, indicando que había que proteger
al pueblo y a la propiedad de los ataques. En cambio, las tumbas se encuentran fuera o
dentro de las murallas, lo que implica que no se hallaban en grave peligro de destruc-
ción o profanación. Más allá de estas observaciones, no hay un patrón ordenado en el
trazado de los pukaras. Parecen ser pueblos que crecieron orgánicamente, por el in-
cremento acumulativo de familias construyendo en terrazas o canchones nuevos, sin
planificación centralizada (Figuras 13, 14). En algunos casos, hay caminos antiguos
que dividen al sitio en sectores, pero no parecen planificados con anterioridad. Tam-
poco existe mucha evidencia de una marcada jerarquía. Los tamaños de las viviendas
varían mucho en cada sitio, pero nunca hay una casa más grande o mejor acabada
que las otras, que obviamente pertenecería a un líder o cacique. Tampoco existen
sectores segregados de elites,
aunque las casas más grandes
suelen estar en las partes más
altas y/o defendibles de los
sitios. En general, los pukaras
no tienen “centros” claros,
aparte de sus cimas rocosas,
donde con más frecuencia se
ubican las tumbas. Estas tum-
bas en los picos altos fueron
posiblemente el foco espiri-
tual así como espacial de la
comunidad.
Figura 14. Una dispersión de casas, estructuras pequeñas y tumbas en Cerro Minas Pata (AR5)
m de diámetro en tres pukaras cerca de Lampa que posiblemente pudieron ser usadas
para reuniones o rituales. Estas estructuras se ubican fuera del área residencial y apa-
rentemente no fueron viviendas (por ejemplo, el recinto en Apu Pukara, L6, está fuera
de las murallas defensivas). En Lamparaquen (L4) tiene muros de 2 m altura y 1 m
ancho, además de banqueta bordeando todo el muro interior. Otro tipo de rasgo pro-
bablemente ceremonial son los petroglifos: mayormente figuras abstractas grabadas
en la roca madre. En algunos casos, los petroglifos están ubicados en un lugar central
(p. ej., en Llongo S4 y a Calvario de Asillo AS1). En otros casos, están dispersos en el
área habitacional. Finalmente, los montículos artificiales formados por agrupaciones
de tumbas son lugares probablemente ceremoniales y a veces tienen un diseño plani-
ficado. En la cima del cerro Santa Vila (P37) hay un montículo lineal con al menos dos
chullpas. En Inka Pukara (PKP8) existen diez tumbas de cistas formando un montícu-
lo circular con una depresión central. Pero en muchos otros sitios, no hay lugares o
estructuras obviamente religiosas, aparte de los cementerios. Dada esta ausencia de
una arquitectura o estilo ceremonial coherente, el patrón más claro es el abandono de
las formas ceremoniales de las épocas anteriores: monolitos, montículos cuadrados y
patios hundidos.
La visibilidad
El paisaje del altiplano circumlacustre, con sus pampas planas y cerros altos, crea un
ambiente de visibilidad excepcional. Las cimas de los pukaras proporcionan excelen-
te visibilidad del terreno circundante y aún más alejado, incluido la de otros puka-
ras. Aparentemente, la visibilidad fue importante para decidir donde se construían,
Figura 16. La vista desde K’atacha (L3) hacia al norte, que incluye otros 4 pukaras.
311 / Elizabeth Arkush
porque otros cerros en la zona colla con una altura en promedio similar a la de los
pukaras, no tienen siquiera la mitad de la extensión óptica (“viewshed”) de los pukaras.
Además, podemos decir que los contactos visuales entre pukaras fueron importantes
y no solo una consecuencia accidental de su ubicación en las cumbres. Distribuciones
simuladas y fortuitas de “pukaras” (hechas en la computadora usando un SIG) tienen
mucho menos contactos visuales entre ellos que los verdaderos pukaras.
Posiblemente, estos contactos visuales pudieron ser utilizados para enviar seña-
les de un pukara a otro – un medio de comunicación especialmente útil en tiempos
de guerra. Tales señales visuales de humo o fuego son reportados para la época Inca
(Garcilaso 1966: 329 [1609: VI.7]) y en fuentes más recientes para los aymara (Ban-
delier 1910: 89; Chervin 1913: 69; La Barre 1948a: 161; H. Tschopik 1946: 548). Grupos
locales de pukaras están vinculados por múltiples líneas visuales, brindando la posi-
bilidad de que estos grupos estuvieran ligados por redes de alianza y filiación.
Estilos de cerámica
Como sugirieran hace varias décadas Luis Lumbreras y Hernán Amat (1966), los esti-
los de cerámica del período Altiplano varían a través del espacio en la cuenca septen-
trional. Este patrón es muy evidente en la distribución de estilos de cerámica de las
recolecciones de superficie en los pukaras (Figuras 17, 18). Aunque la cerámica Collao
se extiende a través de toda el área Colla, otros estilos tienen una distribución más
restringida. Se encuentra cerámica Sillustani sólo en la parte oeste de la zona estudia-
da y en mayores concentraciones cerca del actual pueblo de Lampa. El estilo Pucarani
abarca solo la parte sur de la zona estudiada, cerca de Puno, Sillustani y la Laguna
Umayo y se extiende más al sur en el área Lupaca (De la Vega 1990). El sub-tipo Asi-
llo está ubicado solo cerca del pueblo del mismo nombre. Otros atributos cerámicos,
como figuras zoomorfas o motivos pintados, también demuestran una variación es-
pacial (Arkush 2011). El mosaico de estilos de cerámica refuerza la idea de variación
dentro del área colla, dada por los estilos de tumbas y la arquitectura. Estos patrones
de variación estilística y de redes de visibilidad, que están descritos con más detalle
en otras publicaciones (Arkush 2009, 2011), sugiere que esta área estuvo dividida en
varias partes durante la fase tardía del período Altiplano, con zonas locales o sub-
regionales de interacción y filiación.
Conclusiones
Los collas y la guerra
Pero, ¿qué implica esta evidencia sobre el modo de guerra de los collas?
En primer lugar, es evidente que el peligro de ataque era serio. Las cimas de los
cerros son lugares inhóspitos e inconvenientes para vivir: son fríos, ventosos, de difícil
acceso, alejados de las fuentes de agua, chacras, rutas de intercambio y de otras comu-
nidades. Así que no es sorprendente que hayan sido poco ocupados antes o después del
312 / Los pukar as y el poder: Los collas en la cuenca...
período Altiplano. Esto, además del gran esfuerzo invertido en la construcción de las
murallas, señala la presión por la amenaza de ataque durante su uso en este período.
Esta amenaza no fue menor en el centro del territorio Colla así como en sus márgenes.
Tampoco fue breve, porque los pukaras fueron usados intensivamente durante dos si-
glos y varios tienen evidencia de más de un episodio de uso y construcción. Pero es
posible que la amenaza tampoco fuera constante. Por ejemplo, la guerra es estacional
en muchas culturas; hay indicaciones que fue así para los Incas, teniendo lugar en la
temporada seca, cuando los tributarios tenían tiempo disponible luego de las tareas
de cultivo y cosecha (D’Altroy 2002: 207; Rostworowski 1999: 75). Cabe anotar que la
ubicación de las casas en varios pukaras de los collas las abrigaría del viento más du-
rante la temporada seca que en la temporada de lluvias; posiblemente en estos meses
los habitantes de los pukaras se dispersaban a otros sitios. Pero todavía falta evidencia
para evaluar esta posibilidad.
Segundo, las defensas de los pukaras implican un modo de guerra que consistió en
feroces ataques quizás no muy prolongados. En las consideraciones de defensa, siem-
pre hay que recordar que las fortificaciones están diseñadas para resistir la escala de
un ataque esperado en su contexto social, pero nada más (Arkush y Stanish 2005). Las
murallas monumentales de los pukaras grandes son evidencia de la amenaza de fuer-
tes ataques de muchos guerreros. Pero la ausencia de fuentes permanentes del agua
dentro de las murallas en múltiples pukaras sugiere que los collas no prepararon ni
consideraron probables asedios prolongados. Además, sus vínculos visuales con otros
pukaras facilitarían el pedido de ayuda a sus aliados, lo cual haría mucho más difícil
un ataque muy prolongado por parte de los agresores.
Finalmente, dado que el patrón de asentamiento en pukaras es un fenómeno de la
segunda mitad del período Intermedio Tardío, generalmente después de 1300 d.C., es
obvio que estos sitios –y la guerra que esto implica– no resultaron directamente del
colapso de Tiwanaku (Arkush 2008). Es cierto que la ausencia del gran estado permitió
el surgimiento de la guerra endémica en la cuenca del Titicaca, pero debemos buscar
en otros motivos sus causas inmediatas. Las graves sequías de la época (Thompson
1985) son causas probables de conflicto sobre terrenos, cosechas o ganado; y otros
factores sociales posiblemente favorecieron la guerra y evitaron el resolver fácilmen-
te conflictos (Arkush 2008).
vos controlando áreas locales. Puesto que un grupo de pukaras normalmente incluye
sitios mayores y menores, podemos proponer relaciones jerárquicas dentro del gru-
po, aunque no podemos identificar un rango claramente elitista de la sociedad en este
momento. Este escenario de división en esferas locales o subregionales tiene sustento
en la evidencia de variación espacial de estilos cerámicos y mortuorios.
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317 / Elizabeth Arkush
Entre los años 2006 y 2010, como parte del estudio de impacto ambiental y la cons-
trucción del tramo 4 de la carretera Interoceánica (Macusani – Puente Inambari), se
llevaron a cabo trabajos de arqueología en cinco modalidades: Reconocimiento Siste-
mático y Prospecciones (Peréa 2007); Diagnosis de Chichacori y el abrigo Funerario 1
(ASE 2008), Excavaciones restringidas con fines de Delimitación (Mercado 2010), un
Plan de Monitoreo (Román Bustinza 2010) y el procesamiento de datos en gabinete
(Román Cruz 2010).
Como producto de este trabajo se ha logrado registrar seis sitios arqueológicos co-
lindantes y/o adyacentes en todo el corredor vial. Actualmente en la etapa de construc-
ción de dicha carretera se ha recuperado material cultural en hallazgos fortuitos, los
cuales también formaron parte del estudio de los patrones funerarios. Dichas eviden-
cias arqueológicas resultan novedosas para el conocimiento de la arqueología de esta
zona del departamento de Puno, por estar fuera de la misma cuenca del Lago Titicaca.
El valle de Ollachea, ubicado en la provincia de Carabaya, se encuentra en la cuenca
del río Macusani, que forma parte de la cuenca del Inambari. Este valle registra una
geografía accidentada y agreste, por ubicarse en el paso de las altas mesetas altiplánicas
de Macusani (Oquepuño, Nevado Allin Cápac) y la entrada al llano amazónico o ceja de
selva de Puno (San Gabán, Puerto Manoa, Challhuamayo, Tantamayo, Cuesta Blanca,
Carmen, Lechemayo, Loromayo, Inambari y la Reserva Natural de Bahuaja Sonene).
Los estudios de investigación arqueológica realizados para esta zona son aún es-
casos, destacando sólo algunas visitas rápidas a los asentamientos arqueológicos de
Carabaya (Flores y Cáceda 2004; Flores et al. e.p.), puntualmente en el valle de Olla-
chea (Coben y Stanish 2005), logrando registrar las chullpas de Chichacori, el sitio de
Illingaya y reportar parte del camino Inca que recorre de forma paralela (margen
izquierda del río Macusani) un segmento de la actual carretera. Por otro lado, Hostnig
(2004) ha estudiado el arte rupestre de toda la región de Carabaya y particularmente
para esta zona destaca su libro Los petroglifos de Boca Chaquimayo – San Gabán, donde
desarrolla un estudio de la iconografía representada en seis bloques de piedra, re-
saltando la profusión de motivos abstractos y figurativo animal (el lagarto en sus
diferentes formas y posiciones), seres humanos, entre otros y su entorno paisajístico
(Hostnig 2008).
La riqueza y patrimonio cultural que se ha preservado a lo largo del valle Ollachea
es diverso e importante, predominan elementos de los períodos tardíos (Altiplano e
Inca) con sus patrones y prácticas funerarias, así como restos de la actividad agrícola
intensiva evidenciada en los sistemas de andenes hallados en el recorrido de este
valle y sitios arqueológicos significativos como Chichacori, Soccostacca, Yllingaya y
Sarapía (Coben y Stanish 2005; Flores et al. e.p.).
La presencia de evidencias culturales, dentro del corredor vial, proviene mayor-
mente de las partes altas de los cerros que caracteriza a la zona. La mayoría de las
manifestaciones que trataremos en este capítulo son entierros en abrigos rocosos
especialmente en la margen izquierda del río y quebrada de Ollachea. Hay que tener
en cuenta que es muy posible que las intensas lluvias, comunes en la zona, arras-
traran evidencias a las partes bajas a través de los deslizamientos de taludes de sus
riberas, por lo cual es posible que muchos hallazgos sean de origen y/o contextos
disturbados. Otro problema son las intervenciones de exhumaciones modernas co-
nocidas como huaqueos. Por lo expuesto, es difícil encontrar evidencias con una es-
tratigrafía definida o asociadas a bienes muebles. Sin embargo, las pocas evidencias
recuperadas que aquí expondremos, nos han servido para conocer cómo fueron las
prácticas funerarias y a qué unidad cultural podríamos vincularlas, en una región
prácticamente desconocida para la arqueología, pero que guarda una cultura mile-
naria (Hostnig 2010).
hallados en diferentes puntos y tipos de contextos dentro del corredor vial. Así, se
han logrado identificar tres formas de entierro en puntos altos y bajos del valle: 1)
Chullpas, 2) Abrigos funerarios sin arquitectura y 3) Abrigos funerarios con arquitectura (ver
Figura 1 y Tabla 1).
Tabla 1. Tipología de contextos funerarios
TIPO 1 TIPO 2 TIPO 3
CHULLPAS ABRIGO FUNERARIO ABRIGO FUNERARIO
SIN ARQUITECTURA CON ARQUITECTURA
Chichacori: Chullpas 1, 2 y 3 HF001 HF003
HF008 HF002 (Abrigos 1 y 2) HF006
Moyoqpampa Chichacori: Sector alto
HF005 Moyoqpampa
Sarapía
Figura 1.
324 / Patrón funerario de los períodos A ltiplano e Inca...
Tipo 1 - Chullpas
Como bien señala Francisco Gil-García (2002: 2): “[...] En el fenómeno chullpario con-
vergerán entonces cuestiones de etnicidad, identidad, modelos de organización sociopolítica,
formaciones económicas, pautas de territorialidad, ideología funeraria y/o percepción de las
coordenadas espacio-tiempo, aspectos combinados de uno u otro modo con la intención de dar
respuesta a sus tres dimensiones social, territorial e ideológica… No perdamos de vista que la
arquitectura monumental constituye la mayoría de las veces el único registro arqueológico (en
cualquier caso, el menos alterado) desde el cual interpretar el fenómeno chullpario”.
Teniendo en cuenta estos preceptos para el mundo funerario del período Altipla-
no e Inca de la región puneña, a continuación describimos sintéticamente los sitios
chullparios hallados en nuestros trabajos:
Sitio Chichacori
Dentro de éste marco, en el sitio Chichacori, valle de Ollachea, se han identificado
chullpas del período Altiplano (Colla) en el sitio llamado Chichacori, y cuya caracte-
rística principal es que son de tipo monumental. El sitio arqueológico de Chichacori
presenta 3 sectores (alto, bajo y medio).
