En El Reino Del Preste Juan
En El Reino Del Preste Juan
En El Reino Del Preste Juan
todo lo veía?
Ejemplos claros se tiene en The Book of Vices and Virues, en inglés, o en francés
el Somme le Roi, éste último escrito por Lorens D’Orléans. Ambas obras presentan las
siete virtudes que se contraponen a los siete pecados capitales y que a su vez se basan
en la fe cristiana: sabiduría, entendimiento, consejo, fuerza, conocimiento, compasión y
temor a Dios. En español, de entre las obras que se tienen bajo el concepto de Speculum
Princeps son el Libro del Conde Lucanor y también el Libro de Alexandre, un texto que
versa sobre la vida de Alejandro Magno, pero con tintes medievales. Tales obras
incluyen consejos propios del Speculum Princeps, como consejos de guerra, política,
amistad etc. Ambas obras están relacionadas entre sí debido a la estructura similar que
tienen. Las dos obras tienen un personaje principal, el cual es miembro de la nobleza. Y
un consejero sabio que los guía a encontrar la mejor solución a sus problemas.
Varias misivas, escritas por un personaje que se hacía llamar Preste Juan de las Indias,
llegaron a manos de importantes líderes políticos y espirituales en 1165, entre los que
se incluían el emperador de Sacro Imperio Germánico, Federico Barbarroja; el
emperador bizantino de Constantinopla, Manuel Comneno; Luis VII, rey de Francia; el
monarca luso Alfonso Enriques y el Papa Alejandro III de Roma. El misterioso
documento –cuyo remitente aseguraba que vivía en alguna parte de la difuminada
geografía de Oriente– aludía a las enormes riquezas y gran poder que ostentaba su autor,
el Preste. Este rex et sacerdos (rey y sacerdote) se confesaba cristiano, aunque algunos
creyeron que pertenecía en realidad a la herejía de los nestorianos. Los receptores de la
carta vieron en el poderoso rey cristiano un excelente aliado para luchar contra los
musulmanes. La respuesta del Alejandro III a la misiva del Preste se demoró casi cinco
años, pero contó con un mensajero de lujo: su médico personal, un tal Phillipus. Nada
se sabe del resultado de este viaje. La espesa niebla del tiempo ocultó este curioso
episodio.
La misiva, en la versión destinada al emperador de Constantinopla, empezaba así: «El
Preste Juan, por virtud y la gracia de Cristo Jesús, rey de todos los reyes cristianos y
señor de todos los hombres de la Tierra, salud y gran amor envía al muy gentil
Emperador, defensor de Constantinopla. Sabed que le desea salud para que prevalezca
y conquiste grandes riquezas (…) Soy Señor de los Señores y supero en toda suerte de
riquezas a las que hay bajo el cielo, así como en virtud y en poder a todos los reyes del
universo mundo. Setenta y dos reyes son tributarios nuestros. Cristiano devoto soy y a
los cristianos pobres que, en cualquier parte se hallan bajo el imperio de Nuestra
Clemencia, los protejo». Más adelante, el documento aludía a los habitantes del
enigmático reino: las míticas mujeres amazonas, los pueblos condenados de Gog y
Magog y hombres salvajes, además de centauros, unicornios y dragones adiestrados por
sus súbditos. La carta del Preste Juan estaba pergeñado de términos alquímicos,
lapidarios medievales y, quizá, un mensaje críptico dirigido a la cristiandad. Es posible
que parte del mito del Preste Juan se gestase en la India. Sus habitantes creían en la
estrecha relación entre el oro y la longevidad, un asunto que parecía interesarle al Preste
especialmente. Los hindúes desarrollaron una «alquimia de la medicina», disciplina
centrada en el estudio de la inmortalidad y del espíritu. Precisamente, en los dominios
del rex et sacerdos existiría una fuente de la eterna juventud. La versión de la carta alude
a un «palacio de la inmortalidad», perteneciente al Preste Juan, que una misteriosa voz
ordenó construir a su padre.
Sin embargo, tal como lo observó el viajero italiano Giovanni Pian del Carpine, ya en
el siglo XIII apenas existía alguna tolerancia para los cristianos, y los nestorianos
estaban ya en decadencia precisamente por el ascenso de Gengis Kan, quien tuvo que
contender con rivales que practicaban una síntesis de cristianismo nestoriano y
chamanismo. La leyenda del Preste Juan influyó en los viajes de exploración de la Baja
Edad Media. Cuando en el siglo XV los portugueses entraron en contacto con el reino
cristiano de Etiopía, en África, pensaron que habían encontrado este reino, considerando
al Negus o Negus negusti (Rey de reyes) etíope como el mítico Preste Juan. Otras
leyendas identifican a Preste Juan con Juan el Apóstol, ya que, basándose en el capítulo
21 del Evangelio de Juan, asumen que Juan el Apóstol nunca murió y que seguía vivo
en la Edad Media. El preste Juan podría haber sido alguno de los monarcas de la Etiopía
cristiana. A estas alturas de los estudios históricos la duda es si el Preste Juan fue
realmente un monarca-sacerdote (rex et sacerdos) de carne y hueso, pero mitificado, o
si el personaje se configuró como un hábil artificio de algunos intelectuales de la baja
Edad Media para llevar a cabo un inteligente plan cuyos objetivos no están muy claros.
