La Familia
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Germán Santana Henríquez – La Familia. Papeles sociales de mujeres y varones. El trabajo. Actividades
económicas. Principales oficios. Ciencia y técnica. El ocio. Fiestas y espectáculos
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Germán Santana Henríquez – La Familia. Papeles sociales de mujeres y varones. El trabajo. Actividades
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ISBN 84-96359-43-3
RESUMEN:
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La familia ...
El siguiente fragmento de PseudoDemóstenes, Contra Neera, 122, muestra bien a las
claras la consideración de la mujer en la Grecia antigua:
“Tenemos a las cortesanas para el placer, a las concubinas para que nos ofrezcan los cuidados
diarios y a las esposas para que nos den hijos legítimos y sean fieles guardianas de nuestro hogar”.
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misión guerrera para con su polis. Ella era casi una niña, recién entrada en la
pubertad, de manera que su carácter, sus formas de actuar en el hogar y sus ideas
resultaban marcadas por la voluntad y los gustos de su marido, quien la moldeaba a
su imagen y semejanza.
El marido siempre podía repudiar a la mujer o divorciarse, previa devolución de la
dote, o traer a casa una concubina o frecuentar a las cortesanas. La esposa, de
escasa educación, se recluía en su nuevo hogar, provista de las llaves de la despensa,
para hilar lana y vigilar a los esclavos.
Las familias no eran numerosas y se limitaban mediante el aborto y el abandono,
sobre todo de niñas. Sólo los hijos reconocidos recibían crianza y educación, de
manos de sus madres y nodrizas, hasta que los niños pasaban a otras manos. Las
niñas permanecían siempre con sus madres, con una formación muy rudimentaria.
En Roma la estructura familiar era de tipo patriarcal, constituida por el padre (pater
familias) y los restantes miembros con él emparentados (se excluía el parentesco por
vía materna): la esposa, que pasaba de la tutela del padre a la del marido, y los hijos,
sometidos a la patria potestas. Los esclavos son también parte de la familia, pues
viven bajo el mismo techo, y algunos son muy queridos por sus dueños. Una vez
liberados, conservaban una relación estrecha con la familia.
Para la constitución de una familia era necesario el matrimonio legal entre marido y
mujer. Hubo diferentes fórmulas de matrimonio, de las que sólo subsistieron las
nuptiae, que requerían el acuerdo de los contrayentes, con ceremonias similares a las
griegas.
El divorcio siempre era posible, pero no estaba bien visto que lo solicitara la mujer,
aunque ésta comenzó a emanciparse paulatinamente. El modo de vida de una mujer
casada en Roma era muy similar al de la mujer griega, pero su consideración social
era muy superior. Es la matrona, honrada y respetada, discreta y digna compañera de
su esposo, con quien vive en concordia.
Respecto a los hijos, el padre tenía sobre ellos todos los derechos, incluido el de vida
o muerte. Podía no reconocerlos y abandonarlos (sobre todo a las niñas) o
reconocerlos, o aceptarlos en caso de no tener hijos varones propios. Durante la
ceremonia de reconocimiento se da un triple nombre al niño, los tria nomina de todo
ciudadano. La niña sólo recibe, en femenino, el nombre (nomen) de su familia.
Hasta los siete años la madre educa a niños y niñas. Las hijas, al llegar a la pubertad,
abandonan los juegos y estudios y son casadas con quienes deciden sus padres, que
ceden su tutela al esposo. Los hijos continúan su formación fuera de casa y se casan
mucho más tarde. Pero no por eso dejan de estar bajo la patria potestad.
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Como hemos constatado, desde que nace hasta que muere la mujer está subordinada
a la autoridad del padre y del esposo. Era una ciudadana pasiva, sin participación en
la vida política de la ciudad. Esta inferioridad de carácter político, que se consideraba
natural, colocaba a la mujer en una situación potencialmente inferior a la del meteco e
incluso a la del esclavo. Si las circunstancias lo requerían, ambos grupos sociales
podían ser llamados a participar en la defensa de la ciudad (la mujer no) y podrían
recibir la ciudadanía, especialmente los metecos, y con ella la casi totalidad de los
derechos políticos.