Se han registrado tres chullpas. La Chullpa 1 y Chullpa 2 son las que preservan toda
su estructura arquitectónica (Figura 2). La Chullpa 3 sólo registra la base o cimenta-
Figura 3. Chullpa 1, vista frontal, nótese la Figura 4. Chullpa 2, vista frontal. Nótese la
ubicación sobre promontorio rocoso ubicación sobre un promontorio rocoso.
y detalle del techo.
Figura 14. Entierro múltiple disturbado hallado en la parte alta del cerro rocoso.
Figura 15. Ubicación del Abrigo Funerario HF-03 Figura 16. Entierro múltiple disturbado. Recinto 1
Sitio HF–06
Está conformado por una estructura cuadrangular edificada debajo de un abrigo ro-
coso. Sus coordenadas referenciales son 337641 E y 8469130 N. Dicho contexto se trata
de un recinto funerario del período Altiplano asociado al estilo cerámico Collao. Se ha
registrado un entierro totalmente disturbado con restos de quema actual. En el pro-
ceso de excavación se han logrado recuperar diversos materiales culturales, siendo el
331 / Nancy Román y Silvia Román
Figura 17. Individuo en posición fetal Figura 18. Recinto 2 en proceso de colapsamiento.
entrelazado con una cuerda de material
vegetal.
1 La propuesta del sexo femenino es debido a las evidencias registradas como las manos finas,
alargadas y delgadas, además del sacro y restos de la cervical.
332 / Patrón funerario de los períodos A ltiplano e Inca...
Sitio Sarapía
Se ubica en el distrito de Ollachea, a 30 m de distancia respecto a la carretera, al ex-
tremo oeste y en la margen izquierda del río Ollachea.
En Sarapía se ha identificado tres sectores: 1) El Sector agrícola, que comprende
un conjunto de andenes, de 0,8 a 0,5 m de ancho por 1 a 1,2 m de alto, distribuidos
de manera secuencial, y emplazados en la topografía compleja de la zona. Además se
registran plataformas circulares en el lado noroeste, con bases de muros de recintos
colapsados. Asimismo, en la parte alta del sitio se encuentra un panel de pintura ru-
pestre denominado Llamaqaqa, registrado y publicado por Hostnig (2008: 28). Las di-
mensiones aproximadas del panel son 5 m de largo por 2.5 m de altura, con escenas de
pastoreo, con un promedio de 64 llamas estilizadas representadas; 2) Sector Pitumarca
ubicado al suroeste de la plaza principal, evidencia una planificación residencial con
recintos rectangulares. Emplazados sobre amplias terrazas escalonadas, se registran
bases de recintos circulares y semicirculares controlados por una muralla que tiene
dos accesos a este sector, y a la vez, restringida por una zanja de 1,8 m de profundidad
protegido por paredes laterales y que tiene un puente conservado (extremo derecho
de la muralla) y el 3) Sector funerario ubicado al noreste de la plaza principal. Sus
334 / Patrón funerario de los períodos A ltiplano e Inca...
Figura 23. Abrigos funerarios con arquitectura, recintos adosados a la roca de base cuadrangular,
edificados con argamasa de barro y piedra, enlucido y relucido con pintura roja. Una de ellas
presenta bajo relieve.
335 / Nancy Román y Silvia Román
CONSIDERACIONES FINALES
Este registro y breve análisis nos han permitido conocer los patrones y prácticas fune-
rarias de este grupo humano y con ello conocer un poco más a la población que habitó
en este lado del valle de Ollachea. Al parecer, estos grupos humanos estaban diferen-
ciándose en sus propias prácticas sociales, la que repercutió en los tipos de estructura
funeraria que ocupaban. Este planteamiento se genera a partir de los materiales aso-
ciados en cada Hallazgo Fortuito (HF), o contexto funerario, en cada uno de sus tres ti-
pos: chullpas, abrigos funerarios sin arquitectura y abrigos funerarios con arquitectura. Estos
tres tipos de entierros se hallan en las partes altas y media del valle Ollachea.
Este argumento se ve reforzado por dentro de los tipos funerarios existieron dis-
tintos contenidos. Por ejemplo, en los abrigos con arquitectura, tenemos el caso del
sitio HF-06 que es totalmente diferente al entierro múltiple del HF-03 y los demás
entierros registrados. Estos no sólo difieren en la ubicación, sino en la forma y el con-
tenido propio del personaje o personajes que se enterraron. En el proceso del registro
y análisis se puede concluir que el material cultural hallado en HF-06 corresponde a
una adolescente de sexo femenino y de otro posible personaje también femenino;
quizás perteneciente a un grupo de elite. Lo anterior se desprende por la cantidad y
diversidad de la evidencia textil asociada, mantas, fragmentos de tejidos de colores
en diversas técnicas como tejido llano, tapiz, cuerdas, sandalias de cuero con cuerdas.
Es casi imposible demostrar que ha sido asignada para alguna actividad ritual u ofren-
da, ya que sólo se ha recuperado partes de su cuerpo en contexto disturbado. Todos
estos rasgos hacen diferente al entierro del HF-03 y con ello hace notar su diferencia-
ción social entre toda la muestra analizada.
Los otros entierros hallados en contextos también disturbados, en las partes al-
tas han sido múltiples y no registraron otros tipos de material cultural asociado. Es
posible que estos individuos correspondían a otro grupo social que estarían siendo
enterrados a través de grupos de familias y los entierros en abrigo funerario estarían
funcionando como cámaras familiares y con ello las evidencias del HF-08, a pesar
de una estratigrafía disturbada, nos ha permitido recuperar material como restos de
carbón, cerámica fragmentada, artefactos líticos, dientes de camélidos y restos óseos
humanos, los cuales son indicadores para plantear que el grupo que ocupaba Chicha-
cori también convivía con sus muertos.
Una posible explicación de esta distribución de los entierros está basada en tres
tipos de actividad mortuoria, el grupo de elite o cierto grupo reducido viene siendo
enterrado en las chullpas más elaboradas, los de mediana jerarquía o con algún tipo
de actividad especializada se estarían enterrando en los abrigos funerarios con es-
tructuras arquitectónicas y el grueso de la población se enterrarían en los abrigos
funerarios sin estructura arquitectónica como parte de entierros múltiples.
Los utensilios o restos de cerámica diagnóstica (Altiplano e Inca) nos ayudan a re-
forzar la idea que en esta zona de Ollachea existía una ocupación permanente, porque
la variedad de cerámica que se ha registrado es de carácter doméstica, a excepción
de la escasa cerámica Inca Imperial. Con respecto a esta presencia de objetos inca es
significativo también resaltar la existencia del segmento de camino prehispánico que
336 / Patrón funerario de los períodos A ltiplano e Inca...
recorre de forma paralela en la margen izquierda del río Macusani. Ambos elementos
(objetos y camino inca), estaría reforzando la propuesta que en un primer momento
planteaban Coben y Stanish (2005: 243-266): “existieron restos Incas cerca a Ollachea y
que el valle superior y medio del río San Gabán era una de las rutas usadas por los Incas para
llegar a las minas de oro de Carabaya”, algo también señalado por Flores y Cáceda (e.p.).
Sin embargo, sí existió tal importancia del oro para una presencia Inca en la zona, al
parecer esta fue exclusivamente para exportación, pues, hasta el momento no se ha
registrado este material en algún contexto de la zona estudiada. Quizás futuras exca-
vaciones en contextos cerrados ayuden a demostrar y reforzar esta hipótesis.
Finalmente, los índices porcentuales representados en nuestra tabla de evidencias
materiales culturales (Tabla 2) nos indican que existe una predominancia del tipo
óseo, lo cual nos permite extrapolar que existieron una considerable cantidad de ha-
bitantes en el valle de Ollachea y los tipos aquí considerados, dentro de la tradición
funeraria, estaba muy relacionado con los estamentos sociales.
Tabla 2. Resumen porcentual de los materiales recuperados
62 9 2 5 24 5 8
Agradecimientos
Las autoras desean agradecer a los editores por la invitación a esta publicación, en
especial a Luis Flores por su colaboración en la elaboración del plano de ubicación,
edición de las figuras y revisión del texto. A la empresa Intersur Concesiones S.A., por
permitirnos usar la información para estos fines y por las facilidades que siempre
brindaron a lo largo del trabajo, sin los cuales no hubiéramos logrado investigar entre
sus diferentes proyectos de evaluación. Finalmente gracias a Rainer Hostnig por pro-
porcionarnos la base de datos referenciales de la provincia de Carabaya, Puno.
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Henry Tantaléan. Revisado por Charles Stanish.
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340 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
tempranos en diferentes partes del mundo (Julien 1988: 261-264; La Lone 1982: 294;
Murra 1982: 245, 1985b: 15; Stanish 1997). Esta distinción es sutil, pero importante.
Murra repite una declaración ofrecida muchas veces en los documentos que “los cu-
racas no recibieron ningún tipo de tributo salvo el respeto y el funcionamiento de sus campos”
(Murra 1980: 92). De hecho, los productos fueron recolectados por el Estado, pero, en
lugar de utilizar un sistema de tributo en especies, donde se deja la economía política
local intacta y se impone una obligación tributaria, el Estado expropió tierras para el
Inca y utilizó el trabajo forzado para trabajar la tierra.
La ideología sirvió de gran ayuda para los fines políticos en el Estado incaico. Un
objetivo principal de la ideología imperial fue definir las relaciones económicas entre
la alta nobleza, la nobleza menor, y los comuneros, como es dado en los términos
tradicionales de los Andes (La Lone 1982: 296). Los principales medios para promover
el ideal de la generosidad de elite fueron el patrocinio de fiestas o la distribución de
ciertos productos a los tributarios cuando realmente cumplían sus obligaciones labo-
rales. En estas operaciones de redistribución, la cerveza de maíz (chicha), los textiles,
y posiblemente otros productos básicos se redistribuyeron (Hastorf y Johannessen
1993; Morris 1971, 1982). Otro de los objetivos principales de la ideología Inca fue pre-
sentar a la elite como gobernantes legítimos del Tawantinsuyu. Los mitos sobre los
orígenes del estado Inca representan un excelente ejemplo de esta estrategia (Bauer
1992a, 1992b; Urton 1990).
En suma, la economía política Inca se basó principalmente en la manipulación y
transformación de los mecanismos tradicionales de la política y economía de la so-
ciedad andina. La reciprocidad y la redistribución se transformaron en una economía
imperial de extracción política legitimada por el uso del mito y la ideología. La admi-
nistración de las relaciones comerciales fue cooptada por el Inca y reelaborada en un
enorme sistema de producción y transporte de bienes. El resultado fue un enorme y
complejo sistema de extracción de recursos, sin paralelo en la historia andina.
Cronología Absoluta
Las fechas de la expansión Inca han quedado bien establecidas por la investigación
histórica y arqueológica. En general, el primer control real de la cuenca del Titicaca
(Mapa 1) por el Estado Inca data de alrededor del año 1450–1475, lo cual ha sido corro-
borados por fechados de carbono-14 que han sido realizadas en muestras de tiempos
incaicos.1
La cuenca del Titicaca en el siglo XV fue el hogar de varios señoríos aymaras pode-
rosos e independientes, que bruscamente pierden su independencia con la conquista
de la región del Tawantinsuyu. Uno de los relatos más detallados de la conquista Inca
del Collasuyo se puede encontrar en las crónicas de Bernabé Cobo y Pedro Cieza de
León. Aunque los detalles varían, los relatos proporcionan un esquema básico de los
1 Terence D’Altroy y Brian Bauer (comunicación personal de Bauer 1998) reportan que
muestras de carbono-14 sugieren incluso una fecha anterior, hacia el año 1420 d.C.
341 / Charles Stanish
Los Colla y Lupaqa libraron una gran batalla en las llanuras de Paucarcolla. El Cari,
o rey de los Lupaqa, se decía que había ganado esta batalla, y volvió a Chucuito y ne-
goció la paz con Viracocha Inca.2 Según una interpretación, Viracocha Inca en reali-
dad perdió en su tentativa por controlar la región sur del Titicaca de la zona colla. Sin
embargo, aunque puede haber alguna duda en cuanto a sí Viracocha Inca estableció
un fuerte control sobre la región, las crónicas dejan pocas dudas de que Pachacuti
introdujo firmemente a la cuenca del Titicaca en la órbita del Inca. Obligado a luchar
2 El término Cari se refiere tanto al título como al nombre del gobernador Colla.
342 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
contra los colla de nuevo cerca de Ayaviri, el Inca los venció y selló la paz con los
Lupaqa. Posteriormente, los restantes Colla se retiraron a Pucará, el Inca destruyó la
ciudad de Ayaviri y asesinó a una gran cantidad de personas. Los Incas se encontraron
nuevamente con los colla, y éstos fueron derrotados por segunda vez.
Cobo relata que los Lupaqa luego concretaron una alianza con el Inca: “El cacique
de la nación de los indios Lupaca, quien residía en Chucuito, era tan poderoso como el cacique
de Collao, pero aquel tuvo consejos más razonados, porque recibió al Inca en paz y se volvió
sobre su estado para él. Así, el Inca le honró mucho y con el fin de mostrarse más a su favor, se
quedó en Chucuito por unos días” (Cobo 1983 [1653]: 140).
Según Cobo, a otras organizaciones políticas en la cuenca del Titicaca no les fue
tan bien como a los Lupaqa. Se dice que Pachacuti habría conquistado la región de
Pacajes, Paucarcolla, Omasuyu, Azángaro, y las islas del Sol y la Luna. Fue durante esta
campaña que se reporta que Pachacuti habría visto las ruinas de la antigua ciudad de
Tiwanaku, en lo que parece haber sido una marcha triunfal alrededor del lago.
Las crónicas también indican que el Estado Inca en el Collao estuvo plagado de
rebeliones de los pueblos conquistados. Cieza se refiere a una gran rebelión que tuvo
que ser sofocada por el sucesor de Pachacuti: Topa Inca. Suponiendo la exactitud
de la cronología tradicional, este evento habría ocurrido alrededor de 1471, cerca
del final del reinado de Pachacuti (Hyslop 1976: 141). La rebelión fue al parecer muy
sangrienta, con muchos o todos los administradores Inca asesinados o expulsados.
Documentos adicionales sugieren que las rebeliones ocurrieron en todo el reino Inca
en Collasuyu, que siempre fue la región más endeble.
Fue durante la época incaica que, por primera vez en la región del Titicaca, im-
portantes asentamientos urbanos se establecieron fuera de la capital o asentamiento
nuclear. Tiwanaku, por supuesto, era un gran centro urbano (según los estándares
andinos) que cubría cerca de 6 kilómetros cuadrados. Fuera de Tiwanaku, sin em-
bargo, los sitios fueron considerablemente más pequeños (salvo la única excepción
de Lukurmata, con alrededor de 150 hectáreas). Durante el período Inca, este patrón
cambió: los sitios urbanizados de diez hectáreas o más eran comunes, y los centros
urbanos del período Inca fueron considerablemente más amplios que los de cualquier
otro período de tiempo.
Me refiero a los muchos sitios Inca urbanizados, como los centros urbanos ya sean
secundarios o terciarios, tal como se define en la Tabla 1. Sobre la base de varias líneas
de evidencia indirecta, y alguna directa, creo que un gran porcentaje de la población
de esos centros no fueron agricultores. Los documentos en general (rara vez espe-
cíficos) se refieren a estos sitios como centros de artesanos especialistas y adminis-
tradores del Inca. Además, la gran mayoría de los sitios están a lo largo del sistema
vial, lo que indica funciones del Estado diferentes a la agricultura, como tambos de
aprovisionamiento para el apoyo al ejército y para el movimiento de los productos
básicos. En general, los centros urbanos secundarios son mayores de diez hectáreas,
con Hatuncolla y Chucuito que alcanzan por lo menos cincuenta hectáreas.