Algunas teorías —tal vez— sean en exceso osadas, y no pretenden estar exentas de
crítica, pero resultan tan interesantes que merece la pena compartirlas con historiadores
y especialistas en la materia. El reino del Preste Juan supera con creces todos los sueños
y anhelos de los hombres del Medioevo e incluso de los hombres del siglo XXI. ¿Existió
realmente el maravilloso reino del orgulloso y prepotente monarca cristiano en algún
lugar de Oriente? ¿Fue ese lugar solo una leyenda, como los continentes desaparecidos
de Atlántida, Lemuria y otros reinos fantásticos? ¿Quién era aquel Preste Juan? Según
una de las misteriosas cartas que circularon por Europa a partir de 1165 d.C., el soberano
decía de sí mismo: «Y sabed que me llaman el Preste Juan porque debo ser tan humilde
como un sacerdote. Y porque la de sacerdote es la mayor dignidad que existe y porque
Jesucristo fue sacerdote y clérigo, enalteciendo tanto es-te nombre, me llaman el Preste
Juan». Si existió alguien parecido al Preste Juan, ¿dónde vivió y dónde murió? Varios
viajeros no dudaron de su existencia y lo buscaron en los confines de Asia. Algunos
creyeron haberlo encontrado y otros regresaron frustrados y decepcionados después de
una infructuosa búsqueda. Pero nadie se quedó indiferente ante su historia.
El reino de Preste Juan es un lugar que roza la utopía. En aquel amplio territorio,
enigmático y maravilloso, existen enormes desiertos, como el mar de Arena, y bosques
donde viven diversas criaturas o razas humanas que pueden ser monstruosas o
angelicales. Algunos de estos seres, especialmente los más monstruosos, son
devoradores de carne humana, pérfidos, crueles y traicioneros. Otros son leales al Preste
Juan, siempre dispuestos a ayudarle contra los ejércitos invasores. En sus tierras hay
grandes riquezas, especialmente oro y piedras preciosas, que abundan por doquier. En
sus campos crece toda clase de especias y hier-bas medicinales, amén de aquellas que
son capaces de exorcizar los demonios de nuestra alma. Aquellos territorios están
poblados de seres imposibles, sacados de un bestiario fantástico, como los sagitarios,
gigantes, cíclopes, humanos sin cabeza, hombres salvajes con el cuerpo cubierto por
espesa pelambrera, bestias descomunales que recuerdan a los dinosaurios o
monstruosidades devoradoras de hombres. Todos ellos componen un muestrario de
seres que el maestro de los efectos especiales Ray Harryhausen materializó sobre el
celuloide en películas como Simbad y el Ojo del Tigre (1977) o Lucha de
titanes (1981).
En ocasiones el reino del Preste Juan se confunde con el mismísimo Paraíso Terrenal.
Según se deduce de los textos, parte de sus dominios podría albergar el Paraíso o
colindar con él. Es donde nacen los ríos edénicos mencionados en el Génesis bíblico.
Algunos creyeron que tales ríos nacían cerca del Ganges, en la India, o en la zona de
Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates, cuna de la Humanidad. También según la
leyenda, en aquel fantástico reino se erigieron los dos grande palacios del Preste, más
parecidos a escenarios de películas de ciencia-ficción que a edificios medievales. Son
palacios mágicos. En el recinto principal se halla un objeto extraordinario, digno de las
obras de Julio Verne. Es el Gran Espejo que todo lo ve; es el Gran Hermano orwelliano
de la alta Edad Media: un artefacto de respetables dimensiones que sirve para ver
cualquier cosa que suceda en las tierras del poderosísimo soberano. En realidad ese
aparato recuerda una antena que recoge la información de artefactos que sobrevuelan y
fotografían todos los rincones del vasto reino, especialmente para observar rebeliones y
movimientos de tropas enemigas, exactamente como harían hoy los satélites militares
de las grandes potencias. Como puede observarse, la idea de controlar un territorio desde
el cielo no es nueva, ¡sino de hace más de ochocientos años!