Pero en Atenas, desde Pericles y durante el siglo IV, estas “ciudadanas pasivas” eran
imprescindibles para la transmisión de la ciudadanía y de la herencia, que se realizaba
a través de la institución del epiclerato (casamiento con el pariente más próximo por
línea paterna), necesaria en los núcleos familiares en los que el padre había
desaparecido y no había hermanos que recibiesen el legado familiar. Esta
marginalidad de la mujer de la vida política estaba parcialmente compensada por su
significado papel en el seno familiar y en las fiestas religiosas, donde tenía
participación activa, amén de la influencia indirecta que, con habilidad, algunas de
ellas ejercían sobre sus maridos. Un autor del siglo IV advierte a los jueces del riesgo
de emitir un veredicto favorable a una cortesana, argumentando la imposibilidad de
justificarlo ante sus esposas cuando regresasen a sus hogares.
Fuera del contexto familiar, las relaciones sociales de las mujeres, al menos las de las
atenienses, eran muy limitadas. No podían salir de casa sin permiso del marido y sólo
por motivos justificados. Estas costumbres restrictivas que imponía el comportamiento
de buen tono, no rezaban para la ciudadana pobre a la que la necesidad obligaba a
salir de la casa para vender en el mercado o ejercer una actividad artesanal. De todas
formas, la situación de las mujeres atenienses representa un caso extremo. En
Esparta, las mujeres recibían una formación colectiva y realizaba actividades
deportivas con toda naturalidad. Aunque no hay mucha evidencia al respecto y
desconocemos con precisión cuál ha podido ser la evolución de la condición de la
mujer para todos los estados griegos a lo largo de los siglos, es muy posible que la
situación general y común de la mujer haya que situarla entre ambos extremos.
Ocasionalmente se dispone de noticias de actuaciones heroicas de algunas mujeres al
frente de determinadas ciudades, desprovistas de la defensa que podían prestarles
sus ciudadanos por hallarse ocupados en tierras lejanas; pero la lección constante es
que, pasado el peligro, volvían siempre a sus monótonas y anónimas labores del
hogar.
El papel principal de la mujer desde el punto de vista político fue el de proveer a su
patria de los futuros ciudadanos necesarios para el buen funcionamiento de la misma.
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Su función era, sin duda, importante y debía completarse proporcionándoles a los hijos
varones una educación que hoy se sabe que es fundamental para la formación del
carácter y de la personalidad. Era, por tanto, la propia mujer la que perpetuaba un
sistema que parece que la segregaba y la perjudicaba, pero con el que ella no cabe
duda que estaba de acuerdo. Se conocen sobre todo las funciones encomendadas a
la gyné, la mujer libre, esposa de un ciudadano y pieza clave en la transmisión de la
cultura y de los bienes patrimoniales entre dos generaciones de varones. En ese papel
de dueña del hogar y administradora de sus riquezas, de sus esclavos y de la
alimentación de todos sus miembros, la mujer no debía fallar. Tenía ayudantes así
como determinadas esclavas domésticas de confianza, en particular la gobernante o
administradora, que la acompañaban y arropaban.
La fidelidad del varón respecto a su esposa radicaba estrictamente en respetarle su
condición de mujer legítima, conforme a la promesa hecha en el matrimonio, lo que
evitaba su desclasamiento social. Las otras mujeres con las que el marido pudiese
intimar, la pallaké o concubina, la hetaira o compañera de reuniones sociales, y la
porné o simple profesional del sexo, no atentaban contra su situación de esposa
principal y de madre. Ella sí debía ser totalmente fiel en el sentido que hoy se concede
al término. El incumplimiento de esa cláusula le podía costar su posición en el hogar.
Debía dar seguridad absoluta al ciudadano y soldado de que su estirpe era suya y sólo
suya. Un matrimonio férreamente controlado, primero por el padre, y luego por el
marido, era condición necesaria para el buen funcionamiento de la familia.