Los Centros Urbanos Terciarios en la cuenca del Titicaca incanizada son numero-
sos, y casi todos están a lo largo del sistema vial. Estos sitios tienen alrededor de cinco
hectáreas. Estos también funcionaban como centros administrativos, estaciones de
paso, cuarteles, etc. El tamaño de los centros de tercer nivel, por lo general, estaba
relacionado con la población preexistente en la zona. Por lo tanto, las regiones norte
y oeste del lago fueron las más densamente pobladas y allí estaban los sitios Inca más
grandes, mientras en la parte oriental se caracterizó por una serie de sitios más pe-
queños a lo largo del sistema vial.
Muchos sitios en la región de Titicaca que tenían importantes ocupaciones Inca,
también son ciudades modernas. Una de las principales cuestiones acerca de la ocu-
pación Inca de los centros de la región es sí estos sitios fueron construidos por los
incas como nuevos asentamientos, o si fueron sitios preincas absorbidos y mejorados
por el Inca.
Análisis de los datos regionales indican claramente que la gran mayoría de los
centros urbanos secundarios y terciarios fueron construidos durante la época incai-
ca, y no previamente. Parece ser que la ocupación Inca implicó profundos cambios en
el asentamiento, la economía y la política. El sitio de Hatuncolla, por ejemplo, fue uno
de los asentamientos incaicos más importantes de la cuenca del Titicaca propiamente
dicha (Julien 1983). Aunque Cobo y Cieza relatan que Hatuncolla fue la capital de la
entidad política colla, anterior a la expansión Inca, la investigación de Julien en el si-
tio no proporciona evidencia de alguna ocupación previa a los incas (Julien 1983: 107).
Esta última observación es extremadamente importante. En una investigación de la
zona Lupaqa, Hyslop descubrió que las ciudades coloniales y modernas de Chucuito,
Acora, Juli, Pomata, Yunguyu y Zepita también se ajustan a este patrón histórico: una
importante ocupación Inca, sin asentamientos preincas reconocibles (Hyslop 1976).
Este es el caso también de Pila Patag, un sitio metalúrgico, cerca de Chucuito. En
nuestro estudio de la región Juli-Desaguadero, este patrón se confirmó para los cen-
tros tanto de Juli como de Pomata (Stanish et al. 1997).
Los análisis de los datos históricos también sugieren que este patrón es válido para
la mayoría de los sitios importantes de la región del Titicaca en el siglo XVI. La Tabla
2 muestra el tamaño de las ciudades (en número de contribuyentes, no de la pobla-
ción total) de la Tasa de Toledo y la Visita de Diez de San Miguel. En una prospección
no sistemática, he examinado la superficie de varios de estos sitios fuera de la región
prospectada de Juli-Desaguadero, incluyendo Conima, Copacabana, Huancané, Moho,
Paucarcolla, Pucarani y Taraco. Todos los sitios se ajustan al patrón en el que hubo
grandes ocupaciones del período Inca y Colonial Temprano, pero no son asentamientos
preinca reconocibles. Este es, también, el caso de los sitios más pequeños del período
Colonial Temprano, como Desaguadero y Guaqui (Albarracín-Jordán y Mathews 1990:
162). Estos datos combinados indican que en la docena de asentamientos coloniales
tempranos mayores y menores estudiados, el 100% tenían una importante ocupación
incaica y ninguna preincaica. Esto representa una muestra de cerca del 20% de los sitios
más importantes en el área del Titicaca. En otras palabras, los datos sugieren que los
primeros asentamientos del siglo XVI más importantes fueron fundados originalmente
por el Estado Inca a lo largo del sistema vial, y no previamente.
346 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
Cieza, Pachacuti usó Hatuncolla como guarnición militar para mantener una presen-
cia militar en la región (D’Altroy 1992: 76). Esta prueba documental apoya la idea de
que Hatuncolla era el centro militar Inca y de los esfuerzos estatales para controlar
el Collao. En la Tasa de Toledo, Hatuncolla fue enumerado con 601 contribuyentes y
un total de 2.385 personas, incluyendo a aquellas descritas como “aymaraes”, “uros”
y “hatunlunas” (Tabla 2). Los tributos incluían plata, animales, chuño, textiles, y pes-
cado.
Es significativo que uno de los sitios Inca mas grandes fuera un sexto del tamaño
de Juli para la década de 1570. Esto demuestra que hubo una reducción sustancial en
el tamaño y la importancia de Hatuncolla con el colapso del estado Inca. Se podría
conjeturar que Hatuncolla estaba poblada por funcionarios Inca inmigrantes duran-
te su ocupación, y que el colapso del estado llevó a un abandono de este centro. En
cualquier caso, en el siglo XVI, Hatuncolla era una ciudad de menor importancia en
la cuenca del Titicaca, prácticamente abandonada como su contraparte en el norte,
Huánuco Pampa.
Paucarcolla
De acuerdo con la Tasa de Toledo, Paucarcolla fue un asentamiento moderadamen-
te grande durante el período Colonial Temprano con 1,003 contribuyentes y más de
4,500 personas (Cook 1975: 59). La ciudad se dividió en aymaras y urus, siendo estos
últimos un 9% de la población total. En la Tasa de Toledo se observa que, aparte de los
habituales artículos tributados como la carne y la lana, el pueblo de Paucarcolla tam-
bién contribuyó con pescado seco y sal (Cook 1975: 60). Probablemente la zona fue un
área importante para la producción de sal en la época incaica, aunque no tenemos
evidencia directa de esto.
En Paucarcolla hubo una importante ocupación Inca, según lo confirman mis pro-
pias observaciones y las de Julien (1981: 144). Yo calculo que el área del sitio durante
la ocupación Inca era, por lo menos, de 25 hectáreas, colocándolo en el segundo rango
de tamaño de sitios en la cuenca, por debajo sólo de Chucuito y Hatuncolla (Tabla 1).
El análisis sistemático de los materiales de superficie indica que probablemente el
poblado Inca fue incluso mayor.
Julien (1983) señala que los materiales de superficie son similares a las fases de
cerámica que se definieron en Hatuncolla, lo que sugiere que Paucarcolla fue contem-
poráneo de Hatuncolla durante sus fases pre-coloniales. Los artefactos de cerámica
similares también indican un espacio común de producción de cerámica. De la misma
manera que en Hatuncolla hubo una ocupación preincaica antes de la ciudad Inca:
una dispersión de cerámica del período Altiplano y algunos cimientos de tumbas so-
bre el suelo se observaron alrededor de un kilómetro al oeste de la plaza del pueblo.
Más al oeste, existieron, al menos, dos colinas con muros que las circundan que pro-
bablemente fueron las pukaras de la gente del período Altiplano. El Estado Inca parece
haber movido a estas personas a unos pocos kilómetros, concentrándolos en el centro
urbano de Paucarcolla.
348 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
Puno
La construcción moderna hace difícil definir, a partir de materiales arqueológicos, la
ocupación Inca en Puno. Existe poca información documental que sugeriría que Puno
fue un importante centro Inca, aunque artefactos Inca han sido observados en las
obras de construcción y, de hallazgos aislados, tal como el reportado por Julien para
el sitio de Azoguini, una colina alta al norte de la ciudad actual (Julien 1981). En una
inspección no sistemática, descubrí una serie de tiestos Inca dispersos alrededor de
la bahía de Puno. Fuera de la misma ciudad, varios sitios aterrazados han sido descu-
biertos con fina cerámica Inca local. Sí Puno fue un centro urbano secundario durante
la ocupación Inca es una cuestión abierta a la discusión.
Chucuito
El más importante y probablemente el más grande de los centros de Inca en la región
Lupaqa fue Chucuito. Chucuito está aproximadamente a 16 km al sur de Puno en la
carretera Puno-Desaguadero, y estuvo directamente también sobre el camino Inca.
El sitio fue el hogar de Martín Cari y Cusi Martín, los dos principales caciques de los
Lupaqa en 1564. La Visita de Diez de San Miguel señala constantemente que los tra-
bajadores de la mita eran enviados de las otras seis ciudades de Chucuito para prestar
servicios en los hogares de los caciques, un hecho que destaca la importancia de la
ciudad durante este período. En opinión de Hyslop, Chucuito también fue la capital
Lupaqa durante el tiempo de los incas (Hyslop 1984: 130).
Hyslop exploró el sitio de Chucuito para su investigación de tesis, y al igual que Ju-
lien en Hatuncolla, concluyó que había poca evidencia de que Chucuito fuera ocupa-
do antes del período Inca, a pesar de que tomó nota de la existencia de varios bloques
de piedra rectangulares con sugerente influencia Tiwanaku (Hyslop 1976: 122-130).
Hyslop calculó un área total de cerca de 80 hectáreas y señaló que el sitio fue cons-
truido sobre un patrón de reticulado, un estilo arquitectónico inca que él denomina
“ortogonal”.
La cerámica en la superficie del sitio es típicamente de los estilos Inca Local y
Chucuito. No hay evidencias de una ocupación preinca en el pueblo. La ocupación se
350 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
Figura 3. Muros Inca del sitio Inca Uyu en Chucuito. Un estilo Inca regional.
5 Existen algunas piedras talladas con forma fálica en el Inca Uyu. La mayoría de las piedras
más pequeñas probablemente son auténticas. Sin embargo, las más elaboradas probable-
mente no son prehispánicas, y al parecer fueron mandadas a hacer por un coleccionista y
reunidas en el Inca Uyu en algún momento en el siglo XX. Estas han llegado a convertirse
en un fenómeno New Age en el circuito turístico.
351 / Charles Stanish
Según Hyslop, Chucuito tenía dos plazas, una en la plaza moderna y la segunda
donde fue encontrado el Inca Uyu (Hyslop 1990: 197). Calculo una ocupación total
Inca de alrededor de 50 hectáreas, basándome en una prospección pedestre en el
área del sitio. Esto incluiría a toda la ciudad y las áreas hacia el este. Es posible que
Hyslop fuera capaz de ver, en la década de 1970, más zonas no disturbadas y que su
estimación de 80 hectáreas sea más precisa (véase la Tabla 1). De todos modos, el sitio
de Chucuito sólo es comparable en tamaño e importancia durante el período Inca con
Hatuncolla. No hay duda de que Chucuito fue el lugar principal en el área lupaqa, y
uno de los principales centros administrativos en la cuenca del Titicaca para el Estado
Inca.
Acora
Hyslop exploró Acora, señalando que el sitio arqueológico se encontraba debajo de la
ciudad moderna (1976: 406-408), y calculó una superficie total de unas 25 hectáreas
en base a la distribución de artefactos en superficie y el hecho de que fue el sitio más
grande al sur del camino Inca de Chucuito (Hyslop 1976: 131). También sugirió que los
sitios de Kacha Kacha B y Qellojani pueden ser los cementerios de esta cabecera. Mis
observaciones del sitio son coherentes con las de Hyslop. La cerámica es típicamente
Inca Local y Chucuito, y cubre la mayor parte de la ciudad moderna. No existen evi-
dencias de restos preincas en el pueblo.
Juli
Juli fue el centro del asentamiento Colonial Temprano en la cuenca del Titicaca. De
acuerdo con los primeros censos tanto de Diez de San Miguel como de Buitrago (Ta-
blas 1 y 2) este fue el asentamiento más grande del período Colonial Temprano según
lo determinado por el número total de tributarios. La evidencia arqueológica también
indica que era un asentamiento importante durante el período Inca. Hyslop inspec-
cionó el lugar y sugirió que tenía un tamaño de alrededor de nueve hectáreas. He
estimado el área total en una veintena de hectáreas, cifra que incluye el sitio Juli B
de Hyslop (1976: 133, 309-401). Hyslop estimó que Lundayani era más grande que Juli,
por lo que concluyó que Juli fue sólo probablemente un tambo, y que Lundayani era
la cabecera. Puedo sugerir una explicación alternativa: Juli tuvo el doble de tamaño
que Lundayani, y que Juli fue la cabecera original.
No solamente Juli está en el camino Inca, sino que hay un ramal del camino que iba
hacia al cerro de Sapacolla detrás de Juli. El hecho de que el camino principal bifur-
que en su entrada a Juli y se vuelva a juntar de nuevo en el centro de la ciudad es una
prueba más de que Juli fue la cabecera principal. Otra sección sur del camino original
fue localizada por Hyslop; este camino bien pavimentado se dirige al sur de la ciudad
con dirección a Pomata.
Juli está construido en un patrón reticulado y se edificó en la época Inca, y no
antes. Investigaciones extensas y recolecciones de superficie no han revelado ningún
tipo de ocupación reconocible preinca. Estas observaciones incluyen las excavacio-
352 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
que también está intacto. En Torata Alta, el diseño del asentamiento es un patrón re-
ticular ortogonal Inca y es más típico de la arquitectura Inca conocida para el sur del
Perú, como Juli y el resto de ciudades principales a lo largo del sistema vial.
Tengo varias hipótesis sobre la naturaleza y la función de Lundayani. Este podría
ser la ubicación de los mitimaes Chinchasuyu señalados por Diez de San Miguel y otros
cronistas tempranos en el área (Diez de San Miguel 1964 [1567]; Murra 1964). Alternati-
vamente, podría ser que este fue la residencia principal de la elite Lupaqa, la que gozaba
de una posición privilegiada en el Estado Inca. En esta hipótesis, a la elite Lupaqa se
les permitió tener un sitio alejado del camino de los Incas. La ubicación de Lundayani
en esta hipótesis se podría explicar como una necesidad de estar cerca de las grandes
manadas de camélidos, por las cuales la elite Lupaqa fue famosa (Murra 1968). Una hi-
pótesis final es que el sitio era un tambo importante sobre un camino que conduce
hacia el oeste hasta la puna y a los valles costeros de Moquegua, Sama, y/o Lluta. En la
actualidad, el sitio está en un camino bastante transitado que sigue el drenaje hacia las
tierras de la puna de Pasiri a unos trece kilómetros del lago. Cualquiera que sea la expli-
cación, Lundayani figura como uno de los sitios más importantes para comprender las
interacciones Inca-local en la zona, y merece una mayor investigación.
Zepita
Aunque hoy es una ciudad relativamente pequeña, Hyslop sugirió que la ocupación
Inca de Zepita cubrió once hectáreas. También señaló que el sitio era un tambo y la
cabecera durante el período Colonial Temprano (Hyslop 1976: 136). Mis observacio-
nes en el sitio, en general corroboran lo propuesto por Hyslop.
Ilave
Hyslop no encontró restos incas en el mismo Ilave, como lo hizo en otras ciudades
a lo largo de la orilla del lago, y por lo tanto concluye que no hubo una significativa
ocupación Inca bajo la ciudad moderna. En un reconocimiento limitado, sin embargo,
descubrí una serie de pequeñas aldeas del período Inca a lo largo del río Ilave, justo
al sur de la ciudad del mismo nombre. La pregunta sigue vigente, sí es que se trataba
de un centro urbano secundario o simplemente una concentración de aldeas más
pequeñas. En la actualidad, basado en mis observaciones en la propia ciudad, me in-
clino a estar de acuerdo con Hyslop. Ilave probablemente era un grupo de pequeños
asentamientos a lo largo del camino, pero no un centro administrativo.