El espacio imaginario del reino del rex et sacerdos (rey y sacerdote) estaba constituido
por todas las cosas y seres que invadían los sueños y que fomentaban pesadillas en los
ciudadanos del mundo medieval. Más allá de las fronteras de sus feudos y sus pequeños
reinos sólo había oscuridad, un mundo ignoto habitado por las más quiméricas criaturas
capaces de disparar la imaginación del hombre medieval: de ahí podían surgir lobos
gigantescos y devoradores, duendes y elfos burlones, gigantes aplastadores de cráneos
o víboras capaces de engullir a un descuidado paseante de aquellos penumbrosos
territorios. En la alta Edad Media el imaginario popular se nutría de la tradición
grecolatina, en parte registrada en los libros de la Historia natural de Plinio, o de la
Biblia y los relatos adyacentes. Los textos científicos, literarios y piadosos recopilaban
herbarios, lapidarios y bestiarios, amén de las incipientes novelas de caballería, donde
las sagas del rey Arturo o la búsqueda del Santo Grial excitaban la imaginación de las
gentes.El mismo Preste Juan parecía un personaje extraído de las compilaciones
religiosas y místicas. Como se ha sugerido, la figura de este rey-clérigo podría estar
emparentanda o asociada simbólicamente con un antepasado bíblico, el oscuro
Melquisedec, «rey de Salem, sacerdote de Dios Altísimo». He aquí, quizá, la génesis del
mito del «rey y sacerdote», condición tradicionalmente otorgada al Preste Juan.
De todos los reyes bíblicos, pocos tienen tanto colorido y leyenda como Salomón. Rico
más allá de lo imaginable, sabio más allá de las palabras y conductor de esclavos
inigualable, la más famosa obra de Salomón fue la construcción de un magnífico
complejo de edificios que incluía un opulento templo adecuadamente hecho de las más
finas piedras y generosamente ornamentado con oro puro. En la historia política,
Salomón hizo historia por el restablecimiento de los lazos largamente rotos entre los
hebreos y Egipto. Salomón no sólo llegó a ser un consejero del Faraón Sheshonk I, sino
que se casó con su hija. Durante su estadía en Egipto, Salomón tomó instrucción en la
Hermandad. A su regreso a Palestina, erigió su famoso templo como la casa de la
Hermandad en su propio país. Naturalmente que Jehovah era el principal dios del nuevo
templo, aunque Salomón permitió la adoración de otros dioses locales tal como Baal,
principal dios varón de los Canaanitas. El templo de Salomón fue modelado según el
templo de la Hermandad en El Amarna, excepto que Salomón omitió los lados de la
estructura que habían causado que el templo de El Amarna tuviera la forma de una cruz.
La construcción del templo de Salomón no fue una tarea pequeña. Para llevar a cabo esa
proeza arquitectónica, Salomón trajo a un gremio especial de albañiles constructores
para diseñar la edificación y supervisar la construcción. Ese gremio especial era ya una
institución importante en Egipto y sus orígenes son dignos de ser analizados.
Sin embargo, antes de que fuera inventada la mitología, la Serpiente era un enemigo
literal de los “dioses” gobernantes. Algunos de los seguidores de la Serpiente eran
conocidos como los “Hijos de la Revuelta”, dedicados a destruir a los jefes
“dioses” llamados Custodios y a establecer en su lugar el dominio de la Serpiente (la
antigua Hermandad incorrupta) sobre la Tierra. Después de la derrota y corrupción de
la Serpiente, parece que los Hijos de la Revuelta retornaron y se rebelaron contra la
Hermandad corrupta cuando la misma comenzó a enviar conquistadores desde Egipto.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que los grupos revolucionarios fueran
reabsorbidos por las organizaciones de la Hermandad corrupta y comenzaran a
contribuir con los conflictos artificiales de la Hermandad. Los gremios masones de la
Hermandad sobrevivieron a través de los siglos. Los miembros de los gremios
comúnmente eran hombres libres aún en las sociedades feudales y por esto se les
llamaba con frecuencia: “masones libres”. Las logias de los masones libres
eventualmente dieron nacimiento a prácticas místicas conocidas hoy día como la
Francmasonería. La Francmasonería mística se convirtió en el vástago mayor que
tomaría una gran importancia política más tarde en la historia. A medida que el
conocimiento espiritual dentro de la Hermandad fue reemplazado en el antiguo Egipto
por alegorías y símbolos incomprensibles, las vestiduras se hicieron enormemente
importantes debido a su valor simbólico. La más visible e importante pieza de
vestimenta ceremonial en muchas organizaciones de la Hermandad, incluyendo la
Francmasonería, ha sido el mandil o delantal.
El simbólico mandil, usado en la cintura como un delantal de cocina, proporciona un
sorprendente lazo visual entre los antiguos “dioses” Custodios y la red de la Hermandad.