El trabajo...
Hace poco la economía mundial recibía con entusiasmo el nacimiento y puesta en
circulación de una nueva moneda, el euro, divisa que sustituye a otras tantas utilizadas
en el viejo continente durante siglos, entre las que se encuentra la más vieja de todo el
planeta: la dracma griega. En la antigüedad para el intercambio comercial se usaba
primero el trueque, es decir, el cambio de una mercancía por otra (por unos puerros
una ristra de ajos, indica Aristófanes). Luego se realizaron intercambios con objetos de
metal, que eran más duraderos como calderos, balanzas (tálanton) o varillas metálicas
para asar carne (óbolos) que generalmente se agrupaban en puñados de seis en seis
(drachmé = “puñado”). A partir del siglo VIII a.C. comienzan a aparecer lingotes de
metal con el sello de la autoridad que garantiza su peso y valor, y un siglo después se
acuñan monedas de forma lenticular, pequeño diámetro y grosor considerable. Desde
entonces, las ciudades griegas acuñan su propia moneda, grabando las imágenes del
dios protector de cada ciudad o los productos típicos de cada país.
El dinero cumplía el papel de instrumento de cambio entre compradores y vendedores,
como elemento generador de riqueza, por lo que los préstamos con interés se daban
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fuerza en el interior de ciertos oficios, como los de sastre o zapatero. El griego no veía
en la especialización un medio de conseguir un aumento de la producción a unos
precios más baratos; el deseo de calidad y de perfección del producto iba más allá de
las motivaciones económicas.
La masiva difusión del trabajo artesanal en el hogar fue la razón primordial de que no
existiese una organización artesanal de grandes dimensiones. Los productos
cerámicos se encontraban en todas las actividades de la vida cotidiana: ceremonias
religiosas, tumbas, vajillas, lámparas de alumbrado, depósitos y contenedores de
líquidos y áridos, objetos de decoración. La importancia de esta rama artesanal viene
dada por el volumen de producción de trabajo que proporcionaba. Y en efecto no hay
rincón del Mediterráneo que no cuente con alguna que otra muestra. La disponibilidad
de la arcilla es grande en toda Grecia y su producción no requería mucha mano de
obra. Aunque diversos operarios intervienen en la misma pieza, la división del trabajo
es sencilla: el alfarero diseñaba la pieza, el pintor las escenas mitológicas o de la vida
cotidiana adaptándolas a la forma de la pieza.
La lana y el lino eran las materias primas más utilizadas en la confección de vestidos.
Casi todos los estados griegos disponían de ganados que aportaban la lana necesaria
para la confección de los vestidos. El lino, en cambio, al no ser una planta originaria de
Grecia continental, se importó en principio de Jonia y se aclimató con posterioridad al
continente. Como reflejan los poemas homéricos, la actividad textil era una ocupación
primordialmente doméstica, en la que la dueña de la casa, asistida de criadas y
esclavas, hilaba, tejía, cortaba la tela y confeccionaba los vestidos para los miembros
de su familia. La confección de las telas, no obstante, exigía mano de obra masculina.
La maceración del tallo del lino para sacar las fibras, el cardado, el bataneo,
desbarbado y prensado de las telas de lana requerían operaciones muy trabajosas
que se realizaban en talleres especializados. La fascinación por los ricos y elegantes
vestidos hizo que se importaran telas de gran calidad de lugares concretos:
- Mileto (telas de lana fina), Corinto (vestidos largos de lino), Amorgos (delicadas
túnicas), etc.