Pomata
De la lista de cabeceras de la Visita de Diez de San Miguel, el pueblo de Pomata era el
más pequeño (Hyslop 1976: 135). El sitio parece haber sido importante en el período
Colonial Temprano, pero no era un centro de la escala de Juli o de Acora durante
el período Inca. Se estima un tamaño total del asentamiento de sólo cuatro o cinco
hectáreas, tomando como base la distribución de la cerámica del período Inca en las
354 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
calles y áreas disturbadas de la ciudad (Stanish et al. 1997). Pomata tiene un compo-
nente Inca, pero no hay evidencia de ocupación preinca, aunque hay algunos tiestos
del período Altiplano en la recolección de la prospección de Juli-Pomata. El sitio no
era un centro urbano según los estándares Inca, pero lo más probable es que fuera
un tambo importante en el camino Inca. Junto a la iglesia del período colonial hay un
mirador moderno6, alrededor del cual hay una serie de fragmentos de cerámica Inca,
como también algunos bloques líticos tallados. Es posible que este sitio hubiera sido
un área ritual o adoratorio en la ruta de peregrinación hacia la isla del Sol.
Yunguyo
Yunguyo está sobre la frontera de Perú y Bolivia. Esta ciudad era una parada impor-
tante, como puerta de entrada al complejo de peregrinaje Copacabana/isla del Sol
mantenida por el Estado Inca. Era aquí que el verdadero peregrinaje comenzaba con
un chequeo por los guardias en lo que ahora es la frontera entre Perú y Bolivia (Bauer
y Stanish 2001). Algunos fragmentos Inca se encuentran en las calles y en los adobes
de la ciudad, aunque la densidad no es alta. El grado en que el sitio fue un centro im-
portante, o incluso un tambo, no queda claro.
Pucarani
La actual ciudad de Pucarani7 está cerca al sur de la cuenca del Titicaca, a unos trece
kilómetros de la laguna. Pucarani fue un asentamiento importante en el período Co-
lonial Temprano que figura en la Nación de Pacajes Umasuyu en la temprana lista de
encomiendas (Julien 1983: 18). En la Tasa de Toledo, la muestra de la población es de
5.398, que incluyó 1.079 hombres clasificados como aymara y 148 clasificados como uru,
siendo el resto niños, ancianos y mujeres (Cook 1975: 51-52). La ciudad tiene una impor-
tante ocupación Inca y, según lo indicado por la alta densidad de cerámica del período
Inca que se observa en las calles y ladrillos de adobe de la ciudad. La cerámica Inca en
esta ciudad se caracteriza típicamente por piezas de fabricación local.
Guaqui
Guaqui se encuentra en la orilla del lago, en el extremo oriental del valle de Tiwanaku.
De acuerdo con Mercado de Peñaloza (1965 [1583]), se dice que Guaqui fue fundada por
6 Un mirador es un recinto amurallado, en una zona alta con vistas privilegiadas del paisaje.
7 Pucarani también se escribe como Pucarane.
355 / Charles Stanish
Tiwanaku
Hubo una significativa ocupación Inca en el sitio de Tiwanaku como lo demuestran
los sustanciales y finos fragmentos Inca que se encuentran en las excavaciones y en
la superficie. La ocupación parece haber sido restringida al núcleo más antiguo del
sitio, lo que sugiere que Tiwanaku fue visto posiblemente como un centro de peregri-
nación menor, como también como una vivienda urbana durante el control Inca de la
región. Unos cuantos bloques de piedra tallada en la superficie parecen ser de estilo
Inca, típicos de los bloques escalonados utilizados en los rituales (ver Arkush 1999).
El sitio de Tiwanaku, sin duda, tuvo una importancia simbólica en la ideología po-
lítica del estado. Los intelectuales incas trataron de usurpar la autoridad ideológica
y el prestigio del antiguo estado Tiwanaku, en una forma que recuerda a los esta-
dos posclásicos mesoamericanos que invocaban la autoridad de los toltecas (Stanish
1997). Ellos lo hicieron mediante la vinculación de la fundación de su elite con la del
sitio de Tiwanaku, que fue sin duda un importante sitio ceremonial Inca, aunque te-
nemos pocos datos sobre la ocupación hasta la fecha.
quitectura son bastante impresionante. Las paredes están construidas en estilo Inca
Clásico provincial. La cerámica en la superficie sugiere un importante centro admi-
nistrativo provincial, tal vez un tambo importante en el camino Omasuyu.
hay un pueblo Inca bastante grande que cubre de dos a tres hectáreas. Un número
de tumbas de cistas con lajas y chulpas están asociadas con esta área de habitación.
No hay evidencia de arquitectura corporativa, y el sitio no aparece como un asenta-
miento importante en todos los documentos conocidos para el período. Una posible
explicación para la ubicación del sitio es la abundancia de totora en el lago cerca de
la isla en la actualidad. El sitio podría haber sido un asentamiento especializado en la
producción de totora y pesca dentro del sistema de asentamiento Inca.
Otra pequeña isla, Pallalla, se encuentra al noreste de la isla del Sol. Es una isla
pequeña, con poca superficie para la agricultura. Sin embargo, existe una estructura
de 45 m de largo por 6 m de ancho con una serie de divisiones uniformes. La arqui-
tectura es muy similar a la de una qolca Inca o estructura de almacenamiento. Los
tiestos en la isla también indican que se trata de un sitio Inca. La función exacta de
una qolca inca en una isla aislada se desconoce, pero es probable que Pallalla fuera
parte de una ruta de peregrinación por las aguas del lago durante la época Inca. De
acuerdo con uno de los primeros visitantes, Joseph Pentland, Pallalla se llamaba isla
de los Plateros y tenía tumbas, y posiblemente figurinas de oro y plata (Pentland 1827:
f. 90). Por supuesto, tales figuras son halladas en una serie de contextos ceremoniales,
incluyendo ceremonias Capaccocha que podrían haber sido un componente de una
peregrinación.
La isla de Koa era un sitio ritual importante durante el período Tiwanaku (véase
Ponce et al. 1992). También fue un centro importante durante la época incaica, de
acuerdo a una serie de ofrendas de época Inca que se encontraron. La isla estuvo,
posiblemente, a lo largo de una ruta de peregrinación por las aguas del lago durante
la época Incaica descritas a continuación.
Hay varias islas en el lago pequeño (Huiñamarca) que tienen importantes restos
incas. Cordero (1972) publicó el primer informe de los restos incas en la isla de Suriki
y en la isla Intja, y los muros del último se encontraron entre los ejemplos más finos
de la arquitectura Inca en la cuenca del Titicaca. Asimismo, Esteves y Escalante (1994)
reportaron una gran ocupación Inca en la isla Paco de Huiñamarca. Ellos observaron
complejos de grandes terrazas asociadas a ocupación Inca. También hay una estruc-
tura en la parte delantera de piedra tallada en una roca que parece haber sido un
templo Inca.
Tanto Juli como Pomata tuvieron el mayor porcentaje de tributarios aymara en com-
paración a la categoría de tributarios pobres de los urus. A lo largo de la Visita, Juli
se incluyó sistemáticamente como la ciudad más importante de la región después de
Chucuito. Por lo tanto, la investigación de Juli-Pomata proporciona algunos de los
mejores datos para la reconstrucción de los patrones de asentamiento en la cuenca
del Titicaca.
El patrón de asentamiento durante el período Inca en el área de prospección de Ju-
li-Pomata se muestra en el Mapa 2. Es obvio que este patrón es dramáticamente más
complejo de lo que cabría sospechar si se centrase únicamente en los centros inca.
Hay tres diferencias importantes en el patrón de asentamiento con respecto al previo
período Altiplano: los sitios fortificados fueron abandonados, se fundan las grandes
ciudades y los campos elevados (camellones) fueron abandonadas. El uso de la tierras
de Puna se intensificó (19% de la población total), un proceso que comenzó durante
el precedente período Altiplano. Un porcentaje significativo de la nueva población se
concentró en las ciudades más grandes. En particular, las ciudades de Juli y Pomata
fueron fundadas en este período.
El Inca no utilizó áreas de campos elevados, como lo indican la ubicación del sitio y
los datos derivados de la población (Stanish 1994, 2003: 124). Esto es más probable, en
relación a las condiciones ecológicas alteradas, específicamente la sequía y el prome-
dio de temperaturas bajas, que comenzaron en la época de la conquista Inca (Graffam
1992; Ortloff y Kolata 1989). El patrón de asentamiento del período Inca es en gran
medida circunscrito a las terrazas agrícolas y a áreas urbanizadas lacustres, lo que su-
361 / Charles Stanish
giere una estrategia de maximización diseñada para producir y mover los productos
básicos, y localizar las poblaciones en tierra agrícola óptima.
Demografía
La Figura 6 presenta nuestro cálculo de crecimiento de la población en la región de
Juli-Pomata a lo largo del tiempo. La característica más evidente es el pico de creci-
miento en el período Inca después de una tasa de crecimiento generalmente cons-
tante desde el período Formativo Medio (a inicios de Sillumocco). Esta tasa de creci-
miento no podría ocurrir por sí sola de un aumento natural de la población. El nivel
de población proyectado durante el período Inca sería de aproximadamente 90 hec-
táreas de residencia domésticas usando las tasas anteriores de crecimiento desde el
período Formativo Medio hasta el Altiplano. La cifra real de 179 hectáreas es casi dos
veces más grande. Estos datos dejan pocas dudas de que considerables cantidades de
poblaciones se establecieron en la región de Juli-Pomata durante el período Inca.
Durante la ocupación Inca, se fundaron sitios más grandes en la región. Sin em-
bargo, en contraste con el cambio ocurrido entre el período Altiplano y el Tiwanaku,
el cambio en la distribución del tamaño de los sitios entre los períodos Altiplano e
Inca para sitios menores que 2,5 hectáreas, permanece virtualmente constante. Estos
datos indican que el principal cambio en el período Inca corresponde a la adición de
grandes concentraciones de población, sobre todo en sitios como Juli y Pomata, bajo
la ocupación Inca.
363 / Charles Stanish
Ubicaciones de sitios
Para los sitios menores que 2.5 hectáreas, hay poca diferencia, en términos de ubica-
ción y altitud, entre los del período Inca y Altiplano. Sin embargo, durante el período
Inca se agregan una serie de nuevos sitios, incluyendo aquellos mayores de 2,5 hec-
táreas. Estos sitios están en un rango de altitud de 3.800 a 4.100 m, con la mayoría de
estos ubicados cerca del lago por debajo de los 3.900 m. En otras palabras, estos datos
demuestran que la mayoría (doce de los diecisiete) de estos sitios de gran tamaño se
encuentran cerca del lago, un lugar óptimo para la explotación de los recursos lacus-
tres y la agricultura de secano en terrazas. Cinco sitios grandes nuevos, un número
importante, fueron añadidos en la puna, lo que atestigua la importancia del pastoreo
de camélidos en la economía política Inca.
tos. Algunos de los sitios más grandes, probablemente funcionaron como sitios de
menor importancia administrativa. Podemos interpretar estos datos para sugerir que
las poblaciones nativas de la isla estaban dispersas y los mitimaes y otros grupos que
dependían del imperio fueron concentrados en los asentamientos más grandes.
También es significativo que la mayor parte de los pequeños asentamientos Incas
estuvieran en las tierras agrícolas principales. La isla del Sol fue de hecho un centro
ritual y de peregrinaje importante, y el Inca entendió claramente que este tenía que
estar aprovisionado. Los datos de asentamiento indican que casi todos los bienes de
subsistencia que mantuvieron a la población de la isla –incluyendo a los sacerdotes,
Mamaconas (mujeres escogidas del Inca), y otros especialistas en los rituales– se pro-
dujeron en la isla, y no fueron importados de otros lugares. De hecho, la distribución
de las aldeas y pueblos incas en la isla se correlaciona con las mejores tierras agríco-
las. Este patrón es idéntico al modelo en tierra firme, como lo demuestran los datos
de asentamiento del reconocimiento de Juli-Pomata (Stanish et al. 1997).
Hay tres importantes excepciones a este patrón. En el lado sur de la isla, un impre-
sionante conjunto de escalones llevan a la colina en medio de una “cuenca” natural, o
pequeño valle. Estos escalones se inician en el sitio ritual conocido hoy como la Fuen-
te del Inca. Un gran número de terrazas agrícolas bien hechas flanquean estos pasos.
A diferencia de cualquier otra parte de la isla –y para el caso, a diferencia del área de
prospección de todo Juli-Pomata, donde tales tierras de cultivo excelente existen–
no hay casas o aldeas inca sobre y entre las terrazas. En otras palabras, toda la zona
fue atravesada con hermosas terrazas, pero no hubo asentamientos en los propios
campos. De hecho, los sitios de habitación estuvieron, en ambos lados del valle hacia
el este y el oeste, donde estuvieron concentradas en gran número. En estas últimas
áreas también había terrazas agrícolas y sitios asociados de habitación que alberga-
ban a la población que presumiblemente han trabajado estos campos. El patrón típico
de la cuenca del Titicaca en el período Inca, incluye un conjunto de campos agrícolas
y una serie de sitios que albergaron a la población campesina que trabajaba los cam-
pos, pero existió una desviación de este patrón en el valle por encima de la Fuente
del Inca.
Una forma de explicar la distribución de los asentamientos en la isla del Sol es
como una función de factores determinantes de asentamiento ritual, es decir, el Es-
tado Inca pudo haber obligado a las personas a vivir lejos de este valle en particular
por razones rituales y/o estéticas. Toda la sección de valle habría sido construida
con bellas terrazas, quizá jardines de viviendas, de maíces especiales u otras plantas,
pero los campesinos que trabajaban estos campos parecen haber estado prohibidos
de vivir allí. Tal vez esto fue por razones rituales, o quizá era para dejar libre el área
de los asentamientos humanos por razones estéticas. En cualquier caso, este pequeño
valle fue alterado en función de las necesidades de la compleja peregrinación de toda
la isla.
La segunda área que no se ajusta al patrón óptimo de uso de la tierra agrícola es la
parte occidental de la isla, donde hay grandes terrazas sin ninguna evidencia de sitios
de habitación. Es posible que esta área fuera para la producción de cultivos especia-
366 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
les. De acuerdo con Ramos Gavilán (1988 [1621]: 45), “En una destas playas vezina a la
peña Titicaca intentó el Inga sembrar una chácara de Coca para el sol”, lo que sugiere que
la coca se iba a utilizar para los propósitos del ritual. El clima en esta zona es distinto
debido a la alta radiación solar y debido a que la topografía protege las áreas aterra-
zadas del viento. El efecto fue crear un ambiente más cálido, lo que podría haber sido
utilizado para cultivos no altiplánicos.
Titikala es la tercera área que no se ajusta al patrón. Aunque hay vestigios de
asentamientos humanos importantes, no parece existir importantes tierras agríco-
las sostenibles. Un número de sitios fueron descubiertos en la parte norte de la isla,
la mayoría de ellos pequeños pueblos o caseríos adyacentes al complejo ritual que
incluye la Roca Sagrada (Figura 8), la Chincana, y Mama Ojila. Más al norte, lejos del
centro ritual, existen pequeñas aldeas en la Península Ticani. Estos sitios están aso-
ciados con algunas terrazas modestas y probablemente albergaban a los agricultores
que cultivaban maíz para uso ritual, así como otros cultivos para el mantenimiento de
los especialistas religiosos que cuidaban el templo. En otras palabras, el área misma
de Titikala no era una zona agrícola; los factores determinantes del asentamiento allí
fueron estrictamente rituales, con la subsistencia de los habitantes proporcionada
por el resto de la isla.
El número de sitios y el tamaño total del área de vivienda durante el período Inca
es muy alto en relación con los períodos anteriores. Al igual que en el área de Juli-
Pomata, este incremento no puede explicarse sólo por el crecimiento natural de la
población. Incluso teniendo en cuenta algunos problemas metodológicos menores,
existe poca duda que la población fue trasladada allí desde otros lugares.8 En el caso
de la isla, la evidencia documental indica que el Inca importó colonos mitimaes. Tam-
bién es probable que el Inca reuniera a las poblaciones dispersas del período Altipla-
no hacia ubicaciones al borde del lago y la isla donde ellos pudieran ser controlados
más eficazmente. La isla habría sido un lugar obvio para poner estos colonos para
apoyar a los especialistas en rituales.