Muchas de las escrituras jeroglíficas de Egipto pintan a sus “dioses” extraterrestres
vistiendo sus mandiles. Los sacerdotes del antiguo Egipto vestían mandiles similares
como un símbolo de su lealtad a los “dioses” o como distintivos de su autoridad. En el
Museo Egipcio de San José de California se exhibe una estatuilla egipcia antigua
sosteniendo sus manos en una postura ritualista que el Dr. Lewis, de la Orden Rosacruz,
describe como “familiar a todas las logias rosacruces y a miembros de capítulos”. Un
hecho notable de la estatuilla es el mandil triangular que viste el príncipe. En el Museo
Egipcio se cree que la estatuilla fue esculpida hace tanto tiempo como 3.400 años antes
de Cristo, durante la primera dinastía egipcia. Si esta fecha es precisa, entonces el
símbolo del mandil y uno de sus rituales místicos asociado, viene de este período de la
historia egipcia cuando los “dioses” se decía que eran tan reales como para que se
construyeran, amueblaran y mantuvieran casas para ellos. Los más antiguos mandiles
de ceremonias parece que fueron sencillos y sin adornos. Con el paso del tiempo se le
añadieron símbolos y decorados. Quizás el cambio más significativo para el mandil
ocurrió durante el reinado del poderoso Rey Sacerdote Canaanita Melquisedec, quien
logró un puesto muy alto en la Biblia. Melquisedec presidió una rama élite de la
Hermandad llamada según él: el Sacerdocio de Melquisedec. Alrededor del año 2000
a.C., el Sacerdocio de Melquisedec comenzó a fabricar su mandil de ceremonias de piel
de ovejas blancas. La piel blanca fue eventualmente adoptada por la Francmasonería y
desde entonces es usada en el mandil. Si los “dioses” Custodios y la Hermandad
hubiesen confinado sus actividades en el antiguo Medio Oriente y Egipto, el resto de la
historia humana podría haber sido muy diferente y este libro nunca hubiese sido escrito.
En cambio, la red de la Hermandad se expandió por todo el Hemisferio Oriental por
medio de sus conquistas y misioneros agresivos. Uno de los objetivos fue la India. El
Hinduismo estaba por nacer.
Según la Biblia, Sem fue el progenitor de los pueblos semitas: los elamitas, asirios,
caldeos, hebreos, arameos, varias tribus árabes y tal vez los lidios de Asia Menor. De
acuerdo con el texto sagrado, Sem murió a los seiscientos años, longevidad que recuerda
a la del Preste Juan, que según algunos cronistas vivió 540 años. La muerte de Sem
ocurrió unos trece años después de la de Sara y diez años después de que Isaac y Rebeca
se casaran. A partir de estos datos se ha considerado que Sem podría identificarse con
Melquisedec. Otra tradición sugiere que Melquisedec habría sido consagrado a la edad
de cincuenta y dos años en el Paraíso Terrenal por el ángel Mikael (el arcángel Miguel,
el que aparece también en el Juicio Final). Este número simbólico (el número 52)
aparece en la carta del Preste Juan, cuando habla de los «cincuenta y dos duques» que
le sirven a su mesa todos los meses. Pero Tsedeq es también el nombre del planeta
Júpiter, el Zeus de la mitología grecorromana, y dios de los dioses del Olimpo, montaña
que igualmente aparece mencionada en las enigmáticas cartas, plagadas de simbolismos,
por las que conocemos la existencia del Preste Juan.
El calendario maya es cíclico, porque se repite cada 52 años mayas. En la cuenta larga,
el tiempo de cómputo comenzó el día 0.0.0.0.0 4 ajau y 8 cumkú (en notación maya)
que equivale, según la correlación generalmente aceptada,[1] al 13 de agosto del 3114 a.
C. en el calendario gregoriano.. La casta sacerdotal maya, llamada ah kin, era poseedora
de conocimientos matemáticos y astronómicos que interpretaba de acuerdo con su
cosmovisión religiosa, los años que iniciaban, los venideros y el destino del hombre.El
calendario maya, según algunos estudiosos, aparece ya en culturas más antiguas como
la olmeca; para otros, sin embargo, este calendario es propio de la civilización maya.
Las similitudes con el calendario mexica, ofrecen evidencia de que en toda Mesoamérica
se utilizó el mismo sistema calendárico. El sistema de calendario tzolkin consta de 260
días (kines) y tiene 20 meses combinados con trece numerales (guarismos). El tzolkín
se combinaba con el calendario haab de 365 días de 18 meses (uinales) de 20
días (kines) cada uno y cinco días adicionales denominados uayeb, para formar un ciclo
sincronizado que dura 52 tunes o haabs o 18.980 kines (días). La cuenta larga era
utilizada para distinguir cuándo ocurrió un evento con respecto a otro evento del tzolkín
y haab. El sistema es básicamente vigesimal (base 20), y cada unidad representa un
múltiplo de 20, dependiendo de su posición de derecha a izquierda en el número, con la
importante excepción de la segunda posición, que representa 18 × 20, o 360 días.
Sea como sea en estas últimas consideraciones, la idea de un personaje que es sacerdote
y rey todo junto no es muy corriente en Occidente, aunque se encuentra, en el origen
mismo del Cristianismo, representada de una manera destacable por los «Reyes Magos»;
Guenon ya ha señalado esta particularidad en su estudio sobre El Esoterismo de Dante.