La minería fue otra fuente de ingresos para aquellos estados que disponían de
recursos mineros. Sin embargo, los metales preciosos eran escasos, si exceptuamos
la islas de Tasos y Sifos y las minas de monte Pangeo en Tracia y las de Laurión en el
Ática. Se utilizaba para la extracción mano de obra esclava y una vez obtenido el
mineral en la superficie se trabajaba en talleres a pie de mina. Ciudadanos y metecos
podían ser propietarios de estos talleres pero de su explotación se beneficiaban
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metoikion o impuesto anual que pagaban los metecos (doce dracmas para los
hombres y seis para las mujeres), el dos por ciento que gravaba todas las
importaciones y exportaciones, los ingresos por derecho de puerto, de mercado, de
tribunales, etc. Existía, además, un impuesto extraordinario para situaciones de
emergencia (la eisphora). Las liturgias o servicios públicos que los ciudadanos ricos y
los metecos estaban obligados a cumplir en beneficio de su ciudad, no eran
propiamente un impuesto percibido por el Estado, aunque le suponía un ahorro
considerable. El cumplimiento de estas cargas era una obligación, pero también un
honor y un motivo de orgullo: provisión y preparación del coro para festivales
dramáticos (coregia), convites para los representantes de las tribus en festividades
religiosas (hestiasis), dotación y mantenimiento de una nave estatal militar (trierarchia),
exclusivo de los ciudadanos ricos, etc.
La ciencia y la técnica...
Usualmente se estima que el origen de la actividad científica ha de situarse en
Grecia en el siglo VII antes de nuestra era, y se concibe como el recurso a la razón
para el conocimiento de la realidad, acompañado de una voluntaria separación de las
antiguas ideas mágicas o religiosas. La figura de Sócrates supone en este sentido un
hito entre los precedentes y los sucesores.
Aristóteles consideró a Tales de Mileto como el padre de la ciencia griega, el primero
en hacer un esbozo científico de la realidad, porque sus estudios habrían estado
dirigidos a encontrar la sustancia originaria capaz de ser origen y causa explicativa de
los distintos seres naturales:
“... el agua es principio y fin de todo. A partir de ella, por reunión, se forman todas las
cosas, y a la inversa, al disolverse, son llevada nuevamente hacia ellas”.
Debido a esta doctrina cosmogónica ha sido clasificado por los historiadores como un
autor materialista y monista, es decir, Tales habría pretendido dar una explicación del
origen y desarrollo del cosmos y de los fenómenos que acaecen en la naturaleza,
recurriendo al agua como sustancia original y a los procesos de disolución y
congregación, que se producen en ella, como mecanismos de génesis y de
funcionamiento.
Para Eudemo de Rodas Tales también habría sido el padre de la geometría por su
teorema o por conseguir la medición de la altura de la pirámides, descubrimiento que
ya había sido utilizado en las culturas orientales, según Diógenes Laercio, 1.27.
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“... mientras estudiaba los astros ... y miraba hacia arriba Tales cayó en un pozo. Una bonita y
graciosa criada tracia se burló de que quisiera conocer las cosas del cielo y no advirtiera las que tenía
bajo sus pies”.
“... como lo injuriaban por su pobreza y la inutilidad de la filosofía se dice que, gracias a sus
conocimientos astronómicos, pudo saber cómo sería la cosecha de aceitunas. Así, cuando aún era
invierno y tenía un poco de dinero, tomó mediante fianza todas las prensas de aceite de Mileto y de
Quíos, arrendándolas por muy poco, pues no había competencia. Cuando llegó la oportunidad y todos a
la vez buscaban prensas, las alquiló como quería, para demostrar qué fácil resulta a los filósofos
enriquecerse cuando quieren hacerlo (Aristóteles, Política A 11, 1259 a 9)”.
“... el aspecto del aire es éste: cuando está uniforme al máximo es inaprehensible a la vista; se
hace manifiesto, en cambio, por medio de lo frío y lo caliente, lo húmedo y lo móvil. Se mueve siempre; en
efecto, todas las cosas que se transforman no se transformarían si el aire no se moviese. Al condensarse
y enrarecerse parece diferenciarse; pues cuando se dispersa en el grado más sutil se genera el fuego.
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Los vientos, en cambio, son aire que se condensa; y la nube se forma a partir del aire por compresión; y
al condensarse más, agua; y más condensado, tierra; y condensado al máximo, piedras. De este modo,
las cosas principales en el proceso de la generación son los contrarios: caliente y frío (Hipólito, 1.7.1)”.