Durante la ocupación Inca, un grupo de asentamientos e infraestructuras agríco-
las cerca a la sureña bahía Kona se utilizaban para cultivar intensivamente los pro-
ductos agrícolas (véase el Mapa 3). El sitio principal de este grupo es un asentamiento
Inca que se caracterizaba por una plataforma de muros con nichos. El sitio mismo
se encuentra entre dos quebradas, cada uno de las cuales fue canalizada con muros
de desviación de agua. Estos muros se estrechaban y formaban el cuello de una gran
depresión ovalada en la base de la pampa, que ciertamente funcionó como un tanque
o depósito. Por debajo del reservorio hay una serie de relictos de campos elevados
(camellones), que no cubren un área extensa (sólo unas pocas hectáreas), pero son
altamente significativos.
8 Algunos factores que pueden inflar artificialmente la población durante el período Inca
incluyen la ubicuidad de la cerámica diagnóstica Inca, y la mejor preservación de sitios a
causa del período de tiempo más tardío. Ambos factores se trataron en el análisis. A pesar
de los sesgos, queda claro que hubo un aumento considerable en la población de la isla.
367 / Charles Stanish
Mapa 3. Patrón de asentamiento del periodo Inca (1450-1532 d.C.) en la Isla del Sol.
368 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
puna es ideal para el pastoreo de camélidos, y sólo marginal para el cultivo del tu-
bérculo. La zona de campos elevados, confinada a la pampa llana interior del lago y
junto a los ríos, es agrícolamente útil sólo con las construcciones de campos elevados,
aunque hoy en día se utiliza para el pastoreo marginal y sólo existen relictos de estos
campos. Las áreas de terrazas en la región Suni se dividen en dos tipos de contem-
poraneidad Aymara. Las áreas de pendiente suave en la base de los cerros que están
protegidos del viento se consideran tierras de cultivo ideal, casi tan buenas como los
campos elevados. Las propias laderas, un segundo tipo, generalmente se consideran
como zonas pobres a moderadas para el cultivo (M. Tschopik 1946: 513). Lo que es sig-
nificativo es que cada zona ofrece oportunidades económicas específicas y diferentes.
Los datos del reconocimiento de Juli-Pomata nos permiten definir el uso relativo de
las cuatro estrategias económicas mediante la localización de los sitios y el cálculo del
área habitacional total por período (por ejemplo, ver Stanish 1994).
El análisis de los datos de asentamientos ha revelado varios patrones. En primer
lugar, la agricultura en campos elevados desapareció durante la época incaica. Los
datos de asentamientos indican un alejamiento de las zonas de campos elevados, en
el área de estudio, hacia ubicaciones en zonas de terraza de secano y zonas de pasti-
zales en la puna (Stanish 1994). La explicación más parsimoniosa de los datos es que
las condiciones ecológicas se alteraron, esencialmente por la aparición de una menor
temperatura media iniciada alrededor del año 1400 d.C. y que fue uno de los princi-
pales factores en este cambio económico (Graffam 1992; Kolata 1993: 298; Ortloff y
Kolata 1989).
En segundo lugar, se produjo un cambio sustancial en los pastizales de la puna,
especialmente cuando se compara con las cifras de períodos anteriores. En el período
de Tiwanaku, cerca del 4% de la población vive en la puna, y en el período Altiplano la
población que vive se incromentó a 14%, mientras que en la época Inca cerca del 20%
de la población vive en la puna.
Un patrón de asentamiento del período Inca especializado en terrazas agrícolas
y las zonas urbanas lacustres, sugiere una estrategia de maximización diseñada para
producir y exportar los productos, ademas de localizar a las poblaciones en tierras
para optimizar así los campos de cultivo. La importancia de la lana de camélidos en la
economía Inca se indica por el hecho de que el 20% de la población vivía en pastizales
para pastoreo.
Tabla 3. Las ciudades seleccionadas y sus artículos de tributo que se enumeran en la Tasa de Toledo.
373 / Charles Stanish
Figura 9. Segmento del camino Inca cerca de Moho, Perú. Fotografía del autor.
Producción y estilos de cerámica
La cerámica del período Inca en la región del Titicaca ha sido discutida por varios au-
tores, sobre todo Julien (1983). En el área de Juli-Pomata, hemos definido una serie de
tipos de cerámica del período Inca. Prácticamente el 98% de la muestra conocida de
tiestos Inca fueron fabricados localmente. El tipo local Inca representa imitaciones de
los estilos de Cusco fabricados en la región del Titicaca. El estilo de cerámica Chucui-
to parece ser un fenómeno local, elaborado por primera vez bajo la ocupación Inca.
Aunque no hay antecedentes directos de los estilos decorativos Chucuito, muchos de
los motivos son observados en la cerámica Inca del Cusco. A diferencia de Chucuito,
Pacajes y los motivos del tipo Sillustani tienen antecedentes anteriores en la región
del Titicaca.
Este patrón de la fabricación local de cerámica decorada ofrece información so-
bre la naturaleza del control inca provincial. D’Altroy y Bishop (1990) analizaron la
composición química de la cerámica del período Inca de cuatro áreas en los Andes
374 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
centrales, incluyendo la cuenca del Titicaca, el Valle del Mantaro, Tarma, y Cusco.
Llegaron a la conclusión que “diferentes conjuntos cerámicos fueron producidos y
consumidos en las tres regiones principales. Virtualmente ninguna de la cerámica
Inka imperial analizada de las áreas de Mantaro Superior o del Lago Titicaca fue pro-
ducida en el Cusco y enviada a esas áreas.”
El análisis estilístico de la cerámica del período Inca de toda la cuenca del Titicaca
apoya esta hipótesis. En la región de Juli-Pomata, por ejemplo, Steadman ha definido
una serie de diferentes tipos de pasta que pueden ser locales, semi-locales o exóticos
según su lugar de fabricación. En el caso de la cerámica del período Inca, la mayor
parte de los tiestos de la muestra parece que fueron fabricados localmente con una
pasta utilizada tanto previamente antes de la ocupación Inca como también en el
período Colonial Temprano.
Siguiendo con la cerámica producida durante la ocupación Inca de la cuenca del
Titicaca, el estudio más detallado de los cambios en el estilo alfarero, es la obra de
Julien (1983) en el sitio de Hatuncolla. Ella excavó once unidades de cateo en el sitio y
pudo definir una secuencia cerámica de cuatro fases. De acuerdo a esta investigación,
todos los artefactos manufacturados en el sitio representan un momento en el que
existió una fuerte influencia Inca en Hatuncolla, lo que indica que el sitio fue fundado
durante la expansión incaica.
En la cronología refinada de cerámica, propuesta por Julien (1983: 151-153) para
la ocupación Inca de Hatuncolla, hay tres fases pre-coloniales, empezando con la fun-
dación del sitio. En la fase 1 existe una clara influencia de las tradiciones de cerámica
del Cusco, imitado en su mayor parte por dos arcillas locales junto con un conjun-
to preinca derivado de Sillustani. Algunas de ellas son imitaciones simples, aunque
otras con préstamos más sutiles. Julien señala que los cuencos decorados son los más
importantes en el conjunto cerámico. Ella también nota una ruptura estilística im-
portante de las tradiciones preincas de Sillustani, enfatizando que la ocupación Inca
alcanzó hasta los mismos cánones estilísticos de la población local.
Para la Fase 2, Julien observa una mayor variedad de perfiles de borde y decora-
ción. Una vez más, los cuencos fueron importantes, pero hubo muchas más formas,
que fueron tomadas del inventario de Cusco. Sólo algunas de las formas de la tradi-
ción de Sillustani, obtenidas de la Fase 1, continuaron en la Fase 2. La Fase 3 es el últi-
mo período prehispánico de cerámica definida por Julien (1983: 203-230). Los cuencos
poco profundos continuaron, pero se agregaron cuencos más grandes. El estilo Sillus-
tani continuó, y Julien observa un resurgimiento de rasgos morfológicos conservado-
res Sillustani, con menos formas del Inca cusqueño. En la primera fase influenciada
por los españoles, Julien advierte acabados de superficie de la cerámica similares a las
del Cusco con vasijas hechas en torno y una ausencia de cerámica vidriada.
En el área de Juli–Pomata, el personal del Proyecto Lupaqa ha definido una serie de
tipos de cerámica de la época incaica. Hay varios tipos diagnósticos del período Inca
en las áreas de Juli, Pomata, Ccapia y Desaguadero. La forma más común es, de lejos, el
cuenco, pero también son muy comunes las botellas Incas (conocidas como aríbalos).
375 / Charles Stanish
El motivo decorativo más común es el Inca Local. Este último tipo es esencialmente
cerámica Inca elaborada en la cuenca del Titicaca, y las fechas para el período Inca
están entre los 1450 a los 1532 d.C. Estas piezas son imitaciones de la cerámica del
Cusco, con botellas y cuencos como formas predominantes. En particular, el uso de
motivos del Cusco y las distintivas protuberancias dobles en el borde de los cuencos
sirven para identificar este tipo. Julien señala que el uso de pastas y pigmentos locales
y la mala interpretación de los motivos Cusco identifican al estilo Inca Local como de
fabricación original del área del Titicaca (Julien 1983: 146). Nosotros reconocemos
tres subtipos dentro del grupo Inca Local: Inca Local Llano, Inca Local Policromo e
Inca Local Bícromo.
Otro tipo del período Inca es Chucuito. Prácticamente todos los tipos de Chucuito
tienen forma de cuenco. Este tipo fue definido por primera vez por M. Tschopik (1946:
27-31) como dos vajillas relacionadas: Chucuito Polícromo y Chucuito Negro sobre
Rojo. Los motivos decorativos dominantes incluyen diseños de animales y plantas,
también utilizan diseños de insectos, humanos y formas geométricas. Las cerámicas
en la zona de Chucuito-Juli-Pomata son fabricadas localmente. M. Tschopik (1946: 27)
señala que las pastas de Chucuito son de textura fina y tienden a ser de color rojo o
rosa claro. Estas tienen temperante de arena, con inclusión ocasional de mica.
Pacajes es un tipo del período Inca, más común de la zona de Desaguadero y fue
reportado por primera vez en detalle por Rydén (1957: 235-238) a partir de un núme-
ro de sitios de Bolivia. Albarracín-Jordán y Mathews (1990: 171) y Mathews (1993) se
refieren a este tipo como Inka-Pacaje, asignándole una fecha del período Inca. Este
tipo de cerámica está, casi con toda seguridad, asociado con la región de Pacajes de
la cuenca sur.
La cerámica Pacajes es fácilmente reconocida por los diseños distintivos de lla-
mitas (y formas similares, no relacionadas) en la superficie interior de los cuencos.
Al parecer la totalidad de la cerámica es del período Inca, dada su similitud con los
cuencos Chucuito e Inca local. La baja incidencia en la región de este tipo y su mayor
densidad conocida al sur sugieren fuertemente que Pacajes es una importación exó-
tica en el área de Juli-Pomata. Con una sola excepción, todos los ejemplos del área
Pacajes, del estudio de Juli-Desaguadero, son formas de cuenco.
Los tipos Sillustani son encontrados tanto en contextos del período Altiplano
como en los del período Inca, tal como se ha determinado por las excavaciones estra-
tigráficas y el análisis estilístico (Julien 1983: 116-125; Stanish 1991: 13-14). Tipos Si-
llustani del período Inca son bastante fáciles de distinguir por los labios más gruesos,
formas de cuencos menos profundas, exterior bruñido más fino, y motivos de diseño
más elaborados. El tipo Sillustani del período Inca también fue identificado por pri-
mera vez y nombrado por M. Tschopik (1946: 22-27), y discutido más adelante por
Julien (1982), Revilla Becerra y Uriarte Paniagua (1985) y Stanish (1991). Al igual que
con los tipos preinca, prácticamente todos los diagnósticos Sillustani son cuencos. La
característica básica que define el tipo de Sillustani es un conjunto de líneas paralelas
a lo largo del borde interior de cuencos bruñidos o pulidos. Tschopik sugirió cuatro
vajillas dentro de la serie de Sillustani: Sillustani Policromo, Sillustani Marrón sobre
376 / La ocupación Inca en la cuenca del Titicaca
crema, Sillustani Negro sobre Rojo, y Sillustani Negro y Blanco sobre Rojo. No hemos
encontrado ninguna policromada (con una excepción que fue clasificada como posi-
blemente Chucuito Policromo) o Sillustani Negro y Blanco sobre Rojo en el área de
Juli-Pomata y, por lo tanto, no las incluimos en nuestra tipología (Stanish et al. 1997).
Hemos definido un subtipo adicional, Sillustani Negro sobre Naranja. Basándonos en
las características de la pasta, el Sillustani Marrón sobre Crema habría sido importado
a la zona de Juli–Pomata, pero el Negro sobre Naranja y Negro sobre Rojo, muy proba-
blemente, fueron hechos localmente.
Hay algunas asociaciones geográficas relativamente fuertes entre los principales
estilos de cerámica del período Inca y las entidades políticas en la región del Titica-
ca. Por ejemplo, el estilo de cerámica Chucuito se asocia claramente con la entidad
política Lupaqa (Hyslop 1976: 147; Stanish et al. 1997). El estilo de cerámica Sillustani
se asocia con el área Colla ubicada en el norte y el noroeste de la cuenca del Titicaca.
El estilo Pacajes se encuentra en la región de Pacajes, en el sur y extremo suroeste
(Albarracín-Jordán 1992: 313; Portugal 1988; Stanish et al. 1997).
Relaciones regionales
El concepto de complementariedad zonal, o verticalidad, fue introducido aplicándose
al estado Lupaqa, en particular, y la cuenca del altiplano del Titicaca y el período Inca
en general. Uno de los mejores métodos arqueológicos para comprobar el modelo de
complementariedad zonal ha sido la hipótesis de la existencia de un territorio colo-
nial. En 1983–1985, se llevó a cabo una investigación en asentamientos del período
Intermedio Tardío, en la región Moquegua en el sur de Perú, una de las principa-
les regiones de los Andes Surcentrales donde se menciona que los Lupaqa habrían
mantenido colonias durante el siglo XVI (Murra 1968; Pease 1982). Investigaciones
adicionales de Bürgi (1993) y Conrad y Webster (1989) han ampliado en gran medida
nuestro conocimiento de este importante valle.
Los resultados de esta investigación están disponibles en gran detalle en otras pu-
blicaciones (Bürgi 1993; Conrad y Webster 1989; Stanish 1989a, 1989b, 1992), así que
sólo realizaré un breve resumen aquí. Las excavaciones intensivas y el reconocimien-
to del valle de Otora, en la cuenca de Moquegua, indican que el control Lupaqa no fue
evidente hasta el período Inca, coincidiendo con la ocupación Inca en la región. Antes
del establecimiento de sitios administrativos Inca-Lupaqa, la región media y superior
de la sierra de Moquegua (por encima de unos 2000 msnm) fue controlada por grupos
políticos independientes conocidos como Estuquiña. Los sitios Estuquiña estuvieron
fortificados y tenían evidencia de una elite local que participó en fuertes intercam-
bios con las zonas costeras y el norte de la cuenca del Titicaca. En concreto, los socios
principales del intercambio parecen haber sido los collas, como lo demuestra la abun-
dancia de cerámica Sillustani encontrada en contextos domésticos y no domésticos
de sitios Estuquiña (Stanish 1989a, 1992). En suma, los datos de Moquegua sugieren
que grupos colla de la cuenca norte del Titicaca, fueron los principales desplazados
por la elite inca y Lupaqa quienes mantenían centros administrativos allí.