Incluso en la edad media, el poder supremo (según las apariencias exteriores al menos)
estaba dividido entre el Papado y el Imperio. En la antigua Roma, por el contrario,
el Imperator era al mismo tiempo Pontifex Maximus. La teoría musulmana del
Khalifato une también los dos poderes, al menos en una cierta medida, así como la
concepción extremo oriental del Wang (ver La Gran Triada). También hay la analogía
entre la concepción del Chakravartî y la idea del Imperio, en Dante, de quien conviene
mencionar aquí, a este respecto, el tratado De Monarchia. Una tal separación puede ser
considerada como la marca de una organización incompleta por arriba, si uno puede
expresarse así, puesto que no se ve aparecer en ella el principio común del que proceden
y dependen regularmente los dos poderes; así pues, el verdadero poder supremo debía
encontrarse en otra parte. En Oriente, el mantenimiento de una tal separación en la cima
misma de la jerarquía es, al contrario, bastante excepcional, y no es apenas más que en
algunas concepciones búdicas donde se encuentra algo de este género. Queremos hacer
alusión a la incompatibilidad afirmada entre la función de Buddha y la de Chakravartî o
«monarca universal», cuando se dice que Shâkya-Muni, fundador del Budismo, en un
cierto momento, tuvo que escoger entre la una y la otra.
Conviene agregar que el término Chakravartî, que no tiene nada de especialmente
búdico, se aplica muy bien, según los datos de la tradición hindú, a la función
del Manu o de sus representantes. Literalmente, es «el que hace girar la rueda», es
decir, el que, colocado en el centro de todas las cosas, dirige su movimiento sin
participar él mismo en él, o que, según la expresión de Aristóteles, es su «motor
inmóvil». En un sentido enteramente comparable, la tradición china emplea la expresión
de «Invariable Medio». Hay que destacar que, según el simbolismo masónico, los
Maestros se reúnen en la «Habitación del Medio». Llamamos muy particularmente la
atención sobre esto: el centro de que se trata es el punto fijo que todas las tradiciones
están de acuerdo en designar simbólicamente como el «Polo», puesto que es alrededor
de él donde se efectúa la rotación del mundo, representado generalmente por la rueda,
tanto en los Celtas como en los Caldeos y en los Hindúes. El símbolo céltico de la rueda
se ha conservado en la edad media. Se pueden encontrar numerosos ejemplos de él sobre
las iglesias románicas, y el rosetón gótico mismo parece ser un derivado suyo, ya que
hay una relación cierta entre la rueda y las flores emblemáticas tales como la rosa en
Occidente y el loto en Oriente. Tal es la verdadera significación del swastika, este signo
que se encuentra difundido por todas partes, desde el Extremo Oriente hasta el Extremo
Occidente, y que es esencialmente el «signo del Polo»; sin duda es aquí la primera vez,
en la Europa moderna, que se hace conocer su sentido real. Este mismo signo no ha sido
extraño al hermetismo Cristiano: hemos visto, en el antiguo monasterio de los
Carmelitas de Loudun, símbolos muy curiosos, que datan verosímilmente de la segunda
mitad del siglo XV, y entre los cuales el swastika ocupa uno de los lugares más
importantes.
Es bueno anotar, en esta ocasión, que los Carmelitas, que han venido de Oriente,
vinculan la fundación de su Orden a Elías y a Pitágoras (como la Masonería, por su lado,
se vincula a la vez a Salomón y al mismo Pitágoras, lo que constituye una similitud
bastante destacable), y también que, por otra parte, algunos pretenden que en la edad
media tenían una iniciación muy vecina de la de los Templarios, así como los religiosos
de la Merced; se sabe que esta última Orden ha dado su nombre a un grado de la
Masonería escocesa, del que habla Guenon en El Esoterismo de Dante. En efecto, los
sabios contemporáneos han buscado vanamente explicar este símbolo mediante las
teorías más fantasiosas. La mayoría de entre ellos, obsesionados por una suerte de idea
fija, han querido ver en él, como casi por todas partes, un signo exclusivamente «solar»,
mientras que, si lo ha devenido a veces, no ha podido ser más que accidentalmente y de
un manera desviada. La misma precisión se aplica concretamente a la rueda, cuya
verdadera significación acabamos de indicar igualmente. Otros han estado más cerca de
la verdad al considerar la swastika como el símbolo del movimiento; pero esta
interpretación, sin ser falsa, es muy insuficiente, ya que no se trata de un movimiento
cualquiera, sino de un movimiento de rotación que se cumple alrededor de un centro o
de un eje inmutable. Y es el punto fijo el que es el elemento esencial al que se refiere
directamente el símbolo en cuestión.