Pronto el desarrollo de estas nuevas disciplinas permitió la ubicación laica del hombre
en la realidad. Fue posible así que las ciudades se proyectaran y planificaran con un
sistema de ángulos rectos, como la Rodas de Hipódamo de Mileto. Apareció la historia
como un nuevo método para recoger noticias de la realidad. Heródoto y Tucídides
redujeron su campo de estudio a los aspectos políticos, etnográficos y militares con el
fin de servir a lo que en aquellos momentos constituían los intereses primarios de la
vida pública griega. Igualmente las poleis se ven transitadas por unos sanadores que
curaban, no ya con ensalmos y conjuros, sino con sangrías y plantas de las que
sabían sus virtudes curativas; diagnosticaban observando la orina, palpando o
buscando cambios en la temperatura corporal. Tales sanadores pasaron a llamarse
médicos hipocráticos y a tener como signo de reconocimiento un célebre fragmento de
uno de sus escritos:
“Respecto a la enfermedad que llaman sagrada, no me parece que tenga nada más divino ni más
sagrado que las otras, al contrario, su naturaleza y origen es idéntico a los del resto de las enfermedades.
Sin duda, el creer que su causa tenía algo de divino se ha debido a la inexperiencia ante lo maravilloso
que se ha observado en ella. Pero, ¿se supone que tiene una causa divina por la maravilla que presenta
esta enfermedad? Entonces habría muchas enfermedades sagradas y no una sola, pues yo mostraría
otras enfermedades que no son menos maravillosas ni menos sorprendentes y que nadie considera como
sagradas (L.5.364)”.
teorema que dice que en los triángulos rectángulos el cuadrado del ángulo que
sostiene el lado derecho es igual a los cuadrados de los lados que sostienen el ángulo
recto.
El pensamiento científico sigue una serie de procesos hasta su final elaboración entre
los cuales el primero se centra en la representación geométrica de la realidad. Se
permite así la abstracción matemática del universo. La formalización matemática de la
materia dio como resultado el equilibrio que representa lo infinito, suma de todo, y la
limitación de éste según constantes específicas para la consecución de cada forma.
Con Jenófanes de Colofón la ciencia dejó de ser meramente un apunte ateo de la
realidad, interactuando con la teología: la ciencia fundamenta a la teología y la teología
libera a la ciencia de un ciego mecanicismo. Fue el primer autor en negar la validez de
los sentidos y en poner en práctica lo que consideramos relativismo o escepticismo,
como atestigua el siguiente fragmento:
“Pero si los bueyes y leones tuvieran manos o pudieran dibujar con ellas y realizar obras como
los hombres, dibujarían los aspectos de los dioses y harían sus cuerpos, los caballos semejantes a los
caballos, los bueyes a los bueyes tal como si tuvieran la figura correspondiente a cada uno (Fr. 15.
Clemente, Strom.v.109.3)”
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El ocio ...
Tradicionalmente se suele decir que los países del sur de Europa disponen de muchos
más días festivos que sus homólogos del norte, dando todo un vademécum de
razones de diversa índole (climáticas, psicológicas, sociológicas) para explicar este
singular fenómeno. El calendario en época del emperador romano Augusto recogía
setenta y seis días festivos, más o menos como en la actualidad. Sin embargo, en el
período del último de sus sucesores éstos habían aumentado a ciento setenta y cinco,
lo que equivale a decir que un día era festivo y otro no. Los espectáculos tanto en
Grecia como en Roma formaban parte de las fiestas religiosas ligadas al culto de
dioses y héroes, siendo de mayor importancia en la Hélade las Olimpiadas y el teatro,
mientras que en Roma los espectáculos de masas que acontecían en el circo y en el
anfiteatro concitaban el mayor interés.