377 / Charles Stanish
ríodo colonial español previo a los Incas fueron, en mi opinión, una ficción legal para
reclamar estas tierras en el contexto de las normas legales españolas (Stanish 2000).
Síntesis
La cuenca del Titicaca era el centro demográfico y cultural de la región Inca del Co-
llasuyu. Según los relatos históricos de Cieza (1959 [1553]) y Cobo (1983 [1653]) , la
primera incursión en la región del Titicaca fue iniciada por el primer (y posiblemente
apócrifo) emperador conocido como Viracocha Inca, probablemente a mediados del
siglo XV. Este Inca se encontró con dos sistemas políticos grandes y complejos en el
oeste de la cuenca del Titicaca, los Lupaqa y los colla, junto con varios otros grupos
políticos más pequeños, como los pacajes y los de las regiones de Omasuyu.
En el momento de la expansión incaica en esta región, los Lupaqa y collas eran
enemigos implacables embarcados en un conflicto interminable. Se ha registrado que
Viracocha Inca negoció con ambas partes, tratando de manipularlas para su propio
beneficio político (Cieza 1959 [1553]: 215-216). Ante el temor de una alianza entre los
Lupaqa e incas, los colla iniciaron una batalla con los Lupaqa en Paucarcolla (Cieza
1959 [1553]: 219). Los Lupaqa ganaron esa batalla, y su rey, conocido como Cari, nego-
ció la paz con Viracocha Inca.
Estas historias mítico-heroicas sugieren que la incorporación real de la región se
llevó a cabo por el hijo de Viracocha Inca, Pachacuti (Cieza 1959 [1553]: 232-235). Pa-
chacuti inició una nueva campaña en la región del Titicaca y se vio obligado a luchar
contra los aún autónomos collas. Los colla lucharon y perdieron la batalla contra los
inca cerca de la ciudad de Ayaviri. Los colla se retiraron a la localidad de Pucará,
mientras que el Inca destruyó Ayaviri, matando a la mayoría de la población (Cieza
1959 [1553]: 232). Cobo (1983 [1653]: 140) relata que entonces el rey Lupaqa “recibió al
Inca en paz y le entregó su estado.”
Ciertamente, hacia los 1500 d.C., y con mucha probabilidad antes, el Inca había
incorporado la cuenca del Titicaca como una de sus provincias más productivas a
través de una variedad de estrategias: el establecimiento de guarniciones militares, el
re-asentamiento masivo de personas hacia zonas más estratégicas y económicamente
más eficientes, el uso de colonos mitimaes, la incorporación de las elites locales, y la
apropiación de la autoridad ideológica.
379 / Charles Stanish
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14
La red vial Inka en
la Región Puno
Segisfredo López Vargasi
Introducción
Uno de los cuatro principales caminos que conformaba el sistema vial Inka partía de
la plaza Huacaypata de la ciudad del Cusco rumbo a las tierras altas de la cuenca del
lago Titicaca en la región del Collasuyo. Este camino fue uno de los más importantes
del imperio y comunicaba la capital Inka con el rico territorio habitado por los po-
derosos qollas concentrados en Hatunqolla y los lupaqas en Chucuito (aunque ver
Stanish en este volumen acerca de la capital pre-Inca), quienes fueron conquistados
por Pachacuteq en el siglo XV.
La conquista de esta región a mediados de ese siglo fue trascendental para el forta-
lecimiento del Estado Inka, pues contribuyó con rebaños de camélidos, ropa, alimen-
tos y hombres, constituyendo la principal fuente de abastecimiento para financiar al
naciente Estado y su expansión (Hyslop 1979: 57). La anexión de la cuenca del lago
Titicaca a los dominios del Cusco mediante conquistas militares y alianzas políticas
después de la derrota de los chankas, involucró el desplazamiento de los pueblos for-
tificados qollas y lupaqas, localizados en la cima de los cerros, hacia las zonas bajas
cerca al lago y junto al camino (Cieza [1553] 1956; Tschopik 1946: 5; Barreda 1958: 55;
Hyslop 1979: 58; Fuentes 1991: 15; Arkush y De la Vega 2002: 10).
Asimismo, la incorporación de esta área a la esfera de dominio Inka significó la
reutilización de las vías existentes y la construcción de una red de caminos que per-
mitiera darle fluidez a la movilización de los ejércitos y los funcionarios de gobier-
no, así como de los mitimaes olleros y plateros establecidos en los pueblos donde se
producían bienes para el Estado. Del mismo modo, estas vías sirvieron para que los
peregrinos se desplazaran hacia el oráculo y centro religioso de las islas del Sol y de la
Luna en el lago Titicaca (Bauer y Stanish 2003; De la Vega y Stanish 2006).
Antecedentes de estudio
El estudio arqueológico del sistema vial Inka en los Andes Centrales fue iniciado por
John Hyslop a fines de la década del 70 del siglo pasado. En el antiguo territorio per-
teneciente a la sociedad Lupaqa, este investigador identificó y registró el Qhapaq Ñan
en el lado suroccidental del lago Titicaca. Su exploración de campo permitió conocer
su localización, características constructivas y los establecimientos inkas y lupaqas
asociados a este. Desde los principales asentamientos lupaqas como Chucuito, el Es-
tado Inka administró la región ubicada al sur del lago y los valles occidentales de la
cuenca del Pacífico (Hyslop 1979).
387 / Segisfredo López Vargas
1 “Y del Tambo de Chungara al pueblo y Tambo de Ayahuire que es de Francisco de Villacastin en el qual
han de servir todos los Indios del dicho Pueblo y lo a el sugeto y los Pueblos Hururu y Asillo con lo a el
sugeto. Aquí se apartan los dos caminos a la redonda de la laguna que se llama Omasuyo o Hurcosuyo.
Y del Tambo de Ayahuire se ha de ir al Pueblo de Pupuja que es un lugar de Chuquicache en el qual sus
Caciques han de poblar y proveer de Indios, Bastimentos, y cosas necesarias para los caminantes”…“Y
del dicho Pueblo de Puno se ha de ir al Pueblo de Hatun Collao en el qual han de serbir los Indios del dicho
Pueblo y las otras aldeas y lugares sujetos a el que sirven a Delgado. Y del Pueblo de Hatun Collao se ha
de ir a Cahuana Pueblo del Capitán Perancures ...” (Vaca de Castro [1543] 1998: 432-433, 439-440).
388 / La red vial Inka en la R egión Puno
Figura 1. Calzada empedrada a orillas del lago Figura 2. Calzada empedrada y escalones en el
Titicaca en el distrito de Pomata, departamento distrito de Pomata, Puno. Fuente: Ministerio de
de Puno. Fuente: Ministerio de Cultura (2011: 56) Cultura (2011: 57).
Esta fue una de las vías de penetración hacia los Andes Orientales, la cual se dirigía
hacia los ríos amazónicos de la cuenca del Inambari. Este camino articuló la región
septentrional del Titicaca (cuencas de Azángaro, San Gabán y Carabaya), área rica en
oro, coca, plumas y otros objetos procedentes de las tierras bajas.2
Según Cieza de León, el camino se dividía en Ayaviri en dos grandes ramales que
iban por ambas márgenes del Titicaca: uno recorría todo el lado norte del lago y el
otro toda la ribera sur, para encontrar su punto de unión en territorio boliviano.
“Desde Ayavire (el que ya queda atrás) sale otro camino, que llaman Omasuyo, que pasa por la otra
parte de la gran laguna de que luego diré, y más cerca de la montaña de los Andes; iban por él a los
grandes pueblos de Horuro y Asilo y Asangaro, y a otros que no son de poca estima, antes se tienen
por muy ricos, así de ganado como de mantenimientos…Desde Pucara hasta Hatuncolla hay canti-
dad de quince leguas; en el comedio dellas están algunos pueblos, como son Nicasio, Xullaca y otros.
Hatuncolla fue en los tiempos pasados la más principal cosa del Collao...” (Cieza [1553] 1947).
De acuerdo a los resultados publicados por el Programa Qhapaq Ñan, el camino del
lado norte del Titicaca fue recorrido, pero sólo se pudo identificar pequeños tramos
conservados. Este se dirige desde la laguna de Arapa hasta Moho, para continuar des-
de aquí hacia Bolivia.
El camino que recorría el lado sur del Titicaca no sólo fue importante por comu-
nicar los ricos pueblos ganaderos qollas y lupaqas, riqueza que los hizo conocidos y
estimados por los lnkas y después por la corona española; sino también, porque fue
también una de las vías que mejor se articuló con los caminos transversales hacia la
costa de los departamentos de Arequipa, Moquegua y Tacna.
Una primera ruta de comunicación hacia el oeste aprovechó la cuenca del Ayava-
cas - Conaviri, cerca al lago Titicaca. Esta ruta se estableció desde Sillustani hasta la
localidad de Mañazo, localizada en el distrito del mismo nombre, en la provincia de
Puno. Desde este lugar es posible acceder a las cuencas altas del Colca - Majes, llegan-
do a los valles yungas de Arequipa y del río Tambo, los cuales a su vez conducían a los
valles quechuas y yungas del departamento de Moquegua.3
2 “Desde el pueblo de Ayavire, que es la provincia de Cabana y Cabanilla se aparta otro camino más al
Oriente para Potosí y demás provincias de arriba llamado de Omasuyo, que pasa por el Oriente de la
gran laguna de Titicaca, y por el pueblo de Asillo se aparta al Oriente el camino que va a la provincia
de Caravaya donde hay riquísimas minas, o desbarrumbaderos de oro volado de pepitas de subida
ley ... los mineros y demás gente que viven en ella salen a proveerse de bastimentos y de lo demás
necesario para las minas al pueblo de Asillo, y por otro camino al de Guancané, que dista de Asillo
al Sur 15 leguas…Con esta provincia [de Carabaya] confina por el Poniente la de Asillo y Asangaro,
que está en la gran tierra del Collao; todos los pueblos de esta provincia, como son Asillo, Asangaro,
Horuro y otros son muy ricos y poblados de gente” (Vázquez de Espinosa [1628] 1969: 399).
3 “Inmediato al Corregimiento y provincia de los Canas en el camino real de Potosí está el Corregi-
miento de Cabana y Cabanilla, entre el de los Canas y la provincia de Paucarcolla por el Sur; tiene
el Corregimiento 23 pueblos, que son, Cabana, Cabanilla, Vilque, Mañaso, Orurillo, donde asiste el
Corregidor que provee el Virrey en esta provincia Hatuncolla Nicasio Jullaca y el Pucara que está de
Ayavire 4 leguas, del Cuzco” (Vázquez de Espinosa [1628],1969: 398).
390 / La red vial Inka en la R egión Puno
Mapa 1. La Red Vial en la cuenca del Titicaca y los sitios arqueológicos asociados
391 / Segisfredo López Vargas
Precisamente, a través de la cuenca del río Tambo, baja un ramal del Qhapaq Ñan,
el cual realiza un corto recorrido y se desvía hacia el sur, arribando a las cabeceras del
Osmore en Carumas, Moquegua. De éste, salen otros ramales, también en dirección
sur, recorriendo longitudinalmente los flancos de la Cordillera Marítima y articulan-
do las cuencas de los valles del Locumba, Sama y Caplina (Mapa 1).
En base al registro de los restos de estos caminos realizado por el Programa Qha-
paq Ñan, podemos entender cómo el Estado Inka aprovechó la red vial en esta impor-
tante área del Collasuyo, teniendo como punto de partida los principales pueblos y
centros administrativos provinciales establecidos en la región del lago (Hatunqolla y
Chucuito). Asimismo, podemos conocer cómo es que cada uno de estos valles poseían
sus propios caminos de acceso hacia la sierra y de allí a las llanuras interandinas de
las punas alrededor del lago Titicaca.
Esta red de rutas y caminos habría permitido desde mucho tiempo antes de los
Inkas, el desplazamiento longitudinal y transversal de pobladores y caravanas de
llamas transportando productos de un medio ambiente a otro para intercambiarlos
como parte de un sistema orientado a aprovechar los recursos de un máximo de pisos
ecológicos.
Por otro lado, es interesante observar cómo otros itinerarios y derroteros trans-
regionales localizados en los Andes Meridionales permitieron vincular también, por
ejemplo, las tierras altas en el noroeste argentino con los valles occidentales del norte
de Chile a través del altiplano boliviano. Estas rutas asociadas a apachetas, campos de
geoglifos, sitios con pinturas rupestres y “pascanas” o campamentos temporales fue-
ron identificadas por Lautaro Núñez y Tom Dillehay (1995), permitiéndoles sustentar
el modelo de tráfico caravanero conocido como “Movilidad Giratoria”, modelo que
hoy en día es estudiado y puesto a prueba a nivel de casos concretos investigados en
el desierto de Atacama (Berenguer 2004).
El modelo planteado por Núñez y Dillehay constituye una muy interesante pro-
puesta alternativa a la tesis de Murra que permite entender esta importante actividad
bastante desarrollada en los Andes Meridionales cómo es el tráfico caravanero a larga
distancia entre las tierras altas del este y las bajas del oeste. De igual modo, contribu-
ye a comprender las causas que originaron estos desplazamientos de pobladores de
un medio ambiente a otro en busca de recursos de subsistencia y bienes empleados en
ritos y ceremonias, tanto como a tratar de establecer las rutas empleadas y la función
de los asentamientos asociados.
392 / La red vial Inka en la R egión Puno
hacia el Cusco a través del valle de Sama. La red vial en esta región fue mejorada y
ampliada (Covey 1996; Sutter 2000).
4 Ver Fotos 1-3 del Cuadro de Sitios y Foto 1 del Cuadro de Tramos, Sub Tramo La Raya–
Ayaviri en “El Qhapaq Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC
2005.
394 / La red vial Inka en la R egión Puno
Apacheta 2 Apacheta -
Apacheta 12 Apacheta -
Tabla 1: La relación de monumentos arqueológicos prehispánicos registrados en el Tramo
I La Raya–Ayaviri basada en el Cuadro Índice de la Macroregión Sur (Ver Descripción de
sitios y elementos asociados en INC 2005).
5 Ver foto 1 del Cuadro de Tramos, Tramo Ayaviri–Moho, Sub Tramo Gergachi–Mataro Chico
en “El Qhapaq Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
6 Ver fotos en páginas 137–138 del “Informe por Cuencas Hidrográficas del registro de tra-
mos y caminos campaña 2003–2004, Programa Qhapaq Ñan”, INC 2006.
7 Ver registro fotográfico del camino Sihuayro – Juli, Moho a Ninantaya, Chacalaqueña, Pu-
tina, Cutiri y Cerro Mumu, Azángaro, Chañajari y Conima del Tramo Ayaviri–Moho en “El
Qhapaq Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
396 / La red vial Inka en la R egión Puno
Desde el poblado de Jayllihuaya, al sur de Puno, parten tres tramos: Uno hacia
Ichu, otro a Salcedo y el tercero al cerro Putina. El que va a Ichu se desplaza por el
suelo rocoso, sin calzada preparada ni muros. El que se dirige a Salcedo presenta es-
caleras bien elaboradas y modificación de la roca para preparar la calzada. El tramo
que enrumba a la parte alta de Jayllihuaya exhibe calzada empedrada y escaleras que
ascienden al cerro Putina. Finalmente, se une con otro que viene de Salcedo y se diri-
ge hacia el poblado de Ichu.