No citaremos más que de memoria la opinión, todavía más fantasiosa que todas las
demás, que hace de la swastika el esquema de un instrumento primitivo destinado a la
producción del fuego; ahora bien, si este símbolo tiene a veces una cierta relación con
el fuego, puesto que es concretamente un emblema de Agni, es por razones
completamente diferentes. Por lo que acabamos de decir, ya se puede comprender que
el «Rey del Mundo» debe tener una función esencialmente ordenadora y reguladora (y
se observará que no carece de fundamento que esta última palabra tenga la misma raíz
que rex y regere), función que puede resumirse en una palabra como la de «equilibrio»
o de «armonía», lo que traduce precisamente en sánscrito el término Dharma: La
raíz dhri expresa esencialmente la idea de estabilidad; la forma dhru, que tiene el mismo
sentido, es la raíz de Dhruva, nombre sánscrito del Polo, y algunos le aproximan el
nombre griego del roble, drus; en latín, por lo demás, la misma palabra robur significa
a la vez roble y fuerza o firmeza. En los Druidas (cuyo nombre debe leerse quizás dru-
vid, uniendo de este modo la fuerza y la sabiduría), así como en Dodona, el roble
representaba el «Árbol del Mundo», símbolo del eje fijo que une los polos. Lo que
entendemos por eso, es el reflejo, en el mundo manifestado, de la inmutabilidad
del Principio supremo. Se puede comprender también, por las mismas consideraciones,
por qué el «Rey del Mundo» tiene como atributos fundamentales la «Justicia» y la
«Paz», que no son más que las formas revestidas más especialmente por ese equilibrio
y esa armonía en el «mundo del hombre» (mânava-loka).
La Biblia nos cuenta que el patriarca Abraham derrotó a Kedorlaomer y a sus reyes
aliados. Luego llegó hasta la planicie de Savé, donde Melquisedec sacó pan y vino y
bendijo a Abraham diciéndole: «¡Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador del
Cielo y la Tierra; y bendito sea el Dios Altísimo que ha entregado a tus enemigos en tu
mano!». En agradecimiento, Abraham dio al rey-sacerdote el diezmo de todo, lo que
había conseguido al vencer en la batalla a la confederación de reyes.Y el apóstol Pablo
decía que «este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote de Dios Altísimo, que salió al
encuentro de Abraham cuando él volvía de derrotar a los reyes, que le bendijo, y a
quien Abraham dio el diezmo de todo el botín; que es primeramente se-gún el
significado de su nombre, Rey de Justicia, luego Rey de Salem, es decir, Rey de Paz;
que no tiene ni padre ni madre, sin ge-nealogía, que no tuvo ni principio ni fin de su
vida, pero que se ha hecho así semejante al Hijo de Dios; este Melquisedec permanece
sacerdote a perpetuidad» (Hebreos 7). De aquí procedería la hipotética relación entre
el Preste Juan (rex et sacerdos) con Melquisedec, también rey y sacerdote en Israel. Otra
tradición dice que Melquisedec era en realidad Sem, uno de los tres hijos de Noé,
hermano de Cam y Jafet, bendecido especialmente por su padre. Cuenta el Génesis que
Sem tuvo un hijo a los cien años: Arpaksad, del cual descendió Abraham. Noé, por
entonces, tenía más de seiscientos años, según el relato bíblico. Después, Sem tuvo otros
hijos e hijas: Elam, Asur, Lud y Aram.
Al parecer, la historia del Preste Juan cobró fuerza con la circulación de tres o más cartas
difundidas entre 1165 y 1177 en Occidente, destinadas a Manuel Comneno, emperador
de Bizancio; a Federico Barbarroja, del Sacro Imperio Germánico, y al papa Eugenio
III de Roma. El remite de aquellas misivas decía: «Juan, presbítero, por la
Omnipotencia Divina y por el poder de Nuestro Señor Jesús Cristo, Señor de los
Señores». Su autor se proclamaba «Señor de las Tres Indias» y se vanagloriaba de ser
«superior en virtud, riquezas y poder a todos los que caminan bajo el Cielo». Según
aquella correspondencia, el dicho presbítero habitaba un riquísimo palacio con suelo de
cristal, techo de piedras preciosas y columnas de oro. Sus guerreros recorrían los cielos
montados en dragones y sus súbditos podían beber de las aguas milagrosas de la Fuente
de la Juventud y prolongar durante muchos años su vida bajo una apariencia sana y
joven. Las epístolas del Preste Juan permiten extraer abundante información a propósito
del pensamiento de toda una época de profundas convulsiones político-sociales, de un
mundo cambiante, donde dos fuerzas espirituales se enfrentaron violentamente: el
cristianismo de Occidente y el islamismo de Oriente. Era la época de las cruzadas,
cuando los cristianos parecían obsesionados por recuperar la Tierra Santa, el escenario
de los episodios bíblicos que los religiosos leían a la plebe en iglesias y en las catedrales
románicas.