Muchas ciudades celebraban fiestas en las que tenían lugar competiciones (agones)
atléticas, musicales, poéticas y dramáticas. Las más famosas se disputaban en
Olimpia, en honor de Zeus, en Delfos, en honor de Apolo y en Atenas, en honor de
Atenea. Los atletas se entrenaban desnudos en un gimnasio (gymnós) llamado
palestra (palé “lucha”), como señala Luciano en su Anacarsis en vivo diálogo con
Solón:
El teatro había nacido en Atenas en las fiestas en honor a Dioniso. Las piezas
dramáticas, escritas en verso, no tenían en un primer momento un lugar fijo para la
representación aunque con posterioridad se construyeron edificios excavados en las
montañas, aprovechando el desnivel para las gradas de los espectadores. En las
representaciones actuaban simultáneamente sólo tres personajes, y el coro cantaba y
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bailaba. Los actores (hypocritai) eran hombres que representaban los personajes
masculinos y femeninos, cubriéndose la cara con máscaras y colocándose en los pies
unos zapatos con alza llamados coturnos. La estructura de los teatros permitía recoger
el sonido de tal manera que se oía perfectamente. Tanto las tragedias como las
comedias se representaban una sola vez como parte de las competiciones en las
fiestas dionisíacas. Estos espectáculos eran costeados y organizados por ciudadanos
ricos. Entre los autores trágicos destacaron Esquilo, Sófocles y Eurípides; entre los
autores de comedia Aristófanes y Menandro.
La afición por las competiciones atléticas y las carreras cristalizó entre los romanos
hasta tal punto que Julio César ofreció a la plebe juegos para conmemorar el fin de la
guerra civil, como recoge el historiador Suetonio (Julio César, 39):
Los juegos de gladiadores eran luchas a muerte entre dos hombres armados que
tenían lugar en el anfiteatro, un edificio ovalado con gradas para los espectadores, en
el que también se celebraban caza o lucha de fieras (venationes) y combates navales
(naumaquias). Los gladiadores eran condenados a penas capitales por homicidio,
robo, sacrilegio o motín, un espectáculo del que Roma y sus emperadores no pudieron
prescindir, de aquella carne humana de matadero. Había también voluntarios y no
todos de baja extracción, que se inscribían en escuelas especiales para luego
combatir en el Circo, un recinto alargado con gradas para los espectadores y con un
muro central llamado spina en torno al cual daban la vuelta los carros. En estas
escuelas se ingresaba tras jurar estar dispuesto a “hacerse azotar, quemar y
apuñalar”. Tenían la oportunidad de convertirse en héroes populares a quienes los
poetas dedicaban sus poemas, los escultores sus estatuas, los ediles sus calles y las
damas sus gracias.
Este modo de divertirse con la sangre y la tortura no levantaba en principio objeciones
ni entre los moralistas más severos. Juvenal era un hincha del Circo y lo encontraba
del todo legítimo. Del mismo modo Tácito justificaba la sangre derramada en la arena
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al considerarla vil. Plinio encontró que aquellas matanzas tenían un valor educativo
porque acostumbraban a los espectadores al estoico desprecio de la vida (ajena).
Estacio y Marcial se pasaban la vida en el Circo. En cambio, otros autores como
Séneca y Tertuliano condenaron los juegos gladiatorios; el primero al considerar que
“el hombre, la cosa más sagrada para el hombre, aquí es matada por deporte y
diversión”, quejándose el segundo de que el cristiano acudiese a misa y al mismo
tiempo se complaciese con el atroz espectáculo del circo, aunque ya se sabe, A Dios
rogando y con el mazo dando.