Se debe mencionar que el Programa Qhapaq Ñan identificó un segmento de cami-
no de 3 m de ancho que se dirige de Jayllihuaya a Jallu Jalluni. Este camino pasa por el
cerro Ulpitani. Así, el camino de Jallu Jalluni se dirige a Tacacachi y desaparece en el
cerro Atojja, próximo a Chucuito. En las afueras de este pueblo se reconoció un cami-
no que va casi paralelo a la carretera rumbo a Desaguadero y pasa por los poblados de
Conchani y Camata (INC 2005: 7, 2006: 139).
En la zona de Acora se identificó un camino cerca del poblado de Chusamarca con
dirección al caserío de Ulluri, segmento de camino que a pocos metros después se
pierde. Sin embargo, otros segmentos del camino están en buenas condiciones. Aquí
la vía tiene un ancho que varía entre 4 y 8 m. Parte del camino que conducía a Juli ha
sido deteriorado por las aguas del lago Titicaca y los campos agrícolas. Este segmento
de camino tiene un ancho de 8 m y cuenta con canales de drenaje laterales.
Del centro poblado El Molino, la trocha carrozable que conduce a la comunidad de
Sihuayro, corta el camino de 3 m de ancho que se dirige a la ciudad de Juli. Continúa
hasta el río El Molino, recorre los cerros Caballane y Caracollo, pasa por el pueblo de
Tacalla y el cerro Tutucane, de donde desciende hasta la zona urbana de Alto Juli, lu-
gar en el que se pierde. Presenta muros laterales cuya conservación disminuye hasta
mostrar sólo hileras de piedras conforme se acerca al pueblo, también conserva algu-
nas partes empedradas (INC 2005: 7, 2006: 139).
En el sector de Pomata se registran dos ramales que se unen e ingresan al pueblo
del mismo nombre, en donde el camino se convierte en una calle. Tiene un ancho de
5 a 6 m, presenta escaleras y calzada empedrada.
De Tuquina a Tambillo se identificó un segmento registrado en el sitio de Chaca
Chaca con calzada elevada. Ingresa al poblado de Tuquina donde es cortado varias ve-
ces por la carretera asfaltada que conduce a Desaguadero. Cabe mencionar que cruza
por el poblado de Tambillo, yendo paralelo a la carretera.
En la comunidad de José Carlos Mariátegui, poblado de Parco, se identificó una
sección que cruza todo el pueblo. Finalmente en Chua Chua, poblado cercano a Zepi-
ta, se registró el camino de 3 m de ancho que ingresa hasta la parte media del pueblo,
perdiéndose luego su trazo (INC 2005: 7, 2006: 139; Tabla 4).8
Entre Pucará y Sillustani no se han registrado evidencias del camino, tampoco en
la zona de Desaguadero.
8 Ver registro fotográfico del camino en las localidades de Jayllihuaya, Salcedo, Sillustani,
Huancho Alto y Conchani del Tramo La Raya – Ayaviri en “El Qhapaq Ñan en la Macro Re-
gión Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
398 / La red vial Inka en la R egión Puno
9 Ver foto 1 del Cuadro de Tramos y fotos 1 - 2 del Cuadro de Sitios del Sub tramo Hatun Apa-
cheta – Quimillone en “El Qhapaq Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua,
Tacna”, INC 2005.
399 / Segisfredo López Vargas
10 Ver foto 1 del Cuadro de Tramos, Sub tramo Tambo de Ají – Tambo de Sal en “El Qhapaq
Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
11 Ver foto 1 del Cuadro de Tramos, Sub tramo Tambo de Sal – Tambo Tunupa en “El Qhapaq
Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
400 / La red vial Inka en la R egión Puno
rectangulares elaboradas de piedras unidas con mortero de barro. Presenta, tumbas cir-
culares construidas con los mismos materiales en la parte superior del sitio. Las paredes
internas de las tumbas tienen un ancho promedio de 0,90 m y un diámetro externo de 4
m. En superficie hay fragmentos de cerámica (INC 2006: 141).
Quimillone 3
Localizado en el departamento de Puno, provincia de San Román, distrito de Cabanillas,
al noreste del río Quimillone, está constituido por una tumba prehispánica y de estruc-
turas de origen colonial ubicadas en una planicie natural. La tumba prehispánica es
cuadrada (2,50 m por lado) y está construida con piedras labradas unidas con mortero
de barro. Los cimientos de piedra tienen una altura de 0,30 m, a partir de los cuales se
edificó muros de adobe de 0,40 m de altura. La tumba se encuentra 15 m al noreste de la
estructura rectangular que aún es habitada.
La estructura rectangular tiene cimientos de piedras y muros de adobe. Mide 6 por 12
m (norte - sur). Presenta una banqueta externa de piedra de 0,60 m de ancho. A 15 m de
esta estructura, hay una iglesia de origen colonial frente a un espacio abierto a manera
de plaza. Tiene cimientos de piedra y un frontis de 10 m de ancho con muros de 1 m de
espesor. La torre o campanario es cuadrada (2 m de lado) (INC 2005: 7, 2006: 141).12
Tambo de Ají
Se ubica en el departamento y provincia de Arequipa, distrito de San Juan de Tarucani, so-
bre la ladera norte del cerro Ajana. Presenta estructuras de filiación Inka y Colonial. La ocu-
pación Inka corresponde a un edificio de 32 m de largo y 8 m de ancho, con muros de piedra
y barro de 0,80 m de ancho y una altura de 1,80 a 2 m. En cambio, la edificación colonial sólo
conserva los cimientos y fue construida con piedra y barro. El sitio abarca un área de 4.920
m2. Tiene un patio central amplio rodeado de numerosos recintos (INC 2006: 142).13
12 Ver fotos 1–4 del Cuadro de Sitios del Tramo Mañazo – La Joya en “El Qhapaq Ñan en la
Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005, y foto de página 145 en el
“Informe por Cuencas Hidrográficas del registro de tramos y caminos campaña 2003–2004,
Programa Qhapaq Ñan”, INC 2006.
13 Ver foto 1 del Cuadro de Sitios del Tramo Mañazo – La Joya en “El Qhapaq Ñan en la Macro
Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
401 / Segisfredo López Vargas
Tumbas y dispersión de
Ojecancha -
material lítico y cerámico
Tumbas y dispersión de
Achacune -
material cerámico
Tumba y dispersión de
Quebrada Achacune 1 -
material lítico
Abrigo rocoso con pinturas
Mañazo - Quebrada Achacune 2 -
rupestres
Valle de
Arequipa Quebrada Achacune 3 Estructura circular -
Hullata Baja 1 Tumba -
Yurac Cancha o Cancha
Tumbas circulares Inka
Blanca
Rinconada Tumbas -
S/N Tumbas circulares -
Tambo de Ají Recintos Inka - Colonial
Recintos habitacionales y Horizonte Tardío -
Tambo Tunupa
corralones Colonial - República
Inka - Colonial - Re-
Pampa Falda del Misti Corralón
pública
Tambo de León Tambo Horizonte Tardío
Complejo de terrazas Horizonte Tardío -
Tambo Agua Dulce
agrícolas República
Yumina Tambo Inka
Tambo 1 de la Pampa
Tambo Colonial - República
Falda del Misti
Tambo 2 de la Pampa
Apacheta Colonial - República
Falda del Misti
402 / La red vial Inka en la R egión Puno
Sube por la quebrada de Ansamani hasta llegar a un cruce donde existe un ramal
que conduce a la comunidad de Pobaya, cerca de la necrópolis de Pukara, lugar en
dónde presenta escaleras y otros caminos que se dirigen hacia la localidad de Yunga.
Pasa frente al poblado de Totalaque y el túnel del cerro Quequesana (INC 2005: 34,
2006: 142)14.
Del poblado de Yunga al anexo de La Pampilla, el camino ha sido reemplazado
por una trocha carrozable, incluso en la comunidad de Exchaje, a partir de la cual
las escaleras han sido restauradas por los lugareños. En la quebrada de Tucayo, las
evidencias del camino consisten en muros de contención y escaleras que miden 4,5
m de ancho.
El recorrido prosigue por Patapampa, el poblado de Lucco (distrito de Lloque), las
laderas del cerro Queñaccasa, la quebrada de Chintari, Poroqueña, las comunidades
de Coroise y Chojata. Se desplaza por la ladera del cerro Saucinto, desciende por la
quebrada León y llega hasta la ribera del río Tambo y al sitio Incano.
A través de una trocha, que fue parte del trazo prehispánico, se alcanza la comu-
nidad de Huarina. Desde Huarina, sigue por una zona escarpada muy cerca del cauce
del río Tambo, sobre el cerro Collahuaqui. Parte del camino se ha destruido y sólo se
aprecian los muros y la calzada de 1 a 1,5 m de ancho.
Continúa y pasa por Matalaque, se encuentra en buen estado. Presenta calzada
empedrada hasta el punto donde es cortado por la trocha carrozable y con la actual
14 Ver foto 13 del Cuadro de Tramos del Tramo Ichuña – Quinistaquillas en “El Qhapaq Ñan en
la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
403 / Segisfredo López Vargas
carretera, cerca de la quebrada de Tucune. Sigue en ascenso por el cerro Jatun Pucro
rumbo al pueblo de Cacahuara, el anexo de Yalaque, la quebrada de Cacahuara, el
cerro Pampaqueñija y las quebradas Chichilaque y Juchuychichilaque.
En esta ruta se identificaron veintitres sitios arqueológicos, entre ellos, dos apa-
chetas, algunos de estos sitios están en la Tabla 6.
15 Ver fotos 1–16 del Cuadro de Tramos del Tramo Ichuña–Quinistaquillas en “El Qhapaq Ñan
en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
404 / La red vial Inka en la R egión Puno
Asentamiento: Terrazas
Ichuña - agrícolas, área funeraria, Período
Quinistaquillas Cerro Pucará
estructuras aisladas y Intermedio Tardío
plataformas
Cueva con pintura Período
Cueva de Chintari
rupestre Intermedio Tardío
16 Ver fotos 1–4 del Cuadro de Tramos del Sub Tramo Yaragua – Quinistaquillas en “El Qhapaq
Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
17 Ver foto 1 del Cuadro de Tramos del Sub Tramo Yojo–Yaragua en “El Qhapaq Ñan en la
Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
406 / La red vial Inka en la R egión Puno
18 Ver fotos 1–2 del Cuadro de Tramos y foto 1 del Cuadro de Sitios del Tramo Carumas–Ja-
guay Chico en “El Qhapaq Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”,
INC 2005.
407 / Segisfredo López Vargas
En el sector de Loripongo, margen izquierda del río Ilave, a la altura del puente
del mismo nombre, la calzada es de 3,50 a 4 m de ancho y va delimitada con piedras
de 0,30 m de lado.
El camino pasa cerca del poblado de Chujulay, cruza el río Cuellar, en la quebrada
del mismo nombre y arriba a Ilubaya. De esta localidad desciende por unas escalinatas
reconstruidas por los pobladores, localizadas en la quebrada de Barbarita, y continúa
rumbo hacia la comunidad de Sabaya (cerca de Torata). La vía registrada se desplaza
por el cerro Buenavista, el sector de Pampa Buena Vista, Tambo de Camata, el cerro
Mogote y el sitio arqueológico de Quele.
19 Ver registro fotográfico del Cuadro de Tramos y del Cuadro de Sitios correspondiente al
Tramo Pichacani–Quebrada Honda en “El Qhapaq Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa,
Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
408 / La red vial Inka en la R egión Puno
Arkopunko
Se ubica en el departamento y provincia de Puno, distrito de Pichacani. Se trata de
un área funeraria conocida como Arkopunko, la cual forma parte del Complejo Ar-
queológico Inka de Cutimbo. El complejo está conformado por un conjunto de sitios
como: Cutimbo Chico, Cutimbo Grande, Arkopunko, Mallku Amayo, Poque, Chata,
Ñuñamarka y otros, los cuales presentan decenas de chullpas y cuevas funerarias jun-
to con miles de estructuras circulares, posiblemente correspondientes a tumbas. El
sitio comprende por lo menos 33 chullpas que se encuentran aisladas o en pequeños
grupos sobre la ladera norte y este, principalmente (INC 2006: 146)20.
Cementerio Humchoca
Se localiza en el departamento y provincia de Puno, distrito de Pichacani, sobre un
pequeño cerro aterrazado en Soquesani. La cima presenta ocho entierros correspon-
dientes a tumbas circulares de la época Inka (hilera de piedras alargadas de regular
tamaño colocadas verticalmente). Sus medidas varían entre 2,40 y 3 m de diámetro y
alcanzan una altura de 0,80 a 1 m.
Andenería de Chujulay
Se ubica en el departamento de Moquegua, provincia Mariscal Nieto, distrito de
Torata. En el descenso desde el poblado de Chujulay hasta Pampa Colorada, fueron
registrados andenes prehispánicos asociados a canales. El sitio corresponde a una
ocupación del Período Intermedio Tardío (Estuquiña). Hacia el valle de Quele, el ma-
terial constructivo de estas terrazas se va modificando, es decir, las piedras son más
delgadas y las terrazas no son muy extensas.
20 Ver foto en página 146 en “Informe por Cuencas Hidrográficas del registro de tramos y
caminos campaña 2003–2004, Programa Qhapaq Ñan”, INC 2006.
409 / Segisfredo López Vargas
Tambo de Camata
Se encuentra en el departamento de Moquegua, provincia Mariscal Nieto, distrito
Torata y forma parte del Complejo Arqueológico de Camata. Está asociado con un
camino que es cortado en varios sectores por la Carretera Interoceánica. Correspon-
de a un tambo Inka con aproximadamente 32 depósitos cuadrados de 4 m de lado,
alineados y asociados con recintos y terrazas agrícolas abandonadas de 0,70 a 1 m de
alto. Todos presentan accesos con escaleras de piedra, voladizos en los muros y, en la
parte externa, hornacinas. Los muros de 0,85 a 0,90 m de ancho fueron construidos
con piedras unidas con mortero de barro.
En este tramo se registraron veintisiete sitios arqueológicos. Entre los cuales des-
tacan: Arkopunko, Cementerio Humchoca, Andenería de Chujulay, Cerro Buena Vista
y Tambo de Camata, además de un puente y tres apachetas (INC 2006: 145-147 ver
cuadro Macroregión Sur, Tramo XVI Pichacani - Quebrada Honda. Ver Descripción de
sitios y elementos asociados en INC 2005; Tabla 9).
Finalmente, el camino entre Kencco y Las Yaras continúa desde Coruca por la mar-
gen izquierda del río Sama hacia Palanca, ubicado en la margen derecha. El camino
utilizado para la comunicación entre Sama y Torata es de 2 m de ancho y la calzada es
de piedra. Presenta escaleras; además de muros con una altura de 1 m y un ancho de
0,30 a 0,40 m (INC 2005: 45, 2006: 148).
En este tramo se identificaron dieciocho sitios prehispánicos. Entre los principa-
les destaca Chipispaya y dos apachetas (INC 2006: 147-148. Ver cuadro Macroregión
Sur, Tramo XVII Kencco - Las Yaras. Ver Descripción de sitios y elementos asociados
en INC 2005; así como a continuación y en la Tabla 10).
Chipispaya
Se ubica en el departamento de Tacna, provincia de Tarata, distrito de Chucatamani.
Se trata de un tambo localizado frente al pueblo de Londaniza, sobre un montículo
natural con una planicie en la cumbre. Está compuesto por un conjunto de estructu-
ras rectangulares en cuyo interior existen restos de molienda (manos y batanes) y
asadas de piedra. La parte sur del sitio presenta terrazas con muros de contención y
dos recintos de planta cuadrangular construidos de piedra. Hacia el norte, a unos 20
m contiguos al cerro, se ubican unas qollqas circulares de 1,50 m de diámetro, elabo-
radas de piedras sin cantear y cantos rodados unidos con mortero de barro, y tumbas
circulares de 0,80 m de diámetro (INC 2005: 49)21.