El desconocido artífice —o quizá artífices— de las cartas y sus copias repartidas entre
varios monarcas occidentales eran hombres interesados en reconquistar Tierra Santa;
sin embargo, no necesariamente eran individuos movidos sólo por intereses terrenales:
en ellos probablemente latía también una intención religiosa o espiritual. Estas epístolas
—verdaderamente propagandísticas— tenían por objetivo incentivar y conminar a los
poderosos a sufragar los gastos de las cruzadas y, especialmente, de determinadas
órdenes militares. En 1145, el obispo alemán Otto de Freising registró en su obra
“Chronicon” un relato sobre una Epístola papal, en que se explicaba que el Papa había
recibido una carta de un misterioso gobernante cristiano de la India. Ese gobernante
afirmaba que el río del paraíso estaba en sus dominios. El obispo Otto daba el nombre
del obispo Hugo, de Gebal, ciudad costera en Siria, cómo el intermediario que habría
llevado la carta al papa. El autor de la carta se llamaba Juan, que por ser un sacerdote
de la Iglesia Católica recibía el nombre de Preste Juan, y afirmaba ser descendiente
directo de uno de los Reyes Magos que habían visitado a Jesús en su nacimiento. El
Preste Juan había derrotado a los reyes musulmanes de Persia y había establecido un
floreciente reino cristiano en la región de los Confines de la Tierra, o sea la India.
Cincuenta años antes el mundo cristiano había lanzado la Primera Cruzada contra el
dominio musulmán en el Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, y hacía poco,
en 1.144 d.C., había sufrido una dolorosa derrota en la ciudad de Edessa. Mientras tanto,
en los Confines de la Tierra, los gobernantes mongoles habían comenzado a penetrar en
el imperio musulmán y habían derrotado el sultán Sanjar en 1.141. Cuando la noticia
llegó a las ciudades costeras del Mediterráneo, fue enviada al papa, suficientemente
distorsionada, para que apareciera un rey cristiano levantándose para derrotar a los
infieles por la retaguardia. Si la búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud no estaba
entre los motivos para la Primera Cruzada, en 1.095, si que fue un objetivo en las
siguientes cruzadas, pues inmediatamente que el obispo Otto supo de la existencia del
Preste Juan y del río del paraíso en sus dominios, el Papa emitió una proclama para el
reinicio de las cruzadas. En 1.147, el emperador Conrado de Alemania, acompañado de
muchos nobles, partió para la Segunda Cruzada. Mientras la suerte de los cruzados era
discontinua, Europa fue de nuevo impresionada por las noticias del Preste Juan y sus
promesas de ayuda. Según los cronistas de la época, en 1.165 envió una carta al
emperador de Bizancio, al emperador romano y a otros reyes, donde declaraba su
intención de ir a Tierra Santa con sus ejércitos. Además volvía a describir su reino en
términos entusiastas, como correspondía al lugar donde estaba situado no sólo el río del
paraíso, sino también las puertas del paraíso. Pero la ayuda prometida jamás llegó y el
camino desde Europa hacia la India no se despejó.
Aparte del carácter político-militar de las cartas, éstas encierran un importante mensaje
hermético y críptico. Abundan descripciones de ejércitos, recuentos de soldados,
armamentos, guerras o batallas libradas, etcétera. Conviene recordar que cuando apare-
ce la carta, aún no se había gestado la tercera cruzada (1189-1192). No obstante, la
mención a la existencia del Preste Juan ya existía poco antes de la segunda cruzada
(1147-1149), según la crónica del obispo Otto de Freising, súbdito del Sacro Imperio
Germánico. Es decir, ya se tenía conocimiento de la existencia del presbítero Juan antes
de la emisión de la carta de 1165. En las primeras décadas del siglo XII , los cruzados
que marchan hacia Tierra Santa oyen hablar de un misterioso rey cristiano que reinaba
sobre las tres Indias: la Inferior, la Superior y la Última. El término India Inferior
designaba, entonces, los amplios e imprecisos territorios situados al oeste del río
Ganges, mientras que la India Superior se situaba al este de las orillas de este gran río.
La designación India Última o India Egypti correspondía a los territorios situados entre
Egipto y Eritrea (Etiopía). Todo esto contribuyó a provocar aún más confusión a la hora
de situar geográficamente los dominios del soberano.
El Preste Juan de las Indias Inferior y Superior ganó fuerza con la leyenda de la
evangelización de santo Tomás (el são Tomé de los gallegos y portugueses). Santo
Tomás evangelizó a los medos y persas primero y, luego, a los pueblos de la costa del
Malabar y de Coromandel (en la actual India). Se crearon varios núcleos cristianos en
estos lejanos territorios. Algunos osados viajeros europeos contaban que la tumba del
apóstol estaba en Madrás. En las cartas, el Preste Juan dejaba muy claro que él era el
guardián de la tumba del apóstol santo Tomás, cuyo cuerpo incorrupto seguía obrando
milagros entre los fieles. La tumba se encontraba cerca del palacio del Preste, en una
iglesia situada sobre un monte rodeado de un lago, según decía. Las turbulentas y
profundas aguas lacustres impedían el acceso al santuario, salvo los ocho días que pre-
cedían y seguían las celebraciones del santo. El descenso de las aguas permitía el ir y
venir de los peregrinos durante ese periodo. Lo cierto es que también existían otras
comunidades cristianas —no católicas— en aquellos remotos parajes. Algunas eran
secuelas de la herejía de Nestorio. Sus seguidores, los nestorianos, marchan hacia la
costa de Malabar y otros puntos dispersos de la geografía india cuando su fundador es
condenado en el año 431.
Muchos siglos más tarde, a finales del siglo XV , los hombres del intrépido navegante
luso Vasco de Gama entraron en contacto con estas comunidades. Pero también existían
nestorianos dispersos por el Asia central y en el imperio chino. Se buscó al Preste Juan
en Tartaria, India y Etiopía, donde existían comunidades de cristianos orientales, es
decir, no católicos. Por lo que se desprendía de las cartas del Preste Juan, éste podría
convertirse en un privilegiado aliado militar de Roma y los imperios occidentales en su
lucha contra los musulmanes. Muchos comerciantes, aventureros y religiosos decidieron
emprender peligrosos viajes en busca del Preste Juan y navegaron hacia los lejanos
confines de Asia. Allí se encontraron con otra categoría de reyes, diferentes de lo que
imaginaban, pero no menos fascinantes por su poder y carisma. Quizá el objetivo final,
la búsqueda de un reino perdido, sólo fuera una excusa para que los europeos decidieran
entablar relaciones con países y territorios desconocidos. De hecho, algunas de aquellas
expediciones sólo eran embajadas políticas que simplemente deseaban espiar a los
ejércitos de los infieles más allá de Tierra Santa. Otros viajeros anhelaban riquezas,
como los mercaderes, y recorrían largas distancias con el fin de trocar sus productos
occidentales por los orientales, como especias, sedas y objetos de arte para los más
pudientes. Los más avisados, desde luego, no se dejan engañar, y descubren que el
Preste Juan no es más que uno de los cientos de personajes míticos del Medievo,
inventado para impulsar a los más temerarios hacia las fronteras imposibles de la
cristiandad.
Pero la historia del Preste Juan es, también, la historia de una búsqueda. La cristiandad
grecorromana, apoyada en el mito, va en pos de sus hermanas lejanas, de las
comunidades cristianas orientales dependientes de sus sedes de Alejandría, Siria, el alto
Nilo, Malabar (India), Persia, Armenia, Asia central y China. Las primeras
informaciones sobre estas comunidades cristianas orientales heréticas —como la de los
nestorianos— sólo calaron en Europa occidental a partir del siglo XII , en pleno auge
de la difusión del catarismo, de la expansión de los templarios y de la gesta del Grial.
Pero más tarde, los misioneros que llegaron a los confines de Asia reprobaron a los
heréticos nestorianos y deshicieron cualquier vínculo de hermandad. Ya en el siglo XIV
los misioneros habían destruido el mito del «buen rey cristiano». La popularidad —y
también el descrédito— de la idea del Preste Juan alcanzó a la lengua popular: durante
la Edad Media y el Renacimiento se utilizaba la expresión «¡Al Preste Juan de las
Indias!» para ridiculizar a alguien que deseaba embaucar o engañar a los demás o para
mofarse de presuntuosos y jactanciosos. Finalmente, la edad de la razón y la ciencia
acabó por debilitar el mito medieval. Pero un mito no se destruye en un día. El Preste
Juan volvería con más fuerza en el siglo XVI, alimentado por los anhelos de expansión
de los navegantes portugueses.
El reino maravilloso del Preste Juan también quedó reflejado en varios mapas antiguos.
Lo ubicaban en varios puntos distintos, entre el «cuerno de África» (actualmente Etiopía
y Somalia) y el interior de Asia. Hasta bien entrado el siglo XVII algunos cartógrafos
señalaron esos límites imprecisos sobre la esfera terrestre. Algunos cristianos se
volcaron en su búsqueda nuevamente. Cuando ya no pudieron encontrarlo en los
desiertos o montañas, lo situaron bajo tierra, en algún lugar de las misteriosas Shambala
y Agartha, regiones perdidas en la cordillera más alta de mundo: el Himalaya. ¿Sería el
Preste Juan el esperado Mesías llamado Maytreya? En el museo Nicolás Roerich de
Moscú pueden contemplarse los maravillosos lienzos de este artista y místico que
pintaba al Mesías del Tibet. Quizá allí repose el cuerpo momificado del Preste o, quien
sabe, hibernando bajo los efectos de alguna pócima mágica que lo hará despertar en el
día del Juicio Final, muy probablemente para elegir a los hombres buenos que deberán
acompañarle en su nueva misión terrenal.