El teatro en Roma no cuajó a la manera griega. De hecho podemos hablar de un teatro
leído más que representado. El público, compuesto en buena parte de extranjeros que
sólo conocían un latín elemental, prefería la pantomima donde la trama se entiende no
por la palabra sino por el gesto y la danza. En ocasiones el ansia de aplauso llevó a
muchos de estos actores a interpretar escenas llenas de alusiones políticas ante las
narices de la censura, como siempre ocurre en los regímenes de tiranía, cuando nadie
se atreve a decir nada, pero todos se embelesan ante quien lo hace. El resultado de
dicho atrevimiento dependía del gobernante de turno. Así Tito no castigó el hecho de
que la noche del entierro de su padre Vespasiano, un actor parodiase el cadáver de
éste que se erguía dentro del féretro y preguntaba a los sepultureros: ¿Cuánto cuesta
este transporte? Diez millones de sestercios. Bueno, dadme cien mil, respondió el
cadáver y tiradme al Tíber. Sin embargo, poco antes Calígula había hecho quemar
vivo al autor de una alusión mucho más timorata. Esta forma teatral en ocasiones
conseguía hacer delirar a los espectadores mediante las extravagancias, los visajes y
las gesticulaciones de unos sketches zafios y llenos de doble sentido. De ahí que no
extrañe que las mujeres que participaban en estas compañías estuviesen equiparadas
oficialmente por su profesión a las prostitutas, pues contribuían sin recato a la
obscenidad de los espectáculos. Aquel principio catártico purificador del teatro griego
se había degenerado paulatinamente en espectáculo de variedades.
En la Roma imperial un autor africano del siglo II de nuestra era, Tertuliano, compuso
un libro De Spectaculis en el que encontramos un ataque sistematizado y orgánico
contra los espectáculos del circo, del teatro y del anfiteatro. Los juegos atléticos son
considerados idolátricos, violentos e inútiles. Más severo es su juicio sobre el circo y el
anfiteatro, ya que ver matar a un hombre es casi lo mismo que matarlo. En cuanto a
los espectáculos teatrales considera que es un desorden deleitarse con flautas, coros,
danzas, crótalos egipcios, címbalos y tímpanos. Los padres y educadores deben
mantener a los hijos lejos de los teatros, incluso para que no se abuse de ellos.
Adulterio no es solamente la unión de los cuerpos, sino también la mirada impura. Las
actrices reciben su condenación por sus movimientos, sus miradas, sus vestidos. El
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teatro es una pérdida de tiempo, acostumbra a una vida irreal, es pérdida de dinero
que se le quita a los pobres, arruina a los matrimonios. Hay cristianos que llevan a la
iglesia las costumbres teatrales: voces descompuestas, aplausos, movimientos del
cuerpo, pataleos, miradas inmodestas. Se saben las canciones teatrales pero no los
salmos; los nombres de los caballos, pero cuáles ni cuántas son las cartas de San
Pablo. Llega aún más lejos al señalar el peligro (posesiones diabólicas) que entraña
acudir a estos espectáculos:
“Ciertamente no faltan también testimonios de aquellos que participando en los espectáculos del
diablo quedaron privados del Señor. Pues nadie puede servir a dos señores; ¿qué de común entre la luz
del día y las tinieblas?, ¿qué entre la vida y la muerte” (26.4).
“Nadie prepara un veneno con amargura y eléboro, sino con condimentos ocultos y bien
sabrosos, y sugiere que éste se prefiera más que los dulces. Así también el diablo manchó de una forma
mortal lo que subyuga a los asuntos más agradables y amados de Dios” (27.4).
Los efectos perniciosos de los espectáculos deben ser suplantados con la llegada de
Cristo y el juicio final:
“En ese momento, los actores trágicos se oirán más, y es evidente que más las voces de su
propia desgracia; entonces los pantomimos serán reconocidos, mucho más sueltos por el fuego; entonces
los atletas se contemplarán, no en las palestras, sino en un fuego hiriente...” (30.5).
Todavía hoy sobrecoge leer a Rousseau en una carta sobre los espectáculos remitida
a D’Alambert donde censura el teatro como medio de recreación pública y hace que
venga a nuestra memoria la férrea censura de la que fue objeto la escena en boca de
Novaciano, discípulo aventajado del de Cartago:
“Fácilmente nos acostumbramos a esto que oímos, y con mayor celeridad a aquello que vemos”
(8.3). Por tanto, prohíbase el teatro.
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Bibliografía:
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Betancor León, M.A., Santana Henríquez, G., Vilanou Torrano, C., De Spectaculis.
Ayer y hoy del espectáculo deportivo, Ediciones Clásicas-Universidad de Las Palmas
de Gran Canaria, Madrid, 2001.
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