21 Ver foto 1 del Cuadro de Sitios correspondiente al Tramo Kencco – Las Yaras en “El Qhapaq
Ñan en la Macro Región Sur: Arequipa, Puno, Moquegua, Tacna”, INC 2005.
412 / La red vial Inka en la R egión Puno
Esta vía que parte de Candarave presenta muros laterales elaborados con piedras.
La altura de estas construcciones varía entre 0,70 y 1,50 m. Asimismo, restos de ca-
nales asociados al camino fueron identificadas desde este poblado hasta el puente
Yucamani. Estos canales han sido cortados y destruidos por la carretera. El camino
debió cruzar el río Yucamani; sin embargo, el puente antiguo no fue identificado sino
más bien uno de factura moderna.
Además, hay varios caminos menores que conducen hacia andenes y cerros. Va-
rios canales de 0,20 y 0,49 m de ancho, elaborados con piedras, se encuentran en el
recorrido, algunos de los cuales siguen en uso.
Asociados a este camino fueron identificados ocho sitios arqueológicos (INC 2006:
149 ver cuadro Macroregión Sur, Tramo XXXI Candarave - Valle de Locumba. Ver
Descripción de sitios y elementos asociados en INC 2005; así como Tabla 11).
S/N Petroglifos -
S/N Petroglifos -
S/N Área funeraria -
S/N Petroglifos -
Tabla 11: La relación de monumentos arqueológicos prehispánicos registrados en el Tra-
mo Candarave – Valle de Locumba basada en el Cuadro Índice de la Macroregión Sur.
Este camino presentó sólo dos sitios arqueológicos asociados (INC 2006: 150. Ver
cuadro Macroregión Sur, Tramo XXXII Chejaya – Ilabaya. Ver Descripción de sitios y
elementos asociados en INC 2005; así como en Tabla 12).
Challahuay Apacheta -
S/N Apacheta -
Tabla 13: La relación de monumentos arqueológicos prehispánicos registrados en el Tra-
mo Tarata – Candarave basada en el Cuadro Índice de la Macroregión Sur.
Comentarios finales
En esta sección queremos abordar dos aspectos singulares del sistema vial en esta
área del Tawantinsuyo. Se trata de las características constructivas de las vías en el
altiplano y los valles, y un tipo particular de sitio arqueológico asociado a los caminos
localizados en esta región donde ha sido registrada la red vial: Las apachetas.
tros de peregrinación como la Isla del Sol y de la Luna en el lago Titicaca o volcanes
como el Putina y el Ampato.
Es importante destacar que la red vial Inka fue construida integrada al paisaje
andino convirtiéndose en parte de él. Los caminos que configuraron esta red en
la cuenca del Titicaca permitieron recorrerlo contemplando la naturaleza y la in-
mensidad de montañas nevadas, lagos y lagunas considerados en el mundo andino
antiguo como los lugares de origen de los hombres y fuente de la vida animal y ve-
getal; y por lo tanto, espacios naturales sagrados donde acudían mujeres y hombres
en romería para venerar a sus ancestros, así como para ofrendar y pedir consejo o
favores a los oráculos.
La calzada de los caminos en la cuenca del Titicaca fue construida de tierra o em-
pedrada; elevada para cruzar bofedales y áreas inundables o al ras de la superficie
de la puna cubierta de ichu. El trazo del camino fue recto cuando las condiciones del
terreno así lo permitieron o ligeramente sinuoso al ir por laderas de cerros y remon-
tar pendientes por medio de escalinatas de piedra. Estuvo delimitado por simples
alineamientos de piedras en las llanuras o con muros de este mismo material en las
laderas.
El Camino Longitudinal de la Sierra o Qhapaq Ñan en la cuenca del Titicaca exhibe
estos componentes arquitectónicos arriba mencionados y un ancho entre 3 y 10 m. En
cambio, los caminos transversales hacia los valles occidentales eran anchos en zonas
relativamente llanas pero amplias; y angostos en las laderas y quebradas. En estos
lugares necesitaban de muros de contención para conformar la plataforma así como
de rampas y escalinatas para descender y remontar las pendientes. El ancho de estos
caminos transversales varía entre 2 y 12 m.
Estas características constructivas de los caminos transversales han sido observa-
da en este mismo tipo de caminos en otras regiones de los Andes Centrales; sin em-
bargo, la diferencia con respecto a estos estriba en el ancho de las vías transversales
arriba descritas.
Andes Meridionales, por su ubicación y el significado que pudo tener para los viajeros
conforme es referido en las crónicas y relaciones de viaje, tanto como la función que
cumplió dentro de la red vial.
Las apachetas
Las apachetas son definidas como pequeños montículos artificiales de disposición más
o menos cónica formados por innumerables piedras de distintos tamaños, colores y
formas, colocadas unas sobre otras y ubicados en medio o a la vera de los caminos. Los
caminantes al llegar al lugar donde éstas se encontraban, arrojaban las piedras for-
mándolas de diferentes dimensiones según el nivel de tránsito en los caminos (Regal
1936, Hyslop 1992, Vitry 2004, Gentile 2005) (Figura 1).
Figura 1. Apacheta a la vera del camino en Palca, Tacna. Al fondo, el nevado Tacora, Chile.
Squier comentó que los pasos en las montañas estaban marcados por enormes
pilas de piedras erigidas, como “los mojones de Escocia y Gales”, que cada viajero
echaba como ofrenda a los espíritus de las montañas y como invocación de su ayuda
para soportar las fatigas del viaje. Además, explica que éstas señalaban las rutas de
viaje definiendo con exactitud las líneas de comunicación junto con los restos de tam-
bos (Squier 1974 [1877]: 293-294). Este viajero reconoció la apacheta de La Raya en el
paso o limite natural del mismo nombre cuando recorría el camino antiguo de Puno
a Cusco (Squier 1974 [1877]: 293–294; Regal 1936: 132).
22 Localidades ubicadas en la ruta del Camino Longitudinal de la Sierra que parte del Cus-
co hacia la región del Chinchaysuyo, vinculando Cusco con Andahuaylas y Vilcashuaman,
este último lugar en Ayacucho, para citar sólo las dos primeras llaqtas de importancia para
el Estado Inka en esta región.
23 Carta Annua fol. 141v Documento 44 Colegio del Cuzco. En: La Cosmovisión Religiosa An-
dina en los documentos inéditos del Archivo Romano de la Compañía de Jesús 1581–1752,
Mario Polia Meconi, 627, pp. 1999, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.
24 En el camino desde la ciudad de Ayaviri hacia el distrito de Orurillo por la quebrada de
Punku Punku, pudimos observar cómo en una zona de peñas del cerro Torrini, justo donde
la quebrada se estrecha mucho, los caminantes colocaban en las grietas del perfil rocoso
junto al camino, pequeñas piedras así como bolos de hoja de coca escupidos (“acullicos”).
419 / Segisfredo López Vargas
Los sacerdotes doctrineros de los siglos XVI y XVII escribieron que las apachetas
o “rimeros de piedras” se localizaban “en el alto de una cuesta” o “(...) muy de hordinario
en los caminos reales enlas cumbres / delas subidas de cuestas y enlas encrucijadas y juntas de
caminos” (Polia 1999: 253, 358, 417-418).25
Las apachetas han sido identificadas en zonas montañosas como abras o pasos,
cimas o laderas de cerros y quebradas. Muy rara vez en lugares a baja altitud. Hys-
lop en sus reconocimientos arqueológicos las registró siempre sobre los 4.200 msnm
(Hyslop 1992: 199-205).
Víctor von Hagen identificó una apacheta en el camino de Macusani rumbo a la
selva cruzando la cordillera de Carabaya. La describe como “la primera lápida (sic)
que marcaba la división continental. A partir de ese punto todos los ríos confluían
hacia el Amazonas” (von Hagen 1977: 75).
Lautaro Núñez identificó un conjunto de apachetas en la zona altiplánica fronte-
riza entre Chile y Bolivia, en las rutas de caminos que desde el altiplano y valles alto
andinos descienden transversalmente a las zonas medias de los valles occidentales
y a la costa. Los lugares donde las registró corresponden a las alturas de los valles
de Camarones, Camiña, Tarapacá, Mamiña, Pica y Guatacondo, en el norte de Chile
(Núñez 1976: 165, 190).
Hyslop, quien registró algunas apachetas en Ecuador, Bolivia y Argentina, pro-
puso algunos planteamientos generales referidos al patrón de localización espacial
de las apachetas, basándose en sus propios reconocimientos y en los que realizaron
otros investigadores como Karen Stothert y Lautaro Núñez, y el cual consiste en que
éstas se localizaron en los bordes de los Andes desde donde las montañas descienden
ampliamente hacia el oeste y este; así también formula algunas interrogantes a absol-
ver con mayores investigaciones, específicamente excavaciones arqueológicas en las
mismas apachetas (Stothert 1967; Núñez 1976; Hyslop 1984, 1992).
El Programa Qhapaq Ñan del Instituto Nacional de Cultura registró apachetas en
el Camino Longitudinal de la Sierra, así como en diferentes vías transversales que se
desprendían de este y que se dirigían a la costa del Océano Pacífico como a la ceja de
selva.
Este programa en sus campañas de campo de los años 2003 y 2004 identificó 144
apachetas localizadas en las Macroregiones Centro, Centro Sur y Sur.26 La mayor can-
tidad de ellas se localiza en la Macroregión Sur (98), en menor número en la Macro-
región Centro Sur (33) y, finalmente muy pocas en la Macroregión Centro (13). En la
Macroregión Norte no se ha registrado ninguna hasta el momento.
25 Ver Cartas Annuas [1597 Colegio del Cusco p. 253 Doc. 8], [1614 provincia de Chinchayco-
cha fol. 258 Doc. 29], [1618 Abancay fol. 388 Doc. 33]).
26 Macrorregión Norte: Tumbes, Piura, Lambayeque, La Libertad, Cajamarca, Amazonas y San
Martín; Macrorregión Centro: Lima, Ancash, Huanuco, Pasco, Junín; Macrorregión Centro
Sur: Ica, Huancavelica, Ayacucho, Apurimac; Macrorregión Sur: Arequipa, Moquegua, Tac-
na, Puno.
420 / La red vial Inka en la R egión Puno
Estos datos nos llevan a proponer que la presencia de las apachetas en los caminos
del departamento de Puno y en los que parten de este hacia Arequipa, Moquegua y
Tacna se debe a la amplitud de los Andes Meridionales. Aquí las rutas de descenso a
la región costera son extensas, por lo cual era necesario la presencia de las apachetas
como marcadores del camino para guiarse y no extraviarse al recorrerlas en varias
jornadas de viaje. Núñez en el norte de Chile no sólo reconoció apachetas asociadas
sino geoglifos y pinturas rupestres.
Mostajo escribió que “...las apachetas no señalan los puntos más altos, sino los
lugares desde los cuales uno descubría un nuevo horizonte o un accidente capi-
tal de la naturaleza…” (Tomada por Hyslop 1992: 204 de Regal 1936: 19). En este
sentido, desde una apacheta registrada en el camino que cubre la ruta Mañazo -
San Juan de Tarucani se divisa el nevado Huarancante así como el volcán Ubinas
en Moquegua y desde otra apacheta en la misma ruta, el volcán Pichu Pichu en
Arequipa.
El origen de estos pequeños sitios asociados a los caminos fue atribuido a los Inkas
por Santa Cruz Pachacuti (1993 [1613]: 201) y Guaman Poma (1988 [1613]: 236); sin
embargo, las investigaciones emprendidas por Núñez sobre rutas caravaneras y geo-
glifos en ellas sugieren que las apachetas pertenecerían a un tiempo anterior a los
Inkas. Dicho investigador identificó caminos, geoglifos y apachetas en varias rutas del
altiplano boliviano hacia la costa norte chilena que datarían de época tardía pre–Inka
e incluso algunos de ellos de época Inka (Núñez 1976).
El análisis de estos sitios asociados en los caminos en la cuenca del Titicaca y valles
occidentales, por ejemplo, debería buscar explicar porqué éstas se encuentran más
en los Andes del sur y cada vez menos hacia el norte y si ésta presencia tiene alguna
relación de origen con esa larga tradición de caravaneros altiplánicos que siguen ru-
tas desde el altiplano boliviano a la sierra y costa sur peruana, norte chileno y noroes-
te argentino conformando una red de trafico interegional.
27 Díaz y Ccachura registraron también una base de tres niveles elaborada de piedra y cemen-
to localizada en el tramo Jayllihuaya, de la ruta Ayaviri - Desaguadero, en Puno. Esta tam-
bién tiene pequeñas piedras depositadas en ella (apacheta). Asimismo, Vela y Luján (2005)
identificaron varias apachetas y sobre ellas algunas cruces en el camino Huaylillas - Tacna,
localizado en las alturas de Palca. Por otro lado, Vitry registró un altar con una cruz en el
abra Varela (3300 msnm) localizada en el tramo del camino Morohuasi - Incahuasi (Salta,
Argentina), asociada a cimientos de muros (Vitry 2000: 143).
28 Los cristales de cuarzo, conforme escribe Polia, especialmente el cristal de roca, siempre
han gozado en los Andes de prestigio sagrado. Tal vez por su transparencia expresan la
idea de pureza sugerida por la penetrabilidad a la luz de una materia tan dura y compacta
como la que componen estas “piedras de luz”. En la Carta Annua Doc. 33 fol. 387v del año
1618 procedente de la misión de la provincia de Huaylas, el sacerdote Diego Álvarez de Paz
descubrió un ídolo vestido hecho de “cristal tosco” el cual era objeto de cuidado y servi-
cio por una mujer dedicada a ello (Polia 1999: 174-175, 414). En el pueblo de Cochamarca,
corregimiento de Cajatambo, el visitador de idolatrías Joseph Laureano de Mena en su re-
lación del año 1667: “Sentencia de la causa hecha contra Augustina Grimaldo, zamba del pueblo
de Cochamarca, por habersele opuesto el ser hechicera”, relató cómo descubrió un idolillo de
cristal al cual ésta mujer asistía. Este idolillo hasta poseía vestidos (Duviols 2003: 489).
423 / Segisfredo López Vargas
En estas rutas, la presencia de apachetas en las zonas cordilleranas guían las rutas
hacia la costa peruana y chilena. En el caso de la costa chilena, además de las apache-
tas, conjuntos de geoglifos localizados en las partes medias y bajas de los valles trans-
versales funcionan como marcadores espaciales y pascanas29 en los caminos y cuyo
carácter ritual y ceremonial fue planteado por Núñez (Núñez 1976, 1995).
Finalmente, este resumen acerca de la red vial y los sitios asociados en la cuenca
del Titicaca y los valles orientales y occidentales es una primera aproximación para
entender el Sistema Vial Inka en esta importante región del Collasuyo y estimular su
mayor estudio. El conocimiento de estas rutas utilizadas por los primeros pobladores
del altiplano, los valles y la costa, así como por las sociedades que siglos después se
desarrollaron en este vasto territorio han de permitirnos comprender las relaciones,
contactos e intercambios establecidos entre ellos, quizás tanto como entender sus
sistemas de asentamiento y aprovechamiento de los diferentes recursos que ofrecía
esta rica región de los Andes Meridionales.
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29 Lugar de descanso al final de cada jornada de viaje donde se detenían las caravanas de
hombres y animales a pernoctar después de largas travesías por diversos ecosistemas
(Núñez 1976: 180).